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martes, 20 de enero de 2015

Militares estuvieron en una clínica privada de Iguala luego del ataque a normalistas

Un profesor narra cómo llegaron ‘‘a regañarlos’’ y luego los dejaron a su suerte
Un joven gravemente herido debió ser trasladado por sus compañeros a otro nosocomio
Foto
Protesta en la ciudad de Chilpancingo por la desaparición de los 43 normalistas de AyotzinapaFoto Reuters
Arturo Cano
Enviado
Periódico La Jornada
Martes 20 de enero de 2015, p. 4
Iguala, Gro.
‘‘Cuando me dijeron que los militares venían, lo primero que me vino a la mente fue Tlatlaya, así que les dije a los muchachos que corrieran a esconderse. La mayoría corrió al segundo piso. Yo me escondí en un baño que estaba al fondo; ahí me puse en cuclillas. Entonces comencé a escuchar los gritos de los militares.’’
Habla un profesor miembro de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (Ceteg) que sobrevivió al segundo ataque que sufrieron los normalistas de Ayotzinapa los días 26 y 27 de septiembre del año pasado.
Los balazos, recuerda, ‘‘deben haber durado apenas tres minutos’’. En medio del desconcierto vio a un muchacho herido y, con ayuda de otros jóvenes, lo tomó en brazos. Corrieron hacia el centro de la ciudad y se detuvieron a tres calles, porque se toparon con una clínica privada llamada Cristina. Tocaron. Les abrieron dos enfermeras que enseguida desaparecieron.
El profesor, a quien llamaremosJosé Luis, había llegado entrada la noche al sitio donde los policías municipales de Iguala dispararon contra los estudiantes de Ayotzinapa y es uno de los sobrevivientes de la segunda balacera, que se atribuye a sicarios del cártel Guerreros Unidos.
El maestro hizo varias llamadas desesperadas, la mayoría a algunos compañeros suyos. Logró que le enviaran un taxi, pero el chofer, al ver al herido, no los quiso llevar.
Se comunicó entonces con otro profesor que se había encargado de llevar al hospital a la maestra Fátima Bahena Peña, quien en la balacera recibió impactos en el tórax y en el pie derecho. El otro mentor le aseguró que iban al sitio, pero lo volvió a llamar poco después: ‘‘Nos vamos a seguir derecho, porque ya van los militares para allá’’, le dijo la agitada voz en el teléfono.
El pasado viernes, en el programa radiofónico Atando cabos, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, dijo que en el expediente del caso figuran las declaraciones de 26 elementos del 27 batallón de infantería, quienes acudieron al llamado de personal de la clínica, ‘‘porque refieren que hay personas armadas’’.
El titular de la SG explicó: ‘‘Cuando llega el Ejército a este lugar –y hay fotos, yo las vi–, debe haber unos 20 jóvenes en cuclillas, sentados en el piso, o un poco más. Entonces revisan el sanatorio. Y esto dicho por el propio director de la clínica. Entonces, ellos preguntan a los jóvenes en qué les ayudan, qué necesitan, y los jóvenes les dicen que se vayan, que no los requieren”.
Osorio Chong también aseguró que la ‘‘mayor de las acusaciones’’ que los jóvenes hicieron contra los militares fue ‘‘que los trataron mal en pedirles sus datos’’ y ‘‘que no les permitieron hacer llamadas’’ telefónicas.
‘‘Digan sus nombres verdaderos porque si no, no los van a hallar’’
El profesor José Luis, presente ese día en la balacera y en la clínica, tiene otra versión. En cuanto entraron a la clínica, los militares ordenaron a los muchachos, a gritos, que bajaran, y los concentraron a todos, sin dejar de encañonarlos, en una suerte de recepción cerca de la entrada.
‘‘Allá afuera hay dos muertos, y para mí que son de ustedes’’, dijo el oficial a cargo. Los militares ordenaron a los muchachos levantarse la camiseta, dejar carteras y celulares en una mesa de centro y, luego, alzar los brazos.
‘‘Dos muchachos bajaron cargando en vilo al herido y lo sentaron en un sillón. No podía hablar; nos escribía en el teléfono que no podía respirar.’’
El herido era el normalista Édgar Andrés Vargas, originario de San Francisco del Mar, Oaxaca, a quien una bala le destrozó el maxilar superior y la base de la nariz. El oficial a cargo, cuyo rango José Luis no identificó, tomó la palabra:
–Lo que hicieron ustedes es un delito, se metieron a una propiedad privada, así que voy a llamar a la policía municipal para que se los lleve detenidos –les dijo.
–Oiga, oficial –intervino José Luis–, ¿cómo va a llamar a la policía municipal si ellos mismos fueron los que les dispararon a los muchachos?
–¿Cómo que fueron ellos?
–Sí, fueron ellos.
A esas horas, los cuerpos de dos normalistas yacían a tres cuadras de distancia, bajo la lluvia, sin que ninguna autoridad se apersonara.
En la clínica estaban 26 estudiantes, José Luis, y una docena de militares ‘‘que llegaron en dos camionetas’’. Una vez que los estudiantes dejaron sus pertenencias en la mesa, los soldados los interrogaron.
‘‘Digan sus nombres; no quiero mentiras, porque si no, no los van a encontrar’’, dijo el oficial.
‘‘¿Y eso les enseña a sus alumnos?’’
Cuando llegó su turno, José Luis dijo que es maestro.
–¿Y esto es lo que les enseña a sus alumnos?
–Yo vine a apoyarlos, porque les dispararon.
Desde el principio, José Luis suplicó al militar que pidiera una ambulancia para el muchacho herido.
‘‘Que ya la pedí, ¿qué no entiendes?’’, fue la respuesta a la tercera petición.
Todo el episodio, refiere el maestro, duró una media hora. En algún momento, el oficial salió y habló con sus subalternos a la entrada de la clínica. Cuando regresó, les dijo: ‘‘Aquí los vamos a dejar; la zona ya está asegurada, no les va a pasar nada’’.
Entonces, los militares condujeron a los normalistas a un pasillo, mientras dejaban a José Luis en la recepción.
‘‘Algunos se pusieron en cuclillas y otros se quedaron de pie. El oficial se puso a regañarlos: ‘¿Para eso los mandan sus papás a la escuela, para eso gastan?’’’
Cuando los militares salieron, llegó al lugar el dueño de la clínica, el médico Ricardo Herrera. ‘‘Tenemos un herido, por favor, véalo’’, dijo José Luis. ‘‘Sí, ya sé, allá afuera hay dos muertos, sin nadie que los atienda’’, dijo el galeno.
Tampoco él lo hizo: ‘‘El médico se acercó a mirarlo, vio la herida como a 30 centímetros de distancia y sólo dijo: ‘Híjole, cuate, sí te dieron duro, vas a necesitar cirugía’’’.
Alrededor de las 3:15 de la madrugada, José Luis consiguió otro taxi. Le pidió al normalista Omar García que sostuviera a su compañero con una playera en la boca, se subiera a la parte trasera del automóvil y no hablara. Consiguió, con engaños, que los llevaran al hospital: ‘‘Nos peleamos en un bar y a mi amigo le dieron con una botella en la boca’’.
Naturalmente, la ambulancia prometida por el oficial del Ejército nunca llegó.

sábado, 13 de diciembre de 2014

La verdad de la masacre de Iguala : Revista Proceso

La historia no oficial


PROCESO 1989
La noche del 26 de septiembre policías de Iguala y Cocula, obedeciendo órdenes del alcalde igualteco, atacaron a los normalistas de Ayotzinapa, mataron a tres y a otros 43 se los entregaron a Guerreros Unidos, grupo que presuntamente los asesinó e incineró. Esa es la versión oficial. Pero una investigación periodística, basada en documentos, audiovideos y testimonios, cuenta otra historia: El ataque fue orquestado y ejecutado por la Policía Federal, con la complicidad o franca colaboración del Ejército.
Fuerzas federales participaron en el ataque contra los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa la noche del pasado 26 de septiembre en Iguala, Guerrero, durante el cual murieron tres normalistas y 43 fueron desaparecidos en una sucesión de hechos conocida en tiempo real por el gobierno federal.
Un trabajo realizado con el apoyo del Programa de Periodismo de Investigación de la Universidad de California en Berkeley con base en testimonios, audiovideos, informes inéditos y declaraciones judiciales muestra que la Policía Federal (PF) participó activa y directamente en el atentado.
Aún más, de acuerdo con la información obtenida por Proceso en la Normal de Ayotzinapa, el ataque y desaparición de los estudiantes fue dirigido específicamente a la estructura ideológica y de gobierno de la institución, pues de los 43 desaparecidos uno formaba parte del Comité de Lucha Estudiantil, máximo órgano de gobierno de la escuela, y 10 eran “activistas políticos en formación” del Comité de Orientación Política e Ideológica (COPI).
Hasta ahora la versión oficial es que el entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca, ordenó la agresión, preocupado por la posibilidad de que los estudiantes interrumpieran el informe de actividades de su esposa, María de los Ángeles Pineda Villa, titular del DIF municipal.
Según esta versión, policías municipales de Iguala y del vecino ayuntamiento de Cocula atacaron y capturaron a los estudiantes, mientras Guerreros Unidos los asesinó y quemó, con el desconocimiento de los agentes federales y los soldados destacados en la zona. Sin embargo, los documentos y testimonios obtenidos revelan una historia diferente.
Un informe inédito del gobierno de Guerrero, fechado en octubre, entregado a la Secretaría de Gobernación (Segob) hace más de un mes y obtenido por Proceso en torno a los hechos del 26 y 27 de septiembre, señala que desde su salida de las instalaciones de la Normal de Ayotzinapa los estudiantes eran monitoreados por agentes de las administraciones estatal y federal.
El documento reporta que a las 17:59 horas el Centro de Control, Comando, Comunicaciones y Cómputo (C4) de Chilpancingo informó que los normalistas partían de Ayotzinapa rumbo a Iguala. A las 20:00 horas la PF y la Policía Estatal llegaron a la autopista federal Chilpancingo-Iguala, donde los estudiantes empezaban a hacer una colecta. A las 21:22 horas el jefe de la base de la PF, Luis Antonio Dorantes, fue informado de la entrada de los jóvenes a la central camionera y a las 21:40 el C4 de Iguala reportó el primer tiroteo.
El informe añade que desde el pasado 28 de septiembre la Fiscalía General de Guerrero ordenó a la PF informar si sus agentes participaron en los hechos del 26 de septiembre; pidió el registro de entrada y salida del personal de su base de operaciones y exigió el número de patrullas y el registro del armamento usado del 24 al 28 de septiembre.
De acuerdo con la averiguación previa HID/SC/02/0993/2014, la PF no entregó esa documentación. El 4 de octubre, ante la presión política el gobierno de Guerrero declinó su competencia y desde entonces la administración de Enrique Peña Nieto tiene el control de la investigación.
Los videos
Este semanario pudo ver 12 videos grabados por los estudiantes con sus teléfonos celulares durante el ataque. En uno de ellos las víctimas identifican claramente la presencia de la PF. “¡Ya se están yendo los policías… se quedan los federales y nos van a querer fastidiar!”, es la advertencia de un estudiante que se escucha en una de las grabaciones.
En la historia reciente los normalistas de Ayotzinapa ya habían sido atacados por la PF.
El 11 de diciembre de 2011, durante una manifestación en la autopista México-Acapulco los federales dispararon contra ellos y mataron a los estudiantes Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús. El expediente CNDH/1/2011/1/VG consigna que varios normalistas fueron detenidos y golpeados por la Policía Ministerial de Guerrero y por la PF.
Hasta ahora el gobierno de Peña Nieto ha ocultado la información que tiene acerca de la participación de la PF y el Ejército en los acontecimientos.
La tarjeta informativa número 02370, firmada por el coordinador operativo de la región Norte de la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Civil de Guerrero, José Adame Bautista, fechada el 26 de septiembre, afirma que a las 17:59 horas “reportaron vía telefónica desde el C4 Chilpancingo sobre la salida de dos autobuses de la línea Estrella de Oro con números económicos 1568 y 1531 con estudiantes de la escuela rural Ayotzinapa con dirección a la ciudad de Iguala”.
La Normal Rural Raúl Isidro Burgos está en el municipio de Tixtla, a una hora por carretera de Chilpancingo y dos de Iguala. Se reportó a los tres niveles de gobierno la salida de los estudiantes en tiempo real; esto indica que había vigilancia sobre ellos antes del ataque.
La tarjeta informativa de Adame agrega que los dos camiones llegaron a las 20:00 horas a la caseta de cobro número tres de Iguala. Un camión se quedó ahí y el otro, frente al restaurante La Palma en la carretera federal Iguala-Chilpancingo, a donde llegaron las policías Estatal y Federal.
“Por lo antes narrado el suscrito (Adame Bautista), con tres elementos más, se trasladó a la caseta en mención, lugar donde se coordinó con personal de la Policía Federal sector Caminos al mando del oficial Víctor Colmenares Campos con cinco elementos más en tres unidades procediendo a monitorear las actividades de dichos estudiantes”, señala el documento.
El informe de la esposa de Abarca como presidenta del DIF municipal concluyó a las ocho de la noche –dos horas antes de que los estudiantes entraran a la ciudad–, según declaraciones judiciales de la averiguación previa HID/SC/02/0993/2014 abierta por el gobierno guerrerense –de la cual se tiene copia– y testimonios obtenidos por este semanario.
Omar García, líder del COPI de Ayotzinapa, entrevistado por Proceso en las instalaciones de la Normal, explica que este año a su escuela le tocó “recolectar” 20 camiones para que ésta y otras normales rurales fueran a la marcha del 2 de octubre en la Ciudad de México. Antes de ir a Iguala ya habían “capturado” ocho camiones e iban por más. Contra la versión de la Procuraduría General de la República (PGR), afirma que no tenían intención de protestar contra el alcalde o su esposa.
Sostiene que en la carretera federal Iguala-Chilpancingo los normalistas tomaron un autobús, pero el chofer no quiso bajar al pasaje y dijo que les daría la unidad al llegar a la central. Pero cuando llegó a la estación, encerró en el vehículo a 10 estudiantes, quienes llamaron a sus compañeros para pedir ayuda.
Los refuerzos llegaron y rompieron la puerta del camión para sacar a sus compañeros. “Se armó el jaleo y llamaron a la policía”, apunta Omar. De la central tomaron otros camiones. Dos se fueron hacia Periférico Sur y otros tres debían tomar hacia Periférico Norte, pero equivocaron la ruta.
Testigos afirman que cerca de las 22:00 horas vieron circular tres autobuses de pasajeros por la calle Juan N. Álvarez y a la altura de la catedral los estudiantes comenzaron a bajar. El chofer que manejaba el primer camión, Hugo Benigno Castro, asentó en su declaración judicial que los jóvenes bajaron para preguntar a la gente por la salida a Chilpancingo.
Se escucharon entonces los primeros disparos y la gente corrió. El policía municipal Raúl Cisneros declaró que tras ser informado de un posible asalto acudió a la zona. Dijo que en el lugar forcejeó con dos estudiantes que supuestamente lo quisieron desarmar, y su supervisor de turno, Alejandro Temescalco, y él dispararon al aire. Ahí no hubo heridos.
Los estudiantes ahuyentaron a las patrullas a pedradas. Los tres vehículos siguieron por la Juan N. Álvarez rumbo al Periférico.
Federales
El ahora exsecretario de Seguridad Pública municipal de Iguala, Felipe Flores Velázquez, en su declaración judicial el 27 de septiembre dijo que a las 21:22 horas recibió un reporte telefónico de que los estudiantes estaban tomando camiones. Aseguró que inmediatamente llamó a Luis Antonio Dorantes, jefe de la base de la PF, quien le dijo que estaría alerta.
“A las 21:30 horas los radioperadores de la Policía Estatal del C4 Iguala y del Cuartel Regional me hacen del conocimiento que las operadoras del servicio de emergencias 066 han recibido llamadas telefónicas donde advierten que estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa están haciendo desmanes en las centrales de autobuses Estrella Blanca y Estrella de Oro”, indicó Adame Bautista en su tarjeta informativa.
Al mismo tiempo que la Policía Estatal recibía el reporte, también lo recibieron la PF, el Ejército y la Policía Municipal de Iguala, instancias a las cuales el C4 les reporta. Desde ahí se controla la red de cámaras de vigilancia, algunas de ellas instaladas en el centro de la ciudad. Pero aun cuando la Fiscalía General del Estado pidió las imágenes, nunca le fueron entregadas.
En el documento citado se afirma que a las 21:40 horas el C4 de Iguala recibió el reporte de “detonaciones de arma de fuego”. Según Adame Bautista su policía no atendió la contingencia por órdenes del subsecretario de Prevención y Operación de la Policial Estatal, Juan José Gatica Martínez.
Natividad Elías Moreno, operador de radio de la policía de Iguala y quien trabajaba en el Palacio Municipal la noche del 26 de septiembre, explica en entrevista que el C4 del municipio está conectado al Sistema Nacional de Seguridad Pública, controlado por la Segob. Afirma categórico que todos los reportes que llegan al C4 van simultáneamente a la PF, al Ejército y a las instancias federales de seguridad.
El pasado 7 de noviembre el procurador general Jesús Murillo Karam afirmó que el “operador de radio de la central de policía de Iguala, David Hernández Cruz”, declaró que fue Abarca quien ordenó el ataque a los estudiantes. De acuerdo con la copia obtenida por este semanario de la “orden de los Servicios Operativos de Vigilancia, así como de los Servicios Administrativos”, ningún empleado de dicha corporación tiene ese nombre.
Los documentos obtenidos indican que desde el 28 de octubre la Segob y el senador priista Omar Fayad –cabeza del grupo de trabajo encargado de indagar lo ocurrido en Iguala– recibieron el informe pormenorizado del gobierno de Guerrero.
El segundo ataque
El segundo ataque tuvo lugar unas cuadras antes de llegar al Periférico de Iguala. Las balas impactaron los vidrios de los vehículos, poncharon las llantas y una patrulla municipal le cerró el paso a la caravana de tres autobuses. En una acción coordinada y táctica los estudiantes quedaron atrapados entre dos fuegos, sin posibilidad de escapar.
Algunos estudiantes intentaron mover la patrulla municipal, pero les dispararon. El normalista Cornelio Copeño dijo que ese fue el momento en el cual su compañero Aldo Gutiérrez recibió el disparo en la cabeza.
Los 12 videos obtenidos captaron la agresión. En un audio sin imagen se escuchan las ráfagas. En otro se ve a Aldo tirado al lado de una patrulla agitando los brazos. Y en una grabación más se escucha que los estudiantes reclaman a los policías por qué recogen los casquillos percutidos.
El tercer autobús fue el más dañado. Asientos y pasillos quedaron manchados de sangre, como se ve en las fotografías tomadas por los estudiantes. Fue de ahí de donde se llevaron a algunos de los 43 desaparecidos.
El estudiante Francisco Trinidad Chalma declara que durante el segundo ataque “policías municipales” bajaron a sus compañeros y en el costado izquierdo del camión los tenían sometidos. “Eran como 17 o 18 y policías eran alrededor de 60. Al parecer había compañeros heridos porque los tuvieron un rato en el suelo”.
Otros testimonios de los mismos estudiantes hablan de “patrullas municipales” y “más patrullas”, y afirman que algunos atacantes estaban equipados con pecheras, rodilleras, cascos, coderas y pasamontañas, y una patrulla traía un soporte para ametralladora desde donde un uniformado los encañonó. Otros agregan que los policías adoptaron posición de tiro. Se investigó que la Policía Municipal de Iguala no usa ese equipo ni éste forma parte de los objetos asegurados por la fiscalía.
“Pregunté quiénes habían sido los que les habían disparado, manifestándome los compañeros que habían estado en el lugar de los hechos que primeramente fueron los policías municipales, quienes con un vehículo tipo patrulla les obstaculizaron la circulación, y unos compañeros se bajaron a hacer la patrulla a un lado para que los dejaran pasar, y que al momento de que intentaron mover la patrulla (…) llegaron elementos de la Policía Federal y ellos fueron los que dispararon en contra de mis compañeros, hiriendo a varios de éstos, y resultó muerto uno de ellos, sin saber el nombre de éste, por lo que los demás compañeros se bajan de los autobuses y salen corriendo para protegerse de las balas de los federales, por lo que se pusieron atrás de los autobuses y otros se tiraron al piso, y que uno de los federales se puso a fumar un cigarro en una esquina, y haciendo ademanes de que se arrimaran, ya de ahí los federales empezaron a recoger los casquillos para no dejar evidencias de los hechos”, declaró a la fiscalía el estudiante Luis Pérez Martínez.
Un testigo entrevistado por Proceso señala que fue a ver qué pasaba. Cuando llegó, la calle estaba cerrada por policías encapuchados, con armas largas, uniformes oscuros y se fijó en el detalle de que no usaban pantalones como los de los policías municipales. Uno de los videos revisados por los reporteros demuestra que entre los atacantes sí había agentes de la PF.
Se buscó en la Normal de Ayotzinapa a los estudiantes que estuvieron durante los tres ataques ocurridos en la calle Juan N. Álvarez, pero no fue posible localizarlos pues a la mayoría de ellos sus padres los sacaron de la escuela poco después de que los jóvenes declararon ante las autoridades, la mañana del 27 de septiembre, a las cuales, por temor, les dieron nombres falsos.
Vidulfo Rosales, abogado de los normalistas y de los padres de los desaparecidos, dice a Proceso que tras el ataque hubo confusión y miedo, pero que desde un inicio los estudiantes declararon que la PF participo en el ataque. En los últimos días de noviembre los jóvenes ampliaron sus declaraciones ante la PGR para dar más detalles de la participación en los hechos de la PF y el Ejército.
Municipales y Ejército
La base de la policía de Iguala está en el número 109 de Rayón, un callejón. La PGR sostuvo que esa noche los 43 estudiantes fueron trasladados ahí en patrullas y después fueron entregados a Guerreros Unidos.
La base tiene una sola entrada y por su portón no caben las camionetas con roll bar que usa la Policía Municipal. Esto se verificó pues la PF, que ahora resguarda esas instalaciones, usa el mismo tipo de unidades y éstas no pueden pasar. Los detenidos son bajados en la calle y entran caminando.
Por dentro las oficinas de una sola planta forman una especie de escuadra y todas tienen vista a un patio abierto con forma triangular al cual también tienen vista las casas aledañas. Los vecinos afirman a este semanario no haber visto ni escuchado nada fuera de lo común esa noche.
Ante diputados federales, el secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos, afirmó el 13 de noviembre que el 27 Batallón de Infantería supo del ataque dos horas después de ocurrido. Pero según esta investigación, los militares sí fueron informados a través del C4 y comandos del batallón estaban en la zona cuando todo pasó.
Luego del segundo ataque, entre las 23:00 y las 24:00 horas, un capitán del que sólo se conoce el apellido, Crespo, del 27 Batallón de Infantería, llegó a la base de la Policía Municipal de Iguala junto con otros 12 militares.
Crespo habló con el juez de barandilla Ulises Bernabé García y con el pretexto de buscar “una motoneta blanca” se metió a inspeccionar las celdas, oficinas y el patio. Testigos de la visita del capitán dijeron que después de que se supo de la desaparición de los estudiantes, les pareció más sospechosa.
El 21 de noviembre Bernabé García fue citado a declarar por primera vez por una autoridad desde que ocurrieron los hechos. Dijo a la PGR lo ocurrido con el capitán Crespo y afirmó que los estudiantes de Ayotzinapa nunca fueron llevados a la base de la Policía Municipal.
El 30 de octubre a las afueras de Iguala fue colocada una manta dirigida a Peña Nieto supuestamente firmada por un narcotraficante apodado El Gil. En ésta se responsabilizó de la muerte y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, entre otros, al “capitán Crespo”, a quien se acusó de trabajar para el crimen organizado.
A las 23:00 horas Omar García y otros estudiantes de Ayotzinapa llegaron a Iguala luego de recibir llamadas de auxilio de sus compañeros. Hubo una hora sin disparos y ya no se veía a ningún policía. Los normalistas llamaron a la prensa y mientras daban una conferencia en la esquina del Periférico y Juan N. Álvarez, un comando abrió fuego contra ellos a distancia. Cuando echaron a correr hubo varios heridos y dos estudiantes cayeron muertos: Daniel Solís y Yosivani Guerrero.
El cuerpo de Julio César Mondragón, el tercer estudiante asesinado, apareció al día siguiente en las inmediaciones del C4 con el rostro desollado y con un globo ocular desprendido. No tenía ningún disparo y según la necropsia murió por fractura de cráneo.
García dice a este semanario que quienes dispararon era gente entrenada: “Es obvio que era gente muy capacitada; he sido testigo de muchas balaceras en muchos lugares”, afirma.
“El Ejército llegó rápidamente. Entró. Cortaron cartucho a modo de que iban, no sé, contra delincuentes, nos acusó de que estábamos allanando morada, que nos iban a llevar a todos, pues que éramos delincuentes”. Señala que los obligaron a quitarse la camisa, revisaron si traían armas, les tomaron fotografías y les pidieron sus nombres reales.
“‘No quiero que me den nombres falsos porque si me dan un nombre falso, nunca los van a encontrar’. Eso lo dijo así, textualmente”, afirma Omar. “Nos estaban insinuando que nos iban a desaparecer o que nos iban a tener en algún lugar”.
Simultáneamente al tercer ataque hubo una cuarta agresión contra uno de los camiones de normalistas que tomó hacia Periférico Sur. De acuerdo con el informe de la Fiscalía de Guerrero, el camión Estrella de Oro fue atacado en el tramo Iguala-Mezcala, tenía vidrios rotos y llantas ponchadas. Se localizaron piedras, un suéter, un pañuelo y ocho playeras, una de ellas con sangre y residuos de gas lacrimógeno, el cual tampoco usa la policía de Iguala.
Tras los hechos del 26 y 27 de septiembre, el jefe de la base de la PF en Iguala, Luis Antonio Dorantes y el oficial Víctor Colmenares fueron removidos de sus cargos, se informó a Proceso en la base policiaca.
Se solicitó a la PGR y a la Segob un comentario sobre la participación de la Policía Federal y el Ejército en el ataque a los normalistas. En nombre de la procuraduría, un funcionario aceptó fijar una postura “institucional” y exigió su anonimato personal.
Dijo que el procurador Jesús Murillo Karam ya había señalado que “las investigaciones continúan y que van a llegar hasta sus últimas consecuencias”. La respuesta a las preguntas planteadas forma parte de esa  investigación, agregó la fuente, y “por tanto nada podemos decir”. l

martes, 4 de noviembre de 2014

Detienen a José Luis Abarca, ex edil de Iguala, y su esposa, en Iztapalapa, DF

Agentes de la Policía Federal los capturaron esta madrugada en una vivienda. Están señalados por PGR como autores intelectuales del ataque y desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa. Rinden declaración ante la SEIDO.
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José Luis Abraca, ex alcalde de Iguala, y su esposa María de los Ángeles Pineda, fueron detenidos esta madrugada en un operativo realizado por autoridades federales, en un domicilio particular en Iztapalapa, en el Distrito Federal.
Ambos eran buscados por la PGR, ya que son señalados como autores intelectuales del ataque y desaparición de 43 estudiantes  de la Escuela Normal de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero, en hechos ocurridos la noche del 26 de septiembre. Los dos fueron arrestados y trasladados a las instalaciones de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO), donde esta mañana rinden declaración.
Para lograr estas detenciones, la Policía Federal efectuó un operativo en una casa particular en Iztapalapa, en el Distrito Federal; aparentemente el domicilio era rentado por el ex edil y su esposa.
Abarca Martínez era buscado por los delitos de homicidio, tentativa de homicidio y desaparición forzada. 
Esta noticia fue confirmada por el director de información de la Policía Federal, José Ramón Salinas:

viernes, 31 de octubre de 2014

La tragedia de Iguala, 6 pistas y el irrelevante mensaje presidencial


Escrito por  el 06 octubre 2014 a las 1:55 pm en DestacadasSociedad

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro
Diez días después de los hechos iniciales en Iguala, Guerrero, el primer mandatario Enrique Peña Nieto emitió un mensaje en cadena nacional que resultó anticlimático, irrelevante e impreciso, según los propios comentarios y reacciones en las redes sociales.
Peña Nieto lamentó los hechos de diez días atrás, afirmó que “dio instrucciones” para que los participantes del gabinete de seguridad participen en el esclarecimiento de los hechos y consideró que “los hechos” son indignantes, dolorosos e inaceptables.
El problema es que hay varios “hechos” que se han desencadenado a raíz de la desaparición de 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa y del enfrentamiento inicial protagonizado por policías municipales de Iguala, gobernado por un presunto narcoalcalde bajo las siglas del PRD, que atacaron a un convoy de estudiantes.
Los “hechos” sobrepasan ya la capacidad de reacción del gobierno estatal y federal:
1.-Hay una criminalización sistemática de los estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos, de Ayotzinapa que anticipó los ataques armados del 26 y 27 de septiembre en Iguala contra los normalistas. En un breve artículo de hoy en La Jornada, Adolfo Gilly e Imanol Ordorika consideran estos sucesos como un “crimen de Estado”, cometido en un país “donde la tortura, las desapariciones y las muertes violentas se han convertido en hechos cotidianos”. La Normal Rural fue acosada estatal y federalmente durante décadas. ¿Por qué no se investigaron antes los ataques contra la normal? ¿Qué hizo el titular de la SEP para frenar esta criminalización? ¿Acaso no previó la Secretaría de Gobernación lo que podía suceder en Iguala con los normalistas de Ayotzinapa?
2.-El ataque encabezado por los policías municipales llevó a la principal pista de la impunidad: en Iguala el alcalde José Luis Abarca Velázquez, adscrito al grupo de Nueva Izquierda o Los Chuchos dentro del PRD, gobernó bajo el mando del cártel Guerreros Unidos. Sus policías fueron colocados por el cártel. En tanto, Iguala es dominado por narcopolicías. ¿Acaso ni el gobierno estatal ni el federal ni el PRD se dieron cuenta de eso? ¿Investigaron las autoridades electorales estatales y federales a Abarca Velázquez, quien ahora se encuentra prófugo? ¿Por qué la procuraduría estatal mantuvo impune al edil acusado del homicidio de Arturo Hernández Cardona, dirigente social y fundador del PRD?
3.-Los narcopolicías no sólo cometieron esta desaparición. El macabro hallazgo este fin de semana de las fosas con restos humanos calcinados en el cerro de Pueblo Viejo, en Iguala, revela que se trata de un “cementerio de narcos” con el consentimiento mínimo del gobierno municipal y la omisión evidente del gobernador Angel Aguirre, su procurador y su jefe de la policía estatal. ¿Cuántas “desapariciones” y “ejecuciones” más ocurrieron antes del 26 y 27 de septiembre y cuyos cuerpos fueron arrojados en esas fosas? ¿A quiénes corresponden estos 28 cuerpos exhumados en fosas de Iguala? ¿Hay más cuerpos encontrados?
4.-El fiscal guerrerense Iñaki Blanco Cabrera afirmó que, según las versiones de los narcopolicías detenidos, 17 estudiantes de la normal de Ayotzinapa fueron llevados hasta esas fosas, fueron asesinados y quemados. ¿Dónde están los restantes 26 jóvenes desaparecidos? ¿Están en otras narcofosas? ¿Ya identificaron el ADN de los restos humanos encontrados el fin de semana?
5.-El cartel de los Guerreros Unidos opera no sólo en Guerrero, sino también en Morelos y Estado de México. De acuerdo a información del periódico Reforma y de medios locales de Acapulco, el presunto jefe de este cartel que se asoció a los Beltrán Leyva es Federico Figueroa, vinculado al ex gobernador Rubén Figueroa y al cantautor Joan Sebastian, a quien ya le han asesinado dos hijos con presuntos vínculos con el narcotráfico. ¿Quiénes protegen desde el gobierno estatal o federal al cartel de Guerreros Unidos?
6.-En Iguala hay no sólo un negocio de trasiego de droga sino también de filigrana de oro que se exporta a Estados Unidos y Eurpa. Al parecer, este negocio millonario es controlado también por el crimen organizado. ¿Quién se beneficia de las extorsiones? ¿Cómo lavan el dinero? ¿Qué ha hecho la PGR y las autoridades federales frente a este negocio que todos conocen en Iguala?
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Aquella noche de terror en que el Ejército se negó a ayudar a los normalistas


30 DE OCTUBRE DE 2014 
REPORTAJE ESPECIAL

Una cruz que recuerda a los normalistas en Iguala, Guerrero. Foto: AP / Rebecca Blackwell
Una cruz que recuerda a los normalistas en Iguala, Guerrero.
Foto: AP / Rebecca Blackwell
IGUALA, Gro. (proceso.com.mx).- El maestro oaxaqueño Nicolás Andrés Juan relató afuera del Hospital General de esta ciudad, lo que pudo saber sobre la suerte que corrió su hijo Edgar Andrés Vargas, quien resultó herido en el rostro durante la cacería de policías a estudiantes normalistas de Ayotzinapa y a quien el ejército le negó el apoyo.
Esa noche conoció también al maestro de la CETEG que salvó la vida de su hijo que a punto estuvo de morir por asfixia.
“Cuando recibí la llamada a las dos de la mañana del teléfono de mi hijo pensé que era él pero fue que me enteré a grandes rasgos que estaba herido y no lo querían atender en una clínica y no había taxis para llevarlo. No entiendo cómo llegó la Marina, el Ejército, y no permitían que se llevaran a mi muchacho, también lo intimidaban”, dijo el padre frustrado en la entrevista realizada el martes 7 de octubre.
Para esa fecha el hombre pedía no ser identificado por su nombre, por temor a represalias. Ayer miércoles, habló ante el presidente Enrique Peña Nieto y su gabinete en la reunión que tuvo con normalistas y padres de familia de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos.
El maestro (quien pidió el anonimato) guió a Edgar que se desangraba y a otros estudiantes normalistas la noche del 26 de septiembre para escapar de la muerte. Intentaron parar tres taxis en las calles, pero ninguno quiso apoyarlo.
El grupo caminó al Hospital Cristina, una clínica privada de dos pisos, que estaba cerrando. Los estudiantes intentaban frenar el sangrado de Andrés poniéndole una playera como torniquete.
A la clínica llegó el médico Ricardo Herrera quien no quiso atender al herido por ser estudiante de Ayotzinapa. El llamó a la policía municipal para que detuvieran a los jóvenes (la autoridad que persiguió a los estudiantes hasta matar a seis y herir a 25), pero en su lugar llegó una veintena de soldados.
El ejército se había mantenido omiso, adentro de la región militar, durante las tres horas que duró la cacería de normalistas. No acudió a pesar de que las instalaciones castrenses están a menos de tres kilómetros de donde ocurrieron los dos episodios con balaceras.
“Se acerca el ejército”, gritó alguno de los estudiantes. Todos se escondieron. Entre varios subieron a Andrés al segundo piso, le limpiaron la sangre de la boca.
Los militares llegaron al hospital y apuntando con sus armas sacaron a los 26 de sus escondites, los regañaron por dedicarse a la delincuencia y amagaron con llevarlos detenidos.
“Se metieron a un hospital privado, es allanamiento, es un delito, vamos a llevar a los municipales para que se los lleve”, advirtió el que iba al mando de los soldados, según lo que recuerda el maestro.
“Si llaman a los municipales nos van a entregar para asesinar porque ellos son los que balacearon a todos”, respondió el profesor.
Le pidieron que se identificara y cuando dijo que era profesor le reclamaron: “¿Y esto es lo que les enseña?”; él les respondió que enseña en Iguala pero acudió a ayudarlos.
Los militares salieron un momento a hablar entre ellos. Al regresar regañaron al grupo, reclamaron al maestro que les enseña a ser revoltosos, regañaron a los jóvenes por no aprovechar la oportunidad que les dan sus padres para que estudien, los regañaron por problemáticos, les tomaron foto a uno por uno, les pidieron sus nombres, y se fueron. Antes les aseguraron que pronto pasaría una ambulancia por el herido. Pero no llegó. Los estudiantes se fueron en un taxi que accedió a subirlos porque escondieron al herido.
“El ejército ya tomó la zona, ya están seguros”. Fue lo último que dijo el que iba al mando.
En aquella entrevista en el hospital el papá Nicolás Andrés Juan dijo a Proceso que su hijo estaba por cumplir los 20 años.
“Cuando llegamos a Iguala y vimos al médico nos dijo que estaba a punto de morir por asfixia porque estuvo mucho tiempo sin atención, esta parte la tenía inflamada, cerrada –se tocó la garganta–, le hicieron una traqueotomía, por eso salvó la vida, si hubiera tardado más estaría muerto”, narró.
Durante los primeros días en los que estuvo internado en el hospital, Andrés tuvo pesadillas, lo durmieron con sedantes. Perdió la voz y una parte de la cara. Tenía inflamado el rostro, se comunicaba a través de la escritura.
Sus familiares no querían que recordara nada. Al día siguiente fue trasladado al DF, al hospital Gea González, para someterlo a cirugías.
“Mi hijo tenía trazado un proyecto de vida estable, tener licenciatura, ejercer su profesión, tener una familia, poder vivir. Desafortunadamente no sabemos cómo va a ser después ni qué secuela pueda tener. La ciencia ha avanzado pero va a quedar distinto, inclusive la voz. Nos ponemos a pensar qué va a ser de él, a lo mejor no va a poder ejercer una docencia, estar frente a los alumnos, cómo va a quedar. Uno trata de darle una mejor herencia a los hijos”, dijo triste.
Ayer narró esta historia ante el presidente Enrique Peña Nieto y su gabinete de seguridad, y reclamó otra vez que el ejército no ayudó a su hijo.
El día de la entrevista, en el hospital estaba el hermano de Aldo Solano Gutiérrez el estudiante herido que sigue en coma. El reporte que dio su familiar es que no se movía, estaba conectado por ventilador, lo poco que movía del cuerpo era a causa de reflejos. No pudieron trasladarlo a un hospital de alta especialidad porque requería estar conectado y su cerebro estaba inflamado.
Aldo, el herido, tiene 19 años. Es jugador de futbol y proviene de Ayutla. Fue herido en la primera balacera del 26 en la noche, cuando la policía municipal bloqueó el paso de su camión en el periférico y les disparó mientras los jóvenes estaban intentando mover la patrulla que obstaculizaba la salida.
“Todos en la familia estuvimos muy felices cuando supimos que pasó el examen para entrar a la Normal porque él quería ser algo en la vida, seguir estudiando, tener carrera y apoyar a mis papás que son de bajos recursos y la única escuela para campesinos es Ayotzinapa. Su sueño era estudiar, ser maestro. Eso es su sueño”, dijo.

martes, 28 de octubre de 2014

Los pactistas contra México, convertidos en #PerrosChimuelos


“A AMLO no le alcanza su honestidad valiente” para el caso Iguala: Zambrano


Luego del deslinde de Andrés Manuel López Obrador del edil de Iguala, José Luis Abarca, hoy prófugo por el caso de los 43 normalistas desaparecidos, el ex líder del Partido de la Revolución Democrática (PRD) hizo una crítica al que fuera su ex candidato presidencial.
“A AMLO no le alcanza su “honestidad valiente” para reconocer que sí fue advertido sobre Abarca en Iguala!”, escribió el ex líder nacional perredista, Jesús Zambrano, en su cuenta oficial de Twitter.
“AMLO es un demagogo, dice que en 2010 buscó distanciarse del @PRDmexico … pero en 2012 fue su candidato!”, agregó en la misma red social.
Partidos políticos como el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN) han pedido que López Obrador “asuma su responsabilidad” y declare sobre su presunta relación con Abarca, señalado como el autor de la desaparición de los jóvenes de Ayotzinapa.
“Todo aquel que promovió a Abarca debe declarar”, dijo por su parte el diputado Manlio Fabio Beltrones. “Puede colaborar con la PGR”, agregó el también priísta Emilio Gamboa. El senador panista, Ernesto Cordero, de plano mencionó que el tabasqueño debe dejar de “hacerse guaje”.
En su mitin con Morena de este domingo, López Obrador aseguró ante cientos de simpatizantes en el Zócalo capitalino que “a Abarca jamás lo vi”.
Paréntesis

Jesús Zambrano planeó la fuga Abarca, denuncia Dolores Padierna


28 de octubre de 2014 - 12:53 pm
La senadora reveló que Zambrano y Abarca se reunieron el lunes siguiente a los hechos violentos en Iguala.
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Ciudad de México – La senadora Dolores Padierna por parte del Partido de la Revolución Democrática (PRD) acusa al ex presidente del sol azteca, Jesús Zambrano de planear la fuga del ex presidente municipal de Iguala, Guerrero, José Luis Abarca, quien ha sido identificado por la PGR de ordenar el ataque a los normalistas el pasado 26 de septiembre.
Padierna reclamó que el ex dirigente nacional del partido diera aviso a las autoridades sobre la ubicación del ex alcalde, pese a que ya se habían cometido los hechos violentos que dejaron 6 muertos, 17 heridos y 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa desaparecidos.
Pasado el secuestro y la desaparición de los estudiantes en Iguala, Jesús Zambrano se reunió con Abarca sabiendo quién era y sabiendo lo que había pasado. Debió haber dado aviso a las autoridades para evitar su fuga, pero al contrario, parece ser que lo que estaban planeando era la fuga”, dijo la vicecoordinadora perredista en el Senado.
Él sabía lo que ocurrió y aun así no lo entregó, no lo reportó a las autoridades, se reunió con él a platicar, a comer, a conversar, eso no se hace con delincuentes, cuando alguien sabe que es un delincuente no te reúnes con él“, aseguró Dolores Padierna.
La senadora reveló que la reunión entre Zambrano y Abarca tuvo lugar el lunes siguiente a los hechos violentos en Iguala.
Ya habían pasado los hechos, ya se sabía de los normalistas y Zambrano sabía lo que había ocurrido con los dirigentes del partido en el 2013, pues eran elementos más que suficientes para no reunirse con él“, apuntó.
Con información de SDP

domingo, 19 de octubre de 2014

Iguala, coartada para el Ejército


Salvador Cienfuegos, titular de la Sedena. Foto: Miguel Dimayuga
Salvador Cienfuegos, titular de la Sedena.
Foto: Miguel Dimayuga
MÉXICO, D.F. (apro).- Con el apoyo del Congreso, la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) se parapetó en la ingobernabilidad en Guerrero para mantenerse lejos del escrutinio público por la ejecución sumaria del Ejército en Tlatlaya, Estado de México.
El Congreso está contribuyendo a levantar una muralla más en torno del Ejército. Muy lejos de su papel de equilibrio de poderes –básico en una sociedad democrática–, los llamados representantes populares están dejando a “la buena fe” del Ministerio Público federal la investigación de esa matanza que exhibió a México ante el mundo como un país donde agentes del Estado cometen delitos de lesa humanidad.
La Comisión Bicameral de Seguridad Nacional decidió, por motivos que sólo los partidos conocen, excluir al titular de la Sedena, general de división Salvador Cienfuegos, de la reunión que tuvieron el jueves 15 con integrantes del gabinete de seguridad del Ejecutivo federal.
Asistieron el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio; el procurador Jesús Murillo Karam: el comisionado nacional de Seguridad, Alejandro Monte Rubido, y el director del Centro de Investigación y Seguridad Nacional, Eugenio Ímaz. No acudió el alto mando del Ejército, como si nada tuviera que ver con la crisis de gobernabilidad en México.
En sus nueve años de existencia, la Comisión Bicameral ha demostrado ser absolutamente marginal, intrascendente. Ha sido, acaso, testimonial. Se creó como parte de la Ley de Seguridad Nacional, aprobada en agosto de 2005 a finales del gobierno de Vicente Fox.
De entonces a la fecha, en el país han ido creciendo las amenazas a la seguridad nacional, haciendo cada vez más difícil las condiciones de vida para el Estado mexicano, sus ciudadanos y su desarrollo político.
El Estado ha ido perdiendo control territorial a manos de una delincuencia organizada que en Iguala, Guerrero, mostró su real dimensión: el control de los municipios, como base de la organización política y administrativa del país.
Munícipes y síndicos han pasado de protectores a integrantes de las organizaciones delictivas, dejando que la cosa pública quede en manos de esos grupos.
Las consecuencias han sido catastróficas para la población, como lo demuestran Iguala y Tlatlaya, donde agentes del Estado y sus asociados dedicados al exterminio actuaron para controlar a opositores políticos o presuntos rivales en sus actividades delictivas.
Pero para el Congreso esos dos casos merecen un tratamiento distinto, por separado, a pesar de tratarse en ambos de violencia institucional, sólo que en Iguala fue con el apoyo de privados.
Por el caso Iguala se discute la eventual desaparición de poderes en Guerrero. Por Tlatlaya, nada. No se atreve a llamar a cuentas al Ejército, dejando que la PGR construya una “verdad jurídica” de la matanza de civiles.
Por más delincuentes que pudieran haber sido las víctimas, como lo relató la reportera Jesusa Cervantes en la edición del semanario Proceso que circula esta semana, el Estado mexicano no puede dar una respuesta criminal.
Frente a las Fuerzas Armadas, los congresistas mexicanos abdican. Renuncian a su soberanía como Poder del Estado. En el extremo, ni las mínimas formas democráticas respetan cuando van al despacho del general secretario en turno como parte de “la glosa” de los informes de gobierno. Una vergüenza para la rendición de cuentas y el equilibrio de poderes.
El Ejército tiene así todo el espacio para actuar como orden sin que sus mandos tengan que responder a nadie. Sólo así se entiende que hasta ahora sólo tres soldados “desobedientes” de las reglas militares y un sargento que los encubrió estén ahora indiciados como responsables de la matanza.
Sin escrutinio alguno, el Ejército ha decidido quitar del mando de la 22ª Zona Militar, a la que pertenece el 102 Batallón de Infantería, al general José Luis Sánchez León, a quien sólo por trascendidos periodísticos se le señala como parte de las investigaciones. Fuentes oficiosas dicen que el general fue enviado al Estado Mayor de la Sedena, en la Quinta Región Militar, en Jalisco.
Mucho menos se sabe del coronel al mando del batallón, de quien dependían directamente los señalados como responsables de los homicidios.
De la manera en que se cierre el expediente de Tlatlaya y su eventual falta de esclarecimiento será también responsable el ausente Congreso mexicano.
@jcarrascoa
jcarrasco@proceso.com.mx

lunes, 13 de octubre de 2014

Contra los “ayotzinapos”, odio criminal

Los rostros de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala. Foto: Especial

Entre los policías de Iguala, ministerios públicos y militares, el desprecio hacia los normalistas de Ayotzinapa es manifiesto. El médico Ricardo Herrera –quien denunció a los estudiantes heridos que penetraron en su clínica en demanda de atención– sostiene sin rubor que “los ayotzinapos” son agresivos y por eso les volvió la espalda. Con ese estigma se tratan de ocultar las tropelías de un partido –el PRD– y un alcalde intolerante  –José Luis Abarca–, a quien desde hace meses se le acusa por el asesinato del activista Arturo Hernández y por sus presuntos nexos con un grupo de narcotraficantes.
IGUALA, GRO.- “Vi al herido, pero no lo atendí porque no era mi responsabilidad.”
El médico cirujano Ricardo Herrera lo dice con naturalidad, con un dejo de satisfacción por el deber cumplido al dejar sin auxilio al estudiante con la quijada rota, la cara perforada por un balazo, que requería atención urgente la noche del 26 de septiembre, cuando lo encontró escondido dentro de su hospital, con una veintena de estudiantes normalistas.
En vez de auxiliarlo habló a la Policía Municipal para que se los llevara. Llamó a la misma autoridad que esa noche emboscó hasta tres veces a los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa –a una hora de distancia–, destrozó a balazos los autobuses que los transportaban y, en un episodio aún irresuelto –en el cual participaron sicarios del Cártel Guerreros Unidos–, mató a dos adultos y a cuatro estudiantes –uno de ellos apareció desollado: sin rostro, con los ojos arrancados–, y se llevó detenidos a otros 43 que aún no aparecen.
Para este médico, el herido no tenía más que un rozón que le partió los labios y andaba platicando con sus compañeros como si nada. Y justifica su indolencia:
“‘Los ayotzinapos’ vienen agresivos, violentos, sacan a los pacientes, destruyen, vienen como delincuentes. Si de veras son estudiantes, eso no se hace”. Esa reacción es similar a la de muchos igualtecos, quienes al igual que militares, paramédicos, ministerios públicos y policías estatales dieron la espalda a los estudiantes de esa escuela donde se forman profesores rurales y donde el requisito para matricularse es ser pobre.
Cuando se le recuerda al médico que los estudiantes están desaparecidos y podrían haber terminado en fosas –como han declarado policías y narcos detenidos por la procuraduría federal– dice: “Eso es lo que va a pasar a todos ‘los ayotzinapos’, ¿no cree?”.
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El padre de uno de los dos normalistas heridos que hasta el martes 7 permanecían internados en el Hospital General de este municipio relata lo que sabe sobre la suerte de su hijo:
“Cuando recibí la llamada a las dos de la mañana del teléfono de mi hijo pensé que era él, pero fue cuando me enteré a grandes rasgos que estaba herido y no lo querían atender en una clínica ni había taxis para llevarlo. No entiendo cómo llegó la Marina, el Ejército, y no permitían que se llevaran a mi muchacho. También lo intimidaban.”
Lo visita el maestro que guió a los normalistas a esconderse en el hospital Cristina, quien confirma que los taxistas no querían llevar al joven herido, que él y los compañeros intentaban frenar el sangrado con una playera. Hora y media después de la balacera alguien gritó que se acercaba el Ejército. Todos se escondieron. Los militares, apuntando con sus armas, sacaron a los 26 de sus escondites, los regañaron por dedicarse a la “delincuencia” y amagaron con llevarlos detenidos.
“Se metieron a un hospital privado; eso es allanamiento. Es un delito –recuerda el maestro–. Les dijimos que si van a llamar a los municipales nos van a entregar para asesinarnos, porque ellos son los que balacearon a todos.”
Se fueron. Les aseguraron que pronto pasaría una ambulancia por el herido. Abordaron el taxi que envió un conocido al hospital.
El joven tenía pesadillas, lo dormían con sedantes, cuenta el padre. Perdió la voz y una parte de la cara. Tiene inflamado el rostro y se comunica a través de la escritura. El miércoles 8 fue trasladado al Distrito Federal para someterlo a cirugías.
Enseguida está el hermano de otro de los heridos, en coma. Está conectado por ventilador. Lo poco que mueve del cuerpo es por reflejo. No pudieron trasladarlo a un hospital de alta especialidad porque requiere estar conectado y su cerebro está inflamado.
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En fotografías y videos tomados la tarde del 26 de septiembre, antes de que ocurriera la tragedia, se ve a 3 mil acarreados, un templete adornado con flores y un escenario con el rostro amplificado de María de los Ángeles Pineda Villa, la esposa del alcalde perredista José Luis Abarca. Era el escenario para que ella diera su informe como presidenta del DIF, el lanzamiento disfrazado de su campaña para suceder a su marido en la alcaldía.
A su lado, en primera fila, estaba el jefe del Estado Mayor del 27 Batallón de Infantería, coronel Juvenal Mariano García.
José Luis y María de los Ángeles se enriquecieron con el negocio del oro que hizo nuevos ricos a muchos en esta ciudad en los noventa. Ambos se convirtieron en propietarios de decenas de locales en el centro joyero y de una plaza comercial, de casas y ranchos. Por su cercanía con Lázaro Mazón, el actual secretario de Salud, Abarca fue impuesto como candidato del PRD, partido al que se afilió, con el que ganó las elecciones y en el que su esposa escaló hasta ser consejera.
En la entrada del palacio municipal y en los documentos la señora no escribía nunca su segundo apellido, que la vinculaba directamente con sus hermanos Salomón Pineda Villa, El Molón, jefe de plaza de Guerreros Unidos; Alberto Pineda Villa, El Borrado, y Mario Pineda Villa, El MP, exoperadores de los Beltrán Leyva asesinados, y con María Leonor Villa Orduño, a quien señalan como su madre y operadora y prestanombres del capo.
Los estudiantes de la Normal de Ayot­zinapa habían llegado a Iguala la tarde del 26 de septiembre a fin de pedir dinero para acudir a la manifestación anual del 2 de octubre y sacar camiones de la terminal de autobuses que los transportaran, pues en Chilpancingo se los habían impedido.
Justo ese día un periódico local informó que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos acababa de admitir la denuncia contra Abarca, quien, según testigos sobrevivientes, asesinó personalmente en mayo de 2013 al activista Arturo Hernández Cardona y otros activistas del Frente de Unidad Popular (FUP) por ser disidentes.
Periodistas que asistieron al informe de Pineda Villa recuerdan que en pleno baile cerca del Zócalo se escuchó un disparo que no saben ubicar quién lanzó; los locatarios bajaron las cortinillas. Los estudiantes viajaban a bordo de tres camiones hacia la salida de la ciudad, pero en el Periférico fueron emboscados por una veintena de patrullas (entre éstas las matrículas 018, 020, 027, 028 y la 302) con el desenlace ya conocido.
Tras el escándalo se supo que el secretario de Seguridad Pública, Felipe Flores Vázquez, era clonador de patrullas utilizadas para delinquir y una pieza del Cártel Guerreros Unidos. Hoy está prófugo, al igual que Abarca.
En este municipio circulan varias versiones sobre los resortes que activaron la barbarie.
“El presidente municipal perdió el control. Su vieja estaba tan encabronada de que le echaran a perder su acto, que se le hizo fácil dar la orden a su hermano El Molón, quien ordenó a Guerreros Unidos llevarse a ‘los ayotzinapos’ para madrearlos. Creo que eso pensaban y los iban a esconder como siempre hacen”, explica un miembro del cabildo.
El secretario técnico de la Red Guerrerense de Organizaciones Civiles de Derechos Humanos, Manuel Olivares, lanza otra teoría: Fue en venganza por los destrozos causados durante las manifestaciones por el asesinato de Hernández Cardona –que nunca les perdonaron– “y la sensación de intocable del presidente municipal que era cobijado por el Congreso del estado, el gobernador Ángel Aguirre y su partido, que le generaba un marco de impunidad cuando la gente exigía su desafuero”.
Una versión más: Alguien, desde el gobierno del estado, envió a esa zona a los estudiantes y dio el pitazo de que eran miembros del Cártel de Los Rojos que habían llegado a disputar terreno a Guerreros Unidos. Por eso la cacería de los camiones y el de los deportistas de Los Avispones de Chilpancingo, sospechosos por ser varones en edad productiva.
Otra, de boca de un maestro: “Como están en constante pelea con Los Rojos y se tiran muertos todo el tiempo como marcando el territorio, la teoría es que se haya infiltrado gente de Los Rojos para calentar la plaza y culpar a los otros. Les salió bien porque todas las casas que tenían los de aquí, por lo que pasó, ya fueron cateadas”.
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En el municipio de Iguala, cuna de la Independencia nacional, ya se habían hecho costumbre los tratos más crueles, inhumanos y degradantes para disciplinar a la disidencia.
“El PRD toda la disidencia silenciaba”, dice la regidora Sofía Lorena Mendoza Martínez, viuda de Hernández Cardona.
Un recuento hecho por un político no identificado menciona entre las medidas disciplinarias una golpiza a Francisco López Ligorio, quien pretendía introducir combis; las amenazas a los hermanos Cayetano, líderes de Tierra y Libertad; a Antonio Salmerón Reyes, líder de Organizaciones Indígenas por el Progreso, “le dieron un paseo y lo aplacaron”; al líder vecinal Ernesto Pineda Vega, quien denunció narcolaboratorios y fosas clandestinas, fue detenido por la Policía Municipal y el Ejército, acusado de secuestrador –hoy está en la cárcel–, mientras su hermano fue asesinado, y los líderes del Mercado Municipal que se indisciplinan, dice, “reciben una madriza”.
El caso que más repercusiones ha tenido es el asesinato en mayo de 2013 de Hernández Cardona y dos compañeros del FUP que fueron secuestrados cuando iban a ratificar una denuncia contra Abarca. Sus cadáveres fueron encontrados tres días después con huellas de tortura. “Le quitaron ojos, las uñas, testículos, le atravesaron una daga, le echaron ácido en el cuerpo y en la cara”, comenta el político.
“Este caso lo tenía el Congreso del estado, pero el diputado Ortega, del PRD, de la Comisión Permanente, dijo que no iba a pasar. En el Congreso pusieron candados por órdenes del gobernador Aguirre. En el PRD nunca prosperó, hasta que se lo llevaron al obispo Vera y se puso en la Corte Interamericana.”
Las desapariciones han sido uno de los sellos del actuar de la mafia de narcopolicías.
En un seguimiento de prensa de abril de 2005 a marzo de 2014 la organización Taller de Desarrollo Comunitario documentó más de 200 desapariciones en Iguala. Y el investigador José Merino da cuenta de que esta ciudad tiene una tasa mayor de desapariciones en comparación con el resto del estado.
“En Guerrero el narco siempre ha estado ligado a los políticos. Siempre ligado al combate de las luchas sociales. Siempre han sido narcos los que gobiernan”, dice Sergio Ocampo, corresponsal de La Jornada en Chilpancingo, el más informado del estado. La narcopolítica que asomó sus garras tiene raíces visibles desde la década de los setenta.
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El municipio vivía asolado desde antes. Durante la administración anterior los policías instalaron “filtros” sobre las carreteras federales donde a su arbitrio detenían todos los vehículos que cruzaban por las tres entradas a la ciudad, interrogaban conductores y ahí decidían su suerte.
Los afectados, según un recuento del semanario Trinchera, fueron el coordinador de la CRAC (Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias) de la casa de Justicia de San Luis Acatlán, Eliseo Villar Castillo (detenido y golpeado en agosto de 2013); el integrante de la dirección colectiva de la APPG, Alfonso Sánchez Celis (detenido, atado, golpeado al regresar de una marcha en apoyo de mineros en huelga, en julio y en septiembre sufrió un intento de levantón junto con tres comisarios ejidales, pero fueron rescatados); el abogado de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), Manuel Vázquez Quintero y dos acompañantes (detenidos, golpeados y amenazados, en agosto); también fueron desaparecidos cinco miembros de una familia que trasladaban a un herido de bala a Chilpancingo. Este año las primeras víctimas conocidas fueron cinco elementos de la Policía Municipal de Pungarabato y otros cinco de Altamirano (levantados y torturados en enero).
En una nota publicada el 3 de febrero último consta la denuncia de comerciantes anónimos que acusaban a la policía de estar coludida con el crimen organizado. Seis meses antes, siete uniformados fueron encarcelados luego de que militares los encontraron en una patrulla clonada. Estaban acusados de atacar a balazos el palacio municipal de Teloloapan, donde fallecieron dos policías.
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“No le puedo decir nada. Son intocables esos muchachos desde hace tiempo. Nomás vaya a la salida a Chilpancingo, robaban diesel a la población. Nosotros no nos metíamos”, se queja un policía sesentón con 12 años de servicio mientras espera su turno para abordar el autobús que llevará a todos los policías que no están detenidos –22 son acusados por la noche de terror– a un curso de profesionalización en Tlaxcala.
“Ellos se dedican a destruir, a agredir a las personas. Hacen miles de cosas y no les dicen nada. Cierran casetas, roban todo, hasta la bolsa de señoras jalonearon esta vez. Pero eso no lo ven, ¿verdad? Y si nosotros no actuamos, está mal; si sí actuamos, está mal. A ellos todo les permiten”, dice furiosa una mujer policía.
El desprecio está implícito en los comentarios de los policías municipales que son llevados a Tlaxcala para capacitarse. Varios aseguran que los compañeros detenidos son inocentes y que fue una trampa para borrarlos del mapa.
“¿No le parece raro que policías federales y militares nunca intervinieron? ¿Quiénes teníamos que ir si no éramos nosotros?”, razona uno de ellos.
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La noche del 26 de septiembre Abarca, su esposa y sus invitados bailaron cumbia al ritmo de Luz Roja. Siguieron su fiesta a pesar de que estaba la cacería de estudiantes. Desde la medianoche los normalistas muertos yacían en el piso, sobre charcos de sangre. Otros se escondían aterrados en los montes, algunos pocos recibieron refugio en casas. No volvió a acercarse ningún policía. Los militares sólo acudieron a los reportes de robos, como el de la clínica Cristina.
Pasadas las cuatro y media de la mañana llegaron los primeros ministerios públicos a cubrir a los muertos con una cobija. Los normalistas estuvieron seis horas tirados en el pavimento. Solos. A nadie le importaron.

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