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viernes, 6 de abril de 2018

Lula, sin crimen, ni pruebas y sin habeas corpus

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Emir Sader
E
n días recientes la derecha brasileña ha entrado en estado de desesperación. Después de lograr poner como tema central de la agenda política la posibilidad de la prisión de Lula, contando con la decisión que creían segura del Supremo Tribunal Federal de Brasil, sus sueños habían empezado a debilitarse. Una primera resolución del STF era favorable a Lula, apuntando a una quiebra del consenso de Curitiba, que se había impuesto hasta ese momento. Un consenso absurdo jurídicamente, de la condena sin crimen, ni pruebas, configurando claramente una persecución política, basada en el lawfare –el uso de las leyes de forma unilateral, para la persecución a adversarios políticos. Nadie tiene dudas de que el juez Sergio Moro es un oponente político feroz de Lula, que le ha negado todo tipo de recursos, que le trata de forma racista y discriminatoria, que frequenta, de forma amigable, a fiestas con dirigentes de los partidos de derecha, ninguno siquiera acusado por el juez y sus colegas.
El clima era de gran expectativa. Revista semanal de derecha decía que, si Lula recibiera el habeas corpus se terminaba la Lava Jato, como que confesando que esa operación dependía de la violación de la Constitución que, expresamente, dice que la prisión de un acusado sólo se daría una vez concluidos todos los recursos. Pasa que el mismo STF, involucrado en el clima de arbitrariedades que la Lava Jato había impuesto al país, había decidido, en varios casos, por la prisión antes que se agotaran todos los recursos. Pero, rompiendo con esa práctica, en el caso de Lula, volvería a hacer valer el precepto constitucional, concediendo el habeas corpus.
En los días previos al nuevo juicio, los medios han usado todos los recursos para intentar crear un clima de presión sobre el STF, desde anunciando movilizaciones de docenas de personas como si fueran de miles, hasta publicar editoriales exigiendo la prisión de Lula, aún basado en un proceso sin ningún fundamento de realidad. Era claro que consideran que sólo por la vida judicial pueden impedir que Lula vuelva a ser Presidente de Brasil.
Como elemento nuevo, oficiales de las fuerzas armadas pasaron a manifestar abiertamente sus posiciones por la prisión de Lula, hasta que el mismo comandante en jefe del Ejército se sumó a ellas, diciendo que la institución no aceptaría tolerancia con la corrupción. Representa la repolitización de las fuerzas armadas, que se han otorgado una amnistía, al final de la dictadura, que representa precisamente la tolerancia total con todos los crímenes que los militares han cometido en los 20 años de dictadura. Intolerancia significaría ahora anular esa amnistía y pasar a juzgar a todos por sus atropellos. Pero ahora se trata de sumarse a la persecución política de Lula y nada más.
Las reacciones negativas han venido de varios lados, incluso de la Globo en su editorial, del comandante en jefe de la Fuerza Aérea y de otros sectores formadores de la opinión pública, indignados de que ese militar hubiera aceptado la impunidad respecto a políticos de derecha, como Michel Temer, Aecio Neves, entre otros y, súbitamente, muestra preocupación con el caso de Lula.
El clima ha vuelto a ser tenso en en todo el país fomentado por los medios, en particular la Globo, que actuó como si se estuviera en las vísperas del golpe de 1964, cerrando su principal noticiario con la amenaza del comandante en jefe del Ejército –antes de decir lo contrario al día seguiente.
Fue en ese clima que se ha vuelto a reunir el STF, empezando por el voto del relator que, Edson Fachin –que, hay que recordar, había sido abogado del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) durante mucho tiempo, habiendo recibido el apoyo de éste para su nombramiento para cambiar radicalmente de posición una vez nombrado– en contra del habeas corpus y el de Gilmar Mendes, en favor. Todo transcurrió hasta el voto decisivo de la jueza Rosa Weber, sobre quien habían recaído más fuertemente las presiones de la derecha. Incluso del mismo Sergio Moro, que no contento en hablar todo el tempo fuera del foro –lo cual es prohibido por ley– estuvo en un largo programa de entrevistas en una Tv de derecha y centró su fuego en contra de esa jueza.
El efecto terminó siendo decisivo. Ella cambió la posición que había tenido en la sesión anterior, votó en contra del habeas corpus, lo cual permitió que la votación terminara en empate, con lo cual la presidenta del STF, Carmen Lucia, militante en contra de Lula, desempatara y así fuera rechazado el habeas corpus a Lula.
Caben todavía recursos y, aún siendo rechazados, como deben ser, queda la decisión política en manos de Sergio Moro, de definir si decreta la prisión de Lula. Lo cual produciría una inmensa conmoción por ser el único líder político nacional en Brasil, por tener 40 por ciento de apoyo en las encuestas con la perspectiva de triunfar en primera vuelta y el enorme apoyo popular, como lo han confirmado sus caravanas por todo el país.
Una fantástica farsa jurídica, alrededor de un departamento que nunca fue de Lula, que recién fue a subasta, con los rendimientos para la empresa que es la real propietaria del inmueble, generó un proceso absurdo, sin pruebas, con condena en base a las convicciones de los que lo acusan como enemigo político. Se pasaría a un periodo todavía más turbulento de la vida política brasileña. De ahí que, a lo mejor, no se atreven, manteniendo lo que más importa a la derecha brasileña –tratar de impedir que Lula sea candidato a la Presidencia del país.

viernes, 30 de marzo de 2018

Lula sí, Lula no .- Emir Sader

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N
unca Brasil estuvo tan pendiente del destino de una persona, como Brasil ahora está pendiente del destino de Lula. Para que se tenga una idea de cómo el tema Lula invade todos los espacios de los medios, en el día en que el Supremo Tribunal Federal votó en favor de Lula, el Jornal Nacional, el principal noticiario de Tv Globo –que estaba preparado para una resolución en contra de Lula–, dedicó sus primeros 34 minutos para la cobertura de la decision del STF.
La derecha divergía en apuntar las fechas de la prisión de Lula, mientras todos los editoriales de los medios tradicionales propugnaban por la prisión del ex presidente. La derecha había logrado desplazar la centralidad de la reivindicación de Lula de ser candidato a presidente, para el tema de la prisión de Lula, tema sobre el cual se deleitaban prematuramente imaginando las escenas pirotécnicas preparadas por los medios de comunicación para la eventual prisión de Lula.
Lo cierto es que los destinos de Lula son los más extremos posibles, conforme sea quien lo pronostique. Van desde el Nobel de la Paz, pasando por la elección a la Presidencia de Brasil, yendo hasta la condenación y la prisión por un largo tempo. Conforme se dé uno u otro, se dará el futuro de Brasil en una u otra dirección.
En la caravana de Lula al sur de Brasil, los ánimos se han intensificado. La derecha estaba preparada para el rechazo al habeas corpus solicitado por la defensa de Lula. Conforme la primera votación fue favorable al ex presidente, la derecha radicalizó sus formas de acción.
La caravana al sur fue la que ha transitado por la región más conservadora del país. En Río Grande do Sul y en Santa Catarina se han aliado los militantes de Bolsonaro con los ruralistas de la zona. Éstos han utilizado sus tractores y sus camiones para bloquear carreteras, buscando con ello impedir el avance de los tres autobuses de la caravana.
Sólo lo han logrado en una ciudad, donde habían ocupado las rotondas de ingreso a la localidad e intentos de desbloquear esos lugares implicaría un enfrentamiento violento, incluso porque no se puede contar con los efectivos de la policía. En todas las otras decenas de localidades –entre ciudades, asentamientos del MST–, siempre se ha logrado ingresar y hacer actos con Lula.
Grupos organizados tiraban piedras y huevos al paso de los tres autobuses de la caravana, pero no más que ello. Lula ha hecho docenas de actos en las capitales de las tres provincias, pero sobre todo en el interior, con pequeños productores de la economía familiar, con trabajadores de los asentamientos de los sin tierras, con rectores de universidades públicas, con estudiantes de las escuelas públicas.
Es la cuarta caravana de Lula. La primera recorrió las nueve provincias del nordeste de Brasil, la región que más cambios ha vivido durante los gobiernos del PT, porque siempre fue la localidad más pobre y abandonada del país, donde los candidatos del PT siempre han tenido más de 70 por ciento de los votos.
La segunda se dio en Minas Gerais, provincia donde Dilma Rousseff también triunfó. La tercera, por Río de Janeiro. La cuarta es ésta por el sur de Brasil. Lula pretende recorrer todavía la región norte y la centro-oeste.
Frente al éxito de las caravanas, la derecha se concentraba en la posibilidad de prisión de Lula o de alguna condena que le imposibilitara seguir circulando por el país. Los medios ya aceptan que no habrá prisión de Lula. Se concentran ahora en los intentos de su exclusión de la campaña electoral, aun sabiendo que Lula siempre será el gran elector y, conforme indican las encuestas, el candidato que Lula indique estará seguro en la segunda vuelta y sigue siendo favorito para ganar.
El voto favorable a Lula en el Supremo Tribunal Electoral rompió lo que se llamaba de Consenso de Curitiba, por el cual el conjunto del Poder Judicial actuaba unánimemente en la persecución a Lula. Se fortalece entonces la posibilidad de que el ex presidente sea candidato. Se abren seis o siete meses decisivos para el futuro de Brasil, con efectos sobre el conjunto de la región.
Habiendo participado en las cuatro caravanas de Lula, pude certificar el poder de movilización y de convencimiento que el ex mandatario y su discurso tiene. Al final del acto en Chapeco, cuando los grupos de derecha hacían amenazas en contra de la caravana, Lula invitó al pueblo a acompañarlo hasta el hotel. Fue de las escenas más emocionantes ver a Lula conducido, literalmente, en los brazos del pueblo al hotel.

domingo, 25 de marzo de 2018

En medio del caos, un breve espacio de justicia para Lula

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Eric Nepomuceno
E
l cuatro de abril será miércoles. Acorde a lo que dicen las páginas en las redes sociales, no habrá ningún concierto de Julieta Venegas.
Pero en Brasil será un día esencial: el Supremo Tribunal Federal, instancia máxima de la justicia en mi país, decidirá si el ex presidente Lula da Silva podrá o no ser llevado a la cárcel antes que se agoten todas las instancias a las cuales podrá recurrir.
Lula da Silva ha sido condenado, tanto en primera como en segunda instancia, por haber aceptado un departamento playero como soborno.
Lo más escandaloso del juicio es que no hubo una sola, única y miserable prueba de que eso haya ocurrido.
Convicción ha sido el principal argumento de la acusación, y la razón central de la condena del provinciano juez de primera instancia, Sergio Moro, reformulada (le aumentaron la condena) por los de segunda.
Brasil vive un caos. La economía ofrece débiles, muy débiles, señales de recuperación. El gobierno es rechazado por 74 por ciento de la opinión pública, y el desempeño personal del presidente Michel Temer es reprochado por 85 por ciento de los entrevistados.
La intención de los fundamentalistas del Poder Judicial –fiscales, jueces de primera instancia– era despertar el martes 27 de marzo con Lula encarcelado, o al menos rumbo a alguna cárcel.
La instancia máxima de la justicia lo impidió. Con eso, le dio al ex presidente más popular de la historia reciente de la República un alivio.
Es probable que la decisión final se arrastre por meses, e inclusive que el juicio que lo condenó –plagado, vale reiterar, de absurdos y desvíos– sea anulado. De esa manera, el golpe institucional que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff habrá fracasado. Porque el verdadero y supremo objetivo del golpe no era alejar a una mandataria débil y un tanto inepta, sino fulminar al que impuso un cambio radical en el escenario social brasileño, Lula da Silva.
Ocurre que mi país es un tanto surrealista, para decir lo mínimo. Un país cubierto por absurdos.
El mismo Michel Temer que es el presidente más rechazado de la historia dice que podrá presentarse a reelección.
Bueno: para empezar, nunca fue electo presidente. Integraba la planilla encabezada por Dilma Rousseff, a quien traicionó de manera vil.
El intento de Temer, hoy por hoy, ronda el ridículo. ¿Cómo el presidente más impopular de la historia se anima a postularse a una reelección?
Pero mi país es terreno propicio a absurdos. Por ejemplo, hace poco más de un mes, al darse cuenta de lo obvio –su propuesta de reforma del sistema de jubilaciones no pasaría en el Congreso– Temer determinó la intervención militar en Río de Janeiro.
Faltando dos días para que la intervención militar cumpliese un mes, el asesinato de la concejala Marielle Franco y su motorista Anderson Gomes sacudió al país.
Hubo manifestaciones masivas en Río y en muchas otras ciudades, inclusive en el exterior. En las redes sociales, la ejecución de la concejala fue tema dominante.
Marielle Franco tenía 38 años y ejercía su primer mandato político. Su trayectoria ejemplar –negra, nacida y creada en una favela de violencia y miseria, madre a los 18 años que logró un diploma de ciencias sociales– la diferenciaba de sus pares en la cámara municipal de Río.
En sus escasos 15 meses como concejala se destacó por la intensa defensa de los derechos más elementales de los de su origen, violados un día sí y el otro también.
La manera en que fue ejecutada, cuando se supone que la seguridad pública de Río experimentaría algún alivio a raíz de la intervención militar, conmocionó al país y puso en relieve la situación de abandono y descontrol absoluto en que vive la población.
Y más: desafía frontalmente la medida adoptada por Temer y, como reflejo, también a los militares encargados de darle combate a la violencia.
La precisión y la frialdad de su ejecución indican que su autor es un tirador experto: utilizando una pistola calibre 9 milímetros, de uso exclusivo de la policía y de las fuerzas armadas, y en un automóvil en movimiento, disparó nueve tiros.
Cuatro dieron en la cabeza de Marielle, tres en el cuerpo del motociclista.
Además del impacto que conmovió al país y sacudió una vez más la ya muy débil figura de Michel Temer, la ejecución de Marielle Franco abre una serie de interrogantes altamente preocupantes.
Para empezar, todo indica que el ejecutor de la concejala integra algún grupo de la policía militar de Río, altamente corrompida. La otra posibilidad más palpable es que sea miembro de una de las milicias integradas por policías o ex policías.
Tales milicias son violentísimas. En tiempos recientes, en varias partes de la ciudad, los milicianos dejaron de disputar terreno palmo a palmo con narcotraficantes y pasaron a actuar en macabra sociedad.
Y, sin embargo, hay más, mucho más en ese enredo trágico.
¿Por qué justo ahora, cuando el general interventor y sus asesores directos empiezan a investigar el océano de denuncias de corrupción contra la policía militar, encargada de la acción ostensiva en las calles? ¿No habrá sido una manera de demostrar que la intervención es inútil, y que la impunidad prevalecerá?

miércoles, 21 de junio de 2017

Inversionistas extranjeros comparan a AMLO con Lula Da Silva, aseguran analistas de Santander

López Obrador de gira en Culiacán. Foto: Juan Carlos Cruz
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Analistas del banco Santander consideraron que la imagen pública del presidente nacional de Morena, Andrés Manuel López Obrador, en el exterior, no es mal vista.
Por el contrario, aseguraron que los inversionistas foráneos lo comparan con el exmandatario brasileño Luis Inácio Lula Da Silva.
Al participar en la Cumbre de Comercio y Negocio Multinacional organizado por la aseguradora AIG, Pedro Bacao, jefe de análisis y estrategia de la institución bancaria, lo planteó así:
“Hablamos mucho con inversionistas extranjeros. Vemos una mayor preocupación acá. Afuera hay una comparación natural con Lula en Brasil. Hay la esperanza de que pueda ser igual y entonces no pasaría nada”.
Para Balcão Reis, el miedo que se tiene al líder del Morena de que gane en las elecciones presidenciales del 2018 es mayor al interior del país, comparado con la percepción que tienen en el exterior, donde lo ven como el expresidente de Brasil.
Esta no es la primera vez que López Obrador está bajo la mirada del sector financiero. A principios de mayo pasado, la agencia calificadora Fitch Ratings advirtió que en caso de que el líder de Morena gane las elecciones presidenciales de 2018, ello generaría “incertidumbre y volatilidad” en el país.
“Se prevé una mayor volatilidad. No anticipamos que el partido Morena tenga la victoria en el Congreso, entonces no es claro saber qué cambios habría para instrumentar las políticas de López Obrador… Claramente eso puede llevar a un nivel de incertidumbre política que tendríamos que tomar en cuenta para ver qué grado o qué cambios de políticas vamos a tener”, aseguró la directora senior y jefa del Grupo de Soberanos de América Latina de dicha institución, Shelly Shetty.
Hoy, el presidente de la empresa ferroviaria Kansas City Southern de México, José Zozaya, señaló que “su retórica nos preocupa, pero no hay que olvidar que fue jefe de gobierno en la Ciudad de México y no fue malo. Tuvo sus temas, pero no fue malo”.
Los mercados financieros aún muestran cierto pesimismo por el partido que encabeza López Obrador. De hecho, en las elecciones estatales pasadas, donde Morena apenas fue superado por el PRI en el Estado de México, impulsó al peso y a la Bolsa Mexicana de Valores (BMV).

domingo, 16 de octubre de 2016

Luiz Inacio Lula da Silva, un guerrero triste y cansado, cumplirá 75 años


Si me matan, seré mártir; si me dejan libre, presidente otra vez
Su arresto es inminente; la imagen del ex presidente preso será la gloria de los golpistas
¿El crimen?, no importa, por ser obrero, apenas alfabetizado y por alcanzar el poder
Foto
Imagen de julio pasado del ex presidente Luiz Inacio Lula da SilvaFoto Xinhua
Eric Nepomuceno
 
Periódico La Jornada
Domingo 16 de octubre de 2016, p. 17
El jueves 27 de octubre el ciudadano brasileño Luiz Inacio Lula da Silva cumplirá 75 años de vida. Uno menos que Pelé, que habrá cumplido 76 cuatro días antes. Tres más que Chico Buarque, que cumplió 72 el pasado 19 de junio. Treinta y uno más que su más cruel verdugo y perseguidor, el juez provincial de primera instancia Sergio Moro, que anda por sus verdes 44 años sintiéndose una especie de dios vengador designado para impartir el castigo divino a su presa favorita.
Pero la verdad es que Luiz Inacio Lula da Silva, ex presidente, fundador y creador del Partido de los Trabajadores (PT), principal líder político del país más habitado y más rico de América Latina, no anda con espíritu de celebrar nada.
Hace un tiempo le pregunté, en un almuerzo con otros dos amigos, si él no se cansaba nunca. Quise saber de dónde sacaba semejante energía. A veces sí me siento cansado, pero no puedo regalarme siquiera ese lujo, el cansancio, me dijo.
Hablamos de lo que pasa en Brasil, y él quiso saber cómo me sentía.Indignado, irritado, impotente y triste, contesté.
Y Lula comentó: “Yo también me siento triste. Al fin y al cabo, hice lo que hice, empecé lo que empecé, y ahora me pasa lo que pasa…”
¿Y qué es lo que le pasa? Pues le toca asistir a la demolición implacable del PT, partido nacido para reformular la política y airear un ambiente históricamente plagado de vicios e inmoralidades, y que terminó por aliarse a los enemigos y se dejó salpicar por el lodo.
Un ataque implacable de los mismos medios hegemónicos de comunicación que él creyó haber seducido, pero que a la hora de verdad se pusieron, como una sola y única voz, en su contra.
Por esos días Lula da Silva trataba de buscar una salida para el PT. En las elecciones municipales del domingo 2 de octubre masacraron a su partido. Era algo esperado, pero no en tal dimensión. Ha sido el peor desempeño del Partido de los Trabajadores en los pasados 20 años o más.
Era esperado, admite Lula. Pero volveremos a ser lo que fuimos y seremos, agrega, con la mirada fulminante puesta en algún espacio vacío y perdido.
Cuando conocí a Lula, hace como 30 y pico de años, era un hombre con mirada inquieta y feroz. Su voz ronca anunciaba cambios radicales. Ese Lula fue drásticamente transformado en la campaña electoral de 2002, cuando un publicista de mucho talento y escaso carácter –que vendía personas como si fuesen jabones, a tipos de extrema derecha igual que de izquierda– creó la imagen de Luliña paz y amor.
Aquel Lula, el de 2002, se comprometió en una carta a los brasileños a preservar puntos cruciales de la política económica de su antecesor, el neoliberal Fernando Henrique Cardoso, y lo hizo.
Pero a la vez promovió cambios radicales en el panorama socioeconómico brasileño.
Los números no permiten dudas: el obrero que cometía errores básicos de gramática, que eliminaba el plural en sus frases, que tenía un discurso tosco y directo, montó un gobierno que eliminó a Brasil del mapa del hambre de Naciones Unidas.
En su gobierno, 42 millones 800 mil brasileños abrieron, por primera vez en sus vida, una cuenta corriente en los bancos.
La libreta de ahorro, único instrumento de que disponían, quedó en la memoria. Se vendieron, como nunca, refrigeradores, cocinas, motos, coches. Ha sido como si una Argentina entera entrase en el mercado de consumo: 42 millones 800 mil tipos por siempre ninguneados.
Pasados los años, Lula sigue creyendo que hizo lo que tenía que hacer. El presupuesto del Estado tiene que contemplar a los pobres, no se debe hablar en gasto, en presupuesto, para educación y salud públicas: es inversión. Inversión en el futuro de la gente, dice.
El problema es que, en el sistema político brasileño existen 35 partidos políticos activos y en el Congreso hay como 28.
Así que ningún presidente es electo contando con mayoría en diputados y senadores. En consecuencia, es imperioso armar alianzas políticas.
Y las alianzas que armó el PT fueron con lo más sucio que existe en la vida política brasileña. A tiempo: exactamente la misma alianza que ahora sostiene a Michel Temer, quien no se eligió, llegó a la presidencia a raíz de un golpe institucional.
–¿Qué dice Lula da Silva de esa experiencia?
–Lo importante era tener una base para gobernar.
Su partido, otrora una especie de vestal contra la corrupción dominante en el escenario político brasileño, se mezcló en el lodo.
–¿Y ahora?
–Bueno, ahora hay que empezar todo otra vez.
Lula es convocado para volver a presidir su partido, el PT. Pero resiste. Sus interlocutores más cercanos, sus amigos, dicen que más urgente es preparar su defensa contra el acoso irremediable de una justicia injusta, que entre otras cosas es capaz de mantener en prisión a su ex ministro de Hacienda, Antonio Palocci,mientras se buscan pruebas en su contra. Esa historia de presunción de inocencia, y que le toca a los fiscales probar la culpa, quedó definitivamente eliminada del escenario judicial brasileño.
Aquí en Brasil, primero se acusa, luego se detiene al sospechoso y después ven cómo probar sus crímenes.
Lula da Silva anda un tanto tristón. Su mirada pasea por un horizonte invisible. Está cansado. El hombre que dice no cansarse nunca está cansado. Está visiblemente cansado.
Mastica despacio y con cuidado cada parte del asado de cordero que eligió. Es un almuerzo entre amigos.
De repente, le pregunto: ¿Es que no se cansa nunca?
Y él me mira, con una mirada de mil fuegos, y dispara: Es que no tengo tiempo para cansarme.
Miente. Es evidente que miente. La mentira está estampada en su pelo, cada vez más ralo, en la mirada, cada vez más opaca, en la voz, cada vez más ronca.
Mañana o pasado o en unos días más lo detendrán.
La imagen de Lula preso es, será, la gloria máxima del golpe de Estado, golpe institucional que se dio en mi país, el país de Lula.
–¿Ha sido el suyo un gobierno corrupto?
–No.
–¿Hubo corrupción en su gobierno?
–Claro que sí.
–¿Ha sido complaciente con esa corrupción?
–Quizá. Muy probablemente sí.
En países como el mío es eso o la nada.
Me doy cuenta de que Lula tiene una coronita de perlas en la frente.
De sudor, pues.
Terminamos de almorzar, nos despedimos, nos abrazamos.
Nunca fui y jamás seré del PT. Mis críticas al partido creado por Lula da Silva desbordarían el espacio que me concede este diario.
Pero salgo de este almuerzo largo y tardío con las palabras que dijo Lula cuando, de manera absolutamente ilegal, lo llevaron a prestar testimonio en la Policía Federal, hace como cinco, quizá seis meses.
Dijo Lula da Silva:
Si me matan, seré mártir. Si me detienen, seré héroe. Si me dejan libre, seré presidente otra vez.
Estoy seguro de que lo detendrán. Mañana, o el miércoles o la semana que viene.
¿El crimen?
No importa.
Por ser obrero, apenas alfabetizado y haber cometido lo mismo que hicieron sus antecesores.
Lo detendrán y condenarán por haber sido el primer obrero en alcanzar el poder, y que por intuición –mucho más que ideología– cambió el mapa social de mi país.
Es decir: que no robó nada.
Y por eso…

jueves, 15 de septiembre de 2016

Lula tiene que ser culpable .- Emir Sader


A
un sin ninguna prueba de algún tipo de enriquecimento personal, sin ninguna evidencia de haberse valido de ventajas personales en su cargo de presidente de Brasil, aun volviendo a vivir en el mismo departamento en la periferia obrera de São Paulo, desde donde salió para ser el presidente de más éxito y prestigio en Brasil –aun con todo ello–, Lula tiene que ser acusado, procesado, considerado culpable y condenado.
En el caso de que esto no sucediera, tras el acoso del poder judicial, de la policía y del Congreso, ya no será posible decir que todos los políticos son inmorales, que todo líder popular conquista el apoyo del pueblo en base a fraudes. No será posible justificar que se instale en Brasil un gobierno de corruptos, de ladrones, de golpistas, sin ningún apoyo popular, como si el país estuviera condenado a ser manipulado por esa manga de mafiosos que ha asaltado el poder a través de un golpe.
Si Lula fuera candidato de nuevo y el pueblo volviera a reconocer, una vez más, en él su liderazgo indiscutible, no será posible decir que el contacto con el Estado corrompe a todos, que los gobiernos sirven para enriquecer a los políticos, sino que es, al contrario, posible promover los derechos de todos, incluyendo también a los más pobres en la esfera de los derechos esenciales garantizados por el Estado
Si Lula no es condenado, aun con pruebas fabricadas por jueces que representan los peores intereses de la élite brasileña, responsables por mantener el país en el mapa del hambre, entonces se probará que un presidente puede atender a los intereses de todos, que no es necesario gobernar para los ricos y en contra de los pobres. Quedaría comprobado que Brasil no necesita someterse a los designios del mercado, del capital especulativo, del FMI. Que Brasil puede y debe retomar el desarrollo económico con distribución de renta, el modelo escogido por el pueblo brasileño en elecciones directas cuatro veces consecutivas.
Si Lula no se ha enriquecido como presidente, si no ha traicionado los intereses del pueblo, si es el único político que mantiene un inmenso apoyo popular y la confianza del pueblo, con más razón necesita ser condenado, porque esa imagen es insoportable para las élites tradicionales brasileñas. Porque éstas necesitan recuperar el control del Estado y volver a gobernar para ellas mismas y en contra de los derechos conquistados por el pueblo brasileño en este siglo.
Para impedir que de nuevo un gobierno democrático, popular, soberano se instale en Brasil es necesario sacar a Lula de la vida política, no importa la forma en que sea.
No sirve fabricar encuestas en las que Lula aparecería con gran rechazo. Si creyeran en esas encuestas no necesitarían sacarlo de la vida política. Bastaría con derrotarlo en una disputa democrática, por el voto popular. No habría peor derrota para Lula y victoria más grande para la derecha brasileña.
Pero la derecha, como ha perdido con José Serra dos veces, con Alckmin, con Aecio, con Marina, va a perder de nuevo, con cualquiera de ellos o con algún nuevo engendro. Por ello necesitan una condena de Lula. Para ello cuentan con el poder judicial, con el Congreso, con los medios, con todos los que se disponen a pasar a la historia como marionetas de las minorías dominantes, de lo peor que Brasil ha producido y que necesita de las actitudes serviles de esas mafias, para volver a someter a Brasil a los intereses del uno por ciento dominante, que sólo pudo volver al gobierno por un golpe, que nunca llegaría allí si fuera por el voto popular.
Un fantasma recorre las mentes de esas élites dominantes, de sus políticos, de los dueños de los medios, de los jueces, de los policías: el fantasma de Lula que es necesario condenar, frente a la imposibilidad de derrotarlo, si la democracia se restablece en Brasil.

Green Go