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lunes, 18 de abril de 2016

Diputados de Brasil ponen la soga a Rousseff

El Senado decidirá el próximo 11 de mayo si la presidenta es sometida a juicio
Aprueba la Cámara de Diputados el impeachmentcontra Rousseff
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Brasileños que apoyan el juicio político se reunieron ayer en Sao Paulo para seguir el proceso legislativo en pantallas gigantesFoto Afp
Eric Nepomuceno
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Lunes 18 de abril de 2016, p. 2
Río de Janeiro.
Han sido 367 votos favorables y 137 en contra de la destitución de Dilma Rousseff, quien llegó al poder al amparo de 54 millones de sufragios. Nueve ausencias y abstenciones podrían haber ayudado a la mandataria a permanecer en su puesto, pero no fue así. Ayer, la Cámara de Diputados, presidida por Eduardo Cunha, reo en el Supremo Tribunal Federal por crímenes diversos, que van de la lisa y llana corrupción a mantener cuentas ocultas en Suiza, decidió poner fin al gobierno de quien ni siquiera es investigada.
En las justificaciones de los votos de quienes defenestraron a la mandataria, apenas se mencionaron los delitos de que es acusada. Fueron sufragios en nombre de Dios, de la patria, de la familia; es decir, puras diversificaciones en un momento tan decisivo para el futuro del país.
El camino abierto prevé pocas alternativas para Rousseff. En pocas semanas –la fecha inicialmente prevista es el miércoles 11 de mayo– el Senado decidirá si acepta lo que indica la Cámara de Diputados, es decir, si abre el juicio contra ella. En caso positivo, Rousseff será apartada de la presidencia por un plazo que podría llegar a 180 días, tiempo en el que puede presentar su defensa.
Nadie cree que el Senado cambie la decisión de la Cámara de Diputados. O sea, el juicio a Rousseff será instaurado. Nadie piensa que en el Senado logre cambiar el veredicto de los diputados.
En pocas palabras, está liquidada. Los números de ayer han sido suficientemente elocuentes para fulminar de una vez su defensa. A ella le quedan alternativas, como recurrir al Supremo Tribunal Federal, pero las posibilidades son muy cercanas a cero. El resultado de este domingo superó las peores expectativas de sus defensores, inclusive en la opinión pública. Es una derrota que rebasó la anunciado.
La presidenta seguirá en su puesto, hasta que el Senado defina si acepta la decisión de la colegisladora. Eso significa entre dos y tres semanas. Será una presidenta fantasma. Nada de lo que haga en ese corto periodo será considerado sólido o válido. Si el Senado acepta –seguramente lo hará– la apertura del proceso de destitución, Michel Temer, el vicepresidente, asumirá el poder.
A la una de la madrugada de hoy, asesores de Rousseff afirmaron que la presidenta pretende dar la batalla hasta el último instante; o sea, no renunciará. Con ello el país seguirá a la deriva, esperando a un vicepresidente sin legitimidad, pero con el respaldo de una oposición dispersa, cuyo proyecto de gobierno es difuso.
Si se recuerda que Brasil vive una de las peores recesiones económicas de los pasados 100 años, que viene de un periodo de año y medio en el que el gobierno de Rousseff apenas logró gobernar, lo que se espera de Temer y sus aliados es un escenario nebuloso, de dudas y crisis. Más: tendrá que enfrentarse con la anunciada oposición durísima de los movimientos sociales, de las principales agrupaciones sindicales y con todos los que no se resignan al golpe institucional que victimó a una presidenta inhábil pero que no cometió ningún crimen que justificara su destitución.
En términos prácticos, hoy empieza el gobierno –todavía no anunciado– de Michel Temer, el vicepresidente que se bandeó a la oposición. El país vivirá un fenómeno insólito: una mandataria en plenas y constitucionales funciones, hasta que el Senado emita su veredicto, pero sin credibilidad alguna. Una presidenta sin poder.
Y un vicepresidente sin legitimidad, en espera de poder poner las manos sobre el bastón presidencial y empezar a gobernar.
Los llamados agentes económicos –empresarios, inversionistas y especuladores del mercado financiero– viven una expectativa que está en plena ebullición. Al mismo tiempo, las fuerzas que por tradición apoyan al PT –movimientos sociales y centrales sindicales– se preparan para responder a lo que califican de golpe blanco.
Mucho más que defenestrar a una mandataria impopular, lo que se abrió ayer en Brasil, con la decisión de la Cámara de Diputados, ha sido un periodo de profundas y graves incertidumbres.
Brasil entra en una zona de tinieblas, y las tensiones no harán más que reforzarse en los días que vendrán.
Michel Temer armó, en semanas recientes, un gobierno que todavía no ha sido presentado al país. Lo hará pronto. Pero será siempre un gobierno nacido de un golpe institucional, que contará con el respaldo del gran capital, pero sin ningún reconocimiento del electorado.
Rousseff dice que no se doblaráy resistirá hasta el último momento. Lo más probable es que hoy la bolsa de valores y el sacrosanto mercado financiero reaccionen a la noticia con alzas significativas en los papeles y bajas contundentes en el cambio. La vida real, en todo caso, pasa por un terreno bastante más amplio. El país vive una recesión sin precedente. En los últimos 15 meses, sin que la culpa quepa solamente en sus incapacidades, Rousseff no logró gobernar. Un Congreso francamente hostil impidió que avanzaran sus iniciativas, por cierto muy criticadas por la izquierda, el PT y los movimientos sociales que respaldaron su candidatura.
Michel Temer, cuando asuma la presidencia, tratará de llevar a cabo medidas aún más drásticas e impopulares. Parte de su compromiso es con los dueños del capital. Si una gobernante de izquierdas no logró más resistencia, aún enfrentará a un mandatario que asume con la mancha de golpista y traidor estampada en la frente.
El futuro
Teóricamente, el futuro inmediato de la presidenta está en manos del Senado, que el 11 de mayo emitirá –a menos que se decida anticipar o postergar la fecha anunciada– su veredicto. Los diputados autorizaron el juicio contra Rousseff y toca al Senado llevar o no adelante la medida.
Nadie apuesta un centavo porque el Senado cambie la decisión de los diputados. El juego está definido. Una presidenta que ni siquiera está investigada ha sido condenada por un bando de legisladores acusados o denunciados por corrupción, comandados por un colega, Eduardo Cunha, presidente de la cámara.
Así de surrealistas son las cosas en este país. El vicepresidente Temer actúa con la sutileza de un elefante en una tienda de cristales: se reúne, discute, promete, planea. Más temprano que tarde verá cómo cae en sus rodillas un cargo para el cual jamás tendría votos suficientes para alcanzar. Y verá, al mismo tiempo, cómo será la resistencia de los que no se resignan al golpe institucional que él, además de patrocinar, aceptó encabezar, consciente de que los verdaderos artífices se ocultaron, o casi, en las sombras, y serán los que asumirán el poder.
El país de la economía más poderosa de América Latina entra en una etapa de turbulencia total. Ninguna otra nación de la región será inmune a lo que ocurre en Brasil.
Vendrán tiempos de alegría en Wall Street y vecindades, y de profunda turbulencia en las periferias de América Latina.

martes, 25 de junio de 2013

Causa sorpresa entre manifestantes brasileros el gesto inédito de diálogo del gobierno

Los Indignados de Brasil
Esperan cambios en la postura oficial que implique a indígenas y a desplazados

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Un grupo de policías contiene a manifestantes en el centro de Rio de Janeiro, luego que la presidenta Dilma Rousseff propuso un plebiscito para una Asamblea Constituyente que promueva una reforma políticaFoto Reuters
Dpa
 
Periódico La Jornada
Martes 25 de junio de 2013, p. 5
Brasilia, 24 de junio.
El grupo que comenzó la mayor ola de protestas de las dos décadas recientes en Brasil dirigió una carta a la presidenta Dilma Rousseff, quien los citó para hoy en Brasilia, en la que expresa sorpresapor el inédito gesto de diálogo del gobierno central y aclara: continuaremos en las calles.
Estamos sorprendidos con la invitación para la reunión.Imaginamos que también (usted) está sorprendida con lo que viene sucediendo en el país en las semanas recientes. Este gesto de diálogo del gobierno federal desentona con el trato a los movimientos sociales que ha marcado la política de esta gestión, comienza la misiva del Movimiento Pase Libre (MPL).
Más que conversar, esperan que el encuentro marque un cambio de postura del gobierno federal no sólo en relación con los manifestantes que tomaron las calles, sino a los pueblos indígenas, las comunidades desplazadas por las obras de movilidad urbana necesarias para la preparación del Mundial de 2014; a los Sin Techo y Sin Tierra, entre otros.
Ratifican su condición de movimiento social autónomo, horizontal y apartidario que jamás pretendió representar al conjunto de manifestantes que tomó las calles del país.
Nuestra palabra es una más entre las que fueron gritadas en las calles, explica el grupo, que si bien comenzó las protestas reivindicando la suspensión del aumento de la tarifa del transporte público, su bandera, tal como indica su nombre, es la gratuidad de ese servicio, la tarifa cero.
El transporte sólo puede ser público de verdad si es accesible a todas y todos, o sea, entendido como derecho universal. (...) Cuestionar los aumentos es cuestionar la propia lógica de la política tarifaria, que somete el transporte al lucro de los empresarios y no a las necesidades de la población, sostienen los activistas.
También se manifiestan contrarios a la exhoneración de impuestos exigida por las empresas del transporte, y a que Brasil invierta 11 veces más en transporte individual, mediante obras viales y políticas de crédito para el consumo de vehículo, que en transporte público.
Por último, repudian lacriminalización y represión de las manifestaciones, únicas responsables, a su entender, que la presidencia los haya invitado a la reunión.
Esta reunión fue arrancada por la fuerza de las calles, que avanzó sobre bombas (de gas lacrimógeno), balas (de goma) y prisiones, sostienen.

sábado, 22 de junio de 2013

Rousseff ofrece diálogo a indignados brasileños

Los estoy oyendo
La presidenta Rousseff ofrece reunirse con los líderes de las manifestaciones
Tenemos que aprovechar el vigor de ese movimiento, dice en cadena nacional
Promete programas efectivos que mejoren salud, educación y transporte público
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El gigante despertó y no dormirá más, reza una pancarta exhibida ayer durante la manifestación frente a la casa del gobernador de Río de Janeiro, Sergio CabralFoto Reuters
Eric Nepomuceno
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Sábado 22 de junio de 2013, p. 2
Río de Janeiro, 21 de junio.
Nueve minutos y 44 segundos. Ese es el tiempo que la presidenta Dilma Rousseff necesitó para enviar, la noche de este viernes, un contundente mensaje a Brasil. Luego de jornadas de marchas y manifestaciones multitudinarias, pequeñas al principio para luego alcanzar contingentes que no se veían desde hace tres décadas en el país, Dilma reapareció. En su pronunciamiento por una cadena nacional de radio y televisión dijo, entre muchas cosas, una frase definitiva: Mi gobierno está oyendo las voces democráticas que piden cambios. Y, mirando hacia la cámara, reiteró: Yo los estoy oyendo.
Ha sido el cierre de un día confuso, de expectativas confusas. Ya por la mañana, mientras se contabilizaba el resultado de la jornada anterior, con escenas de vandalismo provocadas por grupos minoritarios en las marchas multitudinarias –el jueves, un millón 250 mil brasileños salieron a las calles– y la absurda y descontrolada violencia de la represión policial, en Sao Paulo el Movimiento Pase Libre, el difuso MPL que llamó a las primeras manifestaciones de hace dos semanas, anunció que ya no volvería a convocar marchas.
El argumento: la derecha había copado el movimiento. Creamos un monstruo, y ahora no tenemos cómo controlarlo, dijo un vocero de ese movimiento de jóvenes. Tenía y tiene razón, como comprueban las imágenes de la noche del jueves en varias ciudades brasileñas, empezando por Río, pero especialmente por algo que poca gente observó en Sao Paulo: el agresivo rechazo a grupos que se presentaban con banderas, camisetas e insignias de partidos políticos (todos de izquierda, por supuesto).
La noche del jueves, mientras la atención se concentraba en la brutal acción de la policía militar de los estados de Bahía, Río de Janeiro, Pará y Río Grande do Sul, lo que se veía en una relativamente tranquila avenida Paulista eran gritos airados contra todo y contra cualquier partido político, además de llamados a que vuelvan los militares.
Bueno, eran gritos de grupos pequeños, es verdad. Pero desde hace décadas que, excepto en manifestaciones de militares en situación de retiro, lasviudas de la dictadura, como son llamados, no se oían gritos similares en manifestaciones públicas.
La ausencia de consignas precisas (aparte de la inicial, que era la anulación de los aumentos en las tarifas de transporte urbano público) abrió espacio para que, en esos 15 días, se reivindicara cualquier cosa en las calles. Algunas, como salud pública, enseñanza pública, transporte público, absolutamente justificadas, pero no fáciles de alcanzar de la noche a la mañana. Otras, como terminar con la corrupción, también. Pero cuando las manifestaciones empezaron a reunir centenares de miles de personas que protestaban contra todo y contra todos y contra cualquier cosa, la situación empezó a escapar de control.
Si a eso se suma la truculenta acción de fuerzas policiales perfectamente entrenadas para reprimir a lo bestia pero sin noción de lo que es controlar y contener a grandes masas en manifestaciones públicas, se llega a la receta perfecta para un desastre.
Este viernes, Brasil vivió un clima de resaca, tras la borrachera cívica de la víspera, que, a propósito, terminó mal. Ocurrieron nuevas marchas y manifestaciones, pero en otro estilo: grupos diseminados por las ciudades, sin concentraciones específicas. En Sao Paulo, por ejemplo, hubo grupos que cortaron rutas y carreteras del cinturón urbano, dejando aislado el aeropuerto internacional de Guarulhos, el de mayor movimiento en Sudamérica, mientras otro, concentrado en la céntrica Plaza Roosevelt, defendía los derechos de opción sexual de las minorías.
En Río, mientras en la dorada orla de Ipanema y Leblon gente hermosaprotestaba y exigía menos corrupción y más salud y educación, en la Barra da Tijuca, zona en que se mezclan favelasperversas (ahí está la Ciudad de Dios de la película famosa) con nichos de nuevos ricos deslumbrados, una turba cerró avenidas para destrozar una agencia de Mercedes Benz y saquear motoristas atrapados en un gigantesco embotellamiento.
Es imposible prever lo que pasará en adelante. El pronunciamiento de Rousseff ha sido firme y detallado. Criticó duramente los actos de vandalismo y violencia de los grupúsculos infiltrados en manifestaciones pacíficas, mientras reconocía que las calles quieren más salud, educación, seguridad, transporte. Destacó que la oleada de marchas y manifestaciones puso de relieve nuestra energía política. Admitió que, por más que se haya alcanzado, y la verdad es que se alcanzó mucho, todavía falta mucho, por limitaciones políticas y económicas. Aclaró que tiene la obligación de oír la voz de las calles y dialogar con todos los segmentos de la sociedad. Recordó que no ha sido fácil llegar adonde llegamos y tampoco será fácil llegar adonde quieren los que están en las calles. Dijo que las manifestaciones trajeron importantes lecciones, y que tenemos que aprovechar el vigor de ese movimiento.
En relación con otro de los puntos que fueron permanentes en las protestas –los gastos multimillonarios con la realización del Mundial de 2014– aclaró que no son gastos, son financiación: todo será devuelto por las empresas que obtuvieron concesiones para explotar los estadios, carreteras y todo un vasto etcétera que todavía está por verse, como las reformas de rutas y aeropuertos.
Por fin, aseguró que irá a reunirse tanto con los líderes de esas manifestaciones (quizá por delicadeza no haya mencionado que primero hay que identificarlos y verificar a quienes efectivamente representan…), de movimientos sociales, como de alcaldías y gobiernos estatales para trazar programas efectivos que lleven a planes nacionales de salud, educación y transporte público.
Ese el resumen inicial de lo ocurrido en Brasil no sólo hoy, sino en el conjunto de los últimos 14 o 15 ayeres: una movilización iniciada por jóvenes de escasa o nula representatividad política logró incendiar el país, demostrar camadas de insatisfacción colectiva que estaban ocultas bajo la gruesa capa de los buenos resultados de los sondeos de opinión aprobando por largo margen tanto el gobierno como la figura de Dilma, y lanzar una alerta punzante a la clase ­política.
Muchos son los logros alcanzados por la izquierda que gobierna el país a lo largo de los últimos 10 años. Pero mucho más es lo que falta por alcanzar.
Hasta esta noche, lo que oyó fue la voz de las calles. Y antes que esa voz diese lugar a la eterna y siempre ávida voz de siempre, la del sistema perverso que trata de recuperar espacios perdidos, por fin se oyó la voz de la presidenta. Ojalá se cumpla lo que anunció.

viernes, 21 de junio de 2013

Brasil: primeras reflexiones

Continúa rebelión en Brasil por despilfarro del gobierno. Foto: AP
Emir Sader
E
l movimiento iniciado en Brasil como resistencia al aumento de las tarifas del transporte fue inédito y sorprendente. Quien diga en este momento que alcanza a captar todas sus dimensiones y proyecciones futuras, muy probablemente tendrá una visión reduccionista del fenómeno, presionando la sardina para defender preconceptos, para confirmar sus propios argumentos, sin darse cuenta del carácter multifacético y sorprendente de las movilizaciones.
No vamos a intentar eso en este artículo, sino apenas allegar algunas primeras conclusiones que nos parecen claras.
Fue una victoria del movimiento la anulación del aumento; muestra la fuerza de las movilizaciones, aún más cuando se apoyan en una reivindicación justa y posible: tan así que se pudo concretar.
Esa victoria, en primer lugar, refuerza concretamente el que las movilizaciones populares valen la pena, sensibilizan a las personas, hacen que se hable a toda la sociedad y sirven como fuerte factor de presión sobre los gobiernos.
Además de lo anterior, el movimiento puso en discusión una cuestión fundamental en la lucha contra el neoliberalismo –la polarización entre intereses públicos y privados–, sobre quién debe financiar los costos de un servicio público esencial que, como tal, no debería estar subordinado a los intereses de las empresas privadas, movidas por el lucro.
La conquista de la anulación del aumento se traduce en un beneficio para los extractos más pobres de la población, que son los que comúnmente utilizan el transporte público, demostrando que un movimiento debe abarcar no sólo las reivindicaciones que corresponden a cada sector de la sociedad en particular, sino tiene que atender demandas más amplias, especialmente las procedentes de los sectores más necesitados de la sociedad, de quienes tienen mayores dificultades para trasladarse.
Tal vez el aspecto central de las movilizaciones haya sido el haber incorporado a la vida política amplios sectores de la juventud, no contemplados en las acciones gubernamentales que, hasta aquí, no habían encontrado formas específicas de manifestarse políticamente. Este poder ser es la consecuencia más permanente de las movilizaciones.
Quedó claro, también, que los gobiernos de los más diferentes partidos –unos más, los de derecha; otros menos, los de izquierda– tienen dificultades para relacionarse con las movilizaciones populares. Toman decisiones importantes sin consulta y cuando se enfrentan con resistencias populares tienden a reafirmar tecnocráticamente sus decisiones –no hay recursoslas cuentas no cierran, etcétera–, sin darse cuenta de que se trata de una cuestión política, de una justa reivindicación de la ciudadanía apoyada en un inmenso consenso social, a la que deben darse soluciones políticas para la que los gobernantes fueron elegidos. Sólo después de muchas movilizaciones y de desgaste de la autoridad gubernamental, las decisiones correctas se asumieron. Una cosa es afirmar que se dialoga con los movimientos y otra es enfrentarse efectivamente con sus movilizaciones, más cuando contestan y contradicen decisiones tomadas por la autoridad.
Con certeza, un problema que el movimiento enfrenta son las tentativas de manipulación desde fuera. Una de ellas, representada por los sectores más extremistas, que buscaron incorporar reivindicaciones maximalistas, delevantamiento popular contra el Estado, buscaba justificar sus acciones violentas caracterizadas como vandalismo. Son sectores pequeños, externos al movimiento, con infiltración o no de la policía. Alcanzan a ser destacados de inmediato por la cobertura que los medios promueven, pero son rechazados por la casi totalidad de los movimientos.
La otra tentativa fue de la derecha, claramente expresada por la actitud de los viejos medios de comunicación. Inicialmente se opusieron al movimiento, como acostumbran hacer ante toda manifestación popular. Después, cuando se dieron cuenta de que podría representar un desgaste para el gobierno, promovieron e intentaron incidir artificialmente, con sus orientaciones dirigidas contra la autoridad federal. Fueron igualmente rechazadas esas intenciones por el conjunto de los movimientos, en el que siempre existe un componente reaccionario que se hace presente, como el rencor típico del extremismo derechista, magnificado por los envejecidos medios.
Hay que destacar la sorpresa de los gobiernos y su incapacidad para entender la explosividad de las condiciones de vida urbana y, en particular, la ausencia de políticas dirigidas a la juventud por parte del gobierno federal. Las entidades estudiantiles tradicionales también fueron sorprendidas y estuvieron ausentes de los movimientos.
Dos actitudes se distinguieron a lo largo de las movilizaciones: la denuncia de las manipulaciones intentadas por la derecha –expuesta claramente en la actividad de los medios tradicionales– y sus intenciones de apoderarse del movimiento. La otra, la exaltación acrítica del movimiento, como si él contuviese proyectos claros y de futuro. Ambas son equivocadas. El movimiento surgió a partir de reivindicaciones justas, compuesto por sectores de jóvenes, con sus actuales estados de conciencia, con todas las contradicciones que un movimiento de esas características contiene. La actitud correcta es la de aprender del movimiento y actuar junto a él, para ayudarlo a tener una conciencia más clara de sus objetivos, de sus limitaciones, de las intenciones de ser usado por la derecha y de los problemas que orginó, así como llevar adelante la discusión de sus significados y mejores formas de enfrentar sus desbordes.
El significado completo del movimiento va a quedar más claro con el tiempo. La derecha se interesará en sus estrechas preocupaciones electorales, en sus esfuerzos desesperados para llegar a la segunda vuelta de los comicios presidenciales. Los sectores extremistas buscarán interpretaciones acerca de que estaban dadas las condiciones de alternativas violentas, aunque esto desparecerá rápidamente.
La más importante son las lecciones que el propio movimiento y la izquierda –partidos, organizaciones populares, gobiernos– saquen de esta experiencia. Ninguna interpretación previa explica la complejidad y el carácter inédito del movimiento. Es probable que la mayor consecuencia sea la introducción del significado político de la juventud y de sus condiciones concretas de vida y de expectativas en el Brasil del siglo XXI.
Traducción: Ruben Montedónico

Marchas y represión se salen de control en Brasil

En el gigante sudamericano, las mayores manifestaciones en 29 años
La falta de dirección y organización favorece a los sectores más conservadores
Grupos infiltrados imponen el desorden en las movilizaciones pacíficas
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Río de Janeiro fue una de las casi 100 ciudades donde se realizaron ayer protestas multitudinarias. En Ribeirao Preto un manifestante murió tras ser arrolladoFoto Reuters
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Un manifestante es sometido durante la protesta en Río de JaneiroFoto Ap
Eric Nepomuceno
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Viernes 21 de junio de 2013, p. 2
Río de Janeiro, 20 de junio.
Las cuentas no coinciden, pero giran entre los que dicen que han sido más de un millón de personas en las calles de todo el país y los que dicen que han sido poco menos. En fin: ha sido la más espectacular (y peligrosa, y contradictoria) manifestación popular de Brasil en los últimos 29 años, desde las formidables marchas exigiendo el retorno de las elecciones libres para presidente, en 1984. Ni siquiera la movilización para defender la suspensión parlamentaria del corrupto presidente Fernando Collor de Mello, en 1992, logró atraer tanta gente en tantas calles de tantas ciudades en Brasil.
¿Por qué peligrosa? Porque la falta de dirección y organización favorece a los sectores más conservadores, que siempre tienen la imagen de vandalismo para justificar su argumento de que es necesario imponer represión para reponer el orden. ¿Por qué contradictoria? Porque en toda esa espectacularidad resalta lo obvio: el divorcio entre los canales democráticos de diálogo y negociación y el descontrol de grupos que se infiltran en manifestaciones pacíficas para imponer el desorden.
Esta noche, terminó en duros conflictos la mayor manifestación colectiva de los últimos 29 años en Brasil. En Sao Paulo han sido más de 100 mil. Río reunió 300 mil. Hubo otros 50 mil en Porto Alegre, 30 mil en Brasilia, 100 mil en Recife, 20 mil en Salvador. Por la noche lo que había en Porto Alegre y Brasilia, Belem y Río de Janeiro, eran escenas de batalla callejera.
En el municipio de Ribeirao Preto murió un manifestante tras ser arrollado. Las protestas en todo el país han dejado unas 90 personas heridas.
Los violentos incidentes ocurrieron un día después de que los alcaldes de Sao Paulo, de Río y de otras 12 ciudades del país anunciaron que daban marcha atrás en el aumento de los pasajes del transporte público.
Ese incremento fue lo que originó, hace dos semanas, las primeras manifestaciones en Sao Paulo. Al principio fueron marchas limitadas, sin mayor consecuencia, realizadas por jóvenes.
El jueves 13 la policía militar de Sao Paulo actuó con una truculencia que no se veía desde los tiempos de la dictadura. Ha sido la estopa para que la ola de protesta avanzara por todo el mapa brasileño.
La actuación salvaje de la policía militar de Río volvió a alcanzar su auge alrededor de las nueve de la noche, cuando una brigada de motociclistas de esa corporación disparó balas de goma contra manifestantes que estaban en la puerta del hospital Souza Aguiar buscando noticias sobre los más de 20 heridos que habían sido conducidos para la emergencia.
No hay registro en la memoria, ni siquiera en tiempos de la dictadura, de que fuerzas policiales lanzasen gas lacrimógeno en un hospital público. El gobernador de Río, Sergio Cabral, se mantuvo en silencio.
Lo que se puede concluir de todo eso es la falta absoluta de control tanto de los que convocan las movilizaciones como principalmente de parte de las fuerzas de seguridad. Hubo una tensa repetición de acontecimientos: las marchas empiezan de manera pacífica y razonablemente organizada, hasta que los manifestantes se acercan a edificios públicos. Ha sido así en la asamblea legislativa de Río el lunes, o el palacio de gobierno en Sao Paulo, o el Congreso nacional en Brasilia. Este jueves todo eso se repitió.
Este jueves el trayecto a ser recorrido fue previamente combinado con la policía. En Sao Paulo hubo algunos incidentes, cuando grupos portando banderas del PT o de la Central Única de Trabajadores fueron expulsados de la protesta. Los que convocaron la marcha habían advertido claramente que no serían admitidas banderas o camisetas partidarias o de organizaciones sindicales o estudiantiles.
Hasta las siete de la noche sólo habían sido registrados enfrentamientos al principio de la tarde en Salvador de Bahía, cuando manifestantes intentaron acercarse al estadio donde se disputan partidos de la Copa Confederaciones.
Al anochecer todo cambió. Frente a la alcaldía de Río hubo una refriega entre los propios manifestantes. Explotaron morteros, y la tropa de choque de la policía empezó a disparar bombas de efecto moral y de gas lacrimógeno. En poco menos de media hora la situación escapó totalmente del control.
En Brasilia ocurrió algo similar: manifestantes intentaron romper la barrera policial que impedía que entrasen al Congreso, y empezaron los enfrentamientos. Alejados del Congreso, los manifestantes intentaron invadir el palacio de Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, una de las más bellas obras de Oscar Niemeyer. Escenas de vandalismo de un lado; la dura acción policial de otro.
En Sao Paulo, curiosamente, no hubo ningún enfrentamiento entre manifestantes y fuerzas de seguridad. La ciudad que vio nacer las manifestaciones asistió a una tranquila conmemoración de poco más de 100 mil personas.
Queda por ver cuáles serán los desdoblamientos de esas jornadas. La exigencia inicial fue alcanzada. Pero el pliego de peticiones engordó mucho a lo largo de esos días. Ahora se exige educación pública de calidad, una atención pública de salud que no sea tan ofensiva, transporte público a precios razonables y mucho más.
Llama la atención la inercia de los partidos políticos. Es verdad que Dilma Rousseff hizo un contundente pronunciamiento, advirtiendo sobre la necesidad de que los gobernantes oigan la voz de las calles. Pero ningún dirigente político, ningún parlamentario de relieve, nadie logró salir del estupor provocado por la velocidad con que esas manifestaciones crecieron.
Ni siquiera el PT, partido nacido de manifestaciones populares, supo qué hacer. Ayer intentó sumarse a los manifestantes en Sao Paulo. Sus militantes fueron rechazados. Queda la pregunta: ¿los partidos ya no representan a nadie? Y otra: ¿hasta qué punto los políticos están desmoralizados junto a la opinión pública? Y otra más: ¿no hay cómo controlar la acción truculenta de la policía?
Es imposible prever cuáles serán los pasos siguientes. O prever hasta cuándo los políticos mantendrán su silencio. Pensándolo bien, ¿tendrán algo a decir?
La primera conclusión es que los alcaldes, especialmente el de Sao Paulo, Fernando Haddad, llevaron demasiado tiempo hasta tomar una decisión política, es decir, cancelar el aumento del pasaje de autobús. Prefirieron una visión contable, tecnócrata, en una muestra evidente de insensibilidad e inhabilidad. Eso, para no mencionar los vínculos poco mencionables entre esos empresarios y la clase política.
Las escenas de vandalismo fueron provocadas claramente por pequeños grupos. No se debe descartar la presencia de infiltrados, cuya misión sería precisamente provocar la reacción descontrolada de una policía formada en tiempos de la ‘doctrina de seguridad nacional’ de la dictadura militar. Es decir: cuando no hay control alguno tanto de quien organiza como de quien tiene la responsabilidad de asegurar el derecho constitucional de manifestar opinión, lo que se ve es lo que se vio hoy.
Mientras, la clase política permanece atónita. Es como si nadie supiese la extensión de la distancia que separa los políticos profesionales de la realidad del país.

Green Go