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lunes, 20 de enero de 2014

Macarena Gelman: con mi abuelo recuperé mi identidad

Para mí, leer a Juan Gelman tiene otros matices
El pasado sábado se realizó la despedida al escritor
Para los niños robados en Argentina y luego recuperados es reconfortante platicar nuestras historias. Es justo ahí, en ese recuperarnos, donde empieza a ponerse en evidencia el fracaso de lo que fue ese plan de exterminio de las dictaduras militares
Blanche Petrich
 
Periódico La Jornada
Lunes 20 de enero de 2014, p. 13
En una carta fechada en 1995, Juan Gelman se preguntaba si su nieta o nieto tendría los ojos marrón claro de su nuera Claudia, o verde-grises de su hijo Marcelo. Al final resulta que Macarena, su nieta, robada al nacer, los tiene verde-gris. Y que se parece al abuelo. Es lindo saberlo. Una de las primeras cosas que uno busca cuando descubre, como yo lo hice, su verdadera identidad, son los parecidos con la familia biológica.
Entre Juan Gelman y su nieta recuperada abundan los parecidos, no sólo físicos: timidez, una cierta gravedad que se despeja cuando fluyen las palabras, celo por la vida privada. Y otras cosas que Macarena Gelman García Iruretagoyena cuenta en entrevista: Mi abuelo y yo bromeábamos. Él llegó a estudiar química antes de decidir que lo suyo era la poesía. Yo escribí cosas antes de ingresar a la Facultad de Química, pero nunca se las enseñé. Imagina lo que es enseñarle a tu abuelo un texto y tener que esperar la crítica de Gelman. No, gracias.
Macarena, que hoy tiene 37 años, pudo despedirse del abuelo. Sentada en el estudio de Gelman, en el departamento de la calle Atlixco, cuenta que en diciembre estuvo en la ciudad de México, un grato encuentro con la familia Gelman en pleno. Hace unos días regresó, apenas recibió la noticia de su muerte, para asistir a su velorio. Un viaje difícil, ya que en un hospital de Montevideo convalece su madre adoptiva, Esmeralda, una mujer mayor y muy enferma.
Actualmente Macarena trabaja en la Secretaría de Derechos Humanos de Argentina y colabora con Abuelas de la Plaza de Mayo. Es responsable, precisamente, de la búsqueda e identificación de otros niños apropiados en Uruguay o de uruguayos trasladados a Argentina. Estos encuentros son algo más que una gran alegría. No sólo es reconfortante reconocernos, sino platicar nuestras historias. Es justo ahí, en ese recuperarnos, donde empieza a ponerse en evidencia el fracaso de lo que fue ese plan de exterminio de las dictaduras militares.
Se presume que la dictadura argentina robó entre 400 y 500 niños de víctimas de la represión, que fueron entregados a familias de represores. Hay hasta la fecha 109 hijos recuperados. Un solo caso en Uruguay, el de Macarena. Hay otros 14 de hijos de uruguayos localizados en Argentina.
Sus padres fueron capturados por militares argentinos en Buenos Aires, en agosto de 1976. Marcelo Gelman Schuberoff, de 20 años, fue ejecutadodías después. Su madre, Claudia, entonces de 19 años y embarazada, fue llevada en secreto, ilegalmente, en un avión militar a Montevideo. La niña nació en un hospital castrense y fue entregada a un comisario que la registró como hija propia.
Bajo la mirada amorosa de Galeano
Cuando se produjo el encuentro con Juan Gelman, en 2000, Macarena tenía 23 años.
“Su búsqueda duró tres años. La mujer de Gelman, Mara Lamadrid, fue imprescindible en la investigación. Un día me citaron en la oficina de una congregación religiosa en Montevideo. Ahí estaba Gelman con mucha curiosidad. Todos estábamos muy nerviosos, pero la conversación fluyó. Los días siguientes tuvimos otros encuentros en casa de Eduardo Galeano y su esposa Elena, todo muy reservado, porque alrededor, en los medios, había mucho ruido, mucha expectación.
“Mis abuelos fueron sumamente cuidadosos. Y esa fue la diferencia para que todo se diera lo más naturalmente posible, dentro de lo antinatural de la situación. De a poco nos fuimos conociendo y nuestra relación de ese primer tiempo estuvo signada más que nada por las cosas que había que hacer, presentaciones judiciales, los análisis de ADN…”
–¿Cómo vivió el momento de reconocer la verdad que revelaba el ADN?
–En realidad, contrario a lo cautelosa que soy yo siempre; había algo que me decía que sí, que eso era así, antes de tener la certeza.
–¿Para usted se trató de construir una nueva identidad?
–Más que encontrar una nueva identidad, era como recomponer esa identidad robada y conciliarla con la que me fue dada y que viví en 23 años de vida. Es un trabajo de reconocer, de reintegrar, de conciliar, de deshacerse de cosas que a uno no le hacen bien.
Foto
María Macarena Gelman García Iruretagoyena, en el domicilio de su abuelo en la colonia Condesa de la ciudad de MéxicoFoto María Luisa Severiano
–¿Cómo se fue revelando el abuelo, Juan Gelman?
–A quien tenía que conocer yo era a mi abuelo, y resulta que era el poeta, el hombre con trayectoria pública. Lo que nos tocó hacer a los dos es recuperar nuestra historia en común y agregarle más vivencias. Ese es el abuelo que quedará en mi corazón.
–¿Se ha acercado a su poesía?
–No tanto como hubiera querido. Para mí, leerlo tiene otros matices. Muchas cosas tienen que ver con mi padre y lo he leído más desde ese lugar. Es algo que me ha llevado tiempo.
–En los medios la definen muchas veces como la niña nacida en cautiverio.
–Todo empezó con el relato de mi historia personal. Empecé a informarme, a leer, a vincularme con personas que estaban en ese tiempo, sobrevivientes, con gran avidez de allegarme la mayor información posible. Es una mezcla de reconstrucción individual, personal y a la vez colectiva, porque nuestra historia es la misma de muchas familias argentinas que pasaron por situaciones similares, y con muchos otros hijos y nietos.
Claudia y Marcelo a través de los ojos de sus amigos
–Además de descubrir la historia de la represión y dictadura, hubo otras cosas que ir descubriendo. Por ejemplo, Claudia, Marcelo, ¿cómo eran?
–Tanto de mi mamá como de mi papá, la fuente fundamental de información han sido sus amigos. Fue muy lindo cómo se acercaron muchos de ellos en distintos momentos. Mis padres estaban en esa edad en la que pasaban mucho más tiempo con los amigos que con la familia, entonces había cosas que mis abuelos apenas sabían.
¿Cómo era mi mamá? Me dicen que divertida, muy solidaria. Es difícil verbalizarlo. De mi papá me dicen que era muy inteligente, muy introvertido también. Vivían con mucha intensidad. Los dos, muy inquietos, con una conciencia social que en mi generación fue quizá menos frecuente.
–¿Cómo tomó la decisión de cambiar sus apellidos, los de su familia adoptiva, por los de su familia biológica, Gelman García Iruretagoyena?
–Decidí conservar los nombres que me dieron, María Macarena. Pero el cambio de filiación fue todo un proceso. Quizá la decisión la tomé bastante antes de concretarla, pero bueno, era como tenía que ser. Las cosas estaban lo suficientemente cambiadas, de por sí. Después del análisis del ADN, era una historia totalmente asumida.
Macarena insiste: “No es lo mismo conocer al poeta, al escritor que hizo tantas cosas en su vida y merecedor de reconocimientos inmensos, que al abuelo Juan. Me resulta difícil hablar de él, porque se espera que hable del hombre público. Y para mí, es parte de mi intimidad.
“Por la distancia, aprovechábamos todas las oportunidades para vernos. A México habré venido unas cinco veces. Y nos veíamos en Buenos Aires; lo acompañé cuando el premio Cervantes en España.
–Le dio una gran felicidad a su abuelo.
–Nos la dimos. Hicimos lo mejor que pudimos. Por eso vine, aquí quería estar yo, con él, rodeado de sus afectos que también resultaron ser los míos. Y sí, además, tengo otra abuela, Mara. Es lo que me queda de mi abuelo.
El sábado fue la despedida final. Una comitiva emprendió camino hacia Amecameca, en caravana. En Nepantla, en tierras de la poeta Sor Juana Inés de la Cruz, desde un puente sobre un riachuelo, Macarena, los familiares y amigos más cercanos de Juan Gelman tomaron puños de su ceniza y la lanzaron a los brazos del aire. Ahí yace (o vuela) ahora quien fue un pájaro. O flor. O violín.
La entrevista completa con Macarena Gelman, en la versión en línea de La Jornada

viernes, 17 de enero de 2014

Juan Gelman, militante. Elena Poniatowska



E
l 15 de agosto de 1994, invitados por elsubcomandante Marcos,acudimos a la Primera Convención Nacional Zapatista en La Realidad, cerca de San Cristóbal, en las montañas del sureste mexicano, para la cual los zapatistas habían construido, en medio del bosque con troncos de árbol y lonas de gran tamaño, una nave como la de Fitzcarraldo, el personaje de Werner Herzog, absolutamente extraordinaria. De pronto, después de que saludaran desde un presidio improvisado los invitados de honor, Carlos Payán, Alberto Gironella (quien donó una magnífica pintura de Zapata que desapareció con la tempestad), Pablo González Casanova, Luis Villoro, doña Rosario Ibarra de Piedra, Eraclio Zepeda, Antonio García de León, Manuel Tello, el fotógrafo Heriberto Rodríguez y otros, cayó una tempestad que tiró a tierra las velas, es decir, el techo de la enorme tienda de campaña donde se celebraría el primer congreso zapatista. Ya el Sup nos había dicho antes de que cayera el primer aguacero que fue arreciando: No le hagan caso a la televisión, a la radio; no se pasmen, no se vendan, no se rindan, no se dejen, no tengan miedo, no se callen, no se sienten a descansar. Todos nos mojamos, nos enlodamos y absolutamente empapados fuimos a refugiarnos a otra tienda más o menos improvisada en la que mal que bien nos acomodamos para pasar la noche, alineados sobre la tierra mojada como sardinas. Éramos más de 70. Otros no corrieron con la suerte de un techo y pasaron la noche bajo el agua entre Durito, el escarabajo y el viejo Antonio que repetía Ocosingo, Oventic, Altamirano, Las Margaritas, La Independencia, Trinitaria. No te puedes dormir así, te vas a enfermar –me dijo Eugenia León, quien me prestó un pantalón que de tan largo me impedía caminar. Mariana Yampolsky, a quien le quitaron su cámara, la pasó muy mal.No puedo vivir sin mi cámara. Graciela Iturbide tomaba fotos con una pequeña que escondió en su bolsillo. Monsiváis decretó que se había torcido un tobillo y fue a pasar la noche en el único sitio en el que había un catre: la enfermería. Fui a visitarlo: Te pasas de listo. Jesusa Rodríguez encontró una hamaca y ofreció: El que sabe dormir en hamaca, que venga. Margarita González de León se preocupaba por la fosa séptica y el papel del excusado. Alguien dijo que elsubcomandante Marcos, su pipa en la boca, se había asomado por una abertura a ver cómo íbamos y eso nos animó a todos. Al físico Manuel Fernández Guasti se le ocurrió sacar una pequeña guitarra y entonar con su jarana una y otra pieza recordándonos a Veracruz. Otros, agotados como Enrique González Rojo, pidieron que se callara y los dejara dormir. La mayoría nos lamentábamos y llorábamos nuestra desventura, cuando de pronto oímos a Juan Gelman que nunca levantaba la voz: Dejen ya de quejarse. Es una vergüenza escucharlos. De pie, enojado, una cobija sobre los hombros, siguió: Si venimos aquí es para ayudar, no para complicar más las cosas. No recuerdo si dijo algo más, pero sí el tono de su voz y la autoridad que emanaba de su figura alta a media tienda de campaña. Todos nos callamos avergonzados. Jesusa me recordó: La dictadura militar de Argentina eliminó a 30 mil, y él es un luchador. A la mañana siguiente fui a abrazarlo y todavía me dijo con la bondad que siempre vi en sus ojos: Córrele, a ver si alcanzas café caliente. Allá, debajo del árbol, lo está repartiendo Moisés.
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Juan Gelman antes de recibir el Premio Cervantes, en la Universidad de Alcalá de Henares, en 2008Foto Reuters
No sé si los zapatistas tenían una clara conciencia de quién era su ilustre visitante, a lo mejor el poeta que escribióAhí está la poesía de pie contra la muerte era sólo uno más de quienes admiramos al zapatismo. Lo que sí recuerdo es su entereza y su lealtad que lo hizo ir hasta Chiapas a acompañar alos más pequeños para darles –lo supieran o no – el abrigo de su obra clásica, cálida, sencilla y, por tanto, indestructible.

miércoles, 15 de enero de 2014

Juan Gelman. José Emilio Pacheco


L
a vida de Juan Gelman fue una lucha incesante contra el crimen de estado, la violencia, la injusticia. También resultó una batalla con el lenguaje, combate que le permitió hacer lo que nunca se había escrito ni se volverá a escribir.
Su existencia estremecida por todas las tempestades tuvo la recompensa de hallar algo que ya casi no existe: un final feliz. Murió sereno, sin dolor, en su lecho, en su casa, rodeado por los seres que más amó en la vida. Se fue para nuestra tristeza inconsolable pero antes de irse nos dejó dos grandes tomos indestructibles que contienen todos sus libros de poesía, la poesía de quien era hasta el martes pasado el mejor poeta vivo de la lengua y a partir de ese momento es uno de nuestros clásicos modernos.
Quise mucho a Gelman y lo admiré desde el primer poema suyo que leí. Conversé con él durante más de treinta años. Con todo, no puedo atribuirme el papel de amigo íntimo, aunque sí irrefutablemente el de lector íntimo que nunca ha interrumpido el diálogo con sus libros. A partir de ahora son aun más poderosos: ya nos hablan no de la muerte sino desde la muerte.
Me encantaba su manera tan discreta y tan modesta de leer en público, casi en voz baja. Para llegarnos tan hondo no necesitaba nada más que su sinceridad desgarrada, su oído infalible, su invención de nuevos ritmos y de nuevas palabras. Era por otra parte el hombre más humilde, más generoso y más cordial que recuerdo.
Juan Gelman no volverá pero tampoco se irá nunca.

Green Go