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sábado, 18 de julio de 2015

Cristeros: La guerra olvidada


Egresado en 1994 de la carrera de sistemas computarizados e informática, de la Universidad Iberoamericana, Sergio García Guzmán publicó en 2012 el libro La guerra olvidada, dedicado a la rebelión cristera de 1926 a 1929, sus secuelas y antecedentes. Ésta es una obra muy recomendable, basada en el estudio de documentos históricos que ponen de manifiesto cuáles fueron realmente los proyectos y acciones del bando clerical en la guerra cristera. Es, además, fruto del esfuerzo libre y personal de un ciudadano preocupado por conocer la verdad histórica, actitud que debiera prevalecer cotidianamente en nuestro país, pues la ignorancia colectiva es premisa de la manipulación política y religiosa.
Pienso que en general el libro es acertado también en sus planteamientos y muestra que la lectura directa y desinteresada de las fuentes históricas conduce a una visión muy diferente de la que promueven algunas figuras del medio académico, de la derecha y de círculos clericales, que desde hace décadas han tratado de idealizar el papel histórico de la Iglesia y de las huestes cristeras.
Abundan los testimonios históricos de la guerra cristera en muchas bibliotecas, tanto físicas como virtuales. Incluso en librerías de segunda mano se pueden encontrar textos escritos por los protagonistas del conflicto (no por sus apologistas del siglo XXI); las hemerotecas y los archivos dan cuenta también de los hechos del pasado, por lo que sólo hace falta el interés y la disposición de conocer esos materiales.
Ilustrada profusamente con fotografías, páginas de periódicos y grabados de la época, La guerra olvidada, que consta de 207 páginas, está escrita de manera clara, sencilla y ágil, cualidades siempre deseables.

La supuesta epopeya cristera

Como señala el autor: “[…] la guerra cristera levanta aún muchas pasiones, tanto en los círculos liberales como en las organizaciones católicas más tradicionalistas […]; abundan en internet las páginas de organizaciones católicas que culpan abiertamente al gobierno, al marxismo y a la masonería de lo que llaman ‘persecución religiosa’. A la guerra cristera le dicen ‘epopeya cristera’. Son páginas […] que expresan un profundo resentimiento y verdadero odio hacia el gobierno de Plutarco Elías Calles, a quien en ocasiones califican de ‘anticatólico y masón’, a pesar de que han transcurrido 80 años desde entonces […]” (La guerra olvidada, página 8).
García Guzmán explica también cómo llevó a cabo sus indagaciones: “Ya que es muy difícil tratar un tema con objetividad, y más aun éste, he procurado no hacer caso de lo que dice tal o cual autor, o tal o cual página de internet, ya que abundan las visiones parciales e interesadas de los dos bandos […] en vez de eso, me he remitido, siempre que ha sido posible, a los documentos originales, con el afán de dudar, investigar y comprobar por uno mismo, tanto como sea posible” (ibídem, página 9).
En ese afán de descubrir por sí mismo la verdad, el autor plantea un hecho muy importante, que desafía la visión propagandística de los cristeros como meras víctimas de una persecución religiosa desatada por Plutarco Elías Calles; por el contrario, las sublevaciones cristeras tienen como antecedente “los conflictos entre la Iglesia Católica y el Estado mexicano, que abarcan prácticamente toda la historia del país” (ibídem, página 10).
Ciertamente, la guerra cristera vino a ser un eslabón más en la cadena de enfrentamientos entre liberales y conservadores, centrados en la oposición entre libertad y tradición, respectivamente. Por ello, Sergio García hace un recuento de los principales hechos relacionados con la política religiosa en nuestro país desde la época de la Independencia: la oposición de la jerarquía católica a los movimientos de Miguel Hidalgo y José María Morelos, el apoyo clerical al imperio de Iturbide y al centralismo de Santa Anna; las Leyes de Reforma, la guerra entre liberales y conservadores, el respaldo de éstos a la intervención francesa; el porfiriato, así como la Revolución Mexicana, el respaldo de sectores clericales al golpe de Estado de Victoriano Huerta, y finalmente la Constitución de 1917, que motivó el recrudecimiento del conflicto religioso y la guerra cristera.
En todos los casos hace referencia a fuentes como son las leyes mismas, los planes políticos, proclamas, manifiestos, encíclicas papales, informes de gobierno, debates en la Cámara de Diputados y notas de prensa.
Resume el largo conflicto Iglesia-Estado en términos de un mecanismo de acción y reacción: “En cuanto el Estado emite una ley o reforma de corte liberal, el clero responde inmediatamente con una rebelión o conflicto que tiende a preservar la influencia y privilegios de la Iglesia” (ibídem, página 29).
Pude ver en esa síntesis histórica sólo una errata, que no afecta las tesis que plantea el autor ni el resto del contenido de la obra. Se trata de un dato acerca de la muerte de Santa Anna; leemos en La guerra olvidada: “En 1855 una nueva rebelión lo derrota [a Santa Anna en la Revolución de Ayutla] y sale exiliado a Colombia, en donde muere”.
Efectivamente, salió exiliado, pero regresó en 1874 y murió 2 años después en su casona ubicada en lo que hoy es la calle de Bolívar, 14, donde está la librería cristiana Visión, así como una cafetería y restaurante. Está enterrado en el Panteón del Tepeyac, cerca de la tumba del cristero Luis Segura Vilchis, Luisito, como dice su lápida (http://contra-la-derecha.blogspot.mx/2008/05/santanismo-de-fecal.html) y quien, en 1927, participó en al menos dos atentados contra Obregón (La guerra olvidada, página 111).
Por otro lado, si extendemos la revisión histórica al periodo de la Conquista y de la Colonia, encontramos ahí la raíz más lejana del proyecto cristero y del conservadurismo católico: la añoranza de la hegemonía católica en la sociedad y en el gobierno.
En la Colonia, la Inquisición castigaba la heterodoxia religiosa y los comportamientos contrarios a las normas morales impuestas por el catolicismo, que no admitía la práctica de otra religión.
Antes, Hernán Cortés llegó a nuestras tierras con la bandera de imponer la religión católica y en sus Cartas de relación solía agradecer a Dios y a los santos haber podido matar en sus batallas a miles de indígenas “idólatras”.
El ánimo que mostraron los cristeros en sus actos, y sus ideólogos, dirigentes y partidarios en sus escritos es muy similar a esa ideología colonial, al grado de que algunos cristeros y sus apologistas también solían agradecer a Di os por haberles permitido matar, ya no a numerosos aztecas, sino a muchos soldados federales.
Por ejemplo, el sacerdote Lauro López Beltrán, en su libro La persecución religiosa en México (Tradición, México, 1987), alega que las numerosas bajas del Ejército contra los cristeros se debían a que estos contaban con la “ayuda de Dios”, idea que encontramos también, entre otros, en el historiador procristero Antonio Rius Facius, quien relata varias masacres de soldados federales cometidas por los cristeros “para que fuera más clara y espléndida la maravillosa intervención [en apoyo de éstos] de la Santa Madre de Dios y Madre Nuestra” (Méjico cristero, Patria, México, 1960, página 274).
En testimonios de la guerra cristera encontramos relatos de personas linchadas por los fanáticos, por no haber secundado el grito de “¡Viva Cristo Rey!” (véase de Heriberto Navarrete Por Dios y por la patria. Memorias de mi participación en defensa de la libertad de conciencia y culto, durante la persecución religiosa en México de 1926 a 1929, Tradición, México, 1980, páginas 105-106. Navarrete fue colaborador del general cristero Enrique Gorostieta; luego de la guerra se hizo sacerdote jesuita).
Asimismo, los propios cristeros, en sus pronunciamientos y en himnos que todavía se llegan a entonar en los templos (www.google.com.mx/#q=%22himno+cristero%22+and+%22es+de+mar%C3%ADa+la+naci%C3%B3n%22&tbm=vid) expresaron que su lucha era para implantar “el reinado de Jesucristo” en “nuestra nación”, es decir, la hegemonía católica en el país.
Luego del asesinato de Álvaro Obregón, José de León Toral fue interrogado por Plutarco Elías Calles, a quien le dijo: “Lo que hice [matar a Obregón] fue para que Cristo pudiera reinar en México” (Rius Facius, op cit, página 373; García Guzmán, op cit, página 121).
Esa forma de entender la religión evoca el afán de cruzada de los conquistadores y la escalada contra los protestantes, que condujo a la matanza de San Bartolomé en la Francia del siglo XVI; los cristeros también buscaron exterminar a los “enemigos de la Iglesia”, sólo que sus circunstancias fueron diferentes: no detentaban el control político y militar, sino que representaban a la oposición, y en esa ocasión no fueron los vencedores en lo que consideraban una “guerra santa”. De hecho, y como documenta en su libro Sergio García, en agosto de 1926, en Estados Unidos, Los Caballeros de Colón habían definido la lucha del clero contra el gobierno mexicano como una “moderna cruzada contra los enemigos de la cristiandad” (México cristero, página 100).

Las dos rebeliones cristeras

García Guzmán elabora una buena síntesis de la primera guerra cristera (1926-1929) y hace notar que en ese conflicto “los obispos y el Vaticano coinciden en algo: consideran que la sublevación es moralmente lícita” (ibídem, página 88).
Entre otras cosas, puntualiza que fue la jerarquía católica (y no el gobierno, como equivocada o tendenciosamente afirman algunos) la que ordenó el cierre de los templos el 31 de julio de 1926 (página 83). Tal medida buscaba presionar a las autoridades, pues “muchos católicos están furiosos por la suspensión de misas y culpan de todo al gobierno federal” (página 86). La guerra cristera fructificó en regiones de gran arraigo católico como los Altos de Jalisco, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas y puede decirse que comenzó y terminó cuando lo quiso la jerarquía católica: desde el momento en que cerró los templos hasta que estableció los famosos acuerdos con el gobierno.
En 1925 varias organizaciones constituyeron la llamada “Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa”, que vendría a ser como el brazo político y militar para respaldar los intereses clericales; varios de esos grupos existen hasta la fecha y siguen participando en el activismo conservador. Por ejemplo, Los Caballeros de Colón, que volvieron a la escena pública durante los sexenios panistas para apoyar a la Iglesia a la vez que a la derecha en el poder, así como la Unión Nacional de Padres de Familia, creada en 1917 y que siempre se ha opuesto a la educación sexual, a la despenalización del aborto etcétera; esta organización también tuvo mayor protagonismo en la época panista.
Como en toda guerra, en la cristera ambos bandos cometieron atrocidades, pero los pretendidos mártires cristeros han contado con un coro de apologistas y con todo el apoyo económico y político de la Iglesia, al grado de que el Vaticano llevó a los altares a varios de ellos, incluyendo uno de sus principales ideólogos: Anacleto González Flores.
En contraste, muy pocos autores han tratado de difundir, como es el caso de Sergio García Guzmán, una visión más objetiva de la guerra cristera, y así ha quedado abandonada la memoria de los maestros, maestras, agraristas, protestantes, librepensadores y soldados martirizados por los cristeros.
La barbarie cristera se acentuó, si cabe, en la segunda rebelión, que tuvo lugar durante el sexenio de Lázaro Cárdenas, pero ya sin el apoyo decidido del clero; los cristeros quemaban escuelas y muchos maestros y maestras rurales fueron vejados, mutilados y asesinados. Esta segunda rebelión, que transcurrió de 1935 a 1941, mostraba su afinidad con el franquismo, como quedó plasmado en las páginas de la publicación cristera David.
En 1962, Thomas Samuel Kuhn publicó su libro La estructura de las revoluciones científicas (editado en México por el Fondo de Cultura Económica), que llegó a ser una de las principales referencias de la filosofía de la ciencia en el siglo XX. Sus planteamientos motivaron la reflexión sobre los aspectos históricos y sociológicos de las ciencias y en el cambio de teorías dentro de la ciencia, actividad que se rige no sólo por criterios perfectos de verdad y racionalidad sino por los intereses de los personajes que logran imponer sus ideas y sus decisiones en las comunidades científicas.
Hay elementos de poder y de autoridad en la actividad científica (tanto en las ciencias naturales como en las sociales) tal como ocurre en la política, la cultura y los medios de comunicación convencionales. Pero en los últimos años hemos vivido una verdadera revolución en todos esos ámbitos, por la democratización del conocimiento que implica el desarrollo del internet, donde la información puede obtenerse y difundirse libremente.
En el caso concreto de la guerra cristera, en algunos o muchos círculos académicos, han prevalecido las ideas impuestas por el prestigio y la autoridad de investigadores afines al catolicismo y por lo tanto a la causa cristera. Si sólo ellos pudieran difundir sus planteamientos, gracias a su posición en instituciones educativas y a su acceso a los medios de comunicación, como ocurría hasta hace pocos años, tales ideas serían inconmovibles hasta que dichos científicos fueran reemplazados por los de nuevas generaciones que, de hecho, habrían sido educadas en esos modelos.
Actualmente, gracias a las nuevas formas de comunicación, cualquier persona, tenga o no influencia en el medio académico, puede no sólo investigar por sí misma sino difundir sus resultados. Si éstos son acertados, su verdad se hará patente a los demás, día con día, por su congruencia con otros datos.
El trabajo de Sergio García Guzmán, que ha tenido una acogida favorable en internet y en algunas presentaciones públicas, cumple precisamente con esa función: de cuestionar interpretaciones tendenciosas de la guerra cristera mediante información que cualquier persona puede verificar.
Es parte del importante proceso de democratización del conocimiento que estamos viviendo hoy en día. Lo mismo ha ocurrido con otros trabajos, cada vez más conocidos y citados en el ciberespacio, como el libro Los nuevos beatos cristeros. Crónica de una guerra santa, escrito en 2005 por Laura Campos Jiménez, historiadora egresada de la Universidad de Guadalajara y donde critica la visión clerical de la guerra cristera (https://laicismo.org/ data/imgs/imagen_15302.png).
Cabe esperar que esos esfuerzos fructifiquen sembrando en muchas otras personas la inquietud por acceder directamente a las fuentes históricas, formarse una idea más imparcial y exacta de los hechos del pasado y, por ende, un mejor criterio como ciudadanos.


Edgar González Ruiz*
*Maestro en filosofía; especialista en estudios acerca de la derecha política en México

viernes, 20 de junio de 2014

¡ CONVERTIREMOS LAS MISAS EN ASAMBLEAS !

Aprueban diputados que curas orienten el voto



México, D.F.- La Cámara de Diputados aprobó cambios a la Ley General en Materia de Delitos Electorales, los cuales incluyen modificaciones a las conductas sancionables en que pueden incurrir los ministros de culto, excluyendo de los supuestos penales el que los religiosos “orienten” el sentido del voto de los electores.
El dictamen llegó al Senado, donde ya se analiza y se espera sea votado de inmediato.
El artículo 16 de la ley sobre delitos electorales, vigente y publicada en el Diario Oficial el 23 de mayo pasado, establece: “Se impondrá de cien hasta quinientos días de multa a los ministros de culto religioso que, en el desarrollo de actos de su ministerio, o a quien en el ejercicio del culto religioso, presionen u orienten el sentido del voto o induzcan a votar o abstenerse de votar por un candidato, partido político o coalición”.
En la propuesta sometida a la consideración de los legisladores en el periodo extraordinario de ayer, publicado en la Gaceta Parlamentaria de la Cámara de Diputados, se eliminan las palabras “u orienten” para dejar como delito sólo las presiones explícitas para inducir al voto.
Este cambio abre la posibilidad de que los ministros religiosos orienten el voto de sus seguidores a favor o en contra de candidatos o partidos. No obstante, se mantiene en el texto de dicho artículo sanciones de 100 y hasta 500 días multa a los ministros de culto religioso que presionen el sentido del voto.
El dictamen proponer cambiar algunos otros términos como “recompensa” por “contraprestación”, en el caso de sanciones a los que presionen el voto. En la exposición de motivos de los cambios propuestos se señala que el objetivo es evitar confusiones a los destinatarios de la norma y la creación de vacíos legales. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

En torno al sinarquismo. Hugo Gutiérrez Vega



Cada uno de los campesinos reunidos en la plaza de armas de la ciudad de León llevaba dos o tres banderas en sus manos destrozadas por el trabajo. El orador era Juan Ignacio Padilla y de su boca salía un montón de compañeros asesinados por el gobierno. Todos ellos estaban “presentes” en la memoria de la Unión Nacional Sinarquista, el movimiento más importante y aguerrido de la derecha mexicana. Con “orden” decía sus nombres y en este dictatum estaba implícita la lucha en contra del anarquismo que, según advertía el orador Padilla, era la fuente de todo desorden.

Salvador Abascal
He leído las investigaciones del profesor Meyer sobre la historia de la Unión y los desarrollos de su fundamentalista actitud frente a la vida política del país. El trabajo del señor Meyer tiene indudables méritos, pero, posiblemente, sus afinidades ideológicas con ese fascismo campesino le restan la objetividad necesaria para observar los muchos y muy variados matices de la cuestión. Enumero algunas observaciones sobre los sinarquistas, sus caídos, sus muchas banderas, su parafernalia fascista y su indudable origen campesino:
1. León puso el mayor número de mártires de la Unión. El fraude electoral cometido a una candidatura independiente a la Presidencia Municipal provocó un estallido encabezado por las banderas sinarcas y descabezado por las ametralladoras del Ejército Nacional.
2. Enrique Morfín, miembro de la Sinarquía Nacional, me contaba que los jerarcas del movimiento iban a Madrid para estudiar en la Academia de Mandos de la Falange Española. Hay fotos en las que aparecen con la “camisa nueva” haciendo el saludo romano.
3. La entrada de más de cincuenta mil jinetes sinarcas a Morelia y la toma simbólica de la ciudad (iban desarmados) llevaba dedicatoria al general Cárdenas y fue una de las grandes hazañas de Salvador Abascal, el mayor fundamentalista de la extrema derecha.
4. Abascal llevó a Baja California, la tierra de las utopías franciscanas, anarquistas y sinarquistas, a unos tres mil colonos. Se establecieron muy cerca de la gran Bahía de Magdalena y el gobernador del territorio, el general Mújica, les dio una prudente ayuda humanitaria. Rodolfo Gil documenta, con mucha claridad, las complejas relaciones de Abascal, líder de la Colonia de María Auxiliadora, con los jerarcas de Cultura Hispánica de Tokio y, en particular, con el coronel Fujirito, ayudante del mariscal Tojo. Todo apuntaba a un nuevo intento japonés de atacar por las espaldas a Estados Unidos. En la Bahía de Magdalena encontrarían un punto de salida los barcos y los submarinos de la flota imperial.
El encapuchamiento de la estatua de Benito Juárez y otras muchas estupideces liquidaron al movimiento que llegó a contar con casi un millón de campesinos. El “gallito” se volvió motivo de broncas y escarnios y la Unión se fue hundiendo en la nada política. Ya vendría el Yunque a ocupar la avanzada de la extrema derecha agazapada en las filas del decadente Partido Acción Nacional.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Nazis cristeros

Los nazis siempre han tenido simpatizantes en México. Hoy en día, existen agrupaciones pronazis, con presencia en internet y algunas entidades. Se pueden distinguir ciertas vertientes: por un lado, los nazis “ortodoxos”, que siguen fielmente las ideas originales de Adolf Hitler; por otro, los nazis “revisionistas”, que adaptan las doctrinas nacionalsocialistas, basadas en el militarismo, la dictadura e ideas de superioridad racial, a la realidad del país, con su pasado prehispánico y su herencia colonial, de hegemonía católica. Estos nuevos nazis se declaran católicos, son aliados de la Iglesia en temas como el aborto y el rechazo a los homosexuales, y a veces recurren a la simbología cristera, guadalupana y conservadora; así, algunos de ellos rinden culto a Maximiliano I de Habsburgo.

Socios
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Como era de esperarse, muchos militantes del nazismo simpatizan especialmente con proyectos del gobierno de Felipe Calderón, la militarización del país y la desmesurada importancia que el panismo otorga a la llamada “guerra” contra la delincuencia.

Ayer y hoy

Desde la década de 1920, las tendencias totalitarias que conformarían posteriormente las potencias del eje conocido como Roma-Berlín-Tokio, o la Alianza del Eje, encontraron simpatizantes entre los sectores derechistas.
En 1929, el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores pedía en una carta privada “que Dios nos dé un Mussolini”, dada la cercanía que en ese entonces tenía el gobierno fascista con el clero católico; el piso de la Catedral de Tampico, inaugurada en 1931, fue decorada con cruces gamadas que ostenta hasta la fecha; el catolicismo conservador fue decididamente partidario del dictador Francisco Franco, aliado de Hitler y del autócrata, Benito Mussolini.
Los cristeros que subsistían en la época del cardenismo –que asesinaban a maestras rurales y quemaban escuelas–, se identificaban como franquistas, partidarios de una dictadura católica, como la que existía en España. El movimiento sinarquista y miembros del incipiente Partido Acción Nacional –fundado en 1939– tenían afinidades con el fascismo y el falangismo (corriente política muy próxima al fascismo y al nazismo, que floreció en España durante la década de 1930). A su vez, los servicios de inteligencia de México y de Estados Unidos documentaron las actividades de los “quintacolumnistas” de esa época.
El general y empresario, Juan Andreu Almazán, candidato a la presidencia de México en 1940, era partidario decidido de los nazis: llegó a afirmar que su “corazón pertenecía a los nazis” y era uno de los principales donantes del Partido Nacional Socialista en la Ciudad de México (Juan Alberto Cedillo, Los nazis en México).
Con la derrota de la alianza del Eje, perecieron las esperanzas de quienes habían creído en la instauración de un orden mundial hitleriano, pero el nazismo siguió teniendo ideólogos y partidarios en México.

Salvador Borrego Escalante

Uno de los principales autores de literatura pronazi, desde la década de 1950, es el mexicano Salvador Borrego Escalante, autor de Derrota mundial, que cuenta con más de 40 ediciones en su haber. El libro, que en las décadas de 1960 y 1970 se usaba como texto de historia en las escuelas confesionales, plantea que la derrota de la Alemania nazi había sido la del mundo entero. Borrego fue amigo y colaborador de Salvador Abascal Infante, dirigente histórico del sinarquismo y padre de Carlos Abascal, exsecretario de Gobernación durante el gobierno de Vicente Fox.
A la fecha, Borrego sigue escribiendo libros sobre temas políticos, ideológicos y militares. Éstos tienen una gran influencia en algunos círculos nazis, incluso en países como España. Algunos famosos nazis, como Pedro Varela Geiss, han visitado México y participado en conferencias y eventos conjuntos con Borrego (http://www.youtube.com/watch?v=UwutVVZwywk).
En México, uno de los grupos que se identifican como “nacionalsocialistas” y que hacen alusión a la obra de Salvador Borrego es el llamado Brigadas Fascistas de México, radicalmente antisemita. Se declaran contra “el modelo neoliberal usurocrático de corte sionista” (sic) (http://www.paginasprodigy.com/eolmos74/acercadenosotros.html)

Skinheads guadalupanos

Existen grupos nazis como Mujer Criolla y Orgullo Criollo que enfatizan la supremacía de la raza blanca, incluso en una nación como México, con sus raíces prehispánicas (paradójicamente advierten en sus páginas web: “¡Este foro es sólo para gente de raza blanca!”). Actualmente está en boga el “nazismo católico” donde los pronazis se presentan como defensores del catolicismo conservador y herederos de los cristeros. Tal simbología se retoma, por ejemplo, de la página web del llamado Frente Nacional México Skinheads (http://frentenacionalmexico.blogspot.com/), donde, junto a Hitler, aparecen Agustín de Iturbide, la Virgen de Guadalupe y los cristeros, además de Anacleto González Flores (laico y dirigente moral de la rebelión cristera, reconocido tanto por su resistencia en contra del gobierno de Plutarco Elías Calles y en pro de la Iglesia). Así, el nazismo en México enarbola símbolos e ideas de la derecha católica tradicional, que incluyen el antisemitismo y el rechazo a la masonería.
El 16 de mayo de 2010, esos skinheads convocaron a un congreso nacional en un bar de la ciudad de Tizayuca, Hidalgo. Hay que aclarar, sin embargo, que no todos los llamados skinheads son pronazis, sino que hay los que se oponen totalmente a esa ideología e, incluso, son de tendencias anarquistas.
Los intentos de los nazis por aliarse con las fuerzas católicas han sido recurrentes. Hace unos años, grupos pronazis se unieron a las campañas del conservadurismo católico contra la despenalización del aborto en la ciudad de México. A mediados de 1990, se manifestó públicamente en el Distrito Federal el grupo nazi Misión Nacional, que apoyaba protestas de católicos contra los “espectáculos irreverentes”, como calificaban, por ejemplo, a la obra de teatro El concilio del amor. Algunas tiendas y puestos de reliquias militares, por ejemplo, en La Lagunilla, son lugares de reunión de admiradores de Hitler.

“Amigos del Ejército”

En 1995, una serie de reportajes publicados en El Financiero (Linaloe R Flores, “Adolfo Hitler intenta renacer en México”, 10 de mayo de 1995; “Los ejércitos fanáticos del nazismo mexicano”, 11 de mayo; y “El México de los neofascistas”, 12 de mayo) puso al descubierto las actividades de varios grupos y personajes pronazis.
En la investigación se menciona, por ejemplo, a Carlos Roger, entonces dirigente de la filial mexicana del grupo pronazi y franquista Círculo Español de Amigos de Europa, fundado en Barcelona en 1966. Se señala también las tertulias nazistas organizadas por Hannerl Goessler, “escritora de origen alemán que perteneció a las juventudes hitlerianas”.
Los Amigos del Ejército era otro de los grupos de carácter paramilitar, y que reclutaba a sus adeptos, muchos de ellos adolescentes, en la colonia Lomas Taurinas, de Tijuana, Baja California. En 1995, a un año del levantamiento armado de Chiapas, los pronazis pregonaban una política de “mano dura”, derechista y militarista, como la que actualmente sigue el gobierno de Felipe Calderón.
Así se expresaba en aquella época el ultraderechista José Ignacio Vasconcelos, hijo del célebre escritor y político. Murió a los 96 años, el 30 de junio de 2009; autor de varios libros de tendencia hispanista (Medio milenio de hispanidad americana y La doctrina de la hispanidad americana, entre otros) hasta su muerte fue presidente de la Agrupación Reyes Católicos. En los mencionados reportajes se hace notar la simbiosis entre catolicismo y nazismo que prevalecía ya entre grupos extremistas, al grado de que, luego del saludo nazi, el segundo punto de una reunión de ese género es la invocación religiosa. “Los invitados rezan un padre nuestro o alguna oración a la Virgen de Guadalupe, cuya imagen suele estar presente en el encuentro”.

Panazis

El contexto político de México, a partir de 2006, ha sido especialmente favorable para las ideas radicales de la derecha, dado que vivimos bajo un gobierno impuesto mediante tácticas agresivas, que desdeñó las normas electorales, y que desde entonces ha seguido la tendencia de militarizar el país, con pretextos como el de la lucha contra el narco.
Los nazis son militaristas por naturaleza, por lo que en páginas como las del autodenominado Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores de México encontramos mensajes como éste: “Saludos hermanos, les hago una cordial invitación para asistir al desfile militar este próximo 16 de septiembre, debemos dar nuestro saludo y respeto a nuestro glorioso Ejército mexicano. ¡Viva el orgullo criollo de México, Sieg Heil Hitler!” (sic).
La Organización por la Voluntad Nacional es otro grupo mexicano de tendencias afines al nazismo, pero adaptadas al contexto nacional. Por ejemplo, se declaran partidarios de la hegemonía católica y rinden culto a Maximiliano I de Habsburgo, en el Cerro de las Campanas, donde fue fusilado. Además, simpatizan abiertamente con las directrices militaristas de Calderón, y con su pretendida “guerra contra la delincuencia”. En su ideario encontramos los siguientes planteamientos: “El fortalecimiento de las Fuerzas Armadas, garantes de la seguridad y prestigio de la nación: alentar la producción de armamento moderno en el territorio nacional…”; “guerra a muerte contra el crimen: guerra total contra la delincuencia con grupos de elite bien armados…”; e instauración de la pena de muerte. Esos nazis, afines al actual gobierno panista, proponen también limitar las protestas públicas, con el pretexto de que pueden propiciar el “vandalismo”.
Otra evidencia de la fuerza que bajo el predominio político de la derecha, podrían llegar a alcanzar esas tendencias agresivas, fue el ataque contra los emos en Querétaro y en el Distrito Federal, en 2008; a éstos, sus detractores, identificados con ideas derechistas de “superioridad”, los estigmatizaban como “débiles” y “desadaptados”.
Edgar González Ruiz Maestro en Filosofía. Investigador y periodista, especializado en la derecha política en México y América Latina. Ha publicado varios libros, como: La Última Cruzada (2001); Los Abascal (2002); Cruces y Sombras (2006); El clero en armas (2007). En 2005 obtuvo el Premio José Martí; en 2006, el Premio Nacional de Periodismo, de México. Colabora en Contralínea.

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