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miércoles, 14 de agosto de 2013

Acusa AMLO a Peña de falsear la historia sobre reforma de Cárdenas


Andrés Manuel López Obrador. Foto: Benjamín Flores.
Andrés Manuel López Obrador.
Foto: Benjamín Flores.
MÉXICO, D.F. (apro).- Andrés Manuel López Obrador acusó al presidente Enrique Peña Nieto (PRI) de falsear la historia, al decir que en la reforma energética se retomará la redacción original que en 1938 impuso Lázaro Cárdenas.
Con esto, el tabasqueño refutó el argumento central que ayer utilizó Peña Nieto durante la presentación mediática de la reforma, que busca permitir la celebración de contratos de utilidad compartida con el sector privado en Petróleos Mexicanos (Pemex), mediante la modificación de los artículos 27 y 28 de las Constitución mexicana.
Mediante su cuenta de Twitter, López Obrador aseguró: “Utilizar al Gral. Cárdenas para privatizar el petróleo es falsear la historia. EPN, además de corrupto y traidor a la patria, es perverso”.
El izquierdista, sin embargo, no presentó más detalles acerca de las diferencias acusadas.
Peña Nieto dijo ayer que su propuesta copia “palabra por palabra” la que redactó Cárdenas del Río en 1938, tras la Expropiación Petrolera.
De concretarse lo impulsado por Peña se ampliaría la participación de la iniciativa privada en Pemex, pero sin entregar concesiones.
En el planteamiento del gobierno se dice, en referencia a lo impulsado por Cárdenas: “A partir de ese texto constitucional se permitía que el Estado celebrara contratos con particulares y de esta manera aseguraba la producción de hidrocarburos bajo la rectoría gubernamental”.
“La iniciativa retoma palabra por palabra el artículo 27 del general Lázaro Cárdenas, esto permitirá al Gobierno de la República celebrar contratos de utilidad compartida con el sector privado, cuando así convenga al interés nacional y con ello generar energía más barata para toda la sociedad mexicana”.

martes, 13 de agosto de 2013

Peña miente señalan historiadores


Opiniones,Opiniones mexicanas —  Administrador Regeneración @ 6:00 pm


Insulto palabra por palabra
Por Halina Gutiérrez Mariscal, Luis Fernando Granados y Fernando Pérez Montesinos
Lázaro Cárdenas Que quieran privatizar la industria de los hidrocarburos es una cosa. Hace tiempo que es evidente para quien quiera ver y escuchar las palabras de los ideólogos del régimen que reforma es un eufemismo para decir “privatización”. Pero que mientan para convencernos de su propósito es un asunto enteramente distinto, pues la mentira es un insulto a nuestra inteligencia. Un insulto. Quizá lo único bueno es que la mentira también ha revelado una vez más la insuficiencia del argumento privatizador y hace manifiesta una actitud culposa por parte de sus abogados.
Ayer, a la hora de presentar su “reforma energética”, Enrique Peña Nieto mintió con todos los dientes. No es que haya dicho una verdad a medias o que haya interpretado los hechos según su interés político. No. Simple y sencillamente intentó engañarnos. Al menos respecto de un punto que él mismo considera importante. Para curarse en salud de la acusación de ser contrario al espíritu cardenista, en su discurso dijo que su propuesta de reforma constitucional “retoma palabra por palabra el artículo 27 del general Lázaro Cárdenas” (aquí está el discurso completo). Esto es falso. Falso de toda falsedad. Porque no existe tal cosa como el artículo 27 “de” Lázaro Cárdenas. Y porque en ningún momento en la segunda mitad de los años treinta la constitución contempló el tipo de contratos que Enrique Peña Nieto acaba de proponer.
Conquistar el pasado
Entre 1934 y 1940, el artículo 27 de la constitución fue reformado una sola vez: al año siguiente de la expropiación petrolera (al menos, de acuerdo con la cámara de diputados). Obviamente, esa reforma es la única con la que podría relacionarse la afirmación de Peña Nieto. Ocurre, sin embargo, que la reforma de noviembre de 1939 —que no obstante entró en vigor apenas en noviembre de 1940— sólo se propuso suprimir el régimen de concesiones, hasta entonces el mecanismo preferido para regular la relación entre la ley y el orden económico existente (aquélla afirmando que todos los recursos naturales son propiedad de la nación, éste impulsando la commodification de las relaciones sociales). Ni la iniciativa de Cárdenas ni el texto constitucional reformado hablan de contratos (aquí el texto de la iniciativa y aquí el decreto). Ni una palabra. Al contrario, lo que entonces se estableció es que Tratándose del petróleo y de los carburos de hidrógeno sólidos, líquidos o gaseosos, no se expedirán concesiones y la ley reglamentaria respectiva determinará la forma en que la nación llevará a cabo las explotaciones de esos productos.
Con todo, Enrique Peña Nieto no es un mitómano vulgar. Su mentira no es mera fabulación, sino alteración interesada de los hechos. Empíricamente, consiste en “elevar a rango constitucional” una de las disposiciones de la ley reglamentaria del artículo 27, aprobada por el congreso en noviembre de 1940, semanas antes de que Cárdenas dejara la presidencia. En efecto, el artículo 7 de la ley creó la posibilidad de “establecer contratos con los particulares, a fin que estos lleven a cabo, por cuenta del gobierno federal, los trabajos de exploración y explotación, ya sea mediante compensaciones en efectivo o equivalentes a un porcentaje de los productos que se obtengan” (aquí está el documento). Como el viraje antiestatista de la ley se corresponde con la extraña manera en que Cárdenas terminó su mandato —cediendo a la presión de la derecha dentro y fuera del gobierno para garantizar la continuidad del régimen—, simbólicamente el engaño se basa en suponer que la política cardenista fue siempre la misma y que fue además de una coherencia absoluta; esto es, parecería que Peña Nieto sólo es capaz de percibir al señor cuyo retrato aparece en los billetes de cien pesos.
Con todo, en la invocación fraudulenta del Cárdenas del 18 de marzo cabe ver una suerte de derrota cultural de quienes, como Peña Nieto, llevan años insistiendo en que el único modo de solucionar la crisis de la industria petrolera es abrirla al mercado (lo mismo da si mucho o poquito). Porque, por supuesto, la premisa del engaño, el elemento que la hace posible, es una convicción social, recogida incluso por las encuestas de opinión, acerca del sentido de la expropiación petrolera y la creación de Pemex, que hasta ahora parece no haber sido afectada por la propaganda gubernamental. En ese sentido, la mentira clara y distinta de Peña Nieto no es más que una nueva evidencia de que el petróleo es de todos no por obra y gracia de un general michoacano sino por la voluntad de millones de personas —millones que ayer fuimos insultadas por el presidente de la república.

domingo, 5 de mayo de 2013

Cuando los mexicanos ganan batallas #5DeMayo


Falsificadores de la historia.
Pedro Salmerón Sanginés
E
n la anterior entrega dijimos que por odio a Juárez y al liberalismo, los falsificadores Macario Schettino, Catón y Zunzunegui inventaron que la batalla del 5 de mayo no se ganó, o que fue una escaramuza sin importancia que se ganó gracias a las torpezas de los franceses; una escaramuza sin importancia en una guerra que se perdió en el campo de batalla; una guerra que terminó cuando los franceses se retiraron por las presiones de Estados Unidos y Prusia.
Antes de mostrar la falacia de sus argumentos, es necesario recordar algunas cosas obvias para los historiadores, pero desconocidas totalmente por los falsificadores: una batalla es un hecho de armas que obedece a las unidades dramáticas de tiempo, lugar y acción; mientras que una guerra –según el mariscal Montgomery, que algo sabía del tema– es un conflicto prolongado entre grupos políticos rivales mediante la fuerza de las armas, lo que quiere decir que Montgomery participaba del paradigma de Clausewitz, según el cual la guerra es eminentemente un acto político para imponer nuestra voluntad al enemigo. Ese pensamiento sobre la guerra y la batalla llevó a las concepciones de la guerra total; de la batalla como única actividad realmente bélica; de la destrucción del enemigo como objetivo verdadero de la guerra sólo alcanzable mediante las grandes batallas, y otras ideas cuya adopción por los estadistas europeos fue de efectos devastadores, pero que en 1862 nadie discutía en el mundo occidental.
De esa forma de entender y de hacer la guerra se desprende que ningún Estado moderno haya librado guerra ninguna sin enemigos internos o traidores, máxime en aquellas que mezclan lo ideológicocon lo nacional. En toda guerra moderna, civil o extranjera, los contendientes buscan el apoyo de otras potencias, de modo que nuestros falsificadores reprochan a Juárez lo que no se reprocha en sus países a Washington, Napoleón, Bolívar, Churchill o De Gaulle... ni, por supuesto, los héroes de estos desmitificadores: Maximiliano y Miramón.
Sentado lo anterior, hagamos un ejercicio de lógica elemental. Gana una batalla, gana una guerra, quien logra lo que se propuso. Hoy nos limitaremos a la batalla del 5 de mayo, en la que los objetivos de los franceses quedan perfectamente claros en el párrafo de una carta del general Lorencez, jefe de la expedición:
Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a su majestad imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6 mil valientes soldados, ya soy dueño de México.
En efecto, los invasores que, como veremos en la siguiente entrega, buscaban hacer de México un protectorado francés, creían que esa pequeña fuerza expedicionaria bastaba para llegar a la capital de la República e imponernos el gobierno y las obligaciones internacionales que nos habían preparado. El obstáculo que se interponía en su camino era el ejército que mandaba el general Ignacio Zaragoza, y los franceses daban por descontado que lo barrerían del mapa. De haberlo hecho así, los recordaríamos hoy como los vencedores de aquella batalla.
¿Qué se proponía, a su vez, el comandante mexicano? Detener el avance francés para permitir que se reuniera la Guardia Nacional. No permitir que 6 mil soldados extranjeros llegaran a la capital de la República. Ese era el plan de Zaragoza tras la evaluación de sus posibilidades y los elementos de guerra a su disposición.
La batalla del 5 de mayo, en la que 6 mil franceses intentaron tomar a viva fuerza los pequeños fuertes de Loreto y Guadalupe, y poco menos de 5 mil mexicanos estaban dispuestos a impedirlo, duró cuatro horas y consistió en tres ataques frontales de los franceses, rechazados por los nuestros, y un contrataque al pie del cerro que terminó con las posibilidades ofensivas de los invasores, que se retiraron hacia Orizaba. ¿Que la batalla se ganó por los errores del enemigo, como insisten hasta la saciedad nuestros falsificadores? En parte, por supuesto: como Austerlitz, Stalingrado o casi cualquiera otra.
Los efectos de la batalla fueron enormes, pues cambiaron mucho la opinión mundial sobre México y la Intervención. En nuestro país, multitudes acogieron la noticia con delirante entusiasmo en las plazas públicas. La pequeña acción de armas del 5 de mayo parecía probar lo que Juárez afirmaba: México existía y era una nación soberana.

martes, 17 de abril de 2012

Falsificadores de la historia; Hidalgo, padre de la patria

 
Pedro Salmerón Sanginés
Los flamantes falsificadores de nuestra historia odian que Miguel Hidalgo haya abierto la puerta para que el pueblo tomara en sus manos su propio destino. Tienen pesadillas con la plebe y la canalla, a la que quisieran ver permanentemente contenida. Hoy dejaré pasar su idea de la turba saqueadora para mostrar que, al afirmar que Hidalgo nunca habló de independencia, sencilla y llanamente mienten. Es cierto que no podemos saber a ciencia cierta las palabras textuales con las que Hidalgo arengó a sus feligreses la madrugada del 16 de septiembre, pero un testigo presencial escribiría después que gritó:
“No existe ya para nosotros ni el rey ni los tributos [...]
Llegó el momento de nuestra emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad.
Otro de los primeros compañeros de Hidalgo escribió que, en vísperas del 15 de septiembre, el cura lo invitó al movimiento con las siguientes palabras:
Pues bien, se trata de quitarnos este yugo haciéndonos independientes; quitamos al virrey, le negamos la obediencia al rey de España, y seremos libres; pero para esto es necesario que nos unamos todos y nos prestemos con toda voluntad, hemos de tomar las armas para correr a los gachupines y no consentir en nuestro reino a ningún extranjero. ¿Qué dices, tomas las armas y me acompañas para verificar esta empresa? ¿Das la vida si fuere necesario por libertar a tu patria?
Además de estos testimonios indirectos, hay numerosos textos firmados por Hidalgo, en los que se habla de independencia y de libertad: en una proclama redactada probablemente en Celaya, en septiembre de 1810, dice Hidalgo:
El día 16 de septiembre de 1810, verificamos los criollos en el pueblo de Dolores y villa de San Miguel el Grande, la memorable y gloriosa acción de dar principio a nuestra santa libertad.
¿Qué libertad? Lo explica en una proclama fechada en octubre:
“El sonoro clarín de la libertad política ha sonado en nuestros oídos. [...]
La libertad política de que os hablamos es aquella que consiste en que cada individuo sea el único dueño del trabajo de sus manos y el que deba lograr lo que lícitamente adquiera para asistir a las necesidades temporales de su casa y familia; la misma que hace que sus bienes estén seguros de las rapaces manos de los déspotas que hasta ahora os han oprimido, esquilmándoos hasta la misma substancia con gravámenes, usuras y gabelas continuadas.
Posteriormente, en Guadalajara, el cura Hidalgo publicó numerosos documentos fechados en nuestro Palacio Nacional. Formó un gobierno. Publicó una gaceta. Convocó a un Congreso nacional que dicte leyes suaves y benéficas y gobierne con la dulzura de padres. ¿No es eso luchar por la independencia política? Claro que lo es, a menos que uno no lea, o no quiera entender. Podríamos seguir con los decretos de Guadalajara, decretos de un jefe de Estado, algunos de ellos de enorme alcance, como el de la abolición inmediata de la esclavitud o el relativo a las tierras de los pueblos, pero no haríamos sino abundar en lo dicho: sólo mintiendo puede afirmarse que Hidalgo nunca habló de independencia y libertad; sólo mintiendo puede afirmarse con tan solemne autoridad que no tenía ideas.
Deberían advertir estos desmitificadores que en todos los procesos de independencia de América, los inicios fueron vacilantes y poco claros en lo que respecta a proyectos e ideología. Los propios padres fundadores de Estados Unidos, a los que tanto admiran González de Alba y Zunzúnegui, que iniciaron su guerra en 1774 y derrotaron finalmente a los ingleses en 1781, no definieron su modelo de Estado hasta 1787, y los debates más interesantes se dan en ese año, en torno a El federalista, de Madison, Hamilton y Jay (y por cierto, señores Zunzúnegui y González de Alba: todos esos libertadores y no sólo Hidalgo, y también quienes los combatieron, fueron intolerantemente religiosos. No entenderlos es querer juzgar aquella coyuntura con los criterios del presente).
Para saber qué ideas tenía Hidalgo hay que leer. Yo sé que leer puede resultar tedioso y cansado, pero no hay otra forma de conocer la historia. Les recomiendo, señores desmitificadores, los cuatro volúmenes de Miguel Hidalgo y Costilla: documentos sobre su vida, publicados y compilados por Felipe Echenique y Alberto Cué (INAH, 2010). Elijan ustedes, si quieren, a Iturbide como padre de la patria, pero no mientan en torno a Hidalgo.

domingo, 8 de abril de 2012

Falsificadores de la historia; el odio al cura Hidalgo

 
Pedro Salmerón Sanginés
Los desmitificadores de que hablamos en el artículo anterior han dedicado miles de páginas a desacralizar a los falsos héroes, empezando por el primero de ellos: don Miguel Hidalgo y Costilla. Se han impuesto como tarea convencernos de que era un criminal y no hay razón ninguna para llamarlo Padre de la Patria, sólo que al hacerlo, como acostumbran, mienten y falsifican la historia.
Naturalmente, llamar Padre de la Patria a un personaje es una convención. Elegir alguna fecha para celebrar es también una decisión más o menos arbitraria: algunos de nosotros elegimos la madrugada del 16 de septiembre de 1810, como también podría ser el 6 de noviembre de 1813, e incluso el 27 de septiembre de 1821, como fecha para conmemorar la Independencia, de la misma manera que los estadunidenses eligieron la Declaración de Independencia, en 1776, y no la victoria final contra los británicos, ocurrida años más tarde. Cada quien, pues, elige. Nosotros hemos elegido a Hidalgo y aquella madrugada de septiembre; ellos han elegido el triunfal desfile de Iturbide y Guerrero en la ciudad de México. Para ambas elecciones hay fundamento, pero los desmitificadores se han empeñado en desmitificar a Hidalgo y, para hacerlo, tienen que mentir.

A José Manuel Villalpando, Hidalgo le cuesta mucho trabajo. En su biografía del párroco de Dolores, el encargado o ex encargado de los festejos del bicentenario (y parcialmente, de la famosa Estela de Luz) se deshace en elogios del buen sacerdote, mostrándolo siempre como tal, buen sacerdote. Hidalgo es un buen sacerdote imbuido de una causa santa.
¡Ah!, pero de pronto el buen párroco es arrastrado por las circunstancias y poseído por un frenesí libertario que lo arroja a inenarrables excesos y terroríficas matanzas. No es Hidalgo el que les horroriza sino la turba, la anárquica muchedumbre, la desordenada multitud que esa misma noche habría de convertirse en una horda sin control (Armando Fuentes Aguirre (Catón), Hidalgo e Iturbide, p. 39). Para Juan Miguel Zunzunegui, no hay nada en Hidalgo fuera de eso, como lo muestra desde el título capitular Hidalgo: ¿guerreros insurgentes o turba saqueadora?: y lo más importante, sus cuatro meses de saqueo, cuatro meses que fue lo único que duró su guerra, no tuvieron relación alguna con la verdadera obtención de la libertad, y se sigue de frente contra el bribón del cura (Zunzunegui, Patria sin rumbo, p. 58 y ss.)
Odian en Hidalgo que haya caído bajo el terrible influjo de las masas: el 14 de abril de 2010, en una videoconferencia, Villalpando afirmó que Hidalgo promovió el matar gente a diestra y siniestra, lo que explica las más de 22 mil muertes sufridas en el país desde 2006 a la fecha, como producto de la guerra contra el narcotráfico. El Hidalgo sanguinario y criminal prefigura, según ellos, la criminalidad inherente al mexicano (Luis Hernández Navarro, La Jornada, 3 de agosto de 2010).
Es esto: la canalla, la plebe, la turba que saquea y se baña en sangre lo que asquea a los Catón, los Villalpando, los Zunzunegui. El grueso de sus textos sobre Hidalgo se detiene en los ríos de sangre de inocentes y omite su proyecto revolucionario, continuado por Morelos. A ese tema, a los decretos de Hidalgo en Guadalajara, a su proyecto social, a sus ideas como caudillo revolucionario, Villalpando le dedica apenas dos párrafos (Miguel Hidalgo, pp. 99 y 123).
Zunzunegui es peor: repite hasta la náusea que Hidalgo nunca mencionó la palabra independencia, que no tenía proyecto y que sólo sus rencillas personales lo llevaron a desatar a aquella turba saqueadora (México: la historia de un país construido sobre mitos, pp. 26 y 75; y Patria sin rumbo, pp. 25 y 58-64). Incluso, afirma rotundamente, es imposible saber qué ideas tenía Hidalgo o si las tenía, pero si tuviéramos que basarnos en lo que gritó, vemos una invitación a pelear por el rey de España y del dominio de la religión (Patria... p. 62). Un poco más allá está la fabulosa posición de Luis González de Alba, quien afirma sobre Morelos, en una lectura de los Sentimientos de la nación aún más presentista y descontextualizada que las de Villalpando o Zunzunegui: ¿A esa canalla intolerante y fanática estamos celebrando? Pues sí, porque seguimos padeciendo los mismos defectos, y por ellos seguimos hundidos en la pobreza (Nexos, septiembre de 2009).

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