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lunes, 26 de enero de 2015

En Iguala "los victimarios escogieron algunos jóvenes para llevárselos": periodista

Normalistas Ayotzinapa

(26 de enero, 2015).- Los cuerpos de los estudiantes asesinados la noche del 26 de septiembre quedaron tendidos en el piso, a 10 metros de ellos estaban los soldados, quienes impedían que los presentes se acercaran.
Eran las dos de la mañana del viernes 26 de septiembre. Sólo algunos pasaban por las calles. Algunos de los reporteros ahí presentes se sorprendían por la presencia de un taxista que observaba a los cuerpos.
Inclusive los militares señalaban que los taxistas y motociclistas que por ahí circulaban eran halcones. Así pasó hora y media antes de que llegaran los elementos del Ministerio Público y los peritos de la Procuraduría del Estado y el Servicio Médico Forense (SEMEFO).
Una hora después se recogieron los cuerpos, en medio de una lluvia. Jonathan Cuevas, uno de los reporteros que presenciaron los hechos relata que los rumores eran fuertes desde el principio, se trataba de dos estudiantes de primer grado de la normal rural de Ayotzinapa, “Raúl Isidro Burgos”. Ninguno de los nueve comunicadores tenía duda de ello a esa altura de la noche.
A continuación se reproduce un fragmento del relato de Cuevas:
“Los nueve reporteros enviados desde Chilpancingo fueron los únicos testigos de aquella triste escena. Antes, unos 5 comunicadores locales había atestiguado el atentado más cruel sucedido en los últimos años, en el Estado de Guerrero.
Esos cinco vivieron la peor parte. Fueron balaceados justo en el momento en que entrevistaban a los líderes del movimiento de Ayotzinapa. En esa entrevista los estudiantes relataban que ya habían sido atacados con armas de fuego como a las 21:00 horas de ese 26 de septiembre.
En esa entrevista también había maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG), que habían llegado a brindar apoyo a los muchachos de “ayotzi”.
Pero luego vino el ataque más perverso. No concluía la entrevista cuando hombres vestidos de policías y algunos civiles se instalaron en tres puntos para acorralar a sus víctimas. Sin aviso alguno empezaron a disparar.
Los jóvenes que estuvieron ahí afirman que había una lluvia de balas que pasaban a centímetros de sus cuerpos. Varias toparon con carne humana. A dos les alcanzaron a arrebatar la vida en ese instante; varios más lograron huir heridos.
Todos corrieron para donde pudieron y, fueron perseguidos. Muchos pretendieron esconderse en algunos autobuses que estaban ahí varados, pero tomaron la peor decisión. De ahí los bajaron algunos sujetos que portaban armas largas.
Los victimarios se dieron el tiempo de tirar al suelo a decenas de jóvenes y escoger a algunos para llevárselos en camionetas oficiales del gobierno municipal. Se fueron con 44 estudiantes de los cuales 42 aún no aparecen (a la fecha del 25 de enero del 2015).
Uno fue localizado la mañana del día siguiente (27 de septiembre del 2014), desollado. Al otro ni siquiera tuvieron la oportunidad de reconocerlo sus padres, pues según el gobierno, fue calcinado por sus victimarios.
Varios sobrevivientes fueron perseguidos por diversas partes de la ciudad. Tenían que resguardarse entre los montes, en matorrales o donde pudieran.
Cerca de la medianoche llegó el Ejército solo para resguardar a los dos caídos. Antes, durante los atentados y las persecuciones, jamás aparecieron.
Pero cuando arribaron a la zona del crimen, los sobrevivientes rogaron ayuda para que rescataran de la barandilla municipal a sus compañeros que, imaginaban, se habían llevado presos. Los efectivos del ejército se negaron a acudir a la comandancia de la policía y, por el contrario, dijeron a los jóvenes que ellos mismos se habían buscado el sanguinario ataque.
Los cinco reporteros que sobrevivieron se escondieron donde pudieron y no volvieron a salir en toda la noche. A los estudiantes de Ayotzinapa les cerraron las puertas en hospitales y las casas de los vecinos de esa zona.”

viernes, 19 de diciembre de 2014

Protestan padres de los 43 frente a base militar


Insisten en que la autoridad presente vivos a los 42 alumnos desaparecidos
Padres de normalistas protestan frente al 27 batallón de infantería
El Centro Tlachinollan exige investigar posible omisión de las fuerzas federales
Foto
Padres de los 42 estudiantes normalistas desaparecidos se manifestaron frente a las instalaciones del 27 batallón de infantería del Ejército Mexicano en Iguala, GuerreroFoto Lenin Ocampo
Sergio Ocampo y Héctor Briseño
Corresponsales
Periódico La Jornada
Viernes 19 de diciembre de 2014, p. 5
Los padres de los 42 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre pasado en Iguala, Guerrero, efectuaron una protesta frente a las instalaciones del 27 batallón de infantería, ubicado en esa ciudad, y exigieron la presentación con vida de sus vástagos.
Los contingentes de padres llegaron ayer a las instalaciones militares procedentes de la Normal de Ayotzinapa después del mediodía y gritaron consignas hasta las 16 horas, cuando concluyó la protesta.
Nerviosos, decenas de soldados corrían de un lado hacia otro y finalmente se colocaron en fila para impedir el acceso de los manifestantes al cuartel, quienes lograron ingresar unos cinco metros en las instalaciones.
Una madre clamó: Ayúdanos, Señor; muéveles el corazón para que entreguen a nuestros hijos. Frente a los militares –unos guardaban silencio mientras otros reían–, gritó entre sollozos: ¿Qué haría su madre o su padre si a ustedes los hubieran desaparecido los policías y los soldados? Moverían cielo, mar y tierra, ¿no?
Queremos a nuestros hijos en sus hogares
Una anciana dijo a los uniformados:Somos muchísimas madres llorando por nuestros hijos; los queremos en nuestros hogares, en las escuelas, en esta Navidad. ¿Les gustaría que alguno de sus hijos fuera el 44?
A unos 50 metros de los padres estaban apostados casi cien elementos de la División de Gendarmería de la Policía Federal, equipados con escudos y toletes. Una mujer gritó a los soldados:Aquí estamos, sin armas, venimos a morir; ustedes están armados, ustedes nos matarían, pero si me matan de todos modos ya me mataron, ya no tengo corazón.
Vidulfo Rosales Sierra, abogado del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, dijo que con la protesta frente al 27 batallón de infantería en Iguala se reclamó la postura omisa del Ejército Mexicano el pasado 26 de septiembre. Es la primera de una serie de movilizaciones que llevarán a cabo los padres de familia en la entidad y diversas partes del país, incluso en Estados Unidos.
Además, exigió al presidente Enrique Peña Nieto que se abran nuevas líneas de investigación que incluyan al Ejército Mexicano y en general a las fuerzas federales, porque estuvieron en los hechos y tienen importantes datos. Deben explicar qué hicieron durante las cinco horas que duró la represión contra los estudiantes de Ayotzinapa y por qué no intervinieron.
Rosales Sierra lamentó la postura de los empresarios de Acapulco, que culpan de la baja en la afluencia turística al movimiento social. Ayer hubo 11 muertos en el puerto y los empresarios no dijeron nada. En esta lógica pareciera que hay que meter a la cárcel a los que protestan y a los que matan no. La clase patronal asume una actitud hipócrita y no dice nada al respecto.
Destacó que la imagen de Guerrero y las afectaciones que padece obedecen a diversas causas, como la pobreza y el desempleo, pero el crimen organizado está intacto, los empresarios debieran tener una estrategia clara para estos casos y no culpar al movimiento.
En tanto, unos 35 integrantes del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositores a la Presa La Parota, del Movimiento Popular Guerrerense y del Frente Único de Normales Públicas del estado de Guerrero tomaron casi cinco horas la caseta La Venta, donde empieza la Autopista del Sol, y cobraron 50 pesos a los automovilistas para permitirles circular. Argumentaron que la cooperación es para mantener vivo el movimiento y para ayudar a nuestros hermanos de Ayotzinapa.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Inacción militar que olió a complicidad

Diversos hechos y testimonios apuntan a que la inacción del 27 Batallón de Infantería, con sede en Iguala, los pasados 26 y 27 de septiembre, no fue casual: los jefes castrenses tenían una excelente relación con el exalcalde José Luis Abarca y con su esposa, y el día del ataque a los normalistas no hubo presencia militar sino hasta mucho después del tiroteo, cuando las víctimas buscaban ayuda médica, la cual prometieron y no dieron. Hay otros datos: el año pasado el jefe de la policía de Cocula acusó a los integrantes de ese batallón de proteger a delincuentes y hay un caso documentado de cuando levantaron y desaparecieron a seis jóvenes igualtecos en 2010.
La inacción del Ejército ante los hechos de Iguala, Guerrero, el 26 y 27 de septiembre pasados ha generado sospechas entre diversos sectores; el ataque de más de tres horas a los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa –donde tres fueron asesinados y 25 heridos por policías municipales de Iguala y Cocula y 43 más entregados al cártel Guerreros Unidos– ocurrió a menos de tres kilómetros de las instalaciones del 27 Batallón de Infantería.
El 19 de octubre la Comisión de Seguridad Nacional del Congreso citó al secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos para que explique lo que sabe del caso de los normalistas y la situación de violencia en Guerrero.
Además Human Rights Watch señaló que es responsabilidad del gobierno responder a los cuestionamientos en torno al comportamiento de los militares durante los ataques de la policía de Iguala contra los estudiantes. El Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan pidió investigar al Ejército por su falta de prevención de los hechos y la ausencia de información de inteligencia acerca del modus operandi de los grupos criminales en la zona.
Al ser cuestionado sobre la inacción del Ejército para defender a los estudiantes, durante su conferencia de prensa del viernes 7 el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, justificó: “El Ejército se mueve sólo con órdenes. ¿Qué hubiera pasado si hubiera salido? ¿A quién hubiera apoyado? Obviamente a la autoridad. ¡Qué bueno que no salió!”
El comportamiento del Ejército aún no ha sido aclarado. Pero una serie de datos salta a la vista.
En Iguala están las instalaciones del 27 Batallón de Infantería. El personal de ese agrupamiento no sólo no acudió a verificar qué pasaba afuera de sus instalaciones ese 26 de septiembre sino que negó atención a los heridos. También se le acusa de haber obstaculizado la búsqueda de los estudiantes.
Hay evidencias de que no atendió las denuncias recibidas antes de la tragedia, en las cuales se señalaba por comportamiento criminal a las policías de Iguala y Cocula y se sabe además que los militares de esa demarcación tenían muy buena relación con el entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca.
Personal de ese batallón está señalado como culpable de la desaparición forzada de seis jóvenes en 2010.
El informe de Pineda
La tarde del 26 de septiembre, en la primera fila del informe de la entonces presidenta del DIF de Iguala, María de los Ángeles Pineda, esposa de Abarca, estaba el coronel de caballería Diplomado de Estado Mayor de la 27 Zona Militar, con sede en Atoyac, Juvenal Mariano García.
El informe de Pineda concluyó a las 20:30 horas; entonces empezó el baile. A esa hora los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa ya estaban por entrar en la ciudad y los policías municipales recibieron la orden de sacarlos, por el temor de que interrumpieran el festejo. Hacia las 21:00 horas tuvo lugar el primer ataque con armas de fuego. A las 24:00 ocurrieron el segundo y la detención de los 43 estudiantes por parte de policías del municipio vecino de Cocula, quienes llegaron a apoyar a los de Iguala.
Un grupo 26 normalistas y un maestro de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero –sobrevivientes del ataque– cuentan que encontraron a dos batallones cuando llevaban herido al estudiante Édgar Andrés Vargas e ingresaron al hospital privado Cristina para solicitar que lo atendieran.
El médico de guardia se negó a recibirlo y llamó a la policía municipal para que detuvieran a los jóvenes; en su lugar llegó una veintena de soldados. El Ejército no salió cuando se escucharon los disparos pero sí acudió cuando el doctor llamó al 066 para denunciar que unas personas habían ingresado a su clínica.
Cuando los soldados del 27 Batallón llegaron al hospital, apuntando con sus armas sacaron a los 26 estudiantes, los pusieron contra la pared, los fotografiaron para ficharlos y anotaron sus nombres; después los regañaron por “dedicarse a la delincuencia” y amagaron con detenerlos.
“Se metieron a un hospital privado, es allanamiento, es un delito, vamos a llamar a los municipales para que se los lleve”, advirtió quien iba al mando de los soldados, según recuerda el profesor entrevistado por Proceso y quien pidió el anonimato.
“Si llaman a los municipales nos van a entregar para asesinarnos, porque ellos son los que balacearon a todos”, respondió el profesor.
Le pidieron que se identificara y cuando dijo que era profesor le reclamaron: “¿Y esto es lo que les enseña?”
Antes de retirarse, los militares sermonearon a los jóvenes por no aprovechar la oportunidad que les dan sus padres para estudiar. Aseguraron que pronto pasaría una ambulancia por el herido. Pero ésta no llegó.
“El Ejército ya tomó la zona, ya están seguros”. Fue lo último que dijo el oficial al mando. Esto ocurrió a medianoche.
A la una y media de la mañana varios reporteros venidos de Chilpancingo (a una hora en auto) vieron que militares llegaban al periférico de Iguala, donde yacían los cadáveres de dos estudiantes. “¿No los van a recoger?”, preguntó uno de los periodistas a un uniformado. “El Ejército no recoge cadáveres”, respondió.
En medios locales se consignó que el coronel José Rodríguez Pérez, al mando del 27 Batallón de Infantería, justificó la no intervención del Ejército alegando: “Nos enteramos al último”. En otro momento los soldados les explicaron a algunos ciudadanos que como el operativo estaba a cargo de la Policía Municipal, ellos no intervinieron.
Ni siquiera porque a los policías se les sumaron hombres vestidos de negro con armas de grueso calibre que atacaron a los estudiantes.
En las semanas posteriores a la desaparición de los 43 normalistas, cuando se formaron brigadas de búsqueda –algunas encabezadas por policías comunitarios de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG)–, éstas se quejaron de que el Ejército les bloqueó el paso a los parajes en Cocula e Iguala donde tenían indicios de que podían estar los estudiantes.
El 28 de octubre el chofer del camión recolector de basura del municipio de Cocula, Rosí Millán Peñaloza, dijo a Proceso que cuatro días antes unos militares le salieron al paso cuando iban al tiradero El Papayo y le advirtieron que no volviera por ese sitio porque podía ser peligroso.
“Dijeron: ‘Procuren no venir aquí, porque tarde o temprano puede haber un tiroteo’. Y no vaya a ser la de malas, mejor ya no subimos”, dijo el hombre en entrevista. Ese mismo 28 de octubre supo que en ese basurero al que le prohibieron pasar los militares fue donde supuestamente se encontraron los restos calcinados que podrían ser de los estudiantes desaparecidos.
El único señalamiento directo contra el Ejército como cómplice de las desapariciones de los estudiantes lo hizo el guerrillero Ejército Popular Revolucionario (EPR) el cual en un comunicado señaló que los normalistas estaban retenidos en cuarteles militares.
“Los 43 normalistas que permanecen en desaparición forzada están siendo torturados en los cuarteles de la Policía Federal, instalaciones del Ejército y la Marina, como sucedió en la represión del 28 de abril y el 15 de octubre de 2012 en Michoacán, cuando los mantuvieron desaparecidos temporalmente en las instalaciones de la Academia de Policía, donde fueron también brutalmente torturados”, indicó el EPR sin ofrecer más datos.
En otro comunicado señaló: “(Los) misteriosos civiles a los que supuestamente les fueron entregados los normalistas son militares en misión contrainsurgente de paramilitarismo para fabricar el crimen perfecto endosado a los delincuentes, el cual a estas alturas se les desdibuja y aflora tal cual es: Un crimen de Estado con motivaciones políticas”.
Señaló también la cercanía geográfica del 27 Batallón de Infantería con las primeras fosas encontradas, de las cuales se recuperaron 30 cuerpos que presuntamente no corresponden a los normalistas desaparecidos.
Abarca y su esposa –mujer emparentada con uno de los líderes de Guerreros Unidos– tenían una excelente relación con el 27 Batallón de Infantería.
El diario La Jornada publicó el pasado 22 de octubre que la plaza comercial Galerías Tamarindos, donde Abarca invirtió 300 millones de pesos, está frente a una de las entradas del 27 Batallón de Infantería el cual además cedió los terrenos para estacionamiento y accesos.
Oídos sordos
En Iguala la Policía Municipal acumulaba quejas por violaciones a los derechos humanos. Los uniformados habían instalado “filtros” en las carreteras federales; detenían a todos los vehículos que cruzaban por las tres entradas a la ciudad, interrogaban a los conductores y ahí decidían su suerte. Esa actividad ilegal era tolerada por el Ejército.
Entre los afectados, según un recuento del semanario Trinchera publicado el pasado marzo, estuvieron el responsable de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias en la Casa de Justicia de San Luis Acatlán, Eliseo Villar Castillo (detenido y golpeado en agosto de 2013); el integrante de la dirección colectiva de la Asamblea Popular de los Pueblos de Guerrero, Alfonso Sánchez Celis (detenido, atado, golpeado al regresar de una marcha en apoyo de mineros en huelga, en julio de 2013 y víctima de un intento de levantón junto con tres comisarios ejidales el siguiente septiembre); el abogado de la UPOEG, Manuel Vázquez Quintero y dos acompañantes (detenidos, golpeados y amenazados en agosto de ese año).
También fueron desaparecidos cinco integrantes de una familia que trasladaban a un herido de bala a Chilpancingo.
Este año las primeras víctimas conocidas fueron cinco policías municipales de Pungarabato y otros cinco de Altamirano (levantados y torturados en enero).
El Ejército también estaba enterado de que la policía de Cocula estaba infiltrada por criminales.
El 1 de diciembre de 2013 el diario Reforma publicó que el director de la Policía Municipal de Cocula, Salvador Bravo Bárcenas, avisó en agosto de ese año al 27 Batallón de Infantería de comportamientos criminales del subjefe de esa corporación, César Nava, al que acusaba de haber instituido un sistema de nómina paralela entre los uniformados, a quienes les entregaba quincenalmente fajos de tres mil a cuatro mil pesos, además, según Bravo, lo tenía amenazado.
El comandante del 27 Batallón de Infantería prometió intervenir y una semana después llegó a la comandancia de policía acompañado de un grupo de militares, separó a Nava y a su personal de confianza y se los llevó. “En ese momento pensé que por fin ya se habían llevado a César Nava y a su gente, pero no fue así. Al poco rato los militares llegaron con César Nava y los demás, sin decirme palabra alguna”, narró Bravo.
Reforma señaló: “Las andanzas del subjefe policial no fueron atajadas por el Ejército cuando tuvo conocimiento de ellas; un año más tarde, Nava se convertiría en uno de los operadores clave de las desapariciones de los 43 normalistas, pues colaboró en sus capturas y los entregó a los Guerreros Unidos el pasado 26 de septiembre”.
Un caso viejo
El mismo batallón, omiso ante las denuncias, es señalado como culpable de la desaparición de seis jóvenes igualtecos en marzo de 2010: Francis Alejandro García Orozco, de 32 años, dueño del bar Cherries y sus empleados Sergio Menes Landa, de 22; Olimpo Hernández Villa, de 34; Andrés Antonio Orduña Vázquez, de 21; Zózimo Chacón Jiménez, de 22 y el adolescente que ayudaba ese día, Lenin Vladimir Pita Barrera, de 17.
En su informe Ni seguridad, ni derechos, publicado en noviembre de 2011, Human Rights Watch menciona este caso y afirma: “Existen pruebas contundentes que señalan la participación del Ejército en este delito, incluidas grabaciones de cámaras de seguridad donde se observan vehículos militares que intervienen en el secuestro, el testimonio de un testigo y una denuncia oficial que indican la presencia de soldados en el lugar de los hechos, y declaraciones del Ejército en las cuales reconocen haber efectuado una redada esa noche.
“Si bien el agente del Ministerio Público estatal inició una investigación del caso, luego lo remitió a la jurisdicción militar, y los agentes del Ministerio Público militar aparentemente no habrían conseguido avances en los 18 meses posteriores al incidente. Hasta octubre de 2011 ningún soldado había sido acusado por ningún delito en relación con el caso. Por su parte, los familiares que han exigido que estas presuntas desapariciones forzadas se investiguen de manera exhaustiva e imparcial han recibido amenazas y, en un caso, han sido objeto de agresiones físicas directas”.
La familia García Orozco aseguró que antes del secuestro, el Ejército había llevado a cabo tres redadas en el bar (Proceso 1983).
Cuando comenzaron a buscar a los jóvenes encontraron la camioneta de Francis Alejandro en las instalaciones del 27 Batallón de Infantería, luego la vieron en la XXXV Zona Militar, en Chilpancingo. Pero entre más denunciaban las familias, más eran amenazadas.
“En cuanto poníamos en las calles carteles sobre su desaparición, los soldados iban y los quitaban o los tapaban con sprays. Amenazaron a quienes nos ayudaban de que si le seguían, les iba a pasar lo mismo. Luego comenzaron a desfilar por el negocio, los teníamos estacionados al frente, en la esquina, a un lado y nos tomaban fotos y videos. Nuestro teléfono estuvo como dos años intervenido. En una ocasión trataron de sacar a mi hijo de la carretera”, dijo a este semanario la hermana de Francis Alejandro.
El 24 de octubre de 2012 el diario El Sur consignó que un militar reconoció ante las familias la presencia del Ejército en el bar:
“Luego de dos años y siete meses de insistir en la participación del Ejército en la desaparición de seis jóvenes, ayer el general de brigada Juan Manuel Rico Gámez comandante de la XXV Zona Militar reconoció que el Ejército sí revisó a los seis jóvenes de Iguala desaparecidos desde marzo de 2010, pero luego el agente del Ministerio Público Militar Francisco Rubio Castro leyó un reporte en el que precisó que no los detuvo el Ejército sino que fueron detenidos por personas encapuchadas”.  l

viernes, 31 de octubre de 2014

Aquella noche de terror en que el Ejército se negó a ayudar a los normalistas


30 DE OCTUBRE DE 2014 
REPORTAJE ESPECIAL

Una cruz que recuerda a los normalistas en Iguala, Guerrero. Foto: AP / Rebecca Blackwell
Una cruz que recuerda a los normalistas en Iguala, Guerrero.
Foto: AP / Rebecca Blackwell
IGUALA, Gro. (proceso.com.mx).- El maestro oaxaqueño Nicolás Andrés Juan relató afuera del Hospital General de esta ciudad, lo que pudo saber sobre la suerte que corrió su hijo Edgar Andrés Vargas, quien resultó herido en el rostro durante la cacería de policías a estudiantes normalistas de Ayotzinapa y a quien el ejército le negó el apoyo.
Esa noche conoció también al maestro de la CETEG que salvó la vida de su hijo que a punto estuvo de morir por asfixia.
“Cuando recibí la llamada a las dos de la mañana del teléfono de mi hijo pensé que era él pero fue que me enteré a grandes rasgos que estaba herido y no lo querían atender en una clínica y no había taxis para llevarlo. No entiendo cómo llegó la Marina, el Ejército, y no permitían que se llevaran a mi muchacho, también lo intimidaban”, dijo el padre frustrado en la entrevista realizada el martes 7 de octubre.
Para esa fecha el hombre pedía no ser identificado por su nombre, por temor a represalias. Ayer miércoles, habló ante el presidente Enrique Peña Nieto y su gabinete en la reunión que tuvo con normalistas y padres de familia de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos.
El maestro (quien pidió el anonimato) guió a Edgar que se desangraba y a otros estudiantes normalistas la noche del 26 de septiembre para escapar de la muerte. Intentaron parar tres taxis en las calles, pero ninguno quiso apoyarlo.
El grupo caminó al Hospital Cristina, una clínica privada de dos pisos, que estaba cerrando. Los estudiantes intentaban frenar el sangrado de Andrés poniéndole una playera como torniquete.
A la clínica llegó el médico Ricardo Herrera quien no quiso atender al herido por ser estudiante de Ayotzinapa. El llamó a la policía municipal para que detuvieran a los jóvenes (la autoridad que persiguió a los estudiantes hasta matar a seis y herir a 25), pero en su lugar llegó una veintena de soldados.
El ejército se había mantenido omiso, adentro de la región militar, durante las tres horas que duró la cacería de normalistas. No acudió a pesar de que las instalaciones castrenses están a menos de tres kilómetros de donde ocurrieron los dos episodios con balaceras.
“Se acerca el ejército”, gritó alguno de los estudiantes. Todos se escondieron. Entre varios subieron a Andrés al segundo piso, le limpiaron la sangre de la boca.
Los militares llegaron al hospital y apuntando con sus armas sacaron a los 26 de sus escondites, los regañaron por dedicarse a la delincuencia y amagaron con llevarlos detenidos.
“Se metieron a un hospital privado, es allanamiento, es un delito, vamos a llevar a los municipales para que se los lleve”, advirtió el que iba al mando de los soldados, según lo que recuerda el maestro.
“Si llaman a los municipales nos van a entregar para asesinar porque ellos son los que balacearon a todos”, respondió el profesor.
Le pidieron que se identificara y cuando dijo que era profesor le reclamaron: “¿Y esto es lo que les enseña?”; él les respondió que enseña en Iguala pero acudió a ayudarlos.
Los militares salieron un momento a hablar entre ellos. Al regresar regañaron al grupo, reclamaron al maestro que les enseña a ser revoltosos, regañaron a los jóvenes por no aprovechar la oportunidad que les dan sus padres para que estudien, los regañaron por problemáticos, les tomaron foto a uno por uno, les pidieron sus nombres, y se fueron. Antes les aseguraron que pronto pasaría una ambulancia por el herido. Pero no llegó. Los estudiantes se fueron en un taxi que accedió a subirlos porque escondieron al herido.
“El ejército ya tomó la zona, ya están seguros”. Fue lo último que dijo el que iba al mando.
En aquella entrevista en el hospital el papá Nicolás Andrés Juan dijo a Proceso que su hijo estaba por cumplir los 20 años.
“Cuando llegamos a Iguala y vimos al médico nos dijo que estaba a punto de morir por asfixia porque estuvo mucho tiempo sin atención, esta parte la tenía inflamada, cerrada –se tocó la garganta–, le hicieron una traqueotomía, por eso salvó la vida, si hubiera tardado más estaría muerto”, narró.
Durante los primeros días en los que estuvo internado en el hospital, Andrés tuvo pesadillas, lo durmieron con sedantes. Perdió la voz y una parte de la cara. Tenía inflamado el rostro, se comunicaba a través de la escritura.
Sus familiares no querían que recordara nada. Al día siguiente fue trasladado al DF, al hospital Gea González, para someterlo a cirugías.
“Mi hijo tenía trazado un proyecto de vida estable, tener licenciatura, ejercer su profesión, tener una familia, poder vivir. Desafortunadamente no sabemos cómo va a ser después ni qué secuela pueda tener. La ciencia ha avanzado pero va a quedar distinto, inclusive la voz. Nos ponemos a pensar qué va a ser de él, a lo mejor no va a poder ejercer una docencia, estar frente a los alumnos, cómo va a quedar. Uno trata de darle una mejor herencia a los hijos”, dijo triste.
Ayer narró esta historia ante el presidente Enrique Peña Nieto y su gabinete de seguridad, y reclamó otra vez que el ejército no ayudó a su hijo.
El día de la entrevista, en el hospital estaba el hermano de Aldo Solano Gutiérrez el estudiante herido que sigue en coma. El reporte que dio su familiar es que no se movía, estaba conectado por ventilador, lo poco que movía del cuerpo era a causa de reflejos. No pudieron trasladarlo a un hospital de alta especialidad porque requería estar conectado y su cerebro estaba inflamado.
Aldo, el herido, tiene 19 años. Es jugador de futbol y proviene de Ayutla. Fue herido en la primera balacera del 26 en la noche, cuando la policía municipal bloqueó el paso de su camión en el periférico y les disparó mientras los jóvenes estaban intentando mover la patrulla que obstaculizaba la salida.
“Todos en la familia estuvimos muy felices cuando supimos que pasó el examen para entrar a la Normal porque él quería ser algo en la vida, seguir estudiando, tener carrera y apoyar a mis papás que son de bajos recursos y la única escuela para campesinos es Ayotzinapa. Su sueño era estudiar, ser maestro. Eso es su sueño”, dijo.

jueves, 30 de octubre de 2014

El Ejército también está involucrado en el ataque a normalistas, revela Omar García

"Ustedes se lo buscaron", comentó un soldado a Omar, quien pedía ayuda para uno de sus compañeros, herido la noche del 26 de septiembre. "Los medios nos decían que no podían llegar porque se los había prohibido el gobierno", acusó.
ejército
El Ejército Mexicano llegó más de dos horas después del par de ataques que sufrimos en Iguala, Guerrero, el 26 de septiembre; ¿dónde estaban?, preguntó Omar García, estudiante de Ayotzinapa.
En entrevista para Noticias MVS, primera emisión, reveló que cuando llegaron los militares, en lugar de atender a los heridos, los detuvieron y los golpearon.
“Llegó el Ejército acusándonos de allanamiento (de un hospital), dándonos culatazos y al compañero herido también lo sometieron“, reveló el estudiante.
Omar les preguntó a los soldados: “Oigan, no están viendo que está gravemente herido, lo que necesitamos es apoyo”. En ese momento el joven ayudaba a uno de sus compañeros heridos, quién todavía no se recupera.
“Fue ahí cuando nos dijeron: Ustedes se lo buscaron, eso les pasa por andar haciendo lo que hacen”, agregó.
Para el joven la forma de actuar de los militares es un “reflejo de la criminalización (contra los normalistas), que han insertado en las fuerzas del orden”.
Además, los soldados los fotografiaron a todos. “Nos dijeron: den sus nombres reales porque si nos dan sus nombres falsos nunca los van a encontrar“.
Ahora Omar se pregunta qué hizo el Ejército en dos horas, las dos horas que no aparecía por ningún lado.
Los medios nos decían que no podían llegar
Omar presenció el segundo ataque de la noche funesta.
Antes de ver cómo en medio de la oscuridad, aparecían los disparos, llamó a los medios de comunicación locales.
“Los medios nos decían que no podían llegar porque se los había prohibido el gobierno estatal y municipal”, acusó. 
“Que no podían cubrir el caso porque les habían prohibido desde el estado”, agregó.
2 horas después, llegaron algunos medios, quienes fueron testigos del segundo ataque. Hasta ahora no se conoce ningún video sobre ello.
“Fue muy repentino… estábamos en la esquina de la calle Juan N Álvarez… 5 o 6, de medios locales… repentinamente empezaron nuevamente los balazos. No pudimos percatarnos quiénes eran porque estaba todo oscuro, solamente se veían las ráfagas, los disparos que salían de la oscuridad pero no pudimos ver de quién se trataba”, expuso.
A uno de los compañeros de Omar le quitaron los ojos. Esto porque “cuando lo sometieron,tuvo la valentía de escupirle a la cara del agresor“.
“Durante este tiempo el Ejército ni sus luces”, remarcó.
“Después de la segunda balacera  a las 12:30 (de la madrugada) aparece el Ejército”, precisó.
Omar buscaba que algún doctor atendiera a Edgar Andrés, un normalista lesionado, que actualmente continúa grave.
“Pedimos en hospital que se nos atendiera, no nos quisieron atender, pedimos que por lo menos nos dejaran entrar, personal de guardia nos dejó entrar y al poco rato llegó el Ejército acusándonos de allanamiento de morada”, contó.
El estudiante menciona que en Guerrero es común ver a militares coludidos con la delincuencia organizada. “Soy de la Sierra donde abunda la delincuencia organizada”, narró. “Y el Ejército ahí anda, le dan su mochada y se retira… siempre llegaban a arreglos con los narcos”.
¿Qué música escuchan?
Omar García dio a conocer que cuando fue a declarar ante la PGR por los hechos del 26 de septiembre, le hicieron preguntas como qué música escuchaban.
El normalista dijo que las autoridades intentaron vincularlos con la delincuencia. ”Nos tuvieron 8 horas declarando y sí todas esas declaraciones siempre iban encaminadas: ¿de dónde eres, a qué te dedicas, qué opinas de los Guerreros unidos?.. no tenían nada que ver con lo que sufrimos”.
“Esa fue una ofensa todavía más grande: nos preguntó que qué música escuchábamos… oigan pero ¿por qué escuchan a La Trakalosa?“, continuó.
El normalista adelantó que alistan una caravana “civil y pacífica” en el país, “en la que podamos poner a debate este problema”.
Lo que se vive ahora es un horror que venían tapando, que han querido encubrir, pero pero les ha explotado, finalizó.

jueves, 16 de octubre de 2014

En Iguala, el ejército fue testigo de la agresión en Iguala

El Ejército no intervino, se dijo durante el encuentro de Aguirre con diputados
Dos normalistas fueron levantados cerca de la zona militar de Iguala
La policía estatal no acudió el día de la agresión , porque el edil ‘‘no nos contestó el teléfono’’
Foto
De nueva cuenta, maestros y estudiantes bloquearon ayer la caseta de Palo BlancoFoto Víctor Camacho
Enrique Méndez y Roberto Garduño
 
Periódico La Jornada
Jueves 16 de octubre de 2014, p. 3
El gobernador de Guerrero, Ángel Heladio Aguirre Rivero, confió a la comisión de diputados federales que coadyuva en la indagatoria de la agresión a los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa que ya puso su renuncia en la mesa del PRD y de la coalición electoral que lo llevó a esa posición, porque ‘‘no está cerrado al cargo’’ y, si eso soluciona la grave problemática en la entidad, él se retira.
Durante una reunión privada entre Aguirre y los legisladores federales, realizada en Chilpancingo, se confirmó que dos de los jóvenes estudiantes desaparecidos durante la refriega ocurrida la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre fueron levantados a escasos metros de las instalaciones militares en Iguala, suceso que el Ejército no atendió, y ya se encuentra en investigación.
Las declaraciones del gobernador una vez más ensombrecieron el panorama de la investigación; tanto él como el secretario de Gobierno, Jesús Martínez Garnelo, provocaron sorpresa entre los diputados cuando respondieron que al momento de conocer que se suscitaba la agresión a los alumnos, no ordenaron la intervención de la policía estatal porque el alcalde de Iguala –hoy con licencia y prófugo–, José Luis Abarca, no les respondió el teléfono.
Tanto Aguirre como Martínez Garnelo argumentaron que no dictaron la orden de intervención al cuerpo de agentes estatales porque esa determinación no correspondía con el protocolo de mando único. Además, en el encuentro, el procurador de Justicia de la entidad, Iñaki Blanco, a pregunta de uno de los legisladores federales expuso por qué se permitió la fuga del edil: ‘‘No sabemos cómo se nos escapó’’.
El día en que el edil pidió licencia –a pesar de que existían denuncias en su contra– abandonó el salón de cabildos caminando sin problema alguno.
La diputada Lilia Aguilar pidió a Ángel Aguirre su opinión en torno a la solicitud de juicio político en su contra: ‘‘Hay un foco muy específico de inseguridad en Iguala, y fuera de Iguala todo está en paz, hay gobernabilidad; la violencia está focalizada en Iguala’’, replicó.
Más tarde, los diputados federales que integran la comisión –Jorge Anaya (PAN), Manuel Añorve Baños (PRI), Lizbeth Rosas (PRD), Ruth Zavaleta (PVEM), Lilia Aguilar (PT) y Ricardo Mejía Berdeja (MC)– sostuvieron una reunión con los diputados locales que integran la comisión investigadora de la masacre y desaparición de estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos.
Ahí, los legisladores locales Tomás Hernández Palma (PRD), Ricardo Taja Ramírez (PRI), Cristino Evencio Romero Sotelo (MC), Jorge Camacho Peñalosa (PAN) y Arturo Álvarez Angli (PVEM) coincidieron en que ‘‘se debe replantear la existencia de las escuelas normales rurales, porque son núcleos de guerrilla’’.
Cristino Evencio Romero y Arturo Álvarez Angli defendieron al gobernador Ángel Aguirre Rivero, al señalar que, además de ser ‘‘objetiva’’ la investigación, se debe apuntar ‘‘que no existe un móvil porque alguien envió a los normalistas a Iguala y ahí hay truco’’.
Los legisladores federales les preguntaron a sus colegas guerrerenses con quiénes habían sostenido encuentros, y éstos respondieron que sólo se habían reunido con la Comisión Estatal de Derechos Humanos.

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