El 23 de abril de 1811, casi al mismo tiempo del decreto anterior el comandante Salcedo hizo publicar el de amnistía, que había promulgado en la Isla de León el Consejo de Regencia el 15 de octubre de 1810. Este ordenamiento disponía en su parte fundamental:
“La Cortes generales y extraordinarias confirman y sancionan el inconcuso concepto de que los Dominios Españoles en ambos hemisferios forman una sola familia, y que por lo mismo los naturales que sean originarios de dichos dominios Europeos o ultramarinos son iguales en derechos a los de esta península, quedando a cargo de las cortes tratar con la oportunidad y con un particular interés de todo cuanto pueda contribuir a la felicidad de los de ultramar, como también sobre el número y forma que deba tener para lo sucesivo la representación nacional en ambos hemisferios”.
“Ordenan así mismo las Cortes que desde el momento en que los países de ultramar, en donde se hayan manifestado conmociones, hagan el debido reconocimiento a la legítima autoridad Soberana, que se halla establecida en la Madre Patria; haya un general olvido de cuanto hubiese ocurrido indebidamente en ellos, dejando sin embargo a salvo el derecho de tercero. Lo tendrá así entendido el Consejo de Regencia para hacerlo imprimir, publicar y circular, y para disponer todo lo necesario a su cumplimiento. Ramón Lázaro de Dou, presidente.
Evaristo Pérez de Castro, secretario. Manuel Luján, secretario. Real Isla de León, 15 de Octubre de 1810. Al Consejo de la Regencia. Y para la debida ejecución y cumplimiento del decreto de precedente, el Consejo de Regencia ordena y manda a todos los Tribunales, Justicias, Jefes, Gobernadores y demás autoridades, así civiles y militares, y eclesiásticas de cualquiera clase y dignidad, que lo guarden, hagan guardar y cumplir y ejecutar en todas sus partes”.
En el contexto de la guerra de independencia española, las cortes, que asumieron la soberanía plena, realizaron una acción política inteligente pero tardía, al tratar de eliminar las causas de la insurgencia en los dominios americanos. Y, al mismo tiempo, atraer la fuerza política y militar desplegada por los insurrectos a favor de la guerra patria que se libraba en la península. Así los comprendió Salcedo, quien en la presentación del decreto argumentaba:
“Deseando impedir tanto derramamiento de sangre humana, que ha ocurrido a torrentes en esta América con tan injusto y odioso motivo, y debe economizarse en todos tiempos y con particularidad en la época presente; reservando su efusión, para defender todos unánimes y conformes, la causa de la religión, del Rey, de la Patria y cada uno la suya propia, contra el enemigo común de Dios, de la Europa ínclita Nación, de la América y de toda la especie humana,… atendiendo a la naturaleza de esta guerra, que a todos nos debilita sin verdadero fruto, privándonos de las fuerzas que necesitamos, no para destruirnos como hasta aquí hemos hecho, sino para ampararnos y sostenernos recíprocamente según lo exige la religión Santa que profesamos y los vínculos naturales y civiles que unen tan estrechamente; y considerando por fin que en los habitantes de estas provincias no concurren las circunstancias de reincidencias…”
El olvido no alcanzó a los caudillos insurgentes desde luego y al resto, el decreto instrumentado por Salcedo les concedió un término perentorio de quince días para presentarse ante las autoridades y denunciar a los que continuaran en rebeldía.
La causa penal que se instruyó a los insurgentes estuvo a cargo de militares y oficiales subordinados al Comandante de las Provincias Internas. Obviamente no eran jueces que pudiesen obrar con un mínimo de imparcialidad o al menos, tratar de indagar o profundizar sobre las verdaderas causas de la insurrección de 1810, lo que hubiera sido provechoso para todos, en especial para la historia. ¡Busco jueces y sólo encuentro acusadores, dice un antiguo reclamo que aquí cae como anillo al dedo.
Como todos los enjuiciadores de guerra o en procesos políticos, habían dictado la sentencia de antemano y el proceso sólo tenía como objeto revestir a la previa condena a muerte, con un velo de formalismo.
Quien primero publicó los documentos de la causa fue el biógrafo de los caudillos Carlos María de Bustamante, que empezó a publicar sus Cartas, que luego formarían el Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana según asentó, para dotar a los mexicanos de un sentido de seguridad e identidad, frente a los amagos de una reconquista por España.
Y de cierto, el comportamiento de Hidalgo frente a sus jueces, no desmerece a la figura que una década después se tendría como padre de la patria. No negó los cargos, aceptó ser el autor de la convocatoria a la insurrección y asumió toda la responsabilidad por ello.
Sin embargo, más tarde corrió la versión de que se había retractado y arrepentido de todos sus dichos y actos. Según ésta, el cura de Dolores habría pedido perdón desde el Rey para abajo a todo mundo, incluyendo al Santo Tribunal de la Inquisición del que en otro momento se había burlado y habría renegado de la causa de la independencia. Bustamante, desechó dicha “retractación” como una impostura montada por las autoridades españolas, en un momento en que la insurrección no obstante el descalabro sufrido, cobraba un nuevo auge.
El asunto no se volvió a retomar hasta años después, en 1849, por Lucas Alamán, en el primer tomo de su Historia de México, dentro de su propuesta general para eliminar la conmemoración del 16 de septiembre como fecha de inicio de la independencia y acabar con la idea de fundar los títulos de la nación en el movimiento revolucionario comenzado en 1810, para fincarlos en el operativo eclesiástico-militar encabezado por Agustín de Iturbide en 1821.
Alamán, que distinguió su obra en múltiples pasajes, por la invectiva contra Hidalgo, sobre todo, da por sentado que Bustamante defiende gratuitamente, esto es, sin bases, la figura del caudillo insurgente y en consecuencia tiene por auténtica la retractación.
Sin embargo, en una nota de pié, reconoce sus límites, pues indica que: “Todas estas dudas (sobre la autenticidad de la retractación) podrían haberse resuelto haciendo venir al archivo general, como se debía haber hecho, todas las causas originales de la comandancia general de las provincias internas, que deben estar en Chihuahua”.
Francisco Bulnes, en vísperas de la revolución de 1910, volvió sobre la vieja polémica entre los historiadores liberales y conservadores, acerca del presunto arrepentimiento de Hidalgo y aunque ingeniero minero de profesión, como buen “científico” sometió el documento que contenía el dicho de Hidalgo y la firma del mismo al rigor de un análisis jurídico, concluyendo que no podía otorgárseles ninguna credibilidad, tanto por la incongruencia con el resto del material que formó la causa, por las dudas que despertó en las propias autoridades españolas que no se atrevieron en los años sucesivos a 1811 a postular la veracidad de la dicha retractación, como por la firma, apócrifa, según él, que calzaba el texto.
Un documento similar supuestamente firmó Ignacio Aldama el 18 de junio de 1811 en la víspera de ser fusilado en Monclova. Por el estilo similar de ambos, puede inferirse que fueron inducidos por las autoridades españolas.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Entre el pueblo se alzó El Coloso, inspirado en Benjamín Argumedo, fusilado por traidor
De Chente a Vicente y de Chespirito a Salinas, cofradía en la noche palaciega
El “nuevo” Canal 11 realizó entrevistas en la que llamó “alfombra roja” de Palacio Nacional
Arturo Cano
Periódico La Jornada
Viernes 17 de septiembre de 2010, p. 6
“¡Chente, Chente, Chente!” Y sí, en uno de los balcones de Palacio Nacional está la pareja presidencial del sexenio pasado, a cuya mitad masculina, es de suponerse, se refiere el grito. Pero no. Los privilegiados que ganaron sitio en las gradas y los bailadores y desfilantes –los únicos que alcanzan a adivinar quiénes miran desde los balcones– no dirigen su grito a Vicente Fox sino a su tocayo apellidado Fernández.
Miran a la limitada masa, desde allá arriba, los miembros del gabinete, los grandes empresarios, un par de ex presidentes, los legisladores de mayor peso (político, se entiende), el cuerpo diplomático y otras docenas más de próceres de la patria bicentenaria. Pero casi ninguno es reconocido por la gente de abajo. Y ninguno, ni Vicente Fernández, logra arrancar los gritos eufóricos dirigidos a un hombre que, de tan pequeño, apenas se divisa en el balcón: “¡Chespirito, Chespirito, Chespirito!”
Fuera de Roberto Gómez Bolaños sólo son reconocibles El Hijo del Santo, por su máscara, y Jimena Navarrete, por su banda de Miss Universo.
La recepción ha comenzado horas antes, con la llegada de los invitados especiales por la parte trasera de Palacio, después de que los vehículos que los condujeron al lugar atravesaran decenas de calles cerradas repletas de vallas y filas y letreros luminosos con un solo mensaje: “Zócalo lleno, no pase”. A esas alturas, cerca de las ocho de la noche, sin embargo, la plaza presentaba aún grandes huecos que los necios habrían de llenar para presenciar el espectáculo de luces y juegos pirotécnicos.
Para la prensa y los invitados de segundo nivel se han dispuesto algunos de los patios en el extremo izquierdo del edificio. Sillones, sillas y mesas antiguas han sido colocados aquí y allá, y los convidados pueden ocupar cualquiera, con excepción de una zona destinada “a la familia Calderón Zavala”.
El piso de arriba está destinado a los afortunados portadores de un gafete verde, quienes ingresan por una puerta distinta para ponerlos a salvo de preguntones. Algunos, sin embargo, desfilan sobre la “alfombra roja de Palacio”, como la presentan las conductoras del renovado Canal 11. Por ahí pasan la pareja presidencial y el ex presidente Carlos Salinas.
El “nuevo” Canal 11 se luce en las preguntas. “Estamos con el hombre que marcó el cambio, que rompió… ¿no tengo que decir de qué hablo, verdad?”, se atora la conductora. Y Vicente Fox sonríe, aprovecha para hacer el infomercial de su Centro Fox y resume el discurso que se despachan toda la noche en las pantallas: “México no tiene problemas, sino retos”.
El siguiente entrevistado del “nuevo” Canal 11 compara a Felipe Calderón con Manuel Ávila Camacho y su convocatoria a la unidad nacional. “Estamos aquí los de ayer y los de hoy… a todos unidos no habrá nada que nos pueda vencer”, dice Carlos Salinas de Gortari, con su eterna corbata verde.
Entre los convocados por Ávila Camacho estuvieron Lázaro Cárdenas del Río, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta. ¿A cuál elegirá Salinas representar? ¿Querrá decir Carlos Salinas de Gortari que están los que cuentan, porque a la convocatoria presidencial no acuden Luis Echeverría, Miguel de la Madrid ni Ernesto Zedillo? ¿Por qué no comparten la salinista idea de que vivimos tiempos “de cambio muy positivos”?
El muñecote del machete mocho generó muchas interrogantesFoto José Carlo González
El “nuevo” Canal 11 deja a Salinas y sigue con su desfile de integrantes de la selección nacional de futbol, que se queda ahí, en las pantallas de Palacio, cuando los asistentes son invitados a salir a una zona que les es reservada para presenciar el desfile de carros alegóricos, el Grito, los cohetes y las luces.
La primera manta dice: “Héroes y mitos”; le sigue “Revolución-Insurgencia” (¿inspirada en Hillary Clinton?) El primer carro es una suerte de gusano-jaula de metal, donde viajan actores caracterizados como combatientes de la Revolución, acompañados, literalmente, de las cabezas de diversos héroes.
A saber si esas cabezas, echadas ahí en el piso del carro alegórico, son una remembranza del final que tuvieron el excomulgado cura Miguel Hidalgo y otros iniciadores de la gesta independentista o un homenaje a los “tiempos de cambio” que menciona Salinas de Gortari.
Trozos de los museos del Caracol y del Castillo de Chapultepec se mezclan con trajes típicos y disfraces con luz propia, que recuerdan escenas de Woody Allen. Algún significado deben tener, pero la mayoría de los invitados especiales, a juzgar por las caras, prefiere disfrutar sin preguntas. Todos están más ocupados en tomarse fotos y en mirar hacia los balcones para reconocer a la very important people.
Todo, mientras el concierto de flamas, la coreografía “México Unido”, el Árbol de la Vida y el espectáculo acrobático “Vuela México” apabullan a los presentes. El programa incluía, aunque se pierde en medio de tantas imágenes, un “divertido juego de futbol entre Maximiliano e Iturbide” (¿Juárez no hubiese querido jugar?)
Termina el desfile. Se alza El Coloso. “Se parece a mi tío Jesús”, dice un niño colimense del mismo nombre, feliz como nunca porque conoció la capital y lo hospedaron en un hotel de lujo en Reforma para que viniera a bailar con sus amigos de la escuela. No está el niño colimense para saberlo, pero el escultor Juan Carlos Canfield, autor del monigote de siete toneladas y media que se levanta en medio de una ovación, se inspiró en la figura del general Benjamín Argumedo, El León de la Laguna.
“No tiene casaca militar, pero sí tiene una espada rota; quizás la perdió en medio de una batalla”, dijo al “nuevo” Canal 11 el escultor Canfield hace unos meses. Pero no era una espada rota la que Argumedo portaba cuando ordenó la matanza de ciudadanos de origen chino en Torreón, en 1911, al mando de tropas maderistas. Entonces fueron asesinadas 303 personas y sus propiedades saqueadas. Argumedo, ahora El Coloso, fue también un fiero enemigo de Pancho Villa y se puso al servicio del dictador Victoriano Huerta (Argumedo fue fusilado en 1916, por traidor.)
Por lo pronto, es noche de fiesta. Y qué estorbosa es la historia en estos tiempos de unidad nacional. Eso dice la sonrisa del senador panista Gustavo Madero, descendiente, qué curioso, de los hombres que mandaban sobre el general Argumedo. “Unidos podemos todo, como ha dicho el Presidente”, repite un sonriente Madero, que se pasea amable entre los reporteros, a tres metros de una estatua que da fe de la “unidad nacional”: la de Benito Juárez, fundida con los cañones arrebatados a las fuerzas del partido conservador y con fragmentos de la artillería francesa disparada contra el ejército de Ignacio Zaragoza en 1863. Pero entonces nos fue mal por desunidos.
Astillero
Escenografía efímera
Otra de GL Productions
Julio Hernández López
De pronto, en horas, las historias pretendieron ser reinterpretadas. A la nacional, la bicentenaria, se buscó convertirla onerosamente en desfile de ocurrencias sin contexto, mero telón de fondo para el lucimiento del gran protagonista, FC, celosamente acaparador de reflectores. Y a la actual, la de la tragedia sangrienta de los días que corren, de los asesinatos de civiles y la violación de derechos humanos, de la guerra que nadie pidió pero fue instalada en busca de legitimidades pasadas y emplazamientos futuros de continuismo, se le tiñó propagandísticamente de cordialidades ciudadanas, de fusión popular deseosa de fotografiarse junto a las máquinas de combate y los ejecutores crudos de los arrebatos de las cúpulas.
Despilfarro de recursos en pos de una imposible modificación de juicios históricos. Felipe, el Bueno, regala al pueblo desfiles patrios y entretenimiento variado, tratando de dejar atrás la memoria de los cuatro años de horror económico y social. El 15, por la tarde, celebra la independencia nacional mediante montajes escenográficos asignados a una empresa extranjera que funde criterios de carnaval, Disneylandia y Desfiles de las Rosas para ofrecer en México un espectáculo colonizado (con el asomo de una escultura cuyo rostro sugerente de ciertos parecidos acabó siendo bautizada en Twitter como El NarColoso, por su semejanza con la imagen de Jesús Malverde, el presunto protector venerado por narcotraficantes, aunque otros opinantes creyeron ver en los rasgos de esa pieza a Vicente Fox, Vicente Fernández, José Stalin, Luis Donaldo Colosio y ciertos personajes de caricaturas internacionales). Luego, el 16, ese mismo monarca bondadoso muestra el músculo militar a un pueblo que paulatinamente ha ido cediendo espacios civiles a la fuerza de las armas (ironías delatoras: por primera vez marcha la Policía Federal en un desfile de militares que ahora fungen como policías; desfile para celebrar la Independencia en compañía de contingentes castrenses extranjeros entre los que están algunos de quienes han doblegado y mancillado a México, como los estadunidenses que se asoman al Palacio Nacional donde un siglo atrás impusieron su bandera).
Recomposturas aceleradas: Calderón invita a Palacio Nacional a ex presidentes y sólo pueden asistir dos: Carlos Salinas de Gortari, a quien la opinión pública había visto días atrás en fotografía de Misteriosos Desaparecedores junto a Diego Fernández de Cevallos, y Vicente Fox acompañado de su infaltable Marta. Echeverría y De la Madrid viven momentos difíciles de salud, como bien se sabe, pero Ernesto Zedillo simplemente decide mantener distancia. Presencias polémicas que avivan especulaciones futuristas, siendo como son ambos ex mandatarios, palaciegamente reaparecidos, los promotores de precandidaturas que irritan a Felipe: Salinas maneja la campaña del gobernador del estado de México que está en pie de guerra correctiva para cerrar el paso a alianzas que le sean peligrosas, y Fox impulsa las pretensiones del tibio senador Santiago Creel y del rasposo Manuel Espino.
Presencias y ausencias en el claroscuro de los dos días de celebración que mantuvieron en acción a todas las fuerzas armadas institucionales del país, las militares y las policiales, mediante abiertas operaciones de control que dieron cuenta del tamaño de los opositores que no se manifestaron, los cárteles del narcotráfico que, salvo el episodio de Cancún, donde supuestamente preparaban la detonación de granadas en el Grito local, parecieron haber acordado una tregua o medido el riesgo de enfrentar al aparato nacional de seguridad volcado en proteger la viabilidad de una fecha en la que el jefe formal del Estado no podía confesarse fallido. Fuera de ese territorio conmemorativo acotado, los hechos fueron los de siempre: en Ciudad Mier, Tamaulipas, por ejemplo, la Defensa Nacional informó del exterminio de veintidós “sicarios”.
El rojo derramado continuó después de los desfiles y los gritos (el de Palacio, el 15, y el de Dolores Hidalgo el 16, con un Calderón obstinado en no ceder ni un milímetro político, cual si viera en su derredor demasiadas ambiciones o peligros, concentrado en sostenerse, en mostrarse, en confirmarse). Rojo elevado a categoría suprema en el orden de aparición de los colores en la banda presidencial que antes mostraba el verde en su extremo superior y ahora ha dado paso a la preferencia cromática del sexenio, roja preferencia que en realidad es vocación y definición). Por ejemplo, fueron atacados dos periodistas del Diario de Juárez y uno de ellos murió. El vocero de condolencias oficiales, Alejandro Poiré, y el secretario de Gobernación, Bla Bla Blake, y tal vez el propio Calderón podrán actualizar sus letanías de circunstancias, pero nada frena la violencia contra el periodismo en México. Otra ironía de las fechas es que el golpe contra los periodistas fronterizos se dé al tiempo que un camarógrafo de Televisa La Laguna ha pedido asilo en Estados Unidos y asegura que fue un montaje la conferencia de prensa a que fueron llevados sin saber, pues les habían dicho que los conducían a entrevistarse con Calderón, los periodistas secuestrados en Durango y luego falsamente liberados por otra faena de “inteligencia” de García Luna Productions (en realidad, dice el camarógrafo Alejandro Hernández Camacho, los captores los abandonaron y ellos, los periodistas, encontraron a policías. La historia, el montaje posterior, ya fue del dominio público, con helicópteros artillados como escenografía en los hangares de la Policía Federal y con el cineasta Genaro en plan triunfador).
Y, mientras la Comisión Federal de Electricidad ha aprovechado la distracción de las fiestas patrias para anunciar la renuncia de su director de operación, Néstor Moreno Díaz, al que en Estados Unidos –no en México, obviamente– se le acusó de cobrar millonadas por asignar contratos, ¡feliz fin de semana, con el Grito desatendido totalmente por los medios Shalalá, el de Tlatelolco, con López Obrador que sigue en lucha!
Fax: 5605-2099 • juliohdz@jornada.com.mx
Escenografía efímera
Otra de GL Productions
Julio Hernández López
De pronto, en horas, las historias pretendieron ser reinterpretadas. A la nacional, la bicentenaria, se buscó convertirla onerosamente en desfile de ocurrencias sin contexto, mero telón de fondo para el lucimiento del gran protagonista, FC, celosamente acaparador de reflectores. Y a la actual, la de la tragedia sangrienta de los días que corren, de los asesinatos de civiles y la violación de derechos humanos, de la guerra que nadie pidió pero fue instalada en busca de legitimidades pasadas y emplazamientos futuros de continuismo, se le tiñó propagandísticamente de cordialidades ciudadanas, de fusión popular deseosa de fotografiarse junto a las máquinas de combate y los ejecutores crudos de los arrebatos de las cúpulas.
Despilfarro de recursos en pos de una imposible modificación de juicios históricos. Felipe, el Bueno, regala al pueblo desfiles patrios y entretenimiento variado, tratando de dejar atrás la memoria de los cuatro años de horror económico y social. El 15, por la tarde, celebra la independencia nacional mediante montajes escenográficos asignados a una empresa extranjera que funde criterios de carnaval, Disneylandia y Desfiles de las Rosas para ofrecer en México un espectáculo colonizado (con el asomo de una escultura cuyo rostro sugerente de ciertos parecidos acabó siendo bautizada en Twitter como El NarColoso, por su semejanza con la imagen de Jesús Malverde, el presunto protector venerado por narcotraficantes, aunque otros opinantes creyeron ver en los rasgos de esa pieza a Vicente Fox, Vicente Fernández, José Stalin, Luis Donaldo Colosio y ciertos personajes de caricaturas internacionales). Luego, el 16, ese mismo monarca bondadoso muestra el músculo militar a un pueblo que paulatinamente ha ido cediendo espacios civiles a la fuerza de las armas (ironías delatoras: por primera vez marcha la Policía Federal en un desfile de militares que ahora fungen como policías; desfile para celebrar la Independencia en compañía de contingentes castrenses extranjeros entre los que están algunos de quienes han doblegado y mancillado a México, como los estadunidenses que se asoman al Palacio Nacional donde un siglo atrás impusieron su bandera).
Recomposturas aceleradas: Calderón invita a Palacio Nacional a ex presidentes y sólo pueden asistir dos: Carlos Salinas de Gortari, a quien la opinión pública había visto días atrás en fotografía de Misteriosos Desaparecedores junto a Diego Fernández de Cevallos, y Vicente Fox acompañado de su infaltable Marta. Echeverría y De la Madrid viven momentos difíciles de salud, como bien se sabe, pero Ernesto Zedillo simplemente decide mantener distancia. Presencias polémicas que avivan especulaciones futuristas, siendo como son ambos ex mandatarios, palaciegamente reaparecidos, los promotores de precandidaturas que irritan a Felipe: Salinas maneja la campaña del gobernador del estado de México que está en pie de guerra correctiva para cerrar el paso a alianzas que le sean peligrosas, y Fox impulsa las pretensiones del tibio senador Santiago Creel y del rasposo Manuel Espino.
Presencias y ausencias en el claroscuro de los dos días de celebración que mantuvieron en acción a todas las fuerzas armadas institucionales del país, las militares y las policiales, mediante abiertas operaciones de control que dieron cuenta del tamaño de los opositores que no se manifestaron, los cárteles del narcotráfico que, salvo el episodio de Cancún, donde supuestamente preparaban la detonación de granadas en el Grito local, parecieron haber acordado una tregua o medido el riesgo de enfrentar al aparato nacional de seguridad volcado en proteger la viabilidad de una fecha en la que el jefe formal del Estado no podía confesarse fallido. Fuera de ese territorio conmemorativo acotado, los hechos fueron los de siempre: en Ciudad Mier, Tamaulipas, por ejemplo, la Defensa Nacional informó del exterminio de veintidós “sicarios”.
El rojo derramado continuó después de los desfiles y los gritos (el de Palacio, el 15, y el de Dolores Hidalgo el 16, con un Calderón obstinado en no ceder ni un milímetro político, cual si viera en su derredor demasiadas ambiciones o peligros, concentrado en sostenerse, en mostrarse, en confirmarse). Rojo elevado a categoría suprema en el orden de aparición de los colores en la banda presidencial que antes mostraba el verde en su extremo superior y ahora ha dado paso a la preferencia cromática del sexenio, roja preferencia que en realidad es vocación y definición). Por ejemplo, fueron atacados dos periodistas del Diario de Juárez y uno de ellos murió. El vocero de condolencias oficiales, Alejandro Poiré, y el secretario de Gobernación, Bla Bla Blake, y tal vez el propio Calderón podrán actualizar sus letanías de circunstancias, pero nada frena la violencia contra el periodismo en México. Otra ironía de las fechas es que el golpe contra los periodistas fronterizos se dé al tiempo que un camarógrafo de Televisa La Laguna ha pedido asilo en Estados Unidos y asegura que fue un montaje la conferencia de prensa a que fueron llevados sin saber, pues les habían dicho que los conducían a entrevistarse con Calderón, los periodistas secuestrados en Durango y luego falsamente liberados por otra faena de “inteligencia” de García Luna Productions (en realidad, dice el camarógrafo Alejandro Hernández Camacho, los captores los abandonaron y ellos, los periodistas, encontraron a policías. La historia, el montaje posterior, ya fue del dominio público, con helicópteros artillados como escenografía en los hangares de la Policía Federal y con el cineasta Genaro en plan triunfador).
Y, mientras la Comisión Federal de Electricidad ha aprovechado la distracción de las fiestas patrias para anunciar la renuncia de su director de operación, Néstor Moreno Díaz, al que en Estados Unidos –no en México, obviamente– se le acusó de cobrar millonadas por asignar contratos, ¡feliz fin de semana, con el Grito desatendido totalmente por los medios Shalalá, el de Tlatelolco, con López Obrador que sigue en lucha!
Fax: 5605-2099 • juliohdz@jornada.com.mx
Fiesta del miedo
José Gil Olmos
MÉXICO, D.F., 15 de septiembre (apro).- Con tristeza y miedo, México celebra los 100 años de la Revolución y los 200 de haber logrado su Independencia.
El mismo día de las fiestas patrias, ocho ciudades del norte del país cancelaron los festejos, mientras que en el Zócalo del Distrito Federal –el centro histórico y político de la nación– miles de policías, francotiradores y soldados, más que desfilar, vigilaron que no ocurriera algún atentado por parte de la delincuencia organizada, convertida en un grupo de poder capaz de poner en entredicho al presidente de la República y al propio Estado mexicano.
El recuerdo que los mexicanos tendrán de esta celebración es que fue todo lo contrario a lo que se esperaba.
“No hay nada que celebrar”, fue el comentario que por semanas se escuchó entre la gente, desalentada por los años violentos que se han vivido, sobre todo en algunos estados en los que el crimen organizado ha desplazado a las autoridades de gobierno y de seguridad pública, irguiéndose aquel como única autoridad.
Aunque el mandatario de Estados Unidos, Barack Obama, rectificó días después, las palabras de la secretaria de Estado de ese país, Hillary Clinton, quedaron retumbando en el gobierno de Felipe Calderón cuando dijo que en México los grupos del narcotráfico tienen tintes de “insurgencia”.
Y no es la primera vez que desde el gobierno de Washington hacen una declaración de ese tipo en torno de la situación que priva en México. En enero de 2009, J. N. Mattis, general, US Marine Corps Commander y US Joint Forces Command del Departamento de Defensa de Estados Unidos, se refirió a México como “Estado fallido”.
Los principales dirigentes políticos del gobierno y del Congreso, así como articulistas oficiales, salieron en defensa de la patria, pero nadie pudo rebatir los datos que sostenían esta percepción: 28 mil muertos en la lucha por el control del narcotráfico por parte de los principales cárteles, decenas de zonas controladas por estos últimos, ciudades al borde de la ingobernabilidad --Tijuana, Ciudad Juárez, Culiacán, Monterrey, Saltillo, Nuevo Laredo, Reynosa y Chihuahua--, miles de familias emigrando a Estados Unidos y miles de desaparecidos.
Además de toda esta violencia, la situación se agrava con la corrupción en todos los niveles de gobierno. Tanto, que policías, jueces, ministerios públicos, sacerdotes, gobernadores, militares y funcionarios están comprados por el narcotráfico.
Si en 1810 México vivió una lucha por la Independencia y en 1910 enfrentó una Revolución, en este 2010 sufre una “guerra” perdida contra el narcotráfico, que ha sumido a la población y al gobierno en el terror.
Felipe Calderón ya no realiza actos al aire libre por temor a un atentado y la residencia presidencial, conocida como Los Pinos, es una fortaleza cubierta por francotiradores, soldados, vallas de acero y policías antimotines.
Días antes del famoso “Grito de Independencia”, en el Zócalo capitalino, las propias autoridades desalentaron a la gente a que asistiera y que mejor siguiera por televisión el festejo. Y es que el miedo se ha apoderado de los mexicanos y de su gobierno.
Y más: En los diarios mexicanos, los nombres de los próceres de la Independencia y de la Revolución –Hidalgo, Morelos, Villa, Zapata, Madero– han sido desplazados por los de los jefes de los principales cárteles --El Chapo, El Azul, El Mayo, El Lazca, La Barbie, El Barbas, El JJ, etc.-- , quienes ahora encabezan los nuevos cambios del país en la formación de una “sociedad narca” que comparte sus nuevos códigos de superación personal mediante el trafico de drogas, el trasiego ilegal de mercancías, la extorsión y el secuestro.
Se trata de la “nueva revolución” encabezada por estos personajes que en 10 años han transformado al país, sumiéndolo en un estado de ánimo sombrío, pues han demostrado que tienen más poder e influencia social que los diputados, senadores, presidentes municipales y gobernadores juntos.
Son los nuevos líderes que se protegen con sus propios ejércitos de sicarios, armados con equipo comprado en Estados Unidos, país donde tienen sus negocios financieros.
Después de 200 años de gestas independentistas y revolucionarias, México ha sido sorprendido por una nueva guerra de guerrillas que ya ha cobrado miles de muertos y desaparecidos, y la formación de una generación de jóvenes que prefieren morir a los 20 años como sicarios, que abandonados, ya viejos, en sus pueblos.
Este es el nuevo drama que vivimos los mexicanos, una situación a la que no se le ve una salida y que provoca un desánimo generalizado. El Grito de Independencia, pues, no será de mucha alegría y júbilo, sino más bien de protesta por la incompetencia de todas las autoridades, empezando por la presidencial.
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