sábado, 21 de mayo de 2016

Cuando el PAN se "enamoró del PRI"





(Texto original de 
Javier Livas-Cantu)

Don Luis y el COFIPE
NO ES INVENTO; TRAICIONO AL PAN Y A MEXICO 
RELATO VIVENCIAS

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La muerte de Clouthier el 1o de octubre de 1989 abrió de par en par la puerta a la contrarreforma electoral. De eso no puede haber duda alguna, independientemente de si fue accidente o crimen de Estado. Clouthier tenía muy claro que la lucha por una auténtica reforma electoral era la única salida del país. No sólo se había preparado mental y familiarmente para dar la batalla sino que además era la única salida digna de los acuerdos tomados en septiembre de 1988 con Salinas y Camacho.
En el PAN las cosas se enfocaron de manera diferente. La idea del co-gobierno tomó cada vez más fuerza. Creo que el problema para Luis Alvarez fue cómo sacar adelante su proyecto sin ofender a los panistas de linea dura como aquéllos a los que Clouthier había encabezado.
ADESE por su parte, seguía haciendo su tarea. El día 10 de octubre se convocó Primer Foro Nacional por la Democracia y el Sufragio Efectivo. El evento que se llevaría a cabo en un hotel de la capital el día 16 de octubre, participarán solo los representantes de la Oposición, entre ellos Cuauhtémoc Cárdenas, Abel Vicencio Tovar, Heberto Castillo y el regiomontano Javier Livas Cantú. También participarían Pablo Aldrete, dirigente estatal del PAN en San Luis Potosí; Ignacio Burgoa Orihuela, catedrático emérito de la UNAM, fundador de la Asociación Nacional de Doctores en Derecho y presidente del Instituto Mexicano del Amparo. Se tratarían temas como el Código Electoral Democrático, reformas constitucionales, legislación federal y estatal.
A nombre de la asamblea, Miguel Angel Ferrer expresó que la ADESE consideró imperativo exhortar a las distintas fracciones parlamentarias de la Cámara de
Diputados para que verdaderamente lucharan por la democracia, más ahora que estaba en debate la reforma electoral. “Dichas fracciones tendrán que responder ante la historia si se convierten en cómplices del PRI-Gobierno, si en omisión deliberada no impulsan la reforma electoral que la Nación reclama”, dijo.
Para la Asamblea Democrática por el Sufragio Efectivo, agregó Ferrer, es fundamental estar presente y ayudar en la promulgación de una reforma electoral ya que son principios que desde su fundación viene buscando.
Se invitó a destacados luchadores por la efectividad del sufragio, con actividades ideológicas diversas para que en el foro abierto expusieran sus tesis sobre el particular. Deberían hablar a título personal, como ciudadanos y sin las limitaciones que da el pertenecer a un partido político.
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El lunes 16 de octubre de 1989, —día en que en la Cámara de Diputados se le presentaría al pleno el dictamen sobre la reforma constitucional en materia electoral— yo amanecí en México con motivo del foro organizado por la ADESE para iniciar en la mañana. Al llegar al lugar del evento fui recibido con una mala noticia sobre la reforma. Algunos de los simpatizantes de Cuauhtémoc Cárdenas, entre otros José Jaime Enríquez, me dijeron en tono muy serio y preocupados: “tus amigos panistas” han traicionado la lucha por la democracia. Inicialmente me negué a aceptarlo. Pero una idea negativa ya me había estado zumbando en la cabeza...
Unos días antes, en Monterrey, en otro evento sobre política de la Universidad de Monterrey, Don Luis Alvarez había sido cuestionado sobre el rumbo que tomaría la futura reforma política, pues había cierto nerviosismo sobre la postura que tomará el PAN. A su vez, Juan Molinar Horcasitas en su calidad de expositor dio su propia versión de los nuevos tiempos que se venían para el PAN. Hasta ese momento en la conferencia no se advertían señales de peligro. Fue hasta la hora de la comida celebrada en el restaurante “El Mirador” cuando escuché a Jaime Sánchez Susarrey, otro de los expositores invitados, expresar su punto de vista. Para este politólogo al PAN le convenía acercarse a las posturas del PRI en materia de reforma electoral. De hecho se atrevió a decir que así sería.
Yo me resistí a creer lo que le escuché decir a Sánchez Susarrey. Me pareció que los panistas que tanto habían luchado por la democracia, que cuidaban casillas y arriesgaban pleitos e incurrían en molestias y sacrificios difícilmente estarían de acuerdo con las recomendaciones de Sánchez Susarrey. Cuando a la hora del café llegaron Tere Madero y Concha Lupe Garza les pregunté al respecto de lo que había oído y confirmé mi creencia de que la postura del PAN se mantendría invariable y firme ante los intentos de cooptación por parte del PRI. Santiago Oñate, otro expositor en el mismo evento, también presente en esa ocasión, constató la firmeza con que las panistas defendían la diginidad del partido.
El supuesto —a la postre erróneo— del que partíamos muchos de los activistas era que los dirigentes del PAN ya tenían su propio proyecto de ley, uno conocido como El Libro Azul. Yo contaba con que el PAN seguiría fiel a su proyecto o, en todo caso, aceptaría una propuesta común acordada con el PRD, pero nunca consideré que podrían aliarse en la reforma electoral con el PRI.
Mi inquietud me llevó a buscar a a Porfirio Muñoz Ledo y a Diego Fernández de Cevallos en la ciudad de México. Quería proponer que tanto el PAN como el PRD aceptaran proyecto que habíamos preparado en ADESE bajo el nombre de Código Federal Electoral Democrático (COFEDEM). Aceptado primero por el PRD, se fusionaría con el proyecto del PAN. Algo similar habíamos logrado hacer en Nuevo León para luchar contra la Ley Fraude de Jorge Treviño, cuando se acordó fusionar el proyecto del PAN con el que preparamos con el grupo de los llamados diputados independientes. El PRD, lamentablemente, no tenía proyecto propio, sino solo una lista de 14 puntos de discusión. No hacer la tarea completa, no tener un proyecto propio o haber adoptado el de ADESE, tal cual, eventualmente fue un error muy costoso pues dió la excusa perfecta al PAN.
Al buscar a Porfirio en las oficinas PRD encontré que Diego estaba platicando con él allí mismo. Arreglé una cita con Diego para desayunar al día siguiente y comí con Porfirio después de que terminaron de conversar ellos.
Porfirio me dijo, en resumen, que Diego era quien controlaba todas las cartas. Que era el único que hablaba con todas las partes involucradas, pues los perredistas y priistas no sostenían relaciones de ninguna especie.
Diego y yo desayunamos solos a la mañana siguiente. Lo vi seguro de que podía obtener del PRI lo que él quería. Andaba todo enredado con los líos de los cambios a la ley del servicio civil en Baja California Norte. Me dijo, que aprobadas por el congreso priísta, intentaban amarrarle las manos al futuro gobernador Ernesto Ruffo. Sobrecargado de chamba, como todo oposicionista, Diego también tenía como misión defender a Ruffo de los ataques priístas. Sin duda el PRI nos daba batería a todos.
Aparentemente, todo iba por buen camino, pues la postura del PAN frente a la reforma electoral tenía mucho sentido. Sin embargo, todo eso habría de cambiar ...para mal.
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Como empecé a narrar líneas arriba, las primeras noticias que recibí en la mañana del lunes 16 de octubre de 1989 eran confusas. Unas eran en el sentido que el dictamen no había sido aprobado por el PAN. Otras, de los asistente al foro de ADESE, insistían que algo raro se había cocinado entre el PAN y el PRI la noche anterior. Con esa inquietud en mente, solicité adelantar mi ponencia y al concluír afirmé, que desgraciadamente, era en la Cámara de Diputados donde estaban sucediendo cosas importantes. Habiendo dicho eso me excuse y me dirigí a la Cámara de Diputados, que a raíz del incendio del Palacio de San Lázaro en el mes de junio, operaba en el auditorio del Centro Médico en la capital de la República.
Para cuando llegué, en la Cámara de Diputados el panorama era sombrío. Don Luis y Diego habían estado con los diputados a temprana hora en las sesión previa de los panistas. Allí, los dos líderes partidistas convencieron a sus diputados de que deberían votar a favor del dictamen en los términos aprobados por el PRI. Uno de los argumentos fue que Don Luis ya había empeñado su palabra frente a Carlos Salinas y que no podían hacer quedar mal al presidente del partido frente al presidente de la república. Algunos de los que opusieron resistencia alegaron que ya tenían preparados sus discursos atacando la reforma. “No importa”, les dijeron. “Si quieren, pueden leer sus discursos en los terminos que están redactados, pero el voto será a favor”. Típica efectividad de Diego, pues así lo hicieron...casi todos.
El diario de debates de la cámara de diputados debe contenter esos discursos ignominiosamente contradictorios con los votos posteriores al debate. Discurso en contra, voto a favor, qué colmo, qué incongruencia. Son de esas cosas que no se pueden creer a menos que la cruda realidad te golpee la cara, me como sucedió ese día. Recuerdo que el discurso de Gildardo Gómez Verónica calificaba la reforma propuesta como “raquítica y sietemesina”. Efectivamente, era raquítica y no llegaba siquiera a sietemesina, pero fue votada a favor por el autor del discurso. Tal era el poder de convencimiento de Diego y de la figura santona de Don Luis.
Leonor Sarre, diputada por Tamaulipas y yo nos sentamos a tratar de digerir los hechos. Difícil era creer lo que había sucedido y lo que seguía sucediendo ante nuestros propios ojos. Leonor me dijo que las llamadas de panistas enojados con la decisión de los diputados habían empezado a llegar al Comité Regional del PAN del Distrito Federal. Había, según Leonor, hasta mentadas de madre. El hijo del diputado Eugenio Ortiz Walls había llorado de coraje ante Leonor por la traición que los diputados panistas estaban cometiendo.
Los miembros de la familia Clouthier resintieron la jugada que le daba de nueva cuenta al PRI el control de la situación electoral. Sorpresivamente Juan Pablo Clouthier, uno de los hijos menores de El Maquío se apareció en la sala de sesiones del pleno. Su presencia incomodó a los diputados, pero milagrosamente para ellos, Juan Pablo se retiró sin armar el escándalo que inicialmente tenía contemplado y que debió haber armado. Estamos hablando de que su padre tenía apenas dos semanas de haber muerto en el cumplimiento del deber.
Los siguientes días me la pasé oficiosamente tratando de encontrar la manera de que la diputación modificara el dictámen, pero de acuerdo a las reglas parlamentarias el PRI ya no necesitaba al PAN en las votaciones particulares.
Le solicité a Diego hablar con él. Diego insistió en que los Cardenistas, con su falta de propuesta, no habían dejado otra salida. Dejó entrever cierto temor entre los panistas a una situación de “ingobernabilidad”.
No contento con la postura de Diego, expuse ante Norberto Corella mis argumentos en detalle. El argumento que le presenté a Norberto, era muy sencillo: En esta reforma, de nueva cuenta el PRI se quedaba con el control total de las elecciones. Si el Presidente proponía a los dieciocho consejeros magistrados, él y nadie más escogía. Salinas ciertamente no se merecía el poder que el PAN le entregaba gratuitamente. Le dije que era una decisión trascendental y perjudicial a corto y largo plazo para la imagen del partido. Hablé con muchos otros diputados panistas, casi siempre uno a uno, pero todo fue inútil. Quizá todo eso sirvió para que algunos de los panistas que nunca me quisieron o no me veían con agrado se sintieran más complacidos con su desafortunada decisión.
La aprobación de la reforma política a nivel constitucional tuvo otro efecto que habría de conocerse a mediano plazo: selló en definitiva el inicio de la separación de los panistas foristas que habría de culminar a finales de 1992. En ese movimiento de rechazo a las concertaciones con el gobierno de Carlos Salinas eventualmente se marginaron del partido Jorge Eugenio Ortíz Gallegos, Pablo Emilio Madero, Jesús González Schmall y Bernardo Bátiz entre muchos otros. Salinas ganó por partida doble: sacó las reformas que el PRI necesitaba para extender su dominio electoral y por otra parte dividió al PAN.
La postura de los diputados que acataron la consigna de Don Luis Alvarez llegó al ridículo. El diario de debates registró los discursos adversos al dictamen, pero la diputación en su gran mayoría aportó los votos que el PRI necesitaba para apuntalar a Salinas y su reforma engañosa.
Guardé en los registros personales de mi computadora en pequeñas notas desconectadas, como si fuera un rompecabezas derivado de diversas fuentes para ser rearmado con toda paciencia, la verdadera secuencia de la aprobación de la reforma electoral en la cámara de diputados de ese final de 1989:
Cronología de la Contrarreforma
En diciembre de 1988 el PAN presentó la iniciativa de reforma Constitucional y en mayo de 1989 la iniciativa de Código de FEDERAL Electoral. El primero de octubre muere Clouthier. El miércoles 4 de Octubre los panistas seguían diciendo que no habría reforma, según relata Jorge Alcocer. El Jueves 5 de Octubre, Susarrey revela en Monterrey la esencia de la transacción. El dia 7 don Luis H. Alvarez da la conferencia en Monterrey. El Martes 10 a las 10:00 PM se celebra una cita entre Salinas, Jose Luis Salas y D. Luis H. Alvarez. Ello en virtud de que Salinas se iría a Perú el día 11 a las tres de la tarde. Diego se molesta porque quedó fuera de la entrevista. Esa noche del miércoles, a las 9:00 me encuentro casualmente a José Luis Salas en el aeropuerto, quien me solicita un resumen de los puntos que yo consideraba claves de a reforma. Los sintetizo en siete puntos y siente principios orientadores y se los hago llegar de inmediato. El jueves 12 de Octubre, según un relato de Jorge Alcocer, el PAN hace una propuesta unilateral en Gobernación, es decir, sin concurso del PRD. El viernes 13 de octubre durante una sesión del Gabinete Alternativo del PAN, Rogelio Sada discute con Diego, a quien le reclama el acuerdo PRI-PAN. Los diputados panistas siguen sin saber nada. El domingo 15 de Octubre en la sesión de la Comisión de Gobernación y puntos Constitucionales, los diputados del PAN se enteran de que el PRI cambió todo el texto con ganas de que los panistas, por descuido, no leyeran y lo aprobaran, según testimonio de Gildardo Gómez Verónica. Luego, según el relato de Jorge Alcocer, Diego informa al PRD de los planes de celebrar un acuerdo con el PRI; y recibe la propuesta de dejar todo para noviembre o para abril. Gobernación interviene para que el PRI respete al PAN los acuerdos previos, y se llega al acuerdo PAN- PRI definitivo.Ya tarde ese día, el PAN titubea y no firma el dictamen. El lunes 16 aparecen Don Luis y Diego en el Congreso; a los diputados se les “deja” la decisión, no sin antes guiarlos al resultado esperado. El día lunes 16, o quizá desde el domingo, empieza a circular el número de la revista PROCESO en el cual el PAN publica un desplegado para la opinión pública nacional en el que comunica su postura final y definitiva sobre las características de la reforma política sin la cual el PAN no votaría a favor del dictamen. Sin embargo, el martes 17 de Octubre a las 3:00 AM se aprueba el dictamen en lo general y a las 3:30 AM algunos panistas en el público gritan ¡traidores! a los diputados, según el relato de Jorge Alcocer publicado en Proceso. A las 12:01 PM del martes se reúne la Camara de Diputados, y un panista menciona a Sánchez Susarrey como apoyo intelectual del arreglo entre los panistas y priístas. Los simpatizantes y miembros panistas situados en la galería del salón de sesiones gritan consignas contra la prensa vendida. El miércoles 18 de Octubre a las 2:00AM se aprueba la integración sobre-representada de la Cámara. Salgo de allí a las 4:30 AM de la madrugada para regresar a Monterrey. El jueves 19 de Octubre se me convoca a una reunión en casa de Tere Madero. Jose Luis Salas, José Luis “Coco” Coindreau y Raúl Monter no muestran saber absolutamente nada de lo que había sucedido, a pesar de la importancia del acuerdo con el PRI. Concha Lupe habla por teléfono con Sánchez Susarrey y éste le afirma que el PAN protege los resultados de la elección de Baja California en la que triunfaba Ernesto Ruffo. Mientras eso sucede empieza a circular un FAX dirigido a los panistas como una estrategia de difusión del CEN panista. En una conferencia de prensa en el PAN, el diputado Juan Miguel Alcántara (a la postre procurador de Guanajuato) confiesa que el PRI ejerció una coerción sobre los panistas. El viernes 20, el líder priísta Jiménez Morales niega que haya habido coerción sobre el PAN. Así, el sábado 21 de octubre de 1989 el episodio de la reforma electoral termina con una carta pública dirigida por Jiménez Morales a Luis Alvarez.
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Cuando llegó el momento de aprobar el COFIPE el verano siguiente, como ley reglamentaria de la Constitución, de nueva cuenta me pasé tres días casi sin dormir por estar haciendo “lobby” en la Cámara de Diputados. Para esa ocasión grabé una súplica que Tatiana Clouthier le hacía llegar a Rodolfo “El Negro” Elizondo, íntimo y querido amigo de Manuel Clouthier. La grabación solo sirvió para que mi amigo El Negro se sintiera incómodo y un poco molesto conmigo por andar de mensajero oficioso, pero hasta allí.
Esa vez me presenté con una segunda versión del COFEDEM en el maletín. El COFEDEM II era una versión aprobada por la Comisión de Estudios de la ADESE que se adaptaba a los cambios constitucionales aprobados en octubre pasado. Pero el trabajo extra de adaptación también fue inútil.
Mi argumento en esta ocasión fue que el PAN estaba desperdiciando la oportunidad de lograr una mucho mejor ley electoral. No me importaba, como algunos han creído que el PAN negociara con el PRI. Me molestaba que negociara mal. El PRI, a mi juicio no tenía ninguna otra alternativa que aceptar las propuestas del PAN. Esto quedaba claro a quienes teníamos una percepción completa o al menos más redondeada de la difícil circunstancia del PRI en el ambiente internacional. Por ende, a mi juicio, el PAN se conformaba con muy poco.
Esta visión la constaté en el piso de sesiones. Pregunté a varios diputados del PRI, entre ellos a la señora Griselda Alvarez, ex-Gobernadora de Nayarit, por qué se tomaban tanta molestia en obtener el consentimiento del PAN para aprobar el COFIPE si era claro que no se necesitaba el voto del PAN para lograr la mayoría. Ella, al igual que un diputado de Nuevo León, me contestó con toda franqueza: No necesitamos el voto del PAN; queremos el aval del PAN. Para mi quedó claro que se trataba de obtener una legitimidad frente al extranjero y nada tenía qué ver con obtener de los votos necesarios.
De nuevo comenté mis puntos de vista con Diego cuando él se hizo presente en la sala de sesiones. Me dijo que había una carta compromiso del PRI. Que la clave de la nueva ley era que generaría un padrón confiable. Que asegurar ese punto era la clave de la limpieza de las elecciones.
Diego también me dijo que el acuerdo celebrado con el PRI permitiría que cada partido tuviera una terminal instalada en sus oficinas. Estas estarían conectada directamente a la computadora del IFE encargada de llevar los datos del padrón electoral. Siendo asi, le dije, esa computadora podría en teoría ser el nodo de una red que cubriría a todo el país. Pero se requeriría mucho conocimiento de computadoras para que cualquier panista se pudiera meter a observar los movimientos del padrón. La idea no era totalmente mala pero impráctica a morir, y tampoco había una garantía de que se fuera a cumplir con esta promesa. Y en efecto, nunca se cumplió, dando origen y oportunidad para que el PRI recurriera al fraude cibernético de 1991, en los términos que explicaré más adelante.
Otros panistas habían sostenido durante años que quitar al Secretario de Gobernación de la Comision Federal Electoral no era buena idea pues eliminaba a quien echarle la culpa si las cosas iban mal. Diego sostenía una posición básicamente igual.
En otra de mis grandes objeciones señalé que la Dirección General del IFE, creada por la iniciativa priísta solo servía de cuña entre la organización de la elección y el Consejo General. Insistí, inútilmente, que el Consejo quedaría anulado por un cuello de botella más grave que el que tenía la Comisión Federal Electoral bajo el sistema anterior. El Director General sería el filtro de la información que recibiría el Consejo de lo que sucedía en niveles inferiores. La única defensa del Consejo General eran los órganos de vigilancia totalmente burocratizados. Mostré las gráficas que traía sobre la nueva organización. Sugerí a varios diputados, preocupados como yo, que se formaran comisiones especiales en la ley para que los consejeros tomaran tareas de dirección y supervision directa. La sugerencia le gustó a Diego, la tomó y la planteó al diputado priísta Lic. José Luis Lamadrid. Tengo grabada la imagen viva de este diputado que también fumaba puro rodeado de su entourage o barberos que lo acompañaban, y la respuesta que me retransmitió Diego: que la propuesta de las comisiones se quedaría como una propuesta a nivel de reglamento, no en la ley. Nunca cumplieron con eso tampoco.
Como resultó en la práctica, el primer Director del IFE, fue Emilio Chuayfet, ni más ni menos e hizo todo lo que se le antojó con la elección federal de 1991. Este personaje, supuestamente imparcial en los ojos del eterno super-asesor panista José Luis Salas Cacho, nada tenía de neutral. Poco tiempo después mostró su “neutralidad” y perdió toda credibilidad al aceptar ser candidato del PRI y gobernador del Estado de México al momento de dejar su puesto en el IFE. Posteriormente, el Presidente Zedillo lo nombraría a él como Secretario de Gobernación en reemplazo de Esteban Moctezuma.
Desde su posición de poder, el PRI maniobró e hizo hasta lo imposible en el Congreso Federal para mantener su control de las elecciones a pesar de que había participado en crear el nuevo IFE. Claro era en ese inicio, un IFE en el que el gobierno y el PRI continuaban teniendo mayoría.

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