domingo, 17 de marzo de 2013

DESFILADERO / ¿En qué siglo vivimos?



Nicolás Maduro
Por: Jaime Avilés (@Defiladero132)
Umberto Eco diagnosticó en los años 80 que la humanidad había iniciado un camino de regreso a la Edad Media. Antonio Díaz de León dijo una década después que éste era un proceso de “modernización arcaizante”. Y muchísimos pensadores más bordaron desde entonces sobre las ideas del intelectual italiano, a quien las noticias de estos días le vuelven a dar, una vez más, la razón.
Mientras Enrique Peña Nieto prepara una “cruzada” –como los católicos integristas de un milenio atrás–, Nicolás Maduro emprende la canonización de Hugo Chávez –“nuestro comandante eterno está frente a Cristo y de alguna forma influyó en el Cielo para que el nuevo Papa sea latinoamericano”–, y el Vaticano elige a un argentino que piensa como un fanático del siglo XV.
Es evidente que Jorge Mario Bergoglio –en italiano se dice Bergolio– hará en los países del Cono Sur, lo mismo que Juan Pablo II hizo en los de Europa del este: predicar el Evangelio del FMI en el nombre de Dios para justificar la concentración de la riqueza en las manos de los más ricos.
Pero después de ser el capellán de la dictadura militar argentina y afirmar que, de acuerdo con las Escrituras, “la mujer es un ser inferior que no debe intervenir en política, porque ésta es una actividad exclusiva del hombre”, Bergoglio resulta un vanguardista comparado con los ayatolas iraníes que siguen anclados al siglo VIII.
Qué espantosa mescolanza de la geopolítica con la religión. Chávez fue un decidido defensor de Irán y de su legítimo derecho a poseer armas nucleares para proteger su petróleo y establecer un equilibrio en Medio Oriente frente a las armas nucleares de Israel, pero jamás reparó en las terribles condiciones de vida que sufren el pueblo iraní, y particularmente las mujeres, bajo la dictadura fundamentalista islámica, donde las elecciones son como en México: el grupo dominante impone a sus candidatos por medio del fraude y el Consejo de los Ayatolas (al igual que el IFE) los declara ganadores con un cinismo idéntico al de Leonardo Valdés Zurita, nuestro inefable Vazurita.
“Chávez dijo que se aferra a Cristo”, nos recuerda cada vez que puede el inmaduro señor Maduro. Y con los estándartes de la Iglesia feudal intenta convertir el inmenso amor del pueblo pobre de Venezuela a su extinto líder en un culto religioso, para garantizar la permanencia del proyecto chavista frente a la brutalidad y la bestialidad que representa Henrique Capriles, detrás del cual se agazapan Barack Obama, los petroleros de Texas y por supuesto Israel
Cuando en 2011 apareció uno de los libros más exitosos de Andrés Manuel López Obrador –La mafia que se adueñó de México y el 2012–, Fidel Castro lo leyó con entusiasmo y convocó a una influyente periodista mexicana a Cuba, para preguntarle quién era ese tabasqueño. “Me lo imagino como un joven abogado antimperialista”, le dijo a mi querida colega, al evocar fantasiosamente sus propios antecedentes personales.
Una vez que Fidel fue puesto al corriente respecto a la personalidad y la trayectoria de AMLO, la charla derivó hacia el tema Chávez. Y el viejo Caballo relató que cuando los oncólogos descubrieron que el bolivariano tenía cáncer en el bajo vientre, lo llamó para preguntarle: “¿Cuándo fue la última vez que te hiciste el examen de próstata?”. “¿Yo? ¡Nunca!”, dijo el ahora difunto con orgullo viril. Castro concluyó entonces que el origen del mal de Chávez se podía resumir en la palabra “machismo”.
Maduro, sin embargo, declaró que ese cáncer fue “inoculado” por Estados Unidos mediante la CIA, y a partir de esa falsa premisa inició la mitificación deun político que, recién entrado en la posteridad, no requiere de tamañas estupideces para que las grandes mayorías que sacó de la pobreza extrema voten por su tarado sucesor.
En menos de 30 días, los venezolanos deberán decidir entre un fascista como Capriles o un tonto como Maduro. Y dada la polarización que existe en Venezuela –medio país idolatra a Chávez y la otra mitad lo aborrece– el riesgo de un estallido que desemboque en una guerra civil no está a la vuelta de la esquina, pero tampoco es una posibilidad a mediano plazo descartable.
Atribuir a las buenas relaciones de Chávez con Jesucristo la designación de Bergoglio es una imbecilidad criminal. Si los 500 millones de católicos de América Latina son el 40 por ciento de los fieles que aún conserva la Iglesia en el mundo, es obvio que a ese mercado está enfocado el nombramiento de quien durante la dictadura de Videla dio la comunión a los torturadores, a los jefes de la AAA, a los secuestradores de niños y a los que desaparecieron a más de 30 mil militantes de izquierda.
A pesar de la pobreza que padecen, esos 500 millones de creyentes serán la principal fuente de ingresos económicos para el Vaticano, cuyas finanzas están en crisis por la reducción de fieles que provocó la complicidad de Juan Pablo II con los curas pederastas, una actitud tan repugnante que le costó a la Iglesia la pérdida de al menos unos 300 millones de ovejas proveedoras de limosnas y diezmos que hoy son protestantes o musulmanes.
Ya nos podemos imaginar, pues, con cuánto júbilo recibirá Peña Nieto a Francisco –al que le quitaron el uno romano para que no lo confunda con Francisco I Madero–, y las toneladas de monedas de a peso que irán a las arcas de la basílica de Guadalupe, antes que el nuevo pontífice viaje a Bolivia y ordene a los indios que dejen de apoyar a Evo Morales para que los gigantescos yacimientos de gas natural de ese país vuelvan a las manos de Repsol, y luego vaya a Argentina y se ponga al frente de los dueños de Clarín y los productores y exportadores de carne, soya y trigo obsesionados por derrocar a Cristina Fernández, etcétera.
Si Chávez, como sostiene Maduro, “influyó” a Jesucristo en favor de Bergoglio, cuando el pueblo venezolano vea que el nuevo papa arremeterá contra los pobres de América del Sur en favor de los intereses de España y de Estados, se sentirá traicionado. Qué tragedia. El futuro de Venezuela a merced de un cretino.
Mientras tanto, en México, al cumplirse los primeros 100 días del gobierno de Peña Nieto, las cifras del baño de sangre se mantienen tan altas como en la época de Felipe Calderón, a razón de mil y pico de asesinatos por mes, pero la gran diferencia estriba en que ahora, por consiga del régimen que compró la línea editorial de tooodos los periódicos, nadie informa ya de lo que sigue ocurriendo. Si el domingo pasado hubo en Reynosa, Tamaulipas, una batalla campal entre dos grupos armados que se prolongó horas y dejó un saldo de 50 muertos, ni la prensa dio a conocer el hecho, ni Televisa utilizó la cámara Fantom para analizarlo.
Mucho más positivo es el balance de los primeros 100 días de Miguel Angel Macera, quien trabajando con discreción y delicadeza, apabullado por la sombra de Marcelo Ebrard, ha logrado resolver dos de los graves problemas a los que se enfrentó al llegar: el encarcelamiento de los jóvenes atrapados en las calles capitalinas el primero de diciembre por órdenes de Mondragón y el Chino Chong, y la solución del conflicto en la UACM, donde a pesar del alucinante apoyo de Carmen Aristegui, la señora Orozco ya está lista para irse a trabajar como jefa de personal de Cotsco.
Aquí nos vemos el sábado próximo, pero durante la semana estaré en Twitter, en la cuenta @Desfiladero132, por si alguien desea informarme en qué siglo vivimos.

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