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Cuarenta y tres carteles y un país crispado


Hace exactamente una semana, el domingo pasado, recibí un mensaje directo de Twitter en el que una amiga me invitaba a echar un vistazo a una iniciativa, no sé bien de quién pero plausible, que consistía en subir a un canal de Twitter una ilustración que “adoptara” a uno de los cuarenta y tres normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Era poco para un ilustrador, en realidad, hacer un cartel así, y lo hice. Allí, en un rincón de internet, se puede ver la interpretación gráfica y voluntaria que hicimos muchas personas, una suerte de homenaje que es al mismo tiempo un tipo de protesta. Por el caso Ayotzinapa mismo, pero también por las decenas de miles de desaparecidos que van sumando todos los días a una lista siniestra, imposible de digerir, ni de entender (los carteles).
Basta encender la televisión y sintonizar, por ejemplo, Canal Once, para ver en prácticamente todos los cortes comerciales por una parte un aviso de alerta Amber de la desaparición de alguien, casi siempre un niño o una jovencita, y por otra un anuncio de la propaganda oficial en el que el gobierno, gastando carretadas de dinero público, pretende lavarse la cara y maquillar la trágica realidad que nos ha tocado vivir en los últimos ocho o diez años: lo peor que le han podido pasar a este país han sido los sucesivos, nefastos sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto; dos caras sucias de la misma derecha obcecada en darle la espalda a la gente pero entreguista con empresas trasnacionales y sumisa con los dictados del sistema financiero internacional.
Pero decir derecha es desde luego decir también gente. Gente con la que vastos sectores, no sé si tan numerosos como los que forman filas allí, estamos en desacuerdo. Gente que alimenta odios de clase y odios específicos, también, contra los que lideran movimientos sociales, desde López Obrador hasta los que llaman con tirria “ayotzinapos”. Cuando leí por ahí las declaraciones de alguien en Guerrero, quizá del mismo exalcalde prófugo José Luis Abarca, de que no iba a permitir que los “ayotzinapos” le fueran a complicar la vida, o algo así, me acordé de los coletos de Chiapas cuando en 1994 surgió el EZLN y esa pequeñoburguesía criolla de Tuxtla Gutiérrez hablaba de “indios levantiscos” y “comunistas” a los que, como en Guerrero veinte años después, los poderes fácticos locales prometían detener en seco. Luego vendría Acteal. Lo mismo hoy, de un bando y del otro: el rencor nacido de viejas demandas sociales, de la deuda histórica con los menos favorecidos y la sordera, la arrogancia, la violencia como respuesta del lado del poder, el dinero, el orden y el respeto donde encuentran acomodo políticos, empresarios, la mayor parte de los clérigos de todas las Iglesias y las fuerzas armadas, las policías y hasta los sicarios de los grupos criminales –muchas veces vinculados estrechamente y no necesariamente en secreto con esos poderes fácticos recién mencionados– que terminan invariablemente siendo los peones sucios de un ajedrez macabro. Donde nunca pierde el rey. O casi nunca.
Ese mismo día en que fui invitado a aportar un cartelito, hubo un mitin multitudinario en el Zócalo, convocado por la que parece quedar ya como la única verdadera oposición política a los proyectos neoliberales que están arrasando al país, desde el campo hasta la educación, desde los derechos laborales hasta los humanos; decenas de miles de personas vociferaron enojadas una misma exigencia: que se vaya Enrique Peña.
Del otro lado, en la anonimia de las redes sociales, no se ha hecho esperar la socarronería y las burlas de quienes –increíblemente– apoyan al régimen y defienden a un hombrecito indefendible no por quien es, sino por lo que representa en este sistema de castas y privilegios en los que cada quien va buscando su propio nicho de confort. Acarreados, dicen, como si la plancha del Zócalo se pudiera llenar igual a convocatoria –sin torta y sin propina– del PRI, del PAN o de cualquier estamento de gobierno. Y mientras tanto, en este capítulo que no acaba de horrenda Historia, muchos no sabemos si vivir aterrados, escondidos, temerosos de espías y “orejas”, o si atender esos llamados a las autodefensas que se empiezan a multiplicar y que son de hecho velados llamados a la insurgencia armada y entonces, por fin, el caos será absoluto mientras todo lo mire Enrique Peña desde inalcanzables alturas en su avión nuevo y lujoso, rodeado de su primer círculo. Que un día deberá aterrizar.

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