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domingo, 29 de noviembre de 2015

¿Qué pasa en Televisa y en la televisión abierta? .- JENARO VILLAMIL

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En menos de mes y medio, Grupo Televisa ha decidido emprender una “remodelación” en algunos de sus programas y conductores. El rumor sobre la salida de Javier Alarcón se concretó después de varias demostraciones de la caída abruptaratings de Televisa Deportes frente al temperamento de su principal conductor y directivo.
La conductora Laura Bozzo, blanco de varias denuncias por su talk show que agotó las fórmulas del improperio y la injuria, finalmente culminará una etapa. Y Xavier López, Chabelo, el conductor más antiguo de la televisión mexicana, anunció el fin de su programa dominical.
Otros cambios menos perceptibles se están generando en la empresa de Azcárraga Jean. Se distanciaron del productor Pedro Torres. La influencia de Alejandro Quintero, el artífice del modelo Peña Nieto, ha disminuido. En su Consejo de Administración hay descontento. Las especulaciones sobre la salida de Joaquín López Dóriga no han disminuido, menos ahora que lo premian y celebran de todas las formas posibles para evadir la pequeña “mancha” en su expediente: la demanda penal por extorsión que interpuso la empresaria María Asunción Aramburuzabala, ex socia de Azcárraga Jean en Televisa.
Son cambios de forma, pero no de fondo ante la crisis mayor que atraviesa la televisión abierta o generalista, y la crisis particular de Televisa en la era de Azcárraga Jean, el tercero en la dinastía familiar que ha manejado esta singular empresa-monopolio-partido hegemónico, única en el mundo.
A Televisa le agobia lo que a todas las empresas televisivas del mundo en esta era de la convergencia digital: las caídas constantes del rating, ese dios tirano y receloso, que está perdiendo la batalla ante la tv on line, la práctica creciente de las audiencias de la tv on demand (los programas se ven diferidos o fragmentados a través de internet) y las propuestas más atractivas de algunos canales de televisión restringida o de televisión vía internet (ahí está el crecimiento del fenómeno Netflix).
La vieja televisión aún no acaba de fenecer y la nueva tampoco termina de cuajar. La movilidad de las audiencias que viven pegadas al teléfono móvil, la segmentación, la especialización y la autogeneración de contenidos entre jóvenes son algunos de los desafíos.
Las telenovelas, los programas cómicos, los deportes y los realitys musicales o estilo Big Brother, fórmulas que generaron en los noventa y buena parte de este siglo la llamada “neo-televisión” están agotadas ante las nuevas audiencias. Desertores de la televisión abierta son millones de jóvenes que no abandonan la cultura audiovisual, pero sí el modelo analógico antiguo y soberbio: ustedes deben ver sin interactuar, aceptar sin cuestionar, sintonizar sin recrear.
Ricardo Salinas Pliego, efímero competidor de Televisa desde su apuesta en TV Azteca, confesó a la revista Expansión que se equivocó en la conducción del negocio, pero afirmó desde su característica soberbia:
“La tele abierta ha sido malbaratada… ha estado bajo asedio por parte de los anunciantes.. Pero esto ya llegó a su límite… Y el mensaje para los anunciantes es: ‘Qué crees, tengo menos audiencia, pero me vas a tener que pagar más dinero, porque es la única forma para ti de llegar a una audiencia masiva’. Si no, vamos a tener que cerrar el negocio”. (Expansión, 6-9 de noviembre 2015).
Julio Castellanos, director general de la agencia de publicidad y medios Dentsu Aegis Network Mexico afirmó también en Expansión que antes de la llegada de internet, las empresas destinaban a la televisión hasta el 75 por ciento de su inversión publicitaria total. Ahora, esta proporción se ha contraído al 50 por ciento.
Los únicos “clientes” que en México siguen destinando más del 60 por ciento de sus presupuestos de publicidad a la televisión abierta son los gobiernos estatales y el federal, los congresos y los partidos políticos. De ahí la tóxica combinación entre política y televisión, subordinada al chantaje y el intercambio de favores que excluyen a las audiencias.
Se olvidaron de los contenidos
A esta crisis general se agrega la crisis particular de Televisa en la era de Azcárraga Jean. Desde la llegada de los “Cuatro Fantásticos” –así se hacen llamar los cuatro principales directivos de Televisa que acompañan al Tigrillo– la empresa privilegió la salida de la crisis financiera heredada de la era del Tigre, la expansión de su negocio hacia las telecomunicaciones (con todo el apoyo de los gobiernos federales desde Fox hasta Peña Nieto) y la expansión de su poder político. Televisa dejó de ser “soldado del presidente” para que los políticos –del presidente para abajo- se volvieran sus “soldados”.
Olvidaron los contenidos y privilegiaron el gran negocio que les representó ser juez y parte de la “democracia a la mexicana” esta extraña mezcla entre farándula y política, entre noticias y entretenimiento, entre advertainmet y proselitismo electoral, entre autoritarismo y monopolio.
Su producto más acabado, Peña Nieto, también se agotó en el ejercicio del gobierno. Y hasta La Gaviota resultó un producto deficitario a mediano plazo en la medida que ella dejó de ser un “activo” a favor de la popularidad peñista al convertirla en cómplice de la corrupción. Y Televisa quiere seguir sacando rédito y ganancias de esta fórmula que se agota aceleradamente, pero los ratings caen y los anunciantes también migran.
Chabelo y su programa dominical fueron de los pocos que sobrevivieron al “aggiornamiento” que vivió Televisa desde la muerte de Emilio El Tigre Azcárraga, en 1997. Se fueron Raúl Velasco, Jacobo Zabludovsky, Guillermo Ochoa, y hasta su actriz más célebre, Verónica Castro, fue hostigada en función de los nuevos negocios y de la apuesta política que hicieron.
Importaron a Laura desde su desprestigio peruano, descafeinaron y presionaron a Víctor Trujillo, homologaron a sus principales conductores, le dieron carta de impunidad a López Dóriga (que superó a Zabludovsky en el talento para la gacetilla electrónica), agotaron la fórmula de los realitys, presionaron a personajes como Héctor Suárez, privilegiaron a los incondicionales y se olvidaron de una programación infantil y juvenil audaz y renovada. No han logrado ni siquiera repetir el fenómeno Timbiriche de los años ochenta y hasta Luis Miguel y Lucero envejecieron más rápido que su audiencia.
Sorprende ver la protesta, incluso en redes sociales, de muchos que ven a Chabelo con apego tradicionalista y se olvidan del expediente tremendo de su programa para las audiencias infantiles.
En este gesto se observa también que Televisa ha confundido la verticalidad con la eficacia. Su método de renovación se enfrenta con una acelerada pérdida de credibilidad en las audiencias.
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domingo, 27 de abril de 2014

LA TELEVISIÓN MEXICANA: CAJA DE ESTEREOTIPOS

Escrito por  Érika Paz


En la carta programática de toda la radio y la televisión, de la prensa y las revistas nacionales, existe un denominador común: hay una asociación de las mujeres con el amor, como si parte de la naturaleza de las mujeres fuera ser amorosas. Pero, ¿qué significa, desde la perspectiva de estas narrativas, que las mujeres sean amorosas? Que las mujeres sean sumisas -casi todas las protagonistas (de telenovelas) son sumisas-, que acepten  someterse a relaciones en donde son violentadas, en donde son discriminadas, ya que, en nombre del amor, recibirán a cambio su recompensa.

I
“La que de chamaca locamente se enamoró/ Y por curar dolencias se desquició/ Cuando la dejó/ Que de mi corazón se adueñó/ Toditas mis ilusiones se llevó/ Que regrese a mí le pido a Dios/ Porque yo me pierdo sin su amor/ Soy María, María la del Barrio soy”. Así comienza  una de las telenovelas más vistas en la historia de la televisión nacional: "María la del barrio". La trama de la emisión televisiva era sencilla: una mujer humilde dedicada a la recolección de basura se enamora de un joven millonario; éste, recientemente engañado por su prometida, se dedica a despreciar a cuanta mujer se encuentre a su paso, incluida  María. Intrigas, traiciones, mentiras y engaños deben ser sorteados por ésta última para alcanzar por fin el objetivo de su vida: el amor de Luis Fernando.

La letra de la canción que abre la telenovela presenta los rasgos fundamentales de la protagonista y, por ende, de lo que se espera de una mujer entrañable para el público nacional: humildad, devoción y proclividad al enamoramiento. El amor de María, sin embargo, no es cualquier tipo de amor, sino uno que linda con la locura. Así, desde el primer minuto del programa, el estereotipo de la mujer ideal para las telenovelas mexicanas se dibuja ante nuestros ojos. Si quiere ser feliz, María debe hallar al hombre perfecto, aun cuando, para lograrlo, tenga que pasar por todas las vejaciones imaginables.
Como si el tiempo no hiciera mella en los contenidos de Televisa, 18 años después, en el mismo canal y en la misma televisora, otra historia penetra los hogares del país: “Corazón indomable”. Un mujer, también humilde, deberá enfrentarse a las peores humillaciones, deberá superar la pobreza y el desprecio para salir adelante y encontrar su verdadero amor  
El promocional de la telenovela es revelador. Un mujer bella, vestida con un manto blanco y descalza –para que quede clara su pobreza–, corre por el campo, al tiempo que una voz en off dice:
“La ternura la hizo grande, la injusticia fuerte y valiente”.
Mientras se oyen estas palabras la escena deja ver que la mujer es acosada por un hombre barbado, hasta que, heroicamente, un joven a caballo llega a salvarla del peligro.
II
Foto: Ricardo Lozano
Sin lugar a dudas los medios masivos de comunicación ocupan un lugar privilegiado en las  sociedades modernas. En los últimos años se ha debatido largamente cuál es su verdadero papel y hasta qué punto influyen en la conducta de las personas. Desde la década de 1970 los estudios culturales han señalado el papel activo que tienen las audiencias en la recepción de los mensajes televisivos y, por tanto, la idea de que éstos determinan enteramente los valores y creencias de las personas ha sido deslegitimada.
En todo caso, existe un contexto sociohistórico configurado por diferentes instituciones que interactúan y actúan en la conformación de las percepciones y autopercepciones de los sujetos; sin embargo, en determinados contextos, los medios de comunicación y en específico la televisión pueden tener una mayor influencia en los públicos.
En sociedades donde reinan las prácticas monopólicas informativas y el espectro radioeléctrico se concentra en pocas manos; como es el caso de México en la que un 96 por ciento del mismo pertenece a Televisa y TV Azteca; merece especial atención el tema de la reproducción y retransmisión de estereotipos de género en la programación televisiva.
Como señala la doctora en Periodismo y Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona, Aimée Vega Montiel: “No podemos establecer sentencias inamovibles en torno a la definición que las personas tenemos de la vida. En la definición de cómo nos planteamos los problemas o incluso en cómo los resolvemos intervienen distintas mediaciones, distintas instituciones, como la relación cotidiana de los objetos que van desde la familia, la escuela, el lugar del trabajo, nuestro grupo de pares, etc. Dentro de este cúmulo de mediaciones, los medios masivos de comunicación juegan un papel importante, participan en la construcción de estos imaginarios, pero no son determinantes”.
Bajo esta lógica es aventurado decir que la televisión crea estereotipos de género; pero no tanto decir que los refuerza y reproduce. Aimée Vega señala que en su trabajo de investigación ha identificado que “en la carta programática de toda la radio y la televisión, de la prensa y las revistas en México, existe un denominador común: hay una asociación de las mujeres con el amor, como si parte de la naturaleza de las mujeres fuera ser amorosas. Pero, ¿qué significa, desde la perspectiva de estas narrativas, que las mujeres sean amorosas? Que las mujeres sean sumisas –casi todas las protagonistas (de telenovelas) son sumisas–, que acepten  someterse a relaciones en donde son violentadas, en donde son discriminadas, ya que, en nombre del amor, recibirán a cambio su recompensa y, ¿cuál es esa recompensa?: el reconocimiento del protagonista, un sujeto masculino que siempre es un sujeto de poder y que termina reconociendo en la mujer con la que se queda estas virtudes asociadas a una naturaleza que es ficticia”.
Según la entrevistada estos estereotipos son configurados desde el surgimiento del Estado Moderno en el siglo XVIII, cuando la sociedad da fin al orden feudal y nacen los Estados Nación: “Los autores ilustrados dicen: vamos a pesar en cómo debe funcionar este proyecto de organización basado en el contrato social y dar el carácter de ciudadanía a aquellos que cumplan con las cualidades que exige este nuevo orden social que son: ser sujetos racionales, ser sujetos imparciales, es decir tener la suficiente capacidad de discernimiento y ecuanimidad para no favorecer, guiados por sus sentimientos a unos sujetos o a otros, el ser sujetos que solamente se guíen por su mente y no por su corazón, ser sujetos egoístas, porque este nuevo estado requiere que se le defienda de los adversarios y, entonces, cuando hacen todo este listado, dicen autores como Jacobo Rousseau y ¿quiénes por naturaleza cumplen con estas cualidades? Los hombres. En oposición se colocan las supuestas cualidades naturales de la mujer, y se nos dice: las mujeres son dóciles, las mujeres no tienen esta fuerza ni este egoísmo para defender lo que es de su Estado, las mujeres no son racionales, las mujeres se guían por la pasión. Así, a unos se les reconoce su estatus de ciudadanos y a las otras su estatus de sujetas protegidas por la sociedad y, ¿a cambio de qué ellas recibirán protección?, a cambio de prometer lealtad y sumisión”.
Sin embargo, los estereotipos de lo femenino y lo masculino se han transformado a lo largo de los años. La industria del espectáculo ha sabido renovarse y ha generado nuevas imágenes sobre el papel de la mujer y el hombre, y sobre el tipo de relaciones entre ellos; incluso ha visibilizado temas hasta antes impensables como las relaciones homosexuales. Para algunos esto puede interpretarse como un avance cultural, pero también es posible tomar una postura crítica al respecto.
Foto: Ricardo Lozano
Tomemos el caso de series de televisión que en apariencia proponen “nuevas” formas de ser mujer y de ser hombre, así como “nuevos” modelos de amor romántico como Sex and the city, Desperate housewifes, o series gays como The L World o Queer as folk; en México El sexo débil o Las Aparicio, que se venden bajo el estandarte de la liberación sexual femenina; Vega Montiel afirma que “lo que vemos ahí es la configuración de esos grupos sociales como grupos de consumo, es decir a las mujeres se nos reconoce nuestro poder, en tanto tenemos la capacidad económica de consumir.
“Vemos a las protagonistas de Sex and the City, promocionando los zapatos  de tal diseñador y el éxito de esas mujeres se basa en su poder de consumo y en su capacidad de enamorar al hombre de sus sueños; es decir, seguimos viendo la reproducción de los mismos esquemas que nos vienen del siglo XVIII o, incluso desde antes, desde Platón y Aristóteles. En la antigua Polis los hombres se dedicaban al espacio público y las mujeres eran relegadas a lo privado, al oikos, al hogar. Definitivamente los medios de comunicación tienen un poder enorme que no tienen otras instituciones como por ejemplo la escuela, y es que los medios de comunicación generan productos culturales que se van reproduciendo en ámbitos locales. Pensemos en fórmulas como Betty la fea, que funciona en Colombia y luego se vende a la televisora alemana, a la estadounidense y a la mexicana, etcétera”, indica Aimée Vega.
Ante esta situación, la doctora opina que la ciudadanía debe participar y esgrimir el argumento de que las televisoras explotan un bien público, por más que ellas se asuman  como empresas privadas y, por lo mismo, se apeguen al rating y a la comercialización de su programación como únicos criterios para definir su programación. “Están explotando el espectro radioléctrico que es un bien público, es un bien de la nación, de los ciudadanos. Nada más, por esa razón, están obligados con la sociedad a crear contenidos que sean responsables con la ciudadanía a la cual se están dirigiendo. Es necesario que dejen de tratar a los públicos como simples grupos de consumo y se asomen un poquito a ver de qué está hecha la condición, la mente de las audiencias, porque creo que ahí tendrían un muy buen punto de partida para empezar a cambiar estas configuraciones”, concluye Vega Montiel.

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