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lunes, 23 de diciembre de 2013

Neoliberalismo y oposición / Víctor Flores Olea

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A propósito de la reforma energética o, como decimos muchos, de la mayor subordinación de que tengamos memoria al Consenso de Washington y al neoliberalismo como modelo económico, vale la pena volver brevemente a ciertas ideas que han estado en el origen de este desastre de finales del siglo XX. Resulta impresionante, para cualquiera que viva en México, la propaganda masiva del gobierno y de la oligarquía gobernante en favor de esta reforma (conociendo la mayoría su falsedad y mala fe). Vale la pena también mencionar algunos de los ejes de la izquierda, la formación política que, en su multiplicidad, se ha opuesto expresamente a esa modificación, con abundantes razones que han quedado expuestos en artículos, ensayos, conferencias, y en la calle misma, en manifestaciones y expresiones públicas muy variadas.
Recientemente, y de manera pertinente, como siempre lo hace, Atilio Borón, el sociólogo y filósofo argentino, recordó “que el neoliberalismo se anotó un gran triunfo al convencer a buena parte del mundo de que no hay otras alternativas. El neoliberalismo obtuvo un éxito rotundo en el momento en que impuso a la sociedad la ideología de que no hay alternativas. Margaret Thatcher lo planteó en su primera campaña: “No hay ninguna otra alternativa: esto o el desastre; esto o el Apocalipsis’. En este sentido, las sociedades latinoamericanas, y el caso argentino es bien interesante, han vivido permanentemente bajo la extorsión y el chantaje. La extorsión y el chantaje del terrorismo de Estado en la época de la dictadura y después la extorsión y el chantaje de la hiperinflación…”, comenzando por supuesto con la dictadura chilena de Augusto Pinochet.
En 1976, tres años después del golpe, Chile era un país con miles de ejecutados y desaparecidos políticos, con un desempleo que superaba el 40 por ciento y con una pobreza por arriba del 60 por ciento de la población, sin que hubiera lugar para expresar inconformidad alguna.
Pinochet comenzaba a aplicar en esos años, por primera vez a nivel mundial, un modelo económico neoliberal a ultranza que, en las décadas siguientes, sería imitado en diferentes grados en Latinoamérica, y que en Chile dio ciertos resultados debido esencialmente a la implacable represión y al nivel de degradación en que se había sumido la sociedad después del golpe. Los economistas de la dictadura de Pinochet, formados en diversas universidades estadounidenses, pero al final de cuentas discípulos directos o indirectos de Milton Friedman, son el ejemplo vivo de una efectiva importación ideológica de gran amplitud.
Uno de estos economistas, Primer Ministro bajo el gobierno de Pinochet, Rolf Lüders, formado en Chicago y discípulo de Milton Friedman, afirma que las soluciones para Chile que ellos impusieron no tuvieron nada de extraordinario: “Privatizamos las compañías que habían sido nacionalizadas por el régimen socialista de Salvador Allende, estabilizamos la moneda, abrimos las fronteras al comercio y a las inversiones, y la gran tradición emprendedora del pueblo chileno se lució nuevamente”.
Por otro lado, Atilio Borón nos recuerda que hace algunos años en Río de Janeiro, contaba Perry Anderson que en una reunión de técnicos y expertos un economista del Banco Mundial sostuvo: “en Brasil no vamos a tener suerte con un programa de ajuste”. Anderson preguntó por qué y los técnicos respondieron: “porque todavía el pueblo brasileño no ha sentido en carne propia el dolor lacerante de la hiperinflación”. En Argentina se pudo hacer porque después del 5,000% de inflación por año, la sociedad se entrega y acepta los rigores de un programa neoliberal. Y eso no había ocurrido en Brasil...”
Es verdad, en México no se ha presentado una inflación de tales dimensiones; sin embargo las desigualdades sociales y de riqueza, la miseria galopante, y la desocupación no son nada despreciables como caldo de cultivo de la más burda de las publicidades diciendo que con la reforma energética, en realidad con la privatización del petróleo mexicano, se reducirá la desocupación y el precio de algunos bienes de consumo primarios como la luz eléctrica. Bueno, pues la desilusión será mayúscula porque ni se reducirá el precio de la electricidad ni será resuelto de lejos el problema de la desocupación. Si no, al tiempo…
Más allá entonces de que México no haya sufrido una hiperinflación de tales dimensiones, rebozamos enormes desigualdades y una gran desocupación que azota a grandes grupos sociales y que resulta, según dijimos, un extraordinario caldo de cultivo para que prospere la publicidad neoliberal.
Y más cuando los grandes medios de comunicación están plenamente en manos oligárquicas. Y, por tanto, cuando la publicidad al neoliberalismo resulta eficaz, aunque igualmente falsa y cretina.
El comparativo, por supuesto, no puede tener como punto de referencia las votaciones en las cámaras legislativas. Aquí tenemos una serie de voluntades “controladas” o plenamente dependientes en su mayoría del o de los “aparatos de poder”.
No obstante, parte importante del pueblo e México se ha expresado ya en contra de esta reforma claramente privatizadora, y lo hará más en el futuro, como ahora, en su porción más ilustrada. Cualitativamente las ideas de los opositores han sido incomparablemente más sólidas que las de los “controlados” (por diversas razones), lo cual, como ha ocurrido otras veces en la historia de México (y en otras historias), anuncia de qué lado está la razón. La reversión de la historia y el fracaso que supone la reforma de Peña Nieto, se verá mucho más pronto de lo que piensan sus entusiastas. Los hechos, en el sentido anunciado por los críticos, se les impondrán abrumadoramente y no tendrán otro remedio, los que conserven un poco de conciencia y de buena fe, que retractarse y reconocer su dramática equivocación.
Por supuesto, para la oposición de izquierda queda todavía en el futuro la posibilidad de revertir la decisión de las cámaras. Y es que al final de cuentas, como siempre ocurre en la historia, la voluntad del pueblo terminará imponiéndose, enviando al archivo de las traiciones más flagrantes de la historia de México ésta que entrega el petróleo por una supuesta riqueza (que solamente irá a unas cuantas manos de la oligarquía interna y externa), dejando al pueblo de México tan pobre como siempre, o más sin duda, despojado además de esa riqueza de subsuelo por el que lucharon varias generaciones.

domingo, 14 de julio de 2013

Hablando de privatizaciones



José Manuel Rodríguez Solar

Para que se dé usted una idea, estas son las cuentas claras de las privatizaciones: De las 1,152 empresas paraestatales que dejó López Portillo en 1982, para 2006 solamente quedaban 217. Por el total de las 935 empresas privatizadas, entre las que se cuentan Teléfonos de México, Aeroméxico, Mexicana de Aviación, Altos Hornos de México, DINA, Fertilizantes Mexicanos, Aseguradora Mexicana, los 18 bancos comerciales, Ferrocarriles, Aeropuertos, Autopistas, etc.; el país obtuvo 23,731 millones de dólares, de los cuales el 95 por ciento (22,605) fueron captados entre 1988 y 1993, durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari.

Por si estas privatizaciones hubieran sido pocas y no suficientes para satisfacer el apetito de los privatizadores y de los beneficiarios de ellas, durante la primera mitad del sexenio de Vicente Fox sólo logró la desincorporación del 7 por ciento de las privatizaciones programadas, esto debido a la fuerte oposición del Congreso para permitirlas.

“Según datos de la Secretaría de Hacienda, el gobierno programó desincorporaciones por 82 mil 200 millones de pesos entre 2001 y 2003, pero sólo alcanzó a vender activos por 6 mil 196 millones de pesos. En 2005, la meta del gobierno era privatizar activos y empresas estatales para que las arcas públicas tuvieran ingresos por 21 mil 150 millones de pesos, pero al final no hubo ninguna venta y los recursos por ese concepto fueron nulos, según el informe de Finanzas Públicas 2003”. (Verónica Galán, Reforma)

¿Cómo es posible que las empresas privatizadas puedan rendir más y ser más productivas en manos de particulares y no bajo la dirección y el manejo de los funcionarios y ejecutivos que las operan, servidores públicos, burócratas, secretarios de Estado o del presidente de la República? Vaya autorreconocimiento tácito del gobierno de su incapacidad e incompetencia, vendiéndolas y cediéndolas a los capitalistas, porque el gobierno no las puede hacer productivas ni rentables. Entonces, ¿para qué está el gobierno? Si tácitamente por sus acciones reconoce públicamente su ineptitud para administrar y operar las empresas paraestatales que son el eje rector de la economía nacional.

El cuento de que el gobierno no tiene dinero es una falacia, puesto que no hay economía más fuerte que la de un Estado. ¿Acaso no fue el gobierno el que rescató a la Banca de que sucumbiera a tan sólo tres años (1992-1995) de su privatización? ¿No fue un absurdo haber vendido los 18 bancos en aquel entonces por 12 mil millones de dólares (a crédito, con facilidades) y tener que pagar después por su rescate (apoyo a deudores y ahorradores) 110,000 millones de dólares (casi 10 veces más)?

Para reforzar la antipatía que hoy tenemos a las privatizaciones y a todo aquello que huela a ellas, ésta es una síntesis de la nota de Roberto González Amador que escogí como los antecedentes, informe y trayectoria de las privatizaciones de las empresas públicas que se hicieron en el pasado. En ellas encontramos datos y cifras por demás ilustrativas:

“En lo que constituye uno de los peores negocios para los contribuyentes mexicanos, la privatización de más de mil empresas públicas iniciada en 1982 ha generado para el fisco ingresos por 31 mil 538.1 millones de dólares, cantidad que equivale a sólo 28.8 por ciento de la deuda asumida por el Estado para financiar el fracaso de la gestión de los particulares que adquirieron parte de esas compañías”.

“A la fecha, el costo de los rescates bancario, carretero, de ingenios y líneas aéreas alcanza 109 mil 214.71 millones de dólares, cantidad que equivale a multiplicar por 3.46 los ingresos obtenidos por privatización de empresas públicas de 1982 a la fecha y que incluso supera en 38 por ciento el saldo actual de la deuda externa del sector público, que es de 79 mil millones de dólares, de acuerdo con información del Banco de México, Secretaría de Hacienda y reportes de la Unidad de Desincorporación de Empresas Públicas.

“El proceso de venta de empresas públicas mexicanas se inició en 1982, como condiciones impuestas por organismos internacionales para brindar asistencia al país y los recursos sirvieron en parte para hacer frente a la falta de divisas.”
“Información del Banco de México y la Secretaría de Hacienda indica que, convertidos a dólares al tipo de cambio promedio de cada año, los ingresos por privatizaciones que ha captado el país entre 1982 y 2001 sumaron 31 mil 538.1 millones de dólares. Esa cantidad representa sólo 28.8 por ciento de los 109 mil 214.71 millones de dólares a que equivalen actualmente las deudas asumidas por el Estado a consecuencia de los rescates bancarios, de las autopistas concesionadas, las aerolíneas y los ingenios”.

“El caso que ilustra mejor el fracaso de las privatizaciones es el del sistema bancario. Por los 18 bancos vendidos en el sexenio del expresidente Salinas entre 1991 y 1992, el gobierno obtuvo 12 mil 355 millones de dólares. Actualmente la deuda relacionada con el rescate bancario, según la Auditoria Superior de la Federación, es de 920 mil millones de pesos, unos 89 mil 350 millones de dólares”.

“Dos exsecretarios mexicanos de Hacienda, David Ibarra Muñoz y Jesús Silva Herzog Flores, entrevistados por La Jornada, coincidieron en que la política de privatizar empresas públicas para buscar mayor eficiencia económica está agotada en el país y afirmaron que continuar por ese camino en el caso de la pretendida apertura al capital privado de Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad conduciría al fracaso y a la pérdida de soberanía económica.

Con esta información, opiniones y puntos de vista, vale la pena considerar nuestro porvenir si seguimos por el camino equivocado. No se puede ser tan necios y tercos pretendiendo salir del paso momentáneamente mientras dura el sexenio. Ya basta de insistir en las privatizaciones o en cualquiera de sus formas. Nos redituaría más hacerlas eficientes y productivas, como lo han sugerido y señalado las opiniones autorizadas y los expertos en la materia de los energéticos. Más nos valdría frenar el saqueo y la corrupción en esas paraestatales en donde abunda la ineptitud de los que las dirigen o de los organismos que permiten que las graven y se endeuden como lo estamos viendo.


Es hora de exigir que las administraciones públicas no sólo sean transparentes sino también más eficientes y productivas. Que los que las dirigen sean personas competentes y que las administren honestamente. Sólo así podremos saldar la deuda pública y lograr que las empresas paraestatales se financien con sus propios recursos como si fueran eficientes empresas privadas.

Green Go