lunes, 18 de febrero de 2019

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)


by  • 27 junio, 2018 • ArtículosCoyuntura políticaGeopolíticaTeoria política • Comments (0) • 1539

La extrema derecha marginal

Dos artículos anteriores nos mostraron cómo la extrema derecha de América Latina surgió en el primer cuarto del siglo XX, luego cobró fuerza bajo el impulso de los fascismos europeos en la etapa de entreguerras y finalmente coincidió con los intereses de Estados Unidos en la región durante los años de la guerra fría. De hecho, como vimos, la injerencia estadounidense contribuyó a que la ultraderecha latinoamericana pudiera llegar al poder en algunas dictaduras sudamericanas.
Poco después de la democratización de los países con regímenes dictatoriales, entre los años ochenta y noventa del siglo XX, hubo rebrotes marginales de organizaciones de extrema derecha que aprovecharon la apertura democrática y el relativo relajamiento del control social para hacerse un pequeño lugar en el espacio público. Paraguay contó durante un breve período, entre 1989 y 1993, con el Partido Nacional Socialista Paraguayo (PNSP), cuyo ideario abiertamente nazi no le impidió participar en dos procesos electorales. En Argentina, entre 1990 y 2009, existió el Partido Nuevo Triunfo (PNT), que adoptó posiciones anti-chilenas y supo disimular su nazismo y su antisemitismo con las etiquetas de nacionalismo y anti-sionismo. El Movimiento Patria Nueva Sociedad (PNS) de Chile, existente entre 1999 y 2010, también utilizó la posición anti-sionista para disimular su antisemitismo, pero prefirió hablar de socialismo nacional que de nacionalismo y se caracterizó por su insistencia perfectamente ultraderechista en que no era un partido ni de izquierda ni de derecha.
Un caso paradigmático es el de Brasil, en donde vemos aparecer muy pronto, ya desde finales de los ochenta, una plétora de organizaciones ultraderechistas en las que podemos distinguir tres grupos: los tradicionales nazi-fascistas, como el Partido Nacionalista Revolucionario Brasileño (PNRB), surgido en 1988 y con un ideario ultranacionalista, xenófobo y antisemita; los neo-integralistas o continuadores del integralismo, tradicionalistas, nacionalistas, anticomunistas y antiliberales, como la nueva Acción Integralista Brasileña (AIB), aparecida a mediados de los noventa, y el Frente Integralista Brasileño (FIB), fundado en 2004; y las bandas furiosas de neonazis y cabezas rapadas, generalmente surgidas por escisiones de los Carecas do suburbio, como es el caso de los Carecas do Brasil, homófobos, antisemitas y represores de toxicómanos, y especialmente White Power, nacido en 1989, centrado en la convicción de la superioridad racial de los blancos y extremadamente violento hacia negros, mulatos, homosexuales, judíos y nordestinos –originarios del norte brasileño.  
Los neonazis formarán también grupos más o menos violentos en otros países latinoamericanos, como el Partido Nacionalsocialista de México, Orgullo Criollo en Venezuela, Nacional Socialismo Ecuatoriano, la Unión Radical Nacional Socialista de Bolivia (URNSB), Perú Criollo y Movimiento Nacionalsocialista Despierta Perú (MNSDP), así como tres organizaciones colombianas: Tercera Fuerza Nacional Socialista, el Frente Skinhead y la Juventud Nacional Socialista (NS). Éstos y otros grupos análogos comparten su furia contra diversas minorías étnicas y sexuales, así como su apología de la violencia y a veces el empleo de métodos violentos. La juventud, la marginalidad, el pensamiento débil y el resentimiento social de sus integrantes hacen pensar en los escuadrones de la muerte y en los porros y halcones mexicanos. Sin embargo, a diferencia de aquellos grupos, las bandas neonazis tienen una clara tendencia nazi-fascista y suelen seguir programas ideológicos más claros y explícitos, aunque al mismo tiempo actúen de manera más independiente y espontánea, estén menos organizadas y tengan menos recursos humanos y financieros, pues generalmente carecen de apoyo gubernamental y no obedecen a una agenda planeada en Miami o en Washington.
Muy próximos a los grupos neonazis y a veces vinculados con ellos, pero con mayor nivel de elaboración doctrinaria, existen otras nuevas organizaciones ultraderechistas latinoamericanas cuyos discursos llaman la atención por su conservadurismo, por su nacionalismo a ultranza y por los enemigos específicos en los que se concentra su enfurecimiento. Por ejemplo, en Perú, la furia contra la finanza, contra los bancos y contra el Fondo Monetario Internacional fue la especialización del antiliberal y anticomunista Frente de Defensa contra el Agio y la Usura(FREDECONSA), el cual, disuelto en 2012, profesaba el llamado nacional-cristianismo de su ideólogo Ricardo de Spirito Balbuena, lo que hizo que se opusiera también furiosamente a todo lo juzgado anticristiano, como la homosexualidad, la pornografía, la manipulación genética y la legalización de las drogas y del aborto. En México, desde 2006, la furia contra los yanquis es el eje rector del Frente Nacionalista de México Siglo XXI (FRENAMEX), antes Organización por la Voluntad Nacional y Frente Nacional Mexicanista, que además de aspirar a la reconquista de los territorios mexicanos anexionados por los Estados Unidos en el siglo XIX, reivindica el Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo, lucha por la reincorporación de los países centroamericanos a México y exige la expulsión de los inmigrantes haitianos en el país.

Tres frentes de la nueva ultraderecha

El FRENAMEX mexicano y el FREDECONSA peruano, al igual que los grupos nazi-fascistas y neonazis recién abordados, tienen una influencia relativamente débil en la sociedad latinoamericana y no amenazan por ahora con dejar una huella profunda en la historia del subcontinente. Las amenazas parecen venir de otros cuatro frentes de la nueva ultraderecha: uno católico semi-secreto y camuflado, uno cristiano sexista escandaloso, otro virtual opinológico y otro más por el que habremos de terminar el presente recorrido: el frente imperialista ultra-liberal.
Ya nos referimos en un artículo anterior al primer frente, el católico semi-secreto y camuflado, particularmente presente en México bajo la forma de la red invisible de Los Tecos, El Yunque y otros entes disimulados a través de organizaciones como Pro-Vida, asociaciones como DHIAC y ANCIFEM y congregaciones religiosas como los Legionarios de Cristo. Por más fría y calculadora que sea la estrategia de esta red ultraderechista mexicana para influir en la sociedad y especialmente en las élites gobernantes, por más discretos que sean los discursos insidiosos con los que desarrolla su hegemonía ideológica, no deja de estar animada por una furia mortífera que podría estarse manifestando en la violencia directa, simbólica-ideológica y estructural socioeconómica, tan racista como clasista, ejercida cotidianamente hacia los de abajo y a la izquierda: hacia los indígenas y hacia los más pobres del país, hacia periodistas y activistas, hacia estudiantes como los 43 de Ayotzinapa, hacia maestros como los masacrados en Guerrero y Oaxaca entre 2015 y 2016, hacia campesinos como los asesinados en Arantepacua en 2016, hacia obreras de maquiladoras y evidentemente hacia miles de supuestos miembros del crimen organizado eliminados en masa por los mismos que los hacen existir. La dictadura perfecta mexicana puede operar así como las demás a las que nos hemos referido, con toda la furia de la extrema derecha, siempre a favor de los privilegios y de la desigualdad, y siempre autoritariamente y antidemocráticamente, pero de modo encubierto y aparentemente democrático, sin necesidad de golpes antidemocráticos y sin riesgo de procesos democratizadores.
El segundo frente que debería preocuparnos, el cristiano sexista, es mucho más abierto que el anterior y tiene ahora su mejor expresión en los discursos de una ultraderecha brasileña vinculada estrechamente con empresarios del sector agropecuario, con defensores de mano dura contra el crimen y especialmente con las iglesias evangélicas y con algunos sectores católicos. Tal vez sus mejores exponentes sean los furiosos líderes carismáticos y esperpénticos Bolsonaro, Malafaia y Feliciano, los tres igualmente homófobos, heteronormativos, machistas, misóginos, defensores de del cristianismo brasileño, adeptos al escándalo público y poseídos por una extraña furia injuriosa y provocadora. El primero, el político Jair Bolsonaro (nacido en 1955), sobresale además como defensor de los pasados regímenes dictatoriales, considera que “los militares salvaron a Brasil de una cubanización”, que “el error de la dictadura fue torturar y no matar”, y que “Pinochet debería haber matado a más gente”. Por su parte, el pastor evangélico Silas Malafaia (nacido en 1958) dice “amar” a los homosexuales como a los “bandidos” y defiende furiosamente la familia tradicional de “macho y hembra”. Por último, el joven pastor neo-pentecostal Marco Feliciano (nacido en 1972), mezclando racismo y homofobia, no ha dudado en afirmar que “la podredumbre de los sentimientos de los homoafectivos conduce al odio, al crimen, al rechazo”, que “la maldición de África” proviene del “primer acto de homosexualidad de la historia” y que “el caso del continente africano es sui generis: casi todas las sectas satánicas, de vudú, son oriundas de allí; las enfermedades como el sida provienen de África”.
El tercer frente de la nueva ultraderecha latinoamericana, el virtual opinológico, muy próximo al anterior, aunque aún más burdo y vulgar, está compuesto de jóvenes influencers: twitteros, blogueros, youtubers y otras estrellas del internet que se dedican a difundir mensajes típicamente ultraderechistas. Dos buenos ejemplos son los de Callodehacha y Yael Farache. El primero, de nombre Jorge Roberto Avilés Vázquez (nacido en 1986), es famoso en México por su misoginia, su antifeminismo, su minimización de la violencia contra las mujeres y el estilo ramplón y socarrón con el que propaga su furia contra la izquierda y especialmente contra el famoso líder populista Andrés Manuel López Obrador. Esta furia está bien disimulada en una estrategia típicamente ultraderechista en la que se repudia lo mismo la izquierda que la derecha bajo el supuesto de que todos los políticos son lo mismo, lo que permite minimizar los excesos del régimen derechista corrupto, opresivo y represivo, y al mismo tiempo desprestigiar a sus opositores. Las demás tareas ideológicas generales desempeñadas por Callodehacha, independientemente de los encargos puntuales por los que se le paga, consisten fundamentalmente en darle un aire amable, risueño e inofensivo a los discursos de la extrema derecha, forjar un estilo jocoso en el que lo inaceptable resulte aceptable, convertir la humillación del otro en pasatiempo y diversión, difamar y ridiculizar a quienes luchan por justicia e igualdad, banalizar la violencia y endulzar el mismo sentimiento de odio que se infunde en la sociedad.
Algunas de las tareas desempeñadas por Callodehacha serán también cumplidas eficazmente por Yael Farache Bograd (nacida en 1985), judía-sefardí hispano-venezolana residente en Miami, la cual, a través de un discurso un poco más elaborado que el de su homólogo mexicano, consigue además racionalizar los más irracionales prejuicios y hacerlos parecer lógicos y sensatos. Alternando sus mensajes provocadores con sus provocativas fotos eróticas y a veces francamente pornográficas, esta famosa bloguera no sólo exhibe obscenamente su racismo hacia la gente de color y su odio hacia la izquierda en todas sus formas, sino que desprecia la democracia, intenta demostrar la tendencia intrínsecamente violenta del Islam, profesa veneración por Donald Trump, celebra sus propuestas de construir un gran muro en la frontera con México y de expulsar a millones de inmigrantes de los Estados Unidos, y no duda en sostener que hay pueblos, razas y religiones mejores y peores, “nobles” y “de mierda”.

Imperialismo ultra-liberal

El cuarto frente que debe inquietarnos, quizás el más inquietante de los cuatro, es el de aquellos jóvenes latinoamericanos que instilan astutamente sus furiosas convicciones ultraderechistas a través de las racionalizaciones liberales, neoliberales y libertaristas o libertarianas que han aprendido generalmente en think tanksfinanciados por los Estados Unidos y que les ayudan a justificar sus posiciones anticomunistas, anti-socialistas, anti-estatistas, anti-intervencionistas y especialmente anti-populistas –opuestas a los populismos latinoamericanos de las últimas décadas. Este frente imperialista ultra-liberal no sólo muestra una vez más, al igual que los ya revisados golpes militares y escuadrones de la muerte del último tercio del siglo XX, el papel crucial del imperialismo estadounidense en el mantenimiento y el reforzamiento de la extrema derecha en América Latina, sino que también corrobora la compatibilidad que puede existir entre las tendencias ultraderechistas y las doctrinas ultra-liberales: algo que ya observamos en dictaduras como la pinochetista en el Chile de los 1970 y en organizaciones como la APEN colombiana de los años 1930. En el contexto actual, como en aquellas coyunturas, la furiosa defensa del libre mercado se anuda con las enfurecidas opiniones ultraderechistas de jóvenes como la guatemalteca Gloria Álvarez, el brasileño Rodrigo Constantino, el chileno Axel Kaiser o los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez.
Los discursos de los jóvenes ultra-liberales propagan su furia ultraderechista, no sólo contra Lula y Dilma en Brasil, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, los Kirchner en Argentina o Chávez y Maduro en Venezuela, sino también contra las masas que apoyan a esos líderes populistas, contra los comunistas, los marxistas y las feministas, y, además, lo que resulta particularmente preocupante, contra los pobres, los inmigrantes, los negros y los indígenas. Por más que profesen un liberalismo o libertarianismo pretendidamente opuesto al fascismo, lo cierto es que se nos muestran como descarados neofascistas al dejarnos vislumbrar sus prejuicios racistas, sus posiciones clasistas y xenófobas, su promoción de la desigualdad y sus aserciones delirantes en las que atribuyen perversiones y patologías a los comunistas y a las feministas. Agustín Laje, por ejemplo, atribuye al feminismo las “horripilantes reivindicaciones” del incesto y la pedofilia. Su colega Nicolás Márquez descarga su cólera desquiciada contra las organizaciones de izquierda por enarbolar “fantasías igualitarias”, fomentar la “desjerarquización”, promover “el homosexualismo” y ofrecer un “alivio personal” al “sodomita”.
Por su parte, Axel Kaiser no sólo ha publicado un libro intitulado Tiranía de la igualdad: por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad, sino que ha despotricado contra los inmigrantes que benefician de atención médica en los países ricos y no ha dudado en escribir hace poco –recordándonos al siniestro psiquiatra franquista Antonio Vallejo Nájera– que los marxistas tienen una psique “patológica” y que son “asesinos en potencia”. Rodrigo Constantino, en el mismo sentido, acusó a los militantes de izquierda y “progresistas modernos” de tolerar la pedofilia y de sufrir un “desorden psiquiátrico”, pero también se opuso a la celebración de un Día de la Conciencia Negra y describió a los “pobres y negros” que participan en flash mobs dentro de centros comerciales como “bárbaros incapaces de reconocer su propia inferioridad”.
Tenemos, por último, a Gloria Álvarez Cross, la cual, procediendo como los sinarquistas mexicanos o como los miembros de la APEN colombiana o del Movimiento Nacionalista de Chile, confirma su posición ultraderechista precisamente al pretender superar la división entre derecha e izquierda. Gloria Álvarez también llega hasta el extremo de rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. Y, además, atribuye a los indígenas guatemaltecos una propensión a violar y tolerar la violación. Por si fuera poco, la misma Álvarez describe como “insensatos idealistas” a quienes creen que “es posible cambiar el mundo”, repudia el dilema entre “la asfixia del igualitarismo” y “el igualitarismo asfixiante” y no puede sino burlarse del progre “ecologista, pacifista, feminista, antiglobalización, antiimperialista y pro Tercer Mundo”, así como “paritario, tolerante, dialogante, que busca el consenso, lucha por los derechos humanos, por la mejora de las condiciones de vida del planeta”.
David Pavón-Cuéllar

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