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domingo, 13 de enero de 2019

Una identidad declinante .- José Agustín Ortiz Pinchetti

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V
ivimos una oleada de influencia estadunidense. Lo que vemos es superficial pero significativo: cada vez más anuncios en inglés; la popularidad abrumadora de su cine y su música, y el uso del spanglish entre los más jóvenes. Pero la cosa es mucho más profunda y compleja. Hemos acudido a Estados Unidos en demanda de dinero, de adiestramiento técnico, de consejos para resolver nuestros grandes problemas de seguridad y lentamente vamos adoptando sus valores, sus modas y sus costumbres. Y no hay resistencias, ni de progresistas ni de conservadores.
El fenómeno no es nuevo. La industrialización y urbanización de México necesitó de las aportaciones tecnológicas y económicas de Estados Unidos. La mayor democracia de la historia. A partir de los años 50 intentamos crear una sociedad de consumo como la estadunidense. Los cuadros superiores de la administración pública fueron, en su mayoría, jóvenes que habían hecho estudios en Estados Unidos, que admiraban a la nación vecina y no veían negativo inspirarnos, imitar y, aun, someternos a ellos. Con la firma del TLC en 1995 se buscó deliberadamente integrarnos a Norteamérica.
No todo es negativo. Hemos adoptado sus prácticas y hábitos de trabajo: puntualidad, proactividad y competencia. Es positiva cierta influencia en lo académico, en los deportes, en la industria del entretenimiento, etcétera. Pero las pérdidas han sido mucho mayores: hemos sacrificado nuestra identidad y la seguridad, el dominio y la dicha de quien ha labrado su propio destino, como lo señalaba Daniel Cosío Villegas.
Vivimos un momento de tensión dramática. El nuevo régimen de México tiene una orientación nacionalista moderada. Quiere rescatar los valores perdidos y afirmar nuestra identidad. Al mismo tiempo, en Estados Unidos llegó al poder un personaje y una corriente abiertamente chovinista y antimexicana. Esta contradicción puede ser manejada con habilidad diplomática, pero va a subsistir y puede manifestarse en tensiones entre los dos gobiernos. También al interior del país habrá discordancias entre aquellos que no ven ninguna otra solución más que el sometimiento a Estados Unidos y aquellos que creemos que México aún tiene oportunidad de autoafirmarse y volver crecer.
Colaboró Meredith González A.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Diciembre en la capital .- José Agustín Ortiz Pinchetti

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D
ejemos a un lado la política. Se me ocurre escribir acerca del mes de diciembre en la capital. Sus brillantes celebraciones y esa forma de autoindulgencia colectiva que nos permite anular la última semana del año y disfrutarla en el dulce no hacer nada.
Al final de la temporada habrá un sentimiento de melancolía. Termina un año y empieza otro y nuestras metas siguen ahí junto a nuestros vicios y frustraciones, eso produce un vago sentimiento de culpa. Muy pocos pueden alzar las copas y brindar por un buen año.
Hay mucha gente que repudia las fiestas y el ánimo navideño por ser reflejo de las supersticiones o del consumismo o una mezcla de ambos. Puede haber otro enfoque. Gozar de las fiestas y aprovechar la riqueza cultural de la ciudad que como nunca se manifiesta en esta temporada: teatro, música, museos, gastronomía, incluso muchos espectáculos antinavideños. Una oferta prodigiosa.
Repasemos las fiestas más importantes de la temporada: el festejo multitudinario de Guadalupe; yo no soy de los aparicionistas, pero sí creo en el milagro de la forma en que emergió y se consolidó el símbolo guadalupano. Nada es más poderoso para unir a los mexicanos. Quien quiera conocer al pueblo de México debe asistir la noche de la conmemoración a la Basílica: la fe y el orden admirables. Después hay un conjunto de días para manifestar buenos augurios con sinceridad y/o hipocresía. Todos, incluyendo a los ateos, celebran el 24 y el 25 de diciembre (lo único desagradable es la presencia de Santa Claus, embajador de Coca Cola). La noche de año viejo y la mañana del primero de enero pueden servir para hacer una reflexión breve del sentido de nuestra vida acompañada de propósitos que se extinguirán antes de que termine enero.
En todo el mundo se celebran fiestas al terminar los ciclos anuales e iniciar los nuevos. La fiesta de Navidad es respetada en todo occidente. Como sea, podemos negarnos a disfrutar la riqueza cultural que tiene la capital en estas fechas. Esto no mejorará nuestro estado de ánimo. Les deseo a todos mis lectores felicidades y nos encontramos aquí el 6 de enero.

domingo, 18 de noviembre de 2018

El mérito de Peña .- José Agustín Ortiz Pinchetti

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E
nrique Peña Nieto (EPN) ganó la Presidencia de la República por 6 puntos, en lugar de los 15 o 20 que marcaban las encuestas. En el primer año de gobierno su aprobación alcanzó 56.2 por ciento gracias al apoyo de los medios de comunicación. Pero esto duró poco. Su popularidad fue disminuyendo no sólo a escala local, sino en todo el mundo, incluso en los medios más conservadores.
Quienes defienden el gobierno de EPN hablan de la creación de 4 millones de empleos, de incentivar inversiones extranjeras directas por 200 mil millones de pesos, de colocar a México como el cuarto mayor exportador de automóviles y haber aumentado 43.1 por ciento las exportaciones manufactureras.
Sin embargo, el sexenio de EPN destaca por sus puntos oscuros. Tan sólo 2018 será recordado como el año más violento de las últimas décadas con más de 25 mil personas asesinadas. Los casos de Ayotzinapa y Tlatlaya no han sido resueltos y son agravios que pesarán en el régimen de Peña. De igual forma, la corrupción, incluso del propio presidente, de algunos de sus más cercanos colaboradores y prácticamente de todos los gobernadores del PRI, destacando Javier Duarte, en Veracruz; Roberto Borge, en Quintana Roo, y César Duarte, en Chihuahua.
En el último año de su gobierno la popularidad de Peña alcanza apenas 18 por ciento, la cifra más baja de la historia (Felipe Calderón al concluir su mandato alcanzó 46). Los grupos que menos lo aprueban son los jóvenes y los universitarios y el problema más grave que perciben los ciudadanos es el de la inseguridad, seguido de la crisis económica y la corrupción.
EPN se enfrentó a una etapa avanzada de la descomposición del sistema político, económico y social. Se hizo de la Presidencia mediante una masiva compra de votos, misma estrategia utilizada en la elección de 2017 en el estado de México.
El mérito de Peña fue no utilizar el poder gubernamental para cambiar el sentido de la elección presidencial. Como diría Gabriel Zaid, ejerció la “acción hercúlea de… no hacer nada” y se produjo el cambio de régimen y un nuevo proyecto colectivo. Quizá EPN será recordado en el futuro como el presidente que abrió la puerta a la democracia.
Colaboró: Mario Antonio Domínguez.
Twitter: @ortizpinchetti

domingo, 11 de noviembre de 2018

Esta renovación moral y la anterior .- José Agustín Ortiz Pinchetti

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l corazón de la IV República es el combate a la corrupción/impunidad. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) considera que son el origen de la violencia y de la desigualdad que padecemos. Para indagar la posible efectividad de la futura campaña de renovación moral, creo conveniente compararla con una iniciativa semejante: la de Miguel de la Madrid Hurtado, presidente de México (1982-1988), quien intentó poner en marcha una idea similar con resultados muy negativos.
De la Madrid prometió: eliminar la corrupción, construir una sociedad más igualitaria y avanzar en el proceso de democratización. Afirmó que para lograrlo no bastaban leyes idóneas, sino voluntad política y una administración eficaz. En sus primeros meses de gobierno realizó acciones encaminadas a este propósito. Pero se encontró con grandes problemas financieros y muchas resistencias que terminaron por amedrentarlo y resquebrajar su voluntad política llevándose al diablo la renovación moral. Su sexenio es conocido como el periodo de las oportunidades perdidas.
La renovación moral que propone AMLO colorea todas las acciones de su gobierno. Confía en que al desarraigar estos vicios tomemos el camino de una verdadera nación desarrollada. AMLO, al igual que De la Madrid, plantea gobernar con el ejemplo y también menciona la necesidad de tener una voluntad política firme. Tendrá resistencias de las elites económicas y políticas y de los grupos criminales que generan violencia e inseguridad. Sin embargo, cuenta con un apoyo popular inédito, aunque no organizado; no tiene compromisos con los grupos de interés; y ya probó su voluntad y su valentía al resolver las distintas crisis como jefe de Gobierno de la capital.
La magnitud del desafío que enfrentará AMLO para erradicar la corrupción y la impunidad es enorme. Podría augurarse un buen resultado en el control de esas prácticas en los niveles superiores de la administración pública y también un cambio notable en sectores intermedios del aparato estatal y quizás despunte un paradigma distinto en las relaciones internas. Desarraigar la corrupción es difícil, pero se puede abrir un camino que llevará a la modernización del país y a la vigencia del Estado de Derecho.
Colaboró: Meredith González.

domingo, 14 de octubre de 2018

"La desilusión anticipada" .- José Agustín Ortiz Pinchetti

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E
n los primeros meses de la IVRepública multitud de comunicadores, durante varias semanas, han golpeteado a Andrés Manuel López Obrador para provocar una desilusión tempranera. Hace algunos días conversé con M, una amiga mía, quien siente que AMLO no es el presidente que ella creyó y por quien votó. Escribo este artículo para medir si AMLO ha cumplido su primer propósito: poner las bases para su gobierno.
No tiene precedente la fluidez de las relaciones entre el presidente electo y el que está en funciones: ha tenido tres reuniones con EPN y/o su equipo y pudo llegar a acuerdos importantes sobre temas espinosos: TLCAN, reforma energética, presupuesto y seguridad. En cuanto al factor estadunidense, que actúa como parte de la estructura de poder mexicana, estableció una relación cordial con Donald Trump y ha iniciado una restructuración de las relaciones con la potencia norteña. Participó de forma activa e impulsó la renegociación entre México, Estados Unidos y Canadá. Sus puntos de vista fueron decisivos y el TLCAN pudo sobrevivir.
Relación con los grupos de interés: desde el primer día tuvo acuerdos con los grupos empresariales más importantes. Se convinieron inversiones conjuntas y operaciones futuras, como el programa de jóvenes. Estableció buenas relaciones con el Ejército, con el que convino la permanencia en sus tareas de seguridad y el desarrollo de una nueva secretaría. Otra sorpresa: las excelentes relaciones con la Iglesia: el Papa expresó su alegría por el triunfo de AMLO y se comprometió a apoyar la causa de la reconciliación nacional.
Ha puesto las bases para la relación con los estados. Se reunirá con todos los gobernadores, aprovechando sus giras de agradecimiento (hasta hoy lleva 17 amarres). Nombró a un representante de su gobierno por cada estado para supervisar la aplicación de los fondos federales en los programas sociales.
Lo más notable es la buena organización y la coherencia de sus acciones. Todas tienden a preparar el cumplimiento de sus promesas de campaña, resumidas en su discurso de la victoria. Su eficacia y articulación hacen contraste con las etapas previas de los presidentes anteriores, en particular la de los panistas, que carecían de una orientación específica y que se caracterizaron por su desorden e improvisación. ( Colaboró Meredith González.)
Twitter: @ortizpinchetti

domingo, 30 de septiembre de 2018

Una transición insólita .- José Agustín Ortiz Pinchetti

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V
ivimos una época confusa, de suspense que a muchos quita el aliento. Es una transición insólita y con tantos acontecimientos contradictorios que es difícil entenderla. ¿Qué de todo lo que sucede tiene verdadero relieve? Imaginemos lo que merecería ser relatado dentro de 10 años, el sexenio de AMLO habrá terminado. Pensemos en 2029, cuando el PRI quizás cumpla 100 años. El relato sería más o menos el siguiente:
“Después de las elecciones se vivió un interregno muy largo de cinco meses que puso en tensión a todos. En los ciclos del viejo régimen el candidato vencedor, que había sido elegido por el presidente en funciones, se movía discretamente. No quería molestar a su autor que vivía la agonía del final de su sexenio. Eran tan sólidas las instituciones y las costumbres que el cambio de un régimen a otro fluía sin sobresaltos. En forma secreta el presidente electo definía quiénes serían sus colaboradores y tomaba en cuenta las ‘recomendaciones’ del presidente saliente y de los oligarcas que le habían dado recursos para su campaña.
En 2018 las cosas no fueron así. El presidente electo demostró que tenía el mando desde el primer momento y el presidente Peña intentó desaparecer lo más pronto posible. La gente estaba polarizada: 60 por ciento tenía esperanzas en la capacidad de AMLO para afrontar los grandes problemas nacionales, sobre todo contener la violencia, y 30 por ciento se sentía ofendido por su triunfo y esperaba secretamente que fracasara y que el viejo régimen resucitara. Después de la sorpresa de la jornada electoral los grandes adversarios mediáticos de AMLO se agruparon y lo atacaron ferozmente descalificando sus iniciativas. Andrés los provocaba o los contenía pero no los desafiaba. Cada día presentaba un asunto nuevo. En contra de lo que opinaban algunos liberales no parecía dejar nada a la ocurrencia, cada cosa que proponía era fruto de una meditación cuidadosa. Aunque el PRI y el PAN, antes unidos, entraron en una etapa difícil, la pugna constante entre el presidente electo y sus adversarios saturaban las redes sociales dando la impresión de que la campaña electoral no había terminado.
Colaboró: Meredith González.

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