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domingo, 3 de marzo de 2019

Propone Bernie Sanders hacer una “revolución política” en EU


Nueva York. El senador federal y autodefinido socialista democrático Bernie Sanders arrancó su campaña presidencial en su nativo Brooklyn al declarar que es la continuación de la “revolución política” que se inició en la contienda de 2016 para rescatar al país no solo del “presidente más peligroso” de tiempos recientes, sino de las garras del 1 por ciento más rico para establecer un gobierno de y para las mayorías.
Ante miles que llenaron la plaza central de Brooklyn College - parte de la Universidad de la Ciudad de Nueva York donde el ahora senador por Vermont, inicio sus estudios universitarios -Sanders con su melena blanca despeinada en un viento invernal después de una nevada, agradeció a todos por ser parte de su campaña para ganar la nominación del Partido Demócrata, “y que no solo derrotara a Donald Trump, el presidente más peligroso en la historia moderna de Estados Unidos, sino con la ayuda de todos ustedes transformará a este país y, finalmente, creará una economía y un gobierno que trabaja para todos los estadunidenses y no solo el 1 por ciento”.
“Los principios subyacentes de nuestro gobierno no serán la avaricia, el odio y las mentiras. No será el racismo, el sexismo, la xenofobia, homofobia e intolerancia religiosa. Eso se va a acabar. Los principios de nuestro gobierno serán basados en la justicia: la justicia económica, la justicia social, la justicia racial y la justicia ambiental… una campaña que le dirá a los intereses especiales poderosos que controlan tanto de nuestra vida económica y política que ya no toleraremos la avaricia del Estados Unidos empresarial y la clase multimillonaria - avaricia que ha resultado en que este país tenga más desigualdad en ingreso y riqueza que cualquier otro país mayor en la tierra”, declaró entre ovaciones y gritos de “Bernie, Bernie”.
“No, ya no nos quedaremos quietos y permitir que tres personas en este país sean dueños de más riqueza que la mitad más baja de Estados Unidos, mientras que, al mismo tiempo, más del 20 por ciento de nuestros niños viven en la pobreza, veteranos militares duermen en las calles y los de la tercera edad no pueden pagar por sus medicamentos recetados.… Hoy, luchamos por una revolución política”.
Igual que en su primera campaña, definió como prioridades de su agenda política el acceso universal a servicios de salud, educación superior gratuita en universidades públicas, elevar el salario mínimo federal -algo que él mismo ya ha promovido y ganado en campañas contra Amazon y Disney entre otras- y una reforma del sistema de justicia criminal, incluyendo poner fin a la llamada “guerra contra las drogas”.
Declaró que el cambio climático es una “amenaza de existencia” para este país y el planeta, y por lo tanto, se tienen que dejar atrás los hidrocarburos y buscar energía sustentable, ya que “tenemos una responsabilidad moral para asegurar que el planeta que le dejamos a nuestro hijos y nietos es saludable y habitable”.
Sobre inmigración, declaró que “ya no arrancaremos a bebés de los brazos de sus madres” al condenar la política de separación de familias inmigrantes. Agregó que “en lugar de demonizar a los inmigrantes indocumentadas en este país, vamos a promover una reforma migratoria integral” y desarrollar una política fronteriza humanitaria para los que buscan asilo.
Recordó que él es hijo de un inmigrante polaco cuya familia fue casi desaparecida por los Nazi; quien trabajo toda su vida vendiendo pintura en Brooklyn.
El candidato más viejo - de 77 años - continúa generando enorme entusiasmo entre los jóvenes como lo hizo hace cuatro años. El impacto de su campaña anterior se registra en que el debate dentro del Partido Demócrata ha girado hacia sus posiciones e incluso varios de los candidatos que competirán con él por la nominación han adoptado varias de sus propuestas.
Al iniciar su segunda campaña presidencial, Sanders ya no es esa figura política a quien todos los expertos descartaban (antes de ser sorprendidos por el movimiento que detonó) sino ahora arranca encabezando las encuestas entre el creciente elenco de candidatos demócratas, y recaudando 10 millones de dólares en contribuciones pequeñas - mucho más que los demás - solo en su primera semana al tiempo que registró a a un millón de personas en apoyo de su campaña.
Su visión de otro Estados Unidos definirá en gran medida el debate político-electoral de aquí a las elecciones presidenciales del 2020.

viernes, 1 de marzo de 2019

“El pueblo de Venezuela tiene que decidir su futuro, no Estados Unidos”

“El pueblo de Venezuela tiene que decidir su futuro, no Estados Unidos”
Estados Unidos . Berny Sanders, manifestó que "el pueblo venezolano debe decidir su futuro y no los Estados Unidos de América".
A criterio de Sanders, las últimas elecciones de Venezuela no fueron democráticas, aunque también se aseguró que ha habido actividad democrática en el país sudamericano.
Ante la pregunta del periodista de la cadena norteamericana, Wolf Blitzer, ¿Por qué no llama a Maduro de Venezuela, un dictador?
El senador Sanders contestó, "Es justo decir que las últimas elecciones no fueron democráticas, pero todavía hay operaciones democráticas en ese país (...) Lo que estoy pidiendo en este momento son elecciones libres supervisadas internacionalmente".
"Tengo la edad suficiente para recordar la guerra en Vietnam", dijo el candidato demócrata, quien recibió, "Tengo mucho miedo de que Estados Unidos siga haciendo lo que hizo en el pasado: Estados Unidos derrocó a un gobierno elegido democráticamente en Chile, en Brasil y Guatemala ".
Sanders insistió en que Estados Unidos debe hacer todo lo posible para fomentar un "clima democrático".

sábado, 5 de mayo de 2018

El día en que AMLO “se convirtió” en Bernie Sanders

J. Jaime Hernández en LAJORNADA

El pasado 27 de abril, durante un acto organizado por estudiantes del Tecnológico de Monterrey, el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador, fue ovacionado por un auditorio de jóvenes que, al final de una larga entrevista en formato de cabildo ciudadano, le gritaron a coro: ¡Presidente! … ¡Presidente!…

De forma inmediata, no pude evitar asociar esta imagen con la del senador por Vermont y ex candidato presidencial, Bernie Sanders, quien se transformó en 2016 en un remedo del flautista de Hamelin para millones de jóvenes universitarios que le siguieron entusiastas porque, simple y sencillamente, deseaban un cambio radical en la forma de entender y practicar la política en EU.

Hoy sabemos que Sanders se convirtió en el líder de un movimiento anti establishment que tropezó antes de alcanzar siquiera la nominación del partido demócrata por la candidatura presidencial.

Irónicamente, Sanders se convertiría en el aspirante presidencial que sucumbió a manos del viejo orden. De esa cúpula del partido demócrata en manos de Hillary y Bill Clinton.

De no haber sido por el matrimonio de los Clinton, Bernie Sanders quizá habría tenido mejores oportunidades para evitar la sorpresiva victoria de Donald Trump en noviembre de 2016.

Pero, bueno, esa es otra historia.

El éxito de Bernie Sanders, un anciano de más de 70 años, entre los más jóvenes y universitarios se produjo por un cúmulo de circunstancias. Entre ellas, el hartazgo de la sociedad con el poder político; la grosera desigualdad en la democracia “más avanzada e igualitaria” del planeta; la concentración del poder en muy pocas manos y el desvanecimiento del poder y la autoridad de unos partidos políticos que hoy no sólo no responden a las aspiraciones de la mayoría, sino que se han convertido en las mascotas o en las complacientes cortesanas de las grandes corporaciones.

Frente a este mosaico de agravios, hartazgo, desigualdad y descreimiento entre los ciudadanos, Bernie Sanders propuso una “revolución política” contra el sistema, contra la voracidad de Wall Street y contra esa desigualdad insultante que ha llegado en forma de segregación económica y racial en un vasto territorio de EU.

"Una campaña por la presidencia tiene que ser mucho más que una lucha para obtener votos y ser elegidos. Tiene que ayudar a educar a las personas y enseñarles a organizarse. Si podemos hacer esto, podemos cambiar la dinámica de la política durante años y años por venir”, aseguraba Sanders.

Todo este torrente de pensamientos y circunstancias vinieron a mí, cuando observé la reacción de un auditorio lleno de jóvenes en el campus Monterrey del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores.

Para dejar las cosas en claro, no es mi intención presentar al candidato presidencial de MORENA como una especie de hermano ideológico gemelo del aguerrido senador por Vermont, ni la versión mexicana de Bernie Sanders.

De eso ya se han encargado otros, como la cadena FOX de noticias, el altavoz del movimiento conservador en EU que, en febrero pasado, presentó a Andrés Manuel como “El Bernie Sanders de México” para etiquetarlo como “un populista de extrema izquierda” que se ha propuesto “expropiar, romper o acabar con los monopolios corporativos”.

¿Les resulta familiar el argumento?

El político e historiador español, Antonio Cánovas del Castillo, solía decir que “la política es el arte de aplicar en cada época, aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible”.

Y, en este sentido, me atrevería a decir que Andrés Manuel López Obrador se ha convertido en un extraño compañero de viaje de Bernie Sanders por su capacidad para entender el momento, el cabreo, el hartazgo y las legítimas aspiraciones de sus conciudadanos.

A eso, y no a otra cosa, me refiero con el provocador titular de “El día en que AMLO se convirtió en Bernie Sanders”.

Una de las circunstancias que han favorecido al Movimiento de Regeneración Nacional que encabeza López Obrador, ha sido esa vertiginosa y casi imperceptible mudanza del poder político de los Palacios de Gobierno a las calles o a las plazas públicas.

No sólo en México, sino en todo el mundo.

Las razones de esta mudanza o deslave del poder político están relacionados con la corrupción y el abuso de ese poder surgido (a veces de forma cuestionable) desde las urnas. 

A ello se ha sumado,  la ausencia de un poder judicial independiente y la abismal desigualdad entre ricos y pobres.

Al mismo tiempo, hemos constatado el surgimiento de lo que algunos denominan como “nuevos micropoderes” en manos de ciudadanos que han tomado por asalto las redes sociales o las calles, robusteciendo las posibilidades de aquellos candidatos que, como Andrés Manuel López Obrador, han encontrado aliados espontáneos en aquellos que han decidido arrimar el hombro para desafiar al viejo sistema político que se resiste a morir.

Hoy, son millones los mexicanos que están hartos con la forma tan injusta y obcena en que se ha ejercido el poder en beneficio de solo unos cuantos.

En medio de este forcejeo, el poder político ha contado con la inapreciable ayuda de un determinado grupo de intelectuales, o de esos patrocinadores del sector empresarial que mascullan tras bambalinas para sumarse a las campañas de desinformación.

Son los que el candidato de MORENA ha descrito como “los alcahuetes del poder” politico.

Esos que, durante décadas, han contribuido por activa o pasiva a la construcción de una nueva desigualdad, mientras se aseguraban su mercado clientelar, su zona de confort, poder e influencia.


Precisamente, la defensa de ese estatus. O los compromisos de algunos candidatos en liza con el poder menguante de los partidos políticos y de líderes de ademanes autoritarios, son lo que ha impedido a los adversarios de Andrés Manuel López Obrador conectar con ese electorado que ya está harto de la situación y que difícilmente aceptará un fraude.

En este sentido, al igual que Bernie Sanders, el candidato de MORENA se ha convertido en el candidato del hartazgo y la desilusión. Pero, a diferencia de Sanders, nadie desde la  estructura partidista ha intentado obstruirle el paso en su campaña por la presidencia.

Ahora sólo falta por saber si, acaso, los dueños del poder económico y político en México, estarán dispuestos a reconocer su posible victoria en las urnas.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Marx noquea a Donald Trump; “crazy Bernie” y la tetrarquía gringa


1– Marx, Jesús y Dangerous Donald
El problema de todo demagogo es que en algún momento tiene que demostrar que sus mentiras son verdades. Trump escogió a la empresa Carrier Corporation para hacer esa demostración y cumplir con sus mentiras de bienestar, que le dieron los votos de la engañada clase obrera pre-universitaria. Pero, el modus operandi (modo de actuar) que le sirvió al venerable reformador Jesús para financiar su movimiento de protesta, le falló al embustero Trump: el milagro bíblico de “la multiplicación de los panes” no se repitió. Al nuevo Delincuente en Jefe del Imperio, no le salieron los panes, ni los peces trumposos.
Fue derrotado vilmente por lo que Karl Marx llamó “la ley del valor” y que Adam Smith denominó “la mano invisible” (“invisible hand”) del mercado. Queda por verse, si la máquina de producción industrial de androides protofascistas de Trump  logre “reciclar” esa amenazante contradicción  –generada por el primer choque de su burbuja de mentiras con la realidad–  para su base social. Su creciente violencia contra las instituciones de la democracia liberal, que limitan su proyecto totalitario, al igual que la composición de su gabinete de Frankensteins anti-populares, indican el rumbo que van a tomar las cosas en el Imperio:  creciente lucha clasista y por la democratización de la sociedad, desde abajo; progresiva represión del Estado plutocrático-policiaco imperial, desde arriba. En una palabra, el retorno, mutatis mutandis, a los años sesenta.
2- El mercado contra el Mesías
Mientras Jesús convirtió a sus fans en creyentes en el “Jardín de las Riquezas” (gan osheret) de Genesaret, en plena fuga ante el tetrarca Herodes, el teatro de operaciones escogido por Dangerous Donald para sus “vodoo economics” fueron las llanuras de Indiana. Comparado con el carpintero proletario de Nazareth, cuya logística apenas consistía en cinco panes, dos pescados y la “invisible hand” del Señor, el magnate Trump dispuso de todos los recursos del Capitalismo del Siglo 21.  Durante meses había profetizado, cómo iba a sacar a esa clase de olvidados (forgotten) y regiones pauperizadas de la miseria, mediante una llamada desde la Casa Blanca. En voz del nuevo mesías: “Carrier is not going anywhere, they are not leaving — Carrier no se va a ninguna parte. Ellos no se van”.
3- Secuestro exprés del omnipotente Trump
“No se van, no se van…se fueron”, puede resumirse el resultado de la Operación Milagro trumposa, pese a los esfuerzos del Profeta. Aprovechó el nombramiento del gobernador del insignificante Estado de Indiana (15º en población), Mike Pence, como Vice-Presidente de su proyecto presidencial. Escogió una empresa subsidiaria del complejo militar-industrial, United Technologies Corporation, cuyos ingresos ($56 millardos) dependen en cerca del 10 por ciento del Pentágono; cuyo Comandante en Jefe es el mismísimo Trump. Regaló siete millones de dólares en reducciones fiscales y prometió relajar las normas que afectan las ganancias. Y, pese a ese gigantesco esfuerzo logístico, el gran timonel del más poderoso Estado capitalista de la tierra, terminó ignominiosamente como Santiago el pescador en El Viejo y el Mar (Hemingway): con la espina del pescado en la mano, mientras los tiburones se quedaron con la carne del Marlín. Carrier mantendrá sólo 800 trabajos en Indiana, mientras más de 1000 van a México. De esta manera, la corporación transnacional convirtió al embustero Trump en rehén de su propia demagogia e hizo estallar su edificio de mentiras en pedazos. Y el miserable Trump tuvo que arrastrarse ante la corporación, para liberarse de su quijotesca promesa de poder vencer al Capital y a tres de los más formidables científicos  de la economía política clásica: Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx.
4- Donde manda El Capital, no manda marinero
Cuando los economistas burgueses dicen que “el mercado” manda, sus intereses ideológicos les obligan a actuar como el hombre en la copulación: colocarle un preservativo, en este caso, lingüístico, al fenómeno real. Los que mandan en la economía global son los 62 individuos que controlan la mitad de la riqueza mundial y que tienen nombre y apellido. Sin embargo, estos plutócratas “mandan obedeciendo”. La ley que los rige –el megasistema cibernético planetario– es la tasa global general de la ganancia (globale Profitrate), ante la cual Trump y cualquier político, cura o capitalista individual, son impotentes. Porque, esa ley de valor tiene la misma fuerza en la vida social del planeta, como lo tiene la ley de gravitación en su vida física. Y su fuerza crece en la medida, en que la globalización reduce el impacto y papel que los factores de soberanía nacional ejercen en el funcionamiento de este sistema cibernético, que determina la dinámica dirigente de la economía mundial y la evolución humana moderna. Es evidente, que Trump nunca entendió el concepto de “attractor”; si es, que alguna vez lo escuchó fuera de un contexto sexual.
5- El libre comercio y el atractor global
Los tratados de libre comercio no son más que parámetros del grado de evolución histórico alcanzado por el modo de producción capitalista: el avance de sus fuerzas de producción globales se refleja en la esfera de circulación global. Esa interacción entre producción y circulación, entre generación del plusvalor y su realización, es objetiva y solo puede ser cambiada mediante la transición de la crematística de mercado hacia la economía política post-capitalista del Socialismo del Siglo 21. Lo que el flamante Hidalgo de La Mancha  hace, es luchar contra sus propias sombras, porque los elementos constitutivos de la ley del valor son los precios de producción, que determinan la tasa de ganancia. Para bajar artificialmente esos precios hay un solo método, tal como acaba de demostrar el mismo Trump: subsidiarlos. Tal método es utilizado selectivamente en el corrupto capitalismo de Estado contemporáneo. Pero, es imposible generalizarlo para toda una economía nacional. Hay gobiernos que pretenden desconocer esa verdad, como el gabinete de idiotas económicos en Venezuela, a fin de mantener vivo su bonapartismo de “izquierda” y su narrativa política de “socialismo”. Trump, en cambio, lo hace para prolongar su bonapartismo de derecha y sus mentiras de futuro esplendor económico.
6- El farsante Bernie y la tetrarquía estadounidense
Estados Unidos se dirige rápidamente hacia una “oligarquía económica y política”, si la gente no hace “una revolución política”, dijo Sanders hace tres días. Se trata de una demagogia repugnante del socialdemócrata disfrazado de “socialista democrático”, porque él sabe que Estados Unidos nació hecho por una oligarquía de esclavistas, capitalistas burgueses y genocidas, que quería liberarse del pérfido control colonial británico. Su guerra de independencia, ganada por Francia, fue una guerra entre dos fracciones de esa oligarquía; una guerra hegemónica entre élites, tal como sucedió en la mayoría de los países latinoamericanos en la Guerra de Independencia.
Desde el primer día, ese sistema oligárquico fue construido como una réplica del Imperium  Romanum, no de la democracia participativa griega. Su ADN oligárquico se revela, entre muchas otras cosas, en el Colegio Electoral, que fue instalado a instancias de los esclavistas del sur, para aprovechar el poder demográfico de su población esclava. Por eso, la Constitución de 1787 estipulaba que cada uno de esos “negros” valía las tres quintas partes de un blanco y excluyó a “los indios” que “no pagan impuestos”. Tampoco hay nada nuevo en el robo de la presidencia por parte de candidatos derrotados por el voto popular. Il piccolo duce Trump es el quinto dictador de este tipo; el primero fue John Quincy Adams (1825-29), inventor de la Doctrina Monroe, hijo del segundo presidente de la Unión e “Independista” como Trump, es decir, oportunista flotante entre cinco partidos políticos de entonces. Sanders sabe que Estados Unidos siempre ha sido un Imperio oligárquico con fachada de democracia liberal. Pero, siendo miembro de su clase política, tiene que compartir las mismas narrativas mentirosas de esta pesadilla imperialista de la humanidad, que hoy día es una tetrarquía. Es decir, una dictadura, gobernada por cuatro fracciones de poder imperiales: los protofascistas de Trump; los neofascistas (neocons) de Clinton, Bush, Obama; los socialdemócratas demagógicos de Sanders y la rancia ortodoxia republicana de Ryan y McConnell.
7- Bernie y Donald: caimanes del mismo pozo
Bernie Sanders, al igual que Donald Trump, es un tetrarca del capital. No es parte de la solución de la clase trabajadora. Tampoco tiene nada que ver con el Socialismo como vía de liberación hacia la sociedad sin clases. Bernie Sanders es parte del problema, que la humanidad tiene que resolver.
 

Heinz Dieterich

Sociólogo, analista político, teórico marxista, asesor de Hugo Chávez, autor del “Socialismo del Siglo XXI” y más de 30 libros sobre la conflictos latinoamericanos. Nacido en Rotemburgo del Wumme, Alemania, y actualmente investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, en la Ciudad de México.

sábado, 9 de abril de 2016

Bernie Sanders gana primarias demócratas de Wyoming


Nueva York. El aspirante a la Casa Blanca Bernie Sanders extendió este sábado su racha ganadora en la primaria demócrata al derrotar a su rival Hillary Clinton en el caucus del pequeño estado de Wyoming, según medios de Estados Unidos. El senador socialista por el estado de Vermont lograba 56 por ciento del apoyo de la base demócrata, frente a 44 por ciento para la exsecretaria de Estado, de acuerdo con proyecciones de la cadena CNN basadas en la casi totalidad de los votos emitidos. Este pequeño estado en el noroeste de Estados Unidos, poblado por poco más de medio millón de habitantes, tiene sólo 14 delegados a la convención demócrata, pero permite a Bernie Sanders mantener su ritmo a medida que se aproxima la primaria crucial en Nueva York, el 19 de abril.
Esta victoria en Wyoming, un estado que suele votar por el Partido Republicano en las presidenciales, le permite acercarse más a la favorita Hillary Clinton, que todavía tiene más de 200 delegados de ventaja, a los que se agregan casi 500 "superdelegados", considerados una especie de caciques del Partido Demócrata.
Clinton actualmente cuenta con más de la mitad de los 2 mil 383 delegados necesarios para ganar la nominación y lleva una ventaja de más de 250 sobre Sanders. La brecha aumenta cuando se incluye el número de superdelegados en el conteo, que son líderes demócratas que pueden decidir a quién respaldar durante la convención del partido en julio.
Sanders y Clinton estuvieron buena parte de la semana pasada en Nueva York, donde se llevarán a cabo las primarias del 19 de abril y donde están en juego un total de 291 delegados.

sábado, 27 de febrero de 2016

Bernie Sanders sería el candidato con más aceptación en las elecciones de EE.UU : Telesur

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El precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Bernie Sanders, se perfila como favorito para representar a su partido en las elecciones del próximo 8 de noviembre, según encuestas de medios locales.
Datos de sondeos publicados por medios estadounidenses confirman que el precandidato de 74 años posee más puntos positivos que negativos, y su aceptación en la población es superior a la que está en contra.
En la carrera por la presidencia de Estados Unidos, Sanders podría vencer a su compañera de partido, Hillary Clinton y a los republicanos Ted Cruz y Donald Trump.
Sanders propone durante su campaña estimular la economía estadounidense a 5.3 por ciento por año, elevar el ingreso medio en más de 22 mil dólares, e insiste en que la tasa de desempleo debe caer 3.8 por ciento.
Previo a las elecciones finales del 8 de noviembre los demócratas eligen cuatro mil 764 delegados y los republicanos dos mil 472 que participan en las primarias previstas en los estados de Iowa, Nevada, Idaho, Alaska, Washington, Hawái, Kansas, Louisiana, Kentucky, Maine y Nebraska.
teleSUR/La Radio del Sur

miércoles, 24 de febrero de 2016

Bernie y la Nueva Izquierda (I)


¿Qué les pasa a estos chicos?

Tras la celebración de los “caucus” de Iowa, los partidarios de Hillary Clinton se están seguramente preguntando de qué modo quien era antes un obscuro senador de 74 años parece haber captado la imaginación y el apoyo de millones de jóvenes. Las generaciones tienen a menudo perfiles politicos distintos, pero rara vez, si es que ha pasado alguna, ha polarizado más a las generaciones una carrera presidencial que la de Clinton y Bernie Sanders. Desde que aparecieron las encuestas a pie de urna a finales de la década de los 60, no hemos visto nunca nada comparable a la que surgió de los “caucus” del lunes en Iowa: la fuerza de Sanders llegaba al máximo entre el grupo de edad más joven (84 % entre los votantes de “caucus” menores de 30 años) y luego declinaba en cada franja de edad mayor. La de  Clinton, por supuesto, era lo contrario:  alcanza su cima entre los que participan en los “caucus” mayores de 65 años, con un 69%,  y luego va decayendo en cada grupo de edad sucesivo. Sanders obtuvo una clara mayoría de votantes por debajo de los 45 años; Clinton, entre los que rebasan esa edad.  

Un abismo generacional tan ancho como el Gran Cañón parece estar abriéndose en el Partido Demócrata y en el liberalismo norteamericano, de modo más general. Para algunos de quienes se encuentran en campos opuestos, las divisiones parecían enraizadas en ideologías incompatibles y en concepciones estratégicas contrapuestas acerca de cómo promover la causa progresista. Sin embargo, si se mira más de cerca —como deben hacer ambos bandos — la divisoria parece menos fundamental, menos socialismo-versus-liberalismo, menos idealismo-versus-pragmatismo. El Partido Demócrata en su conjunto se está moviendo hacia la izquierda, pero a dos velocidades diferentes. Lo que hace estas diferencias tan intensas es menos un brusco choque de creencias y más el que las divisiones hayan surgido en el curso de una competición presidencial de apuestas casi inimaginablemente altas.   

La izquierda antes de Bernie

Ha habido antes campañas presidenciales cuyos partidarios parecían ser desproporcionadamente jóvenes. En 1968, el reto de Eugene McCarthy a Lyndon Johnson a propósito de la Guerra de Vietnam fue apodado “la cruzada de los niños” (yo era uno de esos críos, y me sumé a los 18 años. Como eramos un séquito peludo en un momento en el que el pelo largo y la barba señalaban el desdén por la autoridad para muchos de nuestros mayores, se nos apremió a ir “Limpios por Gene” [“Clean for Gene”] —con un corte de pelo y un afeitado —antes de salir a patearnos cada circunscripción electoral). Pero ninguna campaña ha atraido una porción tan elevada de apoyo de la gente joven (más exactamente, de apoyo de jóvenes del Partido Demócrata) como la del socialista democrático de Vermont.

Por misteriosa que pueda parecerle a incontables observadores políticas, la “Berniemania” no debería suponer ninguna sorpresa. Durante el último lustro, ha habido pruebas cada vez mayores del giro a la izquierda entre los demócratas y los jóvenes. Tuvimos el movimiento de “Occupy Wall Street”, cuyos activistas eran abrumadoramente jóvenes y cuyo mensaje era acogido positivamente, aunque fueran encontradas las reacciones de la gente respecto a quienes protestaban.  Hemos tenido “Black Lives Matter” [la campaña “las vidas negras importan” contra los asesinatos de  afroamericanos a manos de la policía y otros] y los “Dreamers” [“Soñadores”], nuevamente movimientos de gente joven. Hemos tenido “Fight for $15” [“Lucha por los 15 dólares”], un movimiento por el salario mínimo primordialmente de trabajadores jóvenes de minorías en trabajos sin salida. Y hemos tenido el sorprendente auge de El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty hasta llegar a éxito de ventas.

De modo más amplio, se ha producido el surgimiento de una izquierda cívica diferenciada, conforme las grandes ciudades del país han ido quedando bajo control de los demócratas. Hoy, 27 de las 30 ciudades más grandes tienen alcaldes demócratas, el mayor desequilibrio partidista, posiblemente, desde antes de la aparición de la democracia jacksoniana. No todos los gobiernos municipales demócratas son especialmente progresistas, como deja claro el ejemplo de Rahm Emanuel en Chicago. Pero las ciudades que lo son han decretado aumentos, han obligado a pagar los días de baja médica, han “prohibido la casilla” que exige a los demandantes de empleo revelar  sus detenciones, han tomado medidas contra el impago de salarios, y en Seattle han otorgado el derecho a la negociación colectiva en el caso de contratistas independientes. Hasta Emanuel consideró adecuado elevar el salario mínimo en Chicago a 13 dólares la hora.

Allí donde gobierna esta nueva izquierda es que una nueva generación de coaliciones progresistas les ha puesto en el poder. En una ciudad tras otra, con variaciones que dependen de la demografía de cada ciudad, estas coaliciones tienden a consistir en grupos de defensa y derechos de los inmigrantes, organizaciones de derechos civiles, activistas medioambientales, y —por lo general como financiadores principales y actores clave— sindicatos (no se trata tanto, sin embargo, de sindicatos de empleados municipales como de sindicatos del sector privado que representan a la nueva clase trabajadora, en buena medida de las minorías: porteros, empleados de hotel, trabajadores de hospitales). Y precisamente porque los demócratas controlan tantas ciudades y tan pocos estados (solo hay siete estados con gobernadores demócratas y mayoría demócrata en ambas cámaras), las medidas políticas que los demócratas han posdido promulgar en el último lustro han provenido de los ayuntamientos, no de las capitales de los estados, y mucho menos de Washington. Por esa razón, las medidas políticas con las que el partido se identifica han sido más liberales que si se hubieran promulgado a escala federal o de los estados, puesto que los gobiernos urbanos demócratas responden a una base electoral más joven, más políglota, más organizada que la parte correspondiente federal o de los estados. Las ciudades pusieron el salario mínimo a 15 dólares la hora en el orden del día nacional de los demócratas. Son los laboratorios de hoy de la democracia, y en ausencia de gobiernos más centristas en los estados, ellos son los que han empujado el partido a la izquierda.

Por último, el movimiento hacia la izquierda, tanto de los demócratas como de los jóvenes, sobre todo en las cuestiones centrales de clase y poder, ha quedado clarísimo en toda una serie de sondeos en los últimos años. Una encuesta del Pew Research Center de 2011 mostraba que el 49 % de los norteamericanos menores de treinta años tenía una visión positiva del socialismo, mayor número que el de aquellos que tenían una visión positiva del capitalismo. Esto sucedía en un momento en el que el porcentaje de jóvenes que podían señalar a Bernie Sanders en una rueda de reconocimiento era con seguridad de una sola cifra. Un sondeo del New York Times de noviembre pasado mostraba que el 56 % de los demócratas tenía una visión favorable del socialismo: el 69 % de los partidarios de Sanders y el 52 % de los de Clinton. Un sondeo del Des Moines Register poco antes de los “caucus” de Iowa mostraba que el 41 % de los que tenían probabilidades de ir a votar en los “caucus” se autodenominaban socialistas.

Esas cifras —aunque hayan aparecido repetidas veces —tienden a inspirar incredulidad, o como mínimo, confusión en el gremio de los comentaristas. La mayoría de las condiciones previas para convertirse al socialismo o incluso para llegar a simpatizar con el mismo, no parecen existir en los Estados Unidos de hoy. No existe desde luego ninguna organización socialista democrática que ande por ahí reclutando gente en gran número (los “Democratic Socialists of America”, de los que soy vicepresidente, constituyen un pequeño grupo, con presencia minima en la mayoría de las ciudades, y prácticamente ninguna fuera de ellas). El movimiento sindical, que es sólo tácita e implícitamente socialista (y a menudo menos), se ha ido contrayendo durante décadas y no ha hecho sino desvanecerse en regiones enteras del país.

Ciertamente, hay solo un factor que explica esta visión favorable, sin precedentes, del socialismo entre los demócratas y los jóvenes: el capitalismo contemporáneo. La responsabilidad del sector financiero en el derrumbe económico de 2008 y la Gran Recesión, los descollantes niveles de desigualdad económica, la incapacidad de la economía para generar empleos de clase media, el creciente control que ejerce sobre la política y el gobierno, todo esto se suma, para un creciente número de norteamericanos, a una penetrante recusación de nuestro actual sistema económico.
Nadie ha sufrido más dolorosamente que los jóvenes las disfunciones de la nueva economía. Las universidades y los préstamos para estudios universitarios se han convertido en inasequibles, y la mayoría de los empleos a disposición de los licenciados no llegan a ofrecer las oportunidades y seguridad que antaño ofrecían. Los jóvenes que no van a la universidad e intentan accede directamente a un puesto de trabajo después del instituto solo encuentran empleos de bajos salarios y en el sector servicios: el género de puestos industriales de cuello azul hace mucho que desapareció.   

Mucha gente de la izquierda esperaba que el país diera un giro tras el desmoronamiento de 2008, como hizo el país después del crac de 1929. Por el contrario, se vieron sorprendidos por el ascenso del “Tea Party”. Una dislocación grave de la economía, sin embargo, a menudo incentiva el crecimiento tanto de la izquierda como de la derecha, tal como deja claro la historia de los años 30. Que a la izquierda le llevara más tiempo aparecer aquí que a la derecha se puede explicar por el hecho de que la mayoría de los demócratas y liberales creyeron inicialmente que la presidencia de Obama proporcionaría remedio suficiente a los males de la economía. Sólo cuando quedó claro que esos males eran bastante más graves y exigían una cirujía bastante más radical que la ofrecida por la política convencional comenzó surgir una izquierda revitalizada.  

Dada la singular ausencia de un movimiento sindical politizado o una tradición socialista, no debería sorprender ese lapso de tiempo. El “New Deal” no empezó a actuar de modo decisivo en beneficio de la mayoría de los norteamericanos y a expensas del capital —legalizando la negociación colectiva, creando la Seguridad Social, subiendo los impuestos a los ricos — hasta 1935, seis años después del Gran “Crac”. No promulgó el salario mínimo federal hasta 1938. Y del mismo modo que el ascenso de Sanders se vino anunciado por “Occupy”, la “Lucha por los 15 dólares” y una ola de izquierdismo municipal, así el giro a la izquierda del New Deal en 1935 se vio espoleado por las huelgas generales, las movilizaciones de los desempleados, el populismo de Huey Long [gobernador demócrata de Luisiana conocido por sus políticas radicales y populistas] y el malestar general.

Esto es Norteamérica. Aquí los giros a la izquierda —y eso cuando se dan — llevan su tiempo.

Regreso a Port Huron

Con la política generacional aparece la posibilidad de grietas generacionales o sucesión generacional. Esas transformaciones nunca son puramente generacionales, por supuesto. A los demócratas empresariales de los años 20 los reemplazaron los demócratas del “New Deal” de los años 30, pero eso fue principalmente consecuencia de los cambios en la composición étnica y de clase del partido y en la movilización de electorados antes inactivos. Los jóvenes antibelicistas de los años 60, cuyo bautismo político se produjo en las campañas presidenciales de los demócratas Eugene McCarthy, Robert F. Kennedy y George McGovern, llevó adelante una lucha contra una generación mayor, más de “halcones”, que se propagó durante la mayor parte de los 70. Con el tiempo, la mayoría de estos halcones, muchos de ellos destacados neoconservadores posteriormente, acabaron en las filas republicanas.

La grieta actual se produce en un partido que se ha vuelto liberal de manera predominante en años recientes. Las encuestas muestran que el porcentaje de demócratas que se autodenominan “liberales” (por no decir “socialistas”) ha crecido considerablemente en los últimos 20 años. Tras el crac de 2008, y conforme la desigualdad se ha ido volviendo central en las preocupaciones de los demócratas, las fuerzas de la “Tercera Vía” proempresarial que antaño desempeñaron un papel tan destacado en los círculos del partido han ido quedando marginadas. Centros de expertos de centro-izquierda como el Center for American Progress han elaborado documentos en los que abogan por medidas políticas que desplazarían el equilibrio de fuerzas entre clases —al menos de algún modo —hacia los trabajadores. Y economistas de centro-izquierda tales como Larry Summers se han convertido en adalides de los sindicatos y el keynesianismo militante. Los cargos electos demócratas del Sur blanco, que de modo general representaban el ala más conservadora del partido, hoy están casi completamente extinguidos. Y el Sur blanco se ha vuelto republicano de modo casi uniforme.

Pero puede que haya también cismas entre familias liberales e izquierdistas. El clásico cisma de izquierdas —entre la Nueva Izquierda de los años 60 y la Vieja Izquierda formada en los 30—apareció primeramente en 1962 en Port Huron, en el estado de Michigan. Fue allí donde los jóvenes activistas que formaban la estructura de los “Students for a Democratic Society” (SDS) redactaron un documento fundacional que desagradó a sus patrocinadores de más edad por su ausencia de énfasis suficiente en lo relativo a preocupaciones como el anticomunismo y el valor de los sindicatos (vale la pena hacer notar que los primeros del SDS eran, de hecho, prosindicalistas y nada tenían de filocomunistas). En años posteriores, esa hendidura en el seno de la izquierda se ensanchó con la guerra de Vietnam y, con el tiempo, con muchas otras cosas.

Hoy en día, ha surgido un nuevo conflicto generacional en el seno de una institución en buena medida liberal: el Partido Demócrata. Parte de esa grieta tiene su origen en principios ideológicos y perspectivas estratégicas. Pero en su mayor parte proviene de una disputa diferente, de menor alcance, acerca de quién es el mejor candidato para impedir este año una victoria republicana.

Si le quito hierro a a las diferencias ideológicas se debe en buena medida a que durante algún tiempo, la línea entre liberalismo (más concretamente, lo que los liberales norteamericanos querrían crear si fuera políticamente posible) y el socialismo realmente existente (más concretamente, las socialdemocracias de Europa Occidental) ha ido volviéndose cada vez más borrosa. Socialismo ya no significa nacionalización de los medios de producción. Significa un sector público dinámico, apoyado por impuestos generalmente progresivos, que existe en el seno de una economía de mercado para realizar lo que el mercado no hace muy bien, si es que lo hace. Es decir, formar a la gente, suministrar atención sanitaria, proporcionar recursos a los jubilados, niños y desempleados, y socorrer a los pobres. Quiere decir garantizar que los trabajadores tengan capacidad para negociar con sus patronos y, en algunos lugares, contribuir a configurar las prioridades de estos. Afirma que los ciudadanos tienen derechos tanto económicos como políticos.

En ocasiones, a cada una de estas creencias le han dado voz los más destacados liberales norteamericanos, y nadie mejor que Franklin D. Roosevelt, cuyo discurso del Estado de la Unión de 1944 presentaba una defensa de una Carta Económica de Derechos. Cuando Bernie Sanders habló el año pasado en la Universidad de Georgetown para ofrecer su definición de socialismo, declaró que era un socialista democrático de la tradición de Franklin Roosevelt, Lyndon Johnson (creador del Medicare, como apuntó Sanders), y de Martin Luther King Jr. De los tres, sólo King se consideraba en realidad socialista y no le dio publicidad al hecho para que no pusiera en peligro su labor en favor de los derechos civiles y las oportunidades económicas. Cuando a Roosevelt se le pidió que definiera su filosofía, se autodenominó “cristiano y demócrata”.

Pero Sanders no se equivocaba al ubicarse él mismo en el continuo liberal norteamericano. Poca cosa hay en lo que él defiende que no hayan apoyado los liberales y populistas de izquierda norteamericanos de la corriente principal en un momento u otro, de la misma forma que hay pocas cosas que él condene que no hayan condenado también los liberales. Desde luego, los ataques de  Sanders contra Wall Street son decididamente menos vehementes que los que llevó a cabo Roosevelt, que en su discurso de aceptación de la designación como candidato presidencial del partido en 1936 denominó a las élites financieras y empresariales “príncipes privilegiados de las nuevas dinastías económicas, sedientas de poder”, que buscaban “controlar al gobierno mismo”. Roosevelt consideraba a estos financieros una amenaza a la democracia: “el poder político que antaño teníamos”, afirmó, se estaba convirtiendo en “algo sin sentido frente a la desigualdad económica”. La conservación de las “instituciones nortemericanas”, prosiguió, “exige el derrocamiento de esta clase de poder”. Y en su acto final de campaña ante una multitud rugiente en el Madison Square Garden, afirmó que estas “fuerzas del egoísmo y del ansia de poder” están “unidos en su odio hacia mí. Doy por bienvenido ese odio”.

Comparado con esto, lo que dice Sanders parece vino aguado.
columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas mas influyentes de Norteamérica. Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de Democratic Socialists of America y, según propia confesión, "uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación" (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont).

martes, 2 de febrero de 2016

Revés de la ultraderecha a Trump en Iowa

El cubanoestadunidense frena la sombra del magnate Trump en el Partido Republicano
Ted Cruz se lleva las primarias en Iowa; Clinton y Sanders empatan
Ambos aspirantes demócratas se repartirán aproximadamente 44 delegados en la entidad
Marco Rubio, tercer lugar; Jeb Bush obtiene menos de 3% y Huckabee abandona la contienda
Foto
El ultraconservador Ted Cruz, ganador del caucus en Iowa por el Partido Republicano. Hillary Clinton y Bernie Sanders prácticamente quedaron en empate técnico por el Partido DemócrataFoto Ap y Afp
David Brooks
Corresponsal
Periódico La Jornada
Martes 2 de febrero de 2016, p. 15
Nueva York.
La sombra ominosa de Donald Trump fue frenada por el ultraconservador Ted Cruz, quien se impuso entre los republicanos, y del lado demócrata Hillary Clinton y Bernie Sanders acabaron en un empate técnico, en la primera e intensamente reñida contienda realizada en el estado de Iowa, en el largo proceso para elegir al próximo presidente de Estados Unidos
Cientos de miles participaron esta noche en los llamados caucus,asambleas electorales realizadas por separado por el Partido Demócrata y el Partido Republicano, en unos 2 mil sitios en el estado, con lo cual finalmente arrancó el proceso electoral presidencial de 2016.
El triunfo tan cerrado del lado demócrata –el cual no pudo declarar triunfador al cierre de esta edición, con 95 por ciento del voto contado– fue en efecto un triunfo de Sanders (aun si al final Clinton gana la votación) al constatar el inesperado surgimiento de Sanders, que logró empatar a la favorita, algo que hace sólo un par de meses era impensable. En los hechos, ambos candidatos se dividirán aproximadamente 44 delegados demócratas en juego en Iowa.
Martin O’Malley, el tercer contendiente demócrata, anunció que se retira de la contienda nacional como precandidato después de que nunca pudo hacer notar su presencia ante el electorado.
Por otro lado, el triunfo de Cruz ofrece un respiro para la cúpula como el menos malo de los llamadosinsurgentes radicales de derecha que están tomando por asalto al Partido Republicano. El cubanoestadunidense Cruz, quien dio gracias a Dios por su triunfo, por lo menos es senador y producto del establishment que recientemente se alzó sobre la ola delTea Party, y por lo tanto forma parte de la cúpula.
Para Trump el segundo lugar es una derrota para su imagen de invencible, pero mantiene su ventaja en las encuestas a escala nacional. Marco Rubio, el otro cubanoestadunidense, festejó su sorpresiva fuerza al llegar a un tercer lugar, a sólo un punto de Trump; de hecho, podría considerarse como el que más avanzó en términos políticos. Los otros ocho contendientes republicanos lograron menos de 10 por ciento cada uno (Jeb Bush logró menos de 3 por ciento, y uno, Mike Huckabee, se retiró de la contienda).
Después de casi un año de campañas, millones en publicidad, infinitos sondeos y aún más infinitos comentarios –todo manejado por profesionales muy bien pagados–, llegó el momento donde el supuesto protagonista del espectáculo democrático por fin entra al escenario: el votante.
Aunque Iowa captó la atención nacional, millones de dólares en inversiones en propaganda y enormes recursos humanos y tiempo por los precandidatos, no es en sí un estado importante en el mapa político-electoral estadunidense. Tampoco, como recuerda el veterano analista político Charlie Cook, determinará el eventual ganador de la candidatura de uno u otro partido. Tomen un respiro, todos, aconseja; falta mucho, sólo es el primer concurso de más de 50 que faltan.
De hecho, esta noche en Iowa sólo se seleccionaron a menos de 2 por ciento –o sea, unas cuantas decenas– de los delegados que están en juego en el tablero nacional (un total de 2 mil 472 delegados del lado republicano, 4 mil 763 del lado demócrata).
Pero Iowa y Nueva Hampshire –la siguiente cita del calendario electoral, en ocho días– sí tienen una presencia nacional exagerada cada cuatro años sólo porque son las primeras dos contiendas en el proceso electoral presidencial y por lo tanto pueden desencadenar dinámicas que afectan los siguientes concursos, así como confirmar o minar la viabilidad de candidatos establecidos o insurgentes. Es la primera vez que se escucha la voz de los votantes.
La próxima cita son las elecciones primarias en Nueva Hampshire, el 9 de febrero, y de ahí a Nevada y Carolina del Sur, a mediados de mes. El primero de marzo continúa el proceso con el denominado supermartes,cuando una docena de estados realizan primarias.
El proceso de elecciones internas de cada partido nacional sigue hasta el 14 de junio y culmina con las convenciones nacionales de cada partido, en julio. Los que ganan las mayorías de los delegados (incluidos superdelegados otorgados por las cúpulas partidarias) se coronan como candidatos presidenciales de su partido.
Más allá de Iowa, lo que continúa definiendo esta contienda es la insurgencia de precandidatos que están desafiando las cúpulas de ambos partidos: Trump, por el lado de los republicanos, y Sanders por el demócrata. En parte, la contienda es una expresión de hartazgo de las bases de ambos partidos y sus aliados contra el establishment.
Pero también hay otra vertiente en todo esto: por la presencia de Sanders, la pugna es entre millonarios (tanto varios de los precandidatos o sus principales patrones) y una expresión ciudadana en lo que se pronostica que será la elección presidencial más cara de la historia. El socialista democrático Sanders recaudó 20 millones sólo en el mes de enero, pero lo más importante es que todos los fondos (durante 2015 recaudó más de 73 millones de dólares) que han financiado su campaña provienen de más de un millón de ciudadanos que han donado más de 3.5 millones en contribuciones individuales de, en promedio, 27 dólares cada una; un nuevo récord.
Clinton sigue recibiendo directa e indirectamente la mayoría (81 por ciento según algunos cálculos) de sus fondos de donantes ricos. Todos los precandidatos republicanos son patrocinados por multimillonarios o en el caso del magnate Trump, por su propia fortuna.
Así, la pugna es, en cierto sentido, entre el poder ciudadano y el poder empresarial/corporativo/multimillonario.
Aunque a nivel nacional Clinton sigue gozando de amplia ventaja en las encuestas nacionales, el mensaje de Sanders por una revolución políticapara rescatar a esta democracia de las manos de una oligarquía multimillonaria y de Wall Street aún resuena muy fuerte entre las filas democráticas, sobre todo entre los jóvenes (cuyo voto estaba ganando de manera abrumadora esta noche, según encuestas de salida). Eso quedó comprobado en Iowa esta noche, cuando el proclamado socialista democrático empató a la poderosa maquinaria política no sólo de Clinton, sino de la cúpula del partido.
Sanders goza de amplia ventaja sobre Clinton en las próximas primarias de Nueva Hamp-shire, y con el empate esta noche ha provocado una contienda interna casi impensable hace un par de meses.
Mientras, los ahora tres cabalgantes principales de la derecha seguirán su sagrada cruzada.
Esto apenas empieza.

domingo, 23 de agosto de 2015

Sanders for President: un fenómeno político que contradice ideas preconcebidas en EE UU

DAN LA BOTZ
Miércoles 19 de agosto de 2015

La otra noche, más de 100 000 personas asistieron a un total de 3 500 actos en todos los 50 Estados de la Unión y en el Distrito de Columbia para ver un vídeo de Bernie Sanders y empezar a organizar su campaña por la base. En algunas de las reuniones de diversas partes del país se juntaron hasta 200 personas. Al acto a que asistí yo, en Crown Heights, Brooklyn, acudieron 25 personas, en su mayoría veinteañeras, activistas de ONG que luchan por la justicia social, empleados de medios de comunicación, artistas y algunos estudiantes licenciados. Se trata de jóvenes idealistas que se sienten atraídas por Sanders porque este preconiza una “revolución política” contra los multimillonarios y porque cree en la atención sanitaria universal, en la gratuidad de la enseñanza universitaria y en la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora. En general, quienes asistieron no tenían interés alguno en el Partido Demócrata y hubo quienes opinaron que habría sido mejor que Sanders se hubiera presentado como candidato independiente.
El organizador del acto comentó que podríamos construir un movimiento de masas y apoderarnos del Partido Demócrata, pero ninguna de las presentes parecía pensar en particular que ello fuera posible o siquiera prestarle interés. Lo que se desprende claramente de los mítines de Sanders es que nadie le apoya porque sea el “mal menor”. Después de todo, esa sería Hillary Clinton. La gente simpatiza con él para manifestar su protesta contra la desigualdad económica y contra el poder del dinero en la política.
Sanders es la expresión política del movimiento Occupy. No tanto un candidato del Partido Demócrata, como la voz de los de abajo.
Un candidato marginal
Cuando Sanders, el senador independiente de Vermont que desde hace tiempo se califica de socialista, anunció a finales de abril que pensaba presentar su candidatura a las primarias del Partido Demócrata de cara a las elecciones presidenciales, nadie tenía ni idea de cuál sería la respuesta. Después de todo, Sanders es senador por el pequeño Estado de Vermont, que tiene una población de apenas 625 000 personas (tan solo Wyoming tiene menos habitantes), prácticamente todas ellas blancas (95,2 %), y cuya ciudad más grande, Burlington (de la que Sanders ha sido alcalde), no es más que una pequeña ciudad de 44 000 habitantes. El nombre de Sanders solo era conocido en su propio Estado y en el vecino, New Hampshire. Si tenía alguna reputación a escala de todo el país, se debía al hecho de que era una rara avis: el único miembro independiente del Congreso y el único cargo público oficial que se calificaba de socialista. Únicamente los progresistas estaban al tanto de sus posicionamientos favorables a los trabajadores en el parlamento. ¿Qué ocurriría si una figura marginal de este tipo fuera candidato presidencial?
Multitudes entusiastas
La respuesta a la candidatura de Sanders ha sido espectacular. Después de varios mítines con cientos o varios miles de asistentes en su propio Estado, Sanders empezó a recorrer el país. En la históricamente progresista ciudad de Madison, en Wisconsin, el pasado 1 de julio, unas 10 000 personas acudieron a escuchar cómo Sanders denunciaba a los multimillonarios y reclamaba una mayor igualdad económica. Tal vez esto era de esperar en una ciudad en que 100 000 trabajadores habían ocupado el capitolio del Estado para oponerse a la legislación antisindical del republicano Scott Walker en 2011. Después de todo, Sanders habló allí a miembros del Partido Demócrata, sindicalistas y profesores y estudiantes de la universidad de Wisconsin. Y la presencia de unas 8 000 personas al mitin de Sanders en Portland, Maine, podía atribuirse al apoyo local a un candidato de Nueva Inglaterra.
¿Sería capaz Sanders de reunir simpatizantes también en los Estados del Medio Oeste, tradicionalmente conservadores? La respuesta a esta pregunta se produjo el 18 de julio, cuando atrajo a una multitud de 11 000 personas en Phoenix, Arizona, y de nuevo el 19 de julio, cuando acudieron 8 000 al mitin que dio en Dallas, Texas. La marea continuó el 26 de julio, cuando logró movilizar a 4 000 en la ciudad relativamente menor de Nueva Orleans, en Luisiana. En todas partes los asistentes a los mítines de Sanders se cuentan por miles; a título comparativo, el mitin más grande que ha dado Hillary Clinton hasta la fecha ha reunido a 5 500 personas en Nueva York, en el mes de junio.
¿Por qué acudió tanta gente a escuchar a un hombre que parecía no ser más que un candidato marginal? Son varios los motivos que lo explican. En primer lugar, muchas personas concuerdan con el mensaje fundamental de Sanders de que los bancos y las grandes empresas se han hecho con el control del sistema político y lo utilizan para sus propios intereses. Estas personas apoyan a Sanders en señal de protesta contra los planes patronales que defienden tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata. Cuando Sanders pregunta al público que “¿por qué vivimos en una sociedad en la que durante los últimos cuarenta años ha estado desapareciendo la clase media en este país y casi toda la riqueza y casi todos los ingresos acaban en manos de los más ricos?”, la gente mueve la cabeza en sentido afirmativo y se pregunta “¿por qué?” La respuesta que propone es el dominio empresarial y el retroceso a golpes del movimiento obrero, con el consiguiente descenso del nivel de vida de los trabajadores.
En segundo lugar, muchos votantes del Partido Demócrata reniegan profundamente de la idea de que Hillary Clinton vaya a convertirse de forma casi automática en la candidata del partido sin que se presente ninguna alternativa política. Los miembros progresistas del Partido Demócrata no quisieran tener que elegir entre dos candidatos neoliberales, sino que se presentara alguien que planteara las cuestiones que les preocupan: el empleo, los salarios, la atención sanitaria, la educación. Cuando la senadora Elizabeth Warren se negó a presentarse, Sanders dio un paso al frente y se convirtió en el campeón de todos los que se sitúan a la izquierda de Clinton.
Los trabajadores, con Bernie
Desde entonces, no solo ha movilizado a mucha gente, sino que también ha tenido muchos aciertos en otros terrenos. Pese a no ser tan conocido en las encuestas como Hillary Clinton, tiene mejores índices de aprobación que otros candidatos de los dos grandes partidos, y la tendencia es ascendente. También cuenta con una nutrida base de seguidores organizados, “Labor for Bernie”, con unos 5 000 sindicalistas de base y líderes locales, además de los pequeños consejos de la AFL-CIO de Vermont y Carolina del Sur. Como dice Larry Cohen, ex presidente del sindicato de trabajadores de la comunicación y actual voluntario de la campaña de Sanders, “nuestro movimiento demuestra con su creciente fortaleza que Bernie comparte nuestros valores y nuestras convicciones. Los trabajadores están hartos de que nada cambie. Esta campaña pretende parar el ataque patronal contra nuestros hijos, nuestro país y las familias trabajadoras.”
Cuando los líderes del sindicato de enseñantes de EE UU –cuyo presidente, Randi Weingarten, aspira al puesto de ministro de Educación– declaró su apoyo a Clinton sin consultar a las bases, cientos de maestros indignados se rebelaron y se apuntaron a la agrupación “Labor for Bernie”. La reacción ha sido tal que la dirección de la AFL-CIO ha decidido posponer su posicionamiento, lo que brindará a Sanders la oportunidad de reforzar su apoyo en el mundo sindical. En cuanto a la capacidad de recaudar fondos, Bernie juega en desventaja con respecto a sus contrincantes, pero las campañas de los principales candidatos no tienen punto de comparación con la de Sanders. Clinton y algunos Republicanos como Jeb Bush cuentan con el apoyo de grandes donantes –bancos, empresas y el 1 % de los superricos–, mientras que Sanders ha recibido principalmente pequeñas donaciones de particulares. En el primer trimestre de 2015, el Republicano Jeb Bush recaudó 103 millones de dólares, Clinton 47,5 millones y Sanders “solamente” 15 millones, una cifra que no deja de ser notable.
Sanders y el movimiento Black Lives Matter
Al principio, Sanders no se decidió a apoyar firmemente al movimiento Black Lives Matter/1 y metió la pata cuando se topó con manifestantes negros como la asociación Netroots Nation en Phoenix, Arizona. En sus primeras declaraciones trató de ponerse del lado de los policías y de la población negra al mismo tiempo, una postura insostenible. El movimiento negro, la continuación de la violencia policial, como el reciente asesinato ocurrido en Cincinnati y, por así decirlo, la realidad misma han obligado a Sanders a decantarse por el movimiento de protesta de los negros. De hecho, Sanders siempre ha combatido con denuedo el racismo y ha defendido los derechos civiles desde su participación en el Congreso de Igualdad Racial y en el Comité de Coordinación Estudiantil No Violento (SNCC) en la década de 1960. En sus intervenciones más recientes reafirma su oposición al racismo y la violencia policial. En Nueva Orleans declaró ante la multitud: “La vida de los negros importa y tenemos que valorarla”.
El problema es que la insistencia de Sanders en la igualdad económica para todos no contemplaba también las cuestiones de racismo, la discriminación, la exclusión y la violencia a que se enfrentan algunas personas. En su programa no se menciona a los afroamericanos y las cuestiones que afectan a los negros no se sitúan en el centro de su política. Pero está cambiando. En una conversación mantenida durante una recepción organizada por dirigentes de la Southern Christian Leadership Conference (SCLC), una de las organizaciones históricas de defensa de los derechos civiles, se pudo apreciar el efecto que tuvo en Sanders el movimiento Black Lives Matter cuando dijo lo siguiente: “Quienquiera que haya visto el reciente vídeo de Sandra Bland se dará cuenta de que por desgracia el racismo está vivo en EE UU”. Se refería a una mujer negra que había sido hallada muerta en una celda de una cárcel de Texas. “Cuando vemos cómo tiran del cabello a una mujer afroamericana para sacarla de su coche, cuando todos sabemos que esto no le habría ocurrido a una mujer blanca de clase media, nos damos cuenta de que hace falta un cambio profundo de la justicia criminal en este país.”
En su intervención ante el conjunto de la SCLC, Sanders habló de “la necesidad de abordar el racismo estructural e institucional que existe en este país y atacar al mismo tiempo vigorosamente el ridículo nivel de ingresos y la desigualdad económica que hace que los muy ricos se enriquezcan todavía más mientras todos los demás –especialmente la comunidad afroamericana y los obreros blancos– se empobrecen cada vez más”. El discurso ante la SCLC –que vale la pena leer/2– demostró el profundo conocimiento y el compromiso de Sanders con la lucha de los negros de EE UU por la justicia racial. Estos discursos y comentarios recientes indican que, en respuesta a las críticas, ha empezado a cambiar, dando mayor importancia a la cuestión de la igualdad racial, aunque, como han señalado algunos seguidores críticos, él y su organización todavía tienen camino que recorrer.
Sanders, el activista sindical
Unos amigos míos, sindicalistas de Vermont, dicen que Sanders no solo apoya a los trabajadores, sino que también aprovechó su cargo de senador para ayudar a los sindicatos y a los trabajadores a organizarse, por ejemplo convocando una reunión con los sindicatos para propugnar la unidad y la lucha por la mejora de las condiciones en su Estado.
Esta actitud de Sanders también se refleja en su campaña. En una entrevista con Katie Couric publicada enYahoo News, Sanders llamó a los estudiantes a organizar una marcha sobre Washington: “Desde mi punto de vista, la única manera de lograr que se aplique un programa que favorezca a las familias trabajadoras es que millones de personas se impliquen activamente en el proceso político. Si un millón de jóvenes marchan sobre Washington y hablan con la dirección de los Republicanos, veremos qué pasa y sabrán a quién votar para resolver la cuestión de la deuda estudiantil. Sabrán a quién votar para que haya universidades públicas y una enseñanza gratuita, así es cómo se conseguirá. Esto ya lo estamos viendo con la cuestión del salario mínimo. ¿Sabéis por qué el salario mínimo está ahora en boca de todos? Porque los trabajadores salen a la calle; así que necesitamos una revolución política, pienso yo, en que la gente se levante y luche y se meta con los intereses de los ricos. Sin esto, ningún presidente, ni siquiera el mejor presidente del mundo, será capaz de hacer nada.”
Si los seguidores de Sanders desean realmente construir un nuevo movimiento social por la justicia económica y racial, deberán hallar la manera de unir el movimiento Black Lives Matter con las bases sindicales y mantenerlos unidos más allá de la campaña de Sanders. Esta unidad del movimiento obrero con los movimientos de los negros y latinos es una aspiración histórica de lo mejor de la izquierda socialista.
La política exterior de Sanders: un gran problema
Para nosotros, radicales de izquierda, la gran debilidad de Sanders reside en su política exterior. Aunque es cierto que votó en contra de la guerra para “liberar” Kuwait (la primera guerra de Iraq) y de nuevo contra la resolución sobre la guerra de Iraq en 2002, por otro lado apoyó los ataques aéreos lanzados por el presidente Bill Clinton sobre Kosovo y la guerra de Afganistán en 2001. Ese mismo año también votó a favor de la “autorización del uso de la fuerza militar contra los terroristas”, la ley que utiliza hoy el presidente Obama para atacar al Estado Islámico en varios países. En 2003 apoyó asimismo una ley que respaldaba la política del presidente George W. Bush en Iraq y su “guerra contra el terrorismo”. Sanders ha votado tantas veces a favor de los presupuestos militares como ha votado en contra. En Oriente Medio se inclina a favor de Israel en contra de Palestina, aunque no sin reservas.
Lo que revela esta actitud es que Sanders no mantiene una postura coherente y de principios contra el imperialismo estadounidense. Mientras su programa propugna una reducción del gasto militar, no propone desmantelar los cientos de bases militares que mantiene EE UU en todo el mundo, poner fin a la “guerra contra el terrorismo”, renunciar al uso de drones, etc. El programa de Sanders ni siquiera menciona al ejército. Aunque se califica de socialista, la política exterior y la política militar de Sanders se ajustan a los propósitos del capitalismo, el militarismo y el imperialismo. La cuestión central para quienes están preocupados por la paz mundial es la región de Oriente Medio (desde Argelia hasta Afganistán); y en esta región su apoyo a Israel, en vez de a los palestinos oprimidos, le sitúa en el lado equivocado. Sanders no es un halcón agresivo como Hillary Clinton, pero tampoco es una paloma de la paz ni un defensor del internacionalismo. A pesar de estas deficiencias de su política exterior y militar, la campaña de Sanders supone un reto para la izquierda.
La izquierda socialista y Sanders
La campaña de Sanders comporta un reto importante a los planteamientos de la extrema izquierda en EE UU. Durante mucho tiempo, diversos grupos socialistas han seguido diferentes estrategias para construir un partido político radical en este país. Algunos grupos de izquierda –en particular el Partido Comunista (PC), los Comités de Correspondencia para la Democracia y el Socialismo (CCDS) y grupos maoístas como la Organización Socialista Camino de Libertad– han trabajado históricamente en el seno del Partido Demócrata y esto no les plantea ningún problema. Esperaban construir un movimiento popular tanto dentro como al margen del partido. Puede que hayan apoyado a Jesse Jackson y a la Coalición Arcoiris en la década de 1980, o a Dennis Kucinch en la de 2000, pero al final estos grupos están llamados a apoyar al candidato oficial de los Demócratas frente al de los Republicanos, negando el voto a candidatos como Ralph Nader y a partidos como los Verdes. Mientras que hoy por hoy impulsan la campaña de Sanders, es probable que el PC y los CCDS acaben apoyando a Hillary Clinton o a quienquiera que resulte nombrado candidato del Partido Demócrata a la elección presidencial.
Los Socialistas Demócratas de América (DSA), una organización fundada originalmente como comité de apoyo por Michael Harrington en 1973, tenía el objetivo estratégico de “realinear” al Partido Demócrata. Según afirma Harrington en su libro Socialism, los socialistas echarían del partido al sector conservador y a los corruptos aparatos de las ciudades, con lo que los sindicatos de trabajadores pasarían a ser el bloque dominante y el Partido Demócrata pasaría a ser en realidad un partido obrero. Los DSA, en colaboración con dirigentes sindicales del sector del automóvil y la Asociación Internacional de Maquinistas, prosiguieron con su estrategia de realineación hasta finales del siglo pasado, cuando quedó claro que a pesar de que el sector más conservador y la mayoría de los aparatos de las ciudades hubieran desaparecido, el Partido Demócrata se encontraba en manos de las grandes empresas y no de los sindicatos. En las últimas elecciones, los DSA no apoyaron a Barack Obama y es muy probable que en las próximas tampoco apoyen a Clinton. Los miembros más jóvenes de los DSA ya no creen que la realineación del Partido Demócrata sea viable.
Algunos otros grupos socialistas, incluida la vieja guardia de los seguidores de Eugene Debs, como el Partido Socialista y varios grupos trotskistas, en general se han opuesto por principio a trabajar en el interior del Partido Demócrata con el argumento de que este es el partido de los bancos y las grandes empresas y de que los trabajadores necesitan su propio partido. Los seguidores de Debs propugnaban la creación de un Partido Socialista, mientras que otros socialistas de esta misma tendencia pensaban que los sindicatos confederados en la AFL-CIO y otros sindicatos deberían abandonar la idea del “mal menor”, romper con el Partido Demócrata y fundar un partido obrero. En 1996 parecía que después de décadas de propugnar la ruptura con el Partido Demócrata, el sueño iba a cumplirse cuando Tony Mazzocchi, un dirigente del sindicato de la industria petrolera, química y nuclear, logró reunir al sindicato unificado de la minería, al de los estibadores y almacenistas, a la federación de funcionarios, al sindicato de trabajadores de la sanidad de California y a otros cientos de grupos locales de distintos sindicatos para fundar el Partido del Trabajo (Labor Party). El problema fue que aunque los citados sindicatos pretendían formar un partido, no querían presentar candidatos que pudieran restar votos al Partido Demócrata, de modo que durante varios años hubo una lucha continua entre dirigentes sindicales y pequeños grupos socialistas en torno a la cuestión de las elecciones, paralizando al partido. Este dejó de funcionar en 2007, aunque por entonces su militancia ya se había reducido a unas pocas agrupaciones locales.
Fracasado el experimento del Partido del Trabajo, algunos activistas se unieron al Partido Verde, fundado en 1984 como federación de varios partidos ecologistas de diversos Estados. Entre la fecha de su creación y las elecciones del año 2000, los Verdes evolucionaron de un partido meramente ecologista a un partido preocupado tanto por cuestiones medioambientales como económicas, sociales y de justicia racial. La influencia del Partido Verde culminó en 2000 con la controvertida campaña del conocido defensor de los consumidores, Ralph Nader, quien obtuvo el 2,7 % de los votos y fue acusado de restar votos al candidato demócrata Al Gore, facilitando así la victoria de George W. Bush. Howie Hawkins, un socialista, se presentó como candidato del Partido Verde en las elecciones a gobernador de Nueva York en 2014, obteniendo el 5 % de los votos. Sanders supera de momento en capacidad de movilización a Jill Stein, la candidata presidencial del Partido Verde para las próximas elecciones, pero ella afirma que mantendrá su candidatura hasta el final.
De todos los grupos de extrema izquierda, la Organización Socialista Internacional ha sido la más crítica y hostil a la campaña de Sanders por motivos incontestables como es su participación en las primarias del Partido Demócrata, su política exterior y sobre todo la convicción de que Sanders será un obstáculo para la construcción de un movimiento y una alternativa política de izquierda independiente. La cuestión es si estas objeciones de principio justifican que no colaboremos estrechamente con los seguidores de Sanders sin perder al mismo tiempo nuestra propia independencia política.
¿Dónde encaja Sanders?
El caso es que la campaña de Sanders no encaja del todo en la categoría histórica de extrema izquierda. Sanders es prácticamente el único político conocido a escala nacional que se autocalifica de socialista democrático y defiende el tipo de política socialdemócrata –sanidad y educación gratuitas, sindicatos fuertes, red de seguridad social universal– como la que se aplicó en los países escandinavos durante décadas. La cuestión del socialismo en EE UU, que comenzó a plantearse a raíz del ataque del Tea Party a la reforma de la sanidad de Obama, ha pasado a formar parte con la campaña de Sanders del debate nacional en sentido amplio. En un país antaño dominado por el anticomunismo, la persecución de los “rojos” y la costumbre de burlarse de los izquierdistas diciéndoles “¡volved a Rusia!”, el socialismo está ahora sobre el tapete, por no decir en el programa.
En cuanto a la cuestión del Partido Demócrata, Sanders ha sido durante toda su carrera política un independiente, pese a presentarse a las primarias de dicho partido, y nunca ha sido hasta ahora miembro del mismo ni ha preconizado una estrategia de realineación del Partido Demócrata. Es un caso muy distinto, por ejemplo, del de la carrera y la estrategia de personas como Jesse Jackson y Dennis Kucinich, quienes se esforzaron sistemáticamente por reformar el Partido Demócrata, mientras que Sanders nunca ha sostenido que pueda ser reformado. Además, los seguidores de Sanders no son en su mayoría gente que esté a favor de votar por el “mal menor”. Apoyan a Sanders precisamente porque aparece como la alternativa al “mal menor” de la elección de Clinton por parte de los dirigentes del Partido Demócrata. Por otro lado, Sanders ha prometido apoyar a Hillary Clinton si finalmente es elegida candidata, entregando con ello en bandeja a sus seguidores al partido controlado por la gran empresa que ellos rechazan.
Vistas las alternativas que ofrecen los Republicanos, como el antisindicalista de derechas Scott Walker o el racista Donald Trump, es probable que la mayoría de seguidores actuales de Bernie Sanders acaben votando por Hillary Clinton en la elección presidencial, pero no lo harán porque Bernie les haya engañado y convencido de votar por Hillary, sino porque temen a los reaccionarios Republicanos. Lo harán simplemente porque todos ellos desean parar los pies a Scott Walker o a cualquier otro Republicano antiobrero, racista o contrario a los derechos de las mujeres.
¿Dónde encajamos nosotros?
Desde luego, esta actitud es una especie de opción por el “mal menor”. Sin embargo, muchos estarán buscando la manera de construir una alternativa política una vez pasadas las primarias. Por eso, algunos militantes de extrema izquierda –miembros de grupos como Alternativa Socialista y Solidaridad– han decidido trabajar junto con los seguidores de Sanders, aunque negándose a ingresar en el Partido Demócrata o a apoyarle. ¿Qué pueden hacer estos grupos –quien esto escribe es miembro de Solidaridad– en el interior y el entorno de esta campaña? Podemos introducir todos los temas –sobre medio ambiente, mujeres, LBGTQ, negros– sobre los que estamos trabajando. Podemos exponer nuestro punto de vista de que mientras la campaña de Bernie Sanders representa un avance fundamentalmente progresista, conducir al movimiento generado hacia el apoyo a la campaña de Clinton sería un error. Y sobre todo, podemos defender que a partir de la campaña hemos de construir un movimiento que forme parte de una nueva era de lucha social en EE UU.
Algunos seguidores de Sanders, cuando el dinero y los medios hayan hecho de Clinton la candidata oficial del Partido Demócrata, podrán salir de esta experiencia tan asqueados con los Demócratas que votarán por la candidata de los Verdes, Jill Stein, o se pondrán a organizar la alternativa obrera con la que la extrema izquierda siempre ha soñado. Es posible que Sanders, quien cuenta ahora 73 años de edad y no tiene nada que perder, trate de lanzar una campaña independiente, cosa muy difícil debido a que los 50 Estados tienen leyes electorales diferentes, o se una o apoye a la candidata de los Verdes. ¿Quién sabe? Solo podemos confiar. Lo que puede conseguir la campaña de Sanders es popularizar un programa de reformas sociales democráticas, profundizar la discusión sobre el socialismo, unir a activistas sindicales, negros, femeninas y LGBTQ en un movimiento suficientemente cohesionado, lleno de energía y dinamismo e ilusión para seguir construyendo algo después de las elecciones. La campaña de Sanders podría contribuir a lanzar un nuevo periodo de movilizaciones y rebeliones sociales con un mayor nivel de conciencia política, y si lo hace será una gran contribución.
Así, aunque siga siendo miembro registrado de los Verdes y tenga previsto hacer campaña a favor de Jill Stein en las elecciones, me he propuesto colaborar con la campaña de Sanders en el periodo de primarias, con la esperanza –que comparto con otros seguidores de Sanders– de que a partir de esta experiencia podamos construir una nueva izquierda más fuerte en EE UU.
30/07/2015
Nota:
1/ “La vida de los negros importa”; se trata de un movimiento masivo de protesta contra los crímenes policiales cometidos en los últimos meses contra jóvenes negros en varias ciudades del país.
2/ Está disponible en inglés en https://berniesanders.com/remarks-senator-sanders-southern-christian-leadership-conference/

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