lunes, 23 de noviembre de 2009

"Presidente" mesiánico



Acentos
Jorge Medina Viedas
2009-11-22•Acentos
.El presidente Felipe Calderón llama a hacer una revolución pacífica, “cambiando lo que haya que cambiar, con lo que ello implique”. Suena como la voz de un mesiánico. Pero también como la de un presidente desesperado.

Calderón y muchos mexicanos tal vez queramos hacer algo así. Cambiarlo todo. Tener una gran sociedad. Con buenos y dignos niveles de vida para todos. Con empleo, salud, educación de calidad, donde los ciudadanos porten, generosos, valores como la honradez y la solidaridad.

Pero como muchas cosas que dice el Presidente, son como un rayo en cielo sereno. O como llamados a misa. Calderón es un mandatario que quiere serlo todos los días. Se esfuerza en ello. Si han medido la percepción de la sociedad, sin embargo, buena parte de ella es refractaria a sus palabras. Tal vez el Presidente esté consciente del escepticismo que priva en la gente de la calle respecto de él y sus políticas. La narrativa de su gobierno nos lo muestra.

Él llegó a Los Pinos casi como Salinas de Gortari en 1988: sin credibilidad y con el rechazo de muchos. Pero no hizo lo que éste en los primeros meses de su gobierno: tomar decisiones que convencieran para su causa a los escépticos. El priista echó a funcionar toda su habilidad y puso en práctica todas sus artimañas. Se valía.

O sea, Calderón leyó a su modo el contexto de 2006; no emuló la táctica de llevar a cabo acciones políticas o económicas, a fin de compensar su falta de credibilidad.

Fue lo primero que decidieron en Los Pinos. No quiso parecerse a aquél en nada, y algo de ironía hay en que, desde hoy, ya le compita el lugar entre los presidentes peor calificados de la historia. No afirmo que el juicio sobre Salinas sea el justo ni el merecido, simplemente es la percepción del plazo presente y habría que esperar el largo, pero muy largo para que cambie. Pero ese es otro tema.

A cambio de aquellas tácticas compensatorias, Calderón puso en marcha la del combate al narcotráfico y al crimen organizado; sumó a ello una política de alianzas que le permitiera recuperar su partido; quiso diferenciar de Fox la política exterior; lo hizo ante Cuba, por ejemplo. El agotamiento del lopezobradorismo (motor de la deslegitimación de su gobierno) fue mal leído. Lo llevó casi a la euforia y en septiembre de 2007 hablaba de que nunca más México viviría una crisis económica como en el pasado.

A menos de dos años del inicio de su gestión, cambió al secretario de Gobernación y depositó la operación política de su gobierno y el partido en el nuevo titular, Juan Carlos Mouriño.

Qué tanto se desmoronó su proyecto y decayó su ánimo con la muerte de su amigo y confidente, no se sabe. Pero a tres años de la batalla contra el crimen organizado el saldo no tiene el efecto político y social que se esperaba. Su primer Procurador, Eduardo Medina Mora, camina hoy por El Zojo londinense. O lo hará pronto. La política exterior es de una mediocridad imposible de superar. Al perder la vida Juan Carlos Mouriño, hoy, la gobernanza está en manos de un abogado de apellido de prosapia panista, lo que a estas alturas no dice nada.

Pero peor aún: el desastre económico se quiere ocultar con estulticia. A la torpeza, el gobierno suma puerilidad. Los voceros del gabinete —y panistas del Congreso— buscan esconder la pobreza y el desempleo imparables; ni todos juntos reúnen la argumentación suficiente para contrarrestar las aseveraciones de Joseph Stiglitz, ni de otros especialistas mexicanos que vienen sosteniendo el pésimo manejo de la crisis.

Un gobierno que funciona a la defensiva e improvisando, es un gobierno sin un proyecto consistente y creíble; o que si lo tiene, lo desdeña por la desconexión de sus programas con la realidad del país, o simplemente por necesidades derivadas de un pragmatismo acusado de entrega y de incapacidad para resolver los problemas del país.

Un gobierno que se apoya en un partido que pone en marcha una campaña de afiliación apoyándose en la farándula, empata con esta puerilidad.

Con el agua al cuello, el Presidente llama a un revolución pacífica. A un año de la conmemoración de la menospreciada —por su gobierno y su partido— Revolución mexicana de 1910.

El llamado, visto a la luz de este pasado reciente, parecería una ocurrencia discursiva. Repito: es la retórica de un fundamentalista: “con lo que ello implica”, “cambiar lo que haya que cambiar”. Dios. Puede ser la reacción normal de quien siente la necesidad urgente de cumplir un compromiso moral; o de cubrir el vacío político que reconoce ante una realidad contraria a sus deseos; y cuando todo está por concluir.

Los revolucionarios son seres desesperados, ansiosos, aventureros. Por pacífica que sea la vía del Presidente para acortar la distancia con sus propósitos, en él hay impaciencia. La impaciencia, a fe mía, de quien perdió la oportunidad.

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