jueves, 10 de marzo de 2011

LA DIGNIDAD

El pequeño cuarto estaba tenuemente alumbrado por la luz vacilante de una vela
desgastada por largas horas de lectura, se calzó las botas resquebrajadas con las que
había recorrido extensos parajes selváticos y mientras buscaba impaciente el paquete
de cerillos que guardaba en una pequeña bolsa de su chaleco táctico, se repetían una y
otra vez, en su mente esperanzada, las palabras del viejo Antonio...
- Uno es tan grande como el enemigo que elige para luchar...
Encendió tembloroso el tabaco, mezcla de burley y maryland, mientras poco a poco
el penetrante olor a chocolate humeante lo tranquilizaba...
- dejar de ser uno para convertirse en todos... dejar de ser... para convertirse...
Afuera se escuchaban esas voces que en breve se fundirían en la suya eternamente,
se escuchaban los pasos ligeros y las pequeñas risas de los niños descalzos, que
jugaban alegres con un puñado de tierra y unas pequeñas ramillas de maho, para darle
sentencia a un pequeño escarabajo de colores brillantes...
- el miedo... el miedo... uno es tan pequeño como grande el miedo que se tenga...
Se repetía en silencio estas palabras, constantemente,
imaginando que crecía como enredadera mientras las
escuchaba, como si la justicia fuera a rodear despiadadamente
los enormes troncos de las ceibas que los protegían en su
exilio. Le dio un último vistazo al cuaderno donde había
apuntado el plan a seguir, extendió los brazos, se colgó la
mochila, fijó su mirada profunda en la mesa, donde yacían
los apuntes que habrían de estremecer al país;
imaginaba el fuego encendido en las plazas y las
ciudades; los cuerpos inertes chorreados de rojo
de sus amados hermanos de maíz y sangre divina;
los cañones cobardes, los aviones cobardes, las
bombas cobardes, los cascos verdes de los cobardes;
imaginaba los pueblos en llamas, las mujeres y los
niños con los brazos alzados viendo hacía las paredes
de paja, mientras “la estruendosa respuesta a su
¿porqué?” les perforaba la piel.
Sintió como las piernas le traicionaban, se sentó
por un momento en el montón de paja que le
servía de cama y la desesperación lo
hizo nuevamente presa, pensó que lo
mejor era esperar o tal vez abandonar
todo, olvidar la absurda idea de las
armas que probablemente iban a fallar en el momento del
combate. Los delgados dedos se entretenían en la gruesa
barba negra y las imágenes fluyeron con lágrimas de ira;
recordaba a los campesinos encarcelados, a las jovencitas violadas y asesinadas por los
grupos paramilitares; los discursos amigables de los alcaldes priístas y las montañas de
papel que habían coleccionado después de años de solicitar respuestas; recordaba a los
que se prendieron fuego para hacerse escuchar y las risas de los nobles privilegiados
con la revolución mexicana...

- ¡Uno es tan grande como el enemigo con quien decide luchar y tan pequeño como grande
el miedo que se tenga!
Se levanto con coraje, seco los ojos con el índice y pulgar derechos mientras con la
mano izquierda empuñaba la dignidad... ¿dónde fuera a posarse la dignidad sino detrás de
un pasamontañas? Salió despacio, sintió en el rostro el aire húmedo y cálido de la selva,
saludo a sus camaradas con una sonrisa amorosa y comprendió que era el momento de
entregarlo todo, de recuperar su voz. En ese momento, las fronteras se abrían libremente
para las cosas y se cerraban despiadadamente para los hombres. Los medios festejaban
la apertura económica del país, y la aniquilación definitiva de “los nadie”, los que no
tenían ningún valor en la bolsa de Nueva York.
Las manos duras de trabajar la tierra, empuñaron los fusiles que habrían de
liberarlos, fusiles solares que gritarían con incontenible fuerza quinientos años de
muerte e injusticia; fusiles que buscarían desesperadamente un pequeño lugar en el
mundo que los abandono, un mundo que por derecho les corresponde. Los que se
quedaron, abrazaron con esperanza y dolor a los que marcharon, y los que se fueron
sabían que no habrían de regresar, hasta que el mundo los escuchara o los matarán a
todos. Llevaba en su mochila a Marx, Lenin, Mao, el Che y Kropotkin, debajo del
pasamontañas y en el fusil iba Emiliano con ojos rabiosos, lacerantes, como lanzando
llamaradas; había regresado del monte y el ejercito al verlo gritaba ¡Zapata no ha muerto!
¡Tierra y Libertad!
Escuchas las voces que vienen furiosas... ¡Zapata no ha muerto!... los indios
terroristas... ¡todos somos Marcos!... dialogaremos con ellos... ¡trabajo, tierra, techo!... . los
mataremos a todos... ¡todos cabemos!... acabar con esos indios pata-rajada... ¡alimentación,
salud, educación!... auto de formal prisión... ¡independencia, libertad, democracia!... muerte,
muerte, muerte... ¡justicia y paz!.
Las gotas comienzan a golpear de nuevo la ventana; aquí en la capital llueve todo el
tiempo y por eso no has podido salir con tu bicicleta, tendrás que quedarte en casa otra
vez... El televisor nos presenta de nuevo a ese pequeño señor con su banderota en el
pecho. Su voz es calma y parece agradable, siempre que habla muestra esa tímida
sonrisa. A todos les cae bien por su cara de niño, esa enorme calva y el bigotito que le
da un aspecto de autoridad infalible; sientes el miedo... son terroristas... van a venir a la

capital... son los enemigos de México... te tranquiliza escucharlo... no permitiremos que nadie
desestabilice al país... tomaremos medidas enérgicas.
Todos están haciendo lo suyo pero tu no puedes dejar de ver esa máscara, no sabes
lo que sucede, eres demasiado pequeño para entender... ¿quién está detrás?... sus ojos
son obscuros pero emiten una luz tenue, tal vez es el reflejo de las luces que apuntan a
su rostro, tal vez esa luz le viene de adentro, su voz es ligeramente grave y se expresa
con notable elegancia, habla pausadamente y dirige su mirada escudriñando a los
presentes como retándolos a demostrar lo contrario... este mundo se ha olvidado de
nosotros... hoy estamos aquí para decirles que podemos coexistir pacíficamente, pero es
necesario que nos vean... como hombres... los presentes exclaman en favor del orador, los
fusiles se alinean con listones blancos en los cañones y se escucha la ovación general ...
¡este es el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional!
Tira del pasamontañas para descubrir la voz, se acomoda la pequeña diadema que
cuelga del costado derecho de su cabeza, mientras que con la otra mano eleva la gorra
verde que en el centro lleva una estrella roja, levanta la mirada una vez más, toma el
micrófono y hace una pausa meditabundo... Detrás de la máscara estamos todos, los niños,
los indígenas, las mujeres, las minorías... estamos todos los que queremos un pequeño lugar en
el mundo, no importa que demos la vida para conseguirlo, ya no tenemos nada que perder, todo
nos lo han arrebatado... ¡Detrás del pasamontañas estás tú!... estás tú... tú... ¿Bandera en
el pecho o pasamontañas?; ¿corbata o fusil? Es ahora el momento de surgir, has nacido
otra vez y está es la definitiva... nuestra arma es nuestra palabra... nuestra palabra es nuestra
arma... aquí, detrás de la máscara negra, está la dignidad...

Por Jesús Vergara

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