jueves, 11 de junio de 2009

La columna de Julio Hernández


Astillero
Caiga sido quien caiga sido

La justicia se hace

Visitas de familia

Julio Hernández López

Lástima que faltó una de las tres parientes trianguladas en la visita oficial de condolencia que en domicilios bien preparados de Hermosillo realizó ayer Margarita Zavala Gómez del Campo. De no haber sido por las penosas circunstancias de todos conocidas, la esposa del influenciado médico General de Los Pinos habría podido conocer en persona y departir consanguíneamente con la familiar ausente, la ahora muy famosa Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonella, que por desgracia hubo de pintar su raya de genealogía política un día antes, modosamente vestida de blanco como los demás involucrados en el negocio de embodegamiento siniestro de infantes, todos ellos, los involucrados, comparecientes ante la prensa el pasado martes para decir que no es cierto que hubiese graves deficiencias en la operación del hacinamiento llamado ABC (hubiesen podido llamar, para que declararan a su favor, a unos 44 testigos, pero, por desgracia, eran menores de edad), retratados por la prensa con un irónico tanque portátil rojo, para extinción de fuegos, a sus bien cuidadas espaldas. Pero la ausencia de la familiar desconocida fue de alguna manera atenuada por la compañía de otra integrante de la Familia Política, la atenta Lourdes Laborín de Bours, esposa del gerente estatal, llamado Eduardo. Como ya lo saben hasta algunos columnistas astillados, Lourdes es sobrina de Roberto Gómez del Campo Laborín, que a su vez es padre de la antedicha Marcia y tío de la fugaz visitante Margarita que durante la mañana de ayer estuvo en cuatro domicilios de distintos puntos de la ciudad para reunirse con padres de niños fallecidos en la multimencionada guardería ABC.

El reino de la justicia simulada hizo descender (al mismo tiempo que la pariente Margarita lo hacía a la ciudad, entre revuelo sostenido de militares y policías) a férreos verdugos esculpidos en poliestireno expandido, coloquialmente llamado frigolit o hielo seco: ¡Oh, existe el estado de derecho y las leyes se aplican caiga sido quien caiga sido, diría el lingüista vernáculo del calderón! Para empezar, ayer mismo fueron judicialmente citados los responsables formales de haber permitido que un malvado cooler se derritiera y sus partes candentes por hacendosa papelería oficial incriminante se esparcieran y, merced a extrañas artes sólo explicables en razón de fuerzas sobrenaturales, vencieran la científicamente comprobada resistencia al fuego del pétreo, férreo, casi incombustible material vulgarmente conocido como hielo seco.

Llamadas ante la manejable agencia del ministerio público Bachoco fueron las propietarias de la guardería funesta, esposas ellas de funcionarios influyentes que la víspera habían renunciado (al cargo, no a la relación conyugal), así como una veintena de presuntos sospechosos de ser cómplices del cooler asesino. La acomedida PGR ayer mismo anunció que, dado que no es delito grave lo sucedido en la bodega de niños ABC, los indiciados podrían obtener pronta libertad bajo fianza (dos mujeres de pobreza evidente, en los días inmediatamente anteriores, habían sido detenidas, exhibidas y satanizadas por haber agregado a su letanía de pedigüeñas a domicilio la falsa versión de que el dinero que les dieran sería para velorios de niños muertos en la tragedia del ABC, como si lo malo fueran las argucias de sobrevivencia y no la condena estructural a la miseria). Pero también se dio un ¡golpazo! (se incluyen signos de admiración, por si los lectores no alcanzan a apreciar el tamaño y las consecuencias de la decisión: casi un Quinazo pero en chivito expiatorio local) al cesar al delegado del Seguro Social en Sonora.
Movidísima la tropa de la teatralidad justiciera: el director del Seguro Social daría una arriesgadísima conferencia mediante transmisión televisiva cerrada; la máxima tapadera institucional de nivel federal (apodada Secretaría de la Función Pública) estaría por iniciar investigaciones sobre la legalidad del permiso con que funcionaba la guardería, y el Cordero electoral que condiciona los recursos del pueblo aseguraría que las estancias infantiles de la Sedeso suelen ser más seguras que las casas de los padres de esos privilegiados infantes (casas donde muy seguramente ni han de tener cooler, el frío mayordomo naturalmente sospechoso del pésimo folletín policiaco editado por Publicaciones Sonora Los Pinos).

Todas esas historias habrán de ceder el paso a escándalos y tragedias que conmoverán e irritarán socialmente, pero que también quedarán en el gavetero de la impunidad concertada. Algunos castigos efímeros (hay quienes creen que el apellido de la parte femenina de la pareja real bien merece darle un llegue bien medido a la Marcia caída en desgracia), sentencias y persecuciones de papel cuando los presuntos culpables ya hubieran cruzado fronteras, y al siguiente episodio de la telenovela roja estelarizada por Saladón I.

Astillas

Los asiduos a esta inflamada bodega informativa saben que el título mal puesto en el portón de entrada tiene como referente la más conocida de las novelas del maestro Juan Carlos Onetti (nacido en Montevideo, el primero de julio de cien años atrás). Pues bien, nomás porque sí, releyendo textos, saltaron ayer a estas teclas algunas palabras de una entrevista hecha a David Lipszyc, el director de la adaptación cinematográfica de esa obra (Argentina, 2000), en la que se le pregunta “¿de qué habla, detrás de la historia, El astillero?”, y el cineasta responde (obviamente sin pensar en México): Habla del poder, de cómo ciertos personajes enquistados en el poder político se mantienen a pesar de su decadencia y de sus fracasos como seres humanos. Cada uno sabe que es imposible reconstruir ese astillero que dio de comer a la zona tanto tiempo, pero sostienen esa fantasía porque si no es el final de cada una de esas vidas. Viven, mientras la miseria se mantiene como condición del hombre... Y, mientras la Salación Nacional trataba de inflarse ante la gran potencia futbolera llamada Trinidad y Tobago, ¡hasta mañana!, cavilando: ¿10 de junio sí se olvida?

Fax: 5605-2099 • juliohdz@jornada.com.mx

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