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jueves, 7 de marzo de 2019

La vida cotidiana en Venezuela, lejos de una crisis humanitaria

Sin precariedad, el populoso barrio 23 de enero

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▲ Absurdo hablar de crisis para quienes recuerdan la pobreza antes de Chávez, dicen habitantes del barrio 23 de Enero.Foto Luis Hernández
Enviado
Periódico La Jornada
Sábado 9 de febrero de 2019, p. 20
Caracas. Otra vez, la supuesta crisis humanitaria en Venezuela está en el centro del conflicto político. El día de ayer, desde un lado del cuadrilátero, Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Legislativa, mostró de qué lado masca la iguana y deslizó la posibilidad de una incursión militar en Venezuela, con el pretexto de brindar ayuda humanitaria. Y desde el otro, el presidente Nicolás Maduro denunció esa asistencia como un show para justificar una intervención extranjera en su país.
Entrevistado por la agencia Afp, Guaidó, quien con el auspicio de Washington se autoproclamó presidente encargado en un mitin, no descartó autorizar una intervención militar de Estados Unidos o una fuerza extranjera en Venezuela para derrocar a Nicolás Maduro.
Guaidó justificó la invasión con el argumento de que hará todo lo que sea necesario, todo lo que tengamos que hacer para salvar vidas humanas, para que no sigan muriendo niños o pacientes por falta de medicinas.
El conferencia de prensa, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, advirtió que su gobierno “no va a permitir el show de la ayuda humanitaria falsa, porque no somos mendigos de nadie” y emplazó a la comunidad internacional a desbloquear los casi 10 mil millones de dólares que fueron secuestrados al gobierno constitucional.
Afirmó que en Venezuela no existe ninguna crisis humanitaria y que ésta es fabricada desde Estados Unidos para justificar la invasión. Si quieren ayudar a Venezuela, liberen el dinero que nos tienen bloqueado. Es un juego macabro, reclamó.
“Les apretamos por el cuello y les hacemos pedir migajas, perdón. Les robamos el dinero y después les ofrecemos papel toilet, como le lanzó Donald Trump al pueblo de Puerto Rico.”
Añadió que, en caso de que Estados Unidos envíe soldados a la frontera colombiana, no caerá en provocaciones. “Ante la provocación, calma y cordura (…) Si vienen tropas estadounidenses a Colombia, que se queden en Colombia”, dijo. Pero –alertó– hay que cuidar a las mujeres y niñas colombianas de las violaciones de los soldados estadunidenses.
El país no es una Somalia latinoamericana
En las calles y en las casas de Caracas la vida sigue su curso. Al despuntar el alba, las autovías se congestionan con los vehículos de quienes se dirigen al trabajo. Sorteando automóviles, innumerables motociclistas avanzan imparables rumbo a su destino. En las horas pico, el Metro se atiborra de pasajeros.
En las calles del centro se ponen mercados sobre ruedas o tianguis a vender alimentos. En miles de escuelas públicas los niños reciben sus desayunos gratuitamente. Decenas de areperías y expendios de comida rápida, incluido McDonald’s, tienen sus puertas abiertas. Los elegantes restaurantes del barrio de Las Mercedes están llenos de comensales, que estacionan sus autos de lujo en las calles aledañas. Las plazas comerciales en áreas ricas en la zona este siguen siendo lugares de consumo, reunión y esparcimiento de las familias acomodadas.
Cada mes, por conducto de los más de 32 mil comités locales de abastecimiento y producción (CLAP), se distribuyen toneladas de alimentos a los sectores populares a precios subsidiados. Su entrega no está condicionada a ninguna afiliación política. Los comités son una forma de organización popular que, junto al Ministerio de Alimentación, se encarga de entregar productos de primera necesidad casa por casa. Las familias tienen acceso por esta vía a arroz, lentejas, frijoles, aceite, atún, harina de maíz, azúcar y leche. Cerca de 11 mil CLAP reparten comida y artículos de higiene personal.
Esa realidad, no tiene nada que ver con la imagen de Venezuela como una Somalia latinoamericana o una réplica de Haití que los opositores al gobierno de Nicolás Maduro quieren difundir.
¿Hay crisis humanitaria en Venezuela como dice la oposición? No, ni remotamente la hay. Una crisis humanitaria es una situación de emergencia en que se ven amenazadas la vida, salud, seguridad o bienestar de una comunidad o grupo de personas en un país o región. Y en Venezuela la vida sigue su curso.
No hay nada que justifique lo quieren hacer la administración de Donald Trump y Juan Guiadó, una intervención humanitaria de otras naciones.
Pero que no haya crisis humanitaria no quiere decir que no existan problemas. Por supuesto que los hay. La hiperinflación devora los ingresos. Los precios están desfasados de los salarios. Hay dificultad en encontrar dinero en efectivo. Escasean medicinas. Hay desabasto de productos de higiene personal. Pero, simultáneamente, hay una red de protección social que amortigua en parte estas carencias.
Venezuela ha sido, desde hace décadas, un país petrolizado. La caída de los precios del oro negro desde 2014 ha sido veneno para sus finanzas. Y la guerra económica y el bloqueo han agravado la situación. El ataque contra la moneda local no cesa. Se han congelado e incautado activos financieros y cuentas de Venezuela en el sistema financiero estadunidense. Se han bloqueado las cuentas de la petrolera venezolana PDVSA.
La ofensiva económica comenzó a agravarse en marzo de 2015, cuando el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, firmó un decreto ejecutivo que colocó a Venezuela como amenaza inusual y extraordinaria. Desde entonces la administración de Donald Trump no ha hecho más que endurecer las sanciones.
Pobreza, la de antes de Hugo Chávez
Para los millones de pobres que padecieron hambre, escasez y persecución antes del triunfo de Hugo Chávez, decir que hoy se vive una crisis humanitaria es, por lo menos, absurdo. En perspectiva, las dificultades que hoy viven, son apenas nada en comparación con la precariedad que vivieron hasta 1998.
Juan Contreras, integrante de la Coordinadora Simón Bolívar y poblador del barrio 23 de Enero, una emblemática urbanización popular al oeste de Caracas, en la que viven más de 77 mil personas, pone las cosas en su lugar.
“Para nosotros los pata de abajo –dice para La Jornada– hay que poner un punto de comparación. Durante más de 40 años, entre el 58 y el 98, habían 2 centros de salud en el 23 de Enero. Hoy, después de más de 20 años de proceso bolivariano, entre 98 y 2019, hay 35 ambulatorios nuevos, más los dos que estaban, además de tres centros de rehabilitación integral. Hoy, en cada rincón del país hay un ambulatorio.
“Así con la educación. Las escuelas que eran media mañana o media tarde, hoy están como escuelas de turno completo. Hay educación integral. Hay desayunos y almuerzos para los niños. En estos 20 años hay 42 nuevas universidades en el país.
“Ahí está la muestra de cómo ha ido cambiando para la gente. Antes, por hacer un mural o por pensar diferente, te perseguían en el barrio, te allanaban la casa, te torturaban. Hoy no se persigue a nadie ni se tortura a nadie en el barrio por pensar diferente.
“Así, poco a poco ha ido cambiando el 23 de Enero. Educación, salud, vivienda, educación, trabajo y recreación. Lo que necesita cualquier ser humano en cualquier parte del mundo para vivir bien. Muchos de nuestros muchachos tienen asegurado un trabajo. La vida en el barrio ha cambiado de la persecución que vivíamos en el pasado a como hoy: libremente se practica el deporte, se crean grupos culturales, se organiza, se participa. Tenemos cuatro radios comunitarias. Nuestra calidad de vida se ha elevado en estos 20 años.
“El servicio de agua es permanente. Antes había pelea, lucha. Hoy sigue habiendo mucha dificultad, pero no se mata ni se reprime a nadie cuando protesta por el agua.
Los que no teníamos rostro hemos insurgido. A todo esto le tienen miedo los gringos. Vienen por nuestras reservas energéticas. Hemos vivido aquí, a veces con molestia, a veces con dudas, pero tenemos dignidad y vamos a seguir adelante con nuestra revolución bolivariana.

lunes, 7 de agosto de 2017

La hora y la vez de Venezuela

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Emir Sader, sociólogo brasileño
“Es vergonzoso como gente que pretende estar en el campo de la izquierda, instituciones con tradición de izquierda, partidos que en principio pertenecen al campo popular, quedan silenciosos o se valen de críticas al gobierno para justificar la falta de solidaridad con el gobierno de Venezuela”.
Estar a favor del gobierno de Venezuela no es solo una cuestión política, pero también de carácter. Es vergonzoso como gente que pretende estar en el campo de la izquierda, instituciones con tradición de izquierda, partidos que en principio pertenecen al campo popular, quedan silenciosos o se valen de críticas al gobierno para justificar la falta de solidaridad con el gobierno de Venezuela.
Uno de los argumentos de mala fe es el de que habría que sortear la polarización entre gobierno y oposición, como forma de contornar la radicalización, que sería no estar de ningún lado. Es pretexto para no solidarizarse con un gobierno asediado por la derecha local y por el gobierno de los EEUU. Intelectuales suman críticas al gobierno para pronunciarse por la solidaridad “con el pueblo de Venezuela”, como si el pueblo del país no estuviera involucrado en la polarización.
Se puede no estar de acuerdo con aspectos de las políticas del gobierno de Maduro, pero ninguna crítica justifica una posición de equidistancia, porque nadie tiene dudas de que, caso se lograra la caída del gobierno, sería sustituido por un gobierno de derecha e incluso de extrema derecha, con durísimas medidas para los derechos de la masa de la población venezolana y para los intereses nacionales del país.
Hay todavía el argumento de que la izquierda latinoamericana no debiera estar solidaria con el gobierno de Maduro, que le daría legitimidad en toda la región, comprometiendo la imagen de las fuerzas progresistas latinoamericanas. Los que hablan de esa forma tiene un imagen particular de la izquierda, que no es de la izquierda realmente existente.
Una parte de esas posturas es reflejo de una ideología liberal. Lo único que hay para esa visión son democracia y dictadura. Y como el gobierno de Maduro no cabe en la concepción que tienen de democracia, lo clasifica inmediatamente de dictadura y centran su fuego en contra del gobierno, supuestamente aislado por una “sociedad civil” en rebelión contra la “tiranía”.
Para esos, aunque se digan de izquierda no existen ni capitalismo, ni imperialismo. No hay tampoco derecha, ni neoliberalismo. Las clases sociales desaparecen, disueltas en la tal “sociedad civil”, que pelea en contra del Estado. No toman en cuenta que se trata de un proyecto histórico anticapitalista y antimperialista.
Parece que no se dan cuenta que no se trata de defender un gobierno, sino un régimen y un proyecto histórico. Que si llegara a caer ese gobierno, cae todo el proyecto histórico iniciado por Hugo Chávez y Venezuela se sumaría a la recomposición neoliberal que hoy victimiza a Argentina y a Brasil.
Se puede ser de izquierda y ser crítico, pero peleando dentro de la izquierda, de las fuerzas antineoliberales, por el avance de estos procesos, nunca por su derrota. Porque la alternativa a esos gobiernos está siempre en la derecha, como Argentina y Brasil lo confirman, nunca en la extrema izquierda. Derrotar a gobiernos antineoliberales es abrir el camino a la restauración neoliberal, que es la única bandera de la derecha.
Lo que está en juego hoy no solo en Venezuela, sino también en Bolivia, en Ecuador, en Uruguay, en Argentina, en Brasil, es el destino de los más importantes gobiernos que América Latina ha tenido en este siglo: si se afirman y avanzan, si recuperan el camino donde la derecha ha retomado el gobierno o si la contraofensiva neoliberal vuelve a imponer la década nefasta en que imperó en nuestra región.
Esa es una razón más para que la izquierda exprese su apoyo y solidaridad con Venezuela. Hay horas en que el silencio es criminal, sea de dirigentes, sea de militantes, sea de intelectuales, sea de partidos, sea de instituciones, sea de gobiernos, sea de quien sea.

domingo, 10 de enero de 2016

Venezuela y el indispensable golpe de timón .- Guillermo Almeyra


E
l gobierno de Nicolás Maduro, que tenía algo más de la mitad de los votos cuando fue elegido tras la muerte de Hugo Chávez, acaba de ser derrotado tras perder 12 por ciento de los electores y más de dos millones de votantes que antes apoyaban al chavismo. El proceso bolivariano, tan fundamental para Sudamérica, está en grave peligro.
Hasta ahora, ni el gobierno ni los defensores acríticos de los gobiernosprogresistas han hecho un balance serio de esta derrota, que se produjo cuando Maduro llamaba a infligir unaderrota decisiva a sus adversarios, ni del vergonzoso fracaso del kirchnerismo argentino, que creía ganar ya en la primera vuelta la elección de presidente. Tampoco hay un balance sobre la corrupción del Partido de los Trabajadores, que da pretextos a la extrema derecha en Brasil, ni sobre las dificultades de Evo Morales en su referendo acerca de un tercer mandato consecutivo, ni de Rafael Correa, que se enfrenta a los movimientos sociales.
Todos ellos –desde Maduro hasta sus defensores más ciegos– cuando mucho alegan que el imperialismo financia una feroz campaña de intoxicación de la opinión pública y, con sus agentes locales, quieren derribar al gobierno, y que la mayoría de los medios de información locales –y la gran prensa capitalista internacional– han conseguido confundir a las mayorías populares. Pero esos argumentos esconden que del imperialismo y de la extrema derecha no se podía esperar otra cosa y que pedirles comportamientos democráticos equivale a rogar que un cerdo vuele y, además, que no es posible disfrazar las dificultades con una vociferante retórica nacionalista burguesa, pues eso lleva a la pérdida del apoyo de vastos sectores populares chavistas o peronistas que votaron por la oposición para protestar por la pésima conducción económica, la escasez, la corrupción y el paternalismo decisionista.
Washington desempeña el papel de siempre; era necesario blindar el proceso bolivariano con una masiva participación obrera y popular y con la construcción de subjetividad anticapitalista, en vez de reprimir cualquier muestra de independencia de los trabajadores y de mantener a todo vapor la sociedad consumista cuando era evidente que eso no era sustentable. Con todos los medios en contra, Chávez tenía, sin embargo, un aplastante apoyo popular y ganaba ese sostén, pese a todas las dificultades económicas, porque ofrecía la utopía posible de la construcción de gérmenes de doble poder de los trabajadores frente al poder estatal burgués, burocrático y nacionalista y llamaba a dar un Golpe de Timón que sustituyera el poder centralizado y verticalista del Estado capitalista por el poder de la base de la revolución.
La soberbia sectaria de quienes se creen únicos poseedores de la Verdad y califican a todos sus adversarios, sin distinguir matices, como enemigos, aliados o agentes del imperialismo o antipatriotas (como hacía Cristina Fernández, como hizo Maduro o hacen Correa y el vicepresidente boliviano García Linera) lo único que consiguen es arrojar en brazos de los verdaderos enemigos proimperialistas a quienes plantean que hay otras opciones diferentes de la línea progresista, pero no son ni nunca fueron agentes imperialistas o contrarrevolucionarios fascistas y, por lo tanto, ante el insulto y la falsedad oficiales, pierden totalmente confianza en lo que dice el gobierno y en la disposición autocrítica de los Líderes infalibles.
Quienes acusaban de enemigos del socialismo a los críticos desde la izquierda de la burocracia soviética y de los países socialistas y decían que su crítica servía al imperialismotodavía hoy no se explican por qué nadie, ni siquiera los millones de afiliados a los partidos comunistasde esos gobiernos burocráticos, defendió esos regímenes ni tampoco porqué el estalinismo vacunó a pueblos enteros contra la palabrasocialismo.
Por el contrario, en todo defensor ciego de los gobiernos progresistas hay un practicante del culto burocrático de la supuesta infalibilidadde la conducción que cree en el cartelito no molestar al Conductor y alaba sin cesar las sabias decisiones de éste sin siquiera ver las posibles consecuencias nefastas de las mismas ni sugerir algún cambio. Esos señores creen que los gobiernos y losLíderes son los sujetos de los cambios sociales y no los trabajadores mismos. Son antisocialistas y dificultan la ardua toma de conciencia anticapitalista de las grandes masas, que son las únicas que podrán combatir contra el imperialismo y construir colectivamente las bases del socialismo, eliminando las trabas burocráticas que existen en todo proceso revolucionario.
Cristina Fernández –que debería hacer un balance político de la derrota que preparó– está muda porque no sabe qué decir, ya que ella personalmente, con sus decisiones y su política, organizó la victoria del sector burgués más ligado a las trasnacionales. Maduro, en vez de reflexionar y apelar realmente a la enseñanza de Chávez combatiendo la burocracia y la boliburguesía, se apoya en ellas y en el conservadurismo nacionalista de las fuerzas armadas (a las que el imperialismo intentará ahora dividir) y en el aparato estatal, que es capitalista y, en vez de separar la protesta popular legítima de la dirección golpista y fascista de la mayoría de la oposición, insiste en meter a todos –obreros disconformes y capitalistas contrarrevolucionarios– en un mismo saco con marca estadunidense.
El proceso bolivariano sólo podrá recuperarse si, como el gigante Anteo, al caer toma contacto con la tierra. Es posible esa recuperación y aún estamos a tiempo para el Golpe de Timón chavista, pero es necesario recuperar la credibilidad demostrando la capacidad de dar curso a la movilización y de poner orden de las masas mismas. Una lucha sólo burocrática contra la burocracia y los enemigos que la fomentan no es unasolución y sólo lleva en cambio al suicidio político.

jueves, 13 de febrero de 2014

Denuncia Maduro “plan de golpe de Estado” contra su gobierno en Venezuela

Se llevo a acabo una manifestación de estudiantes opositores al gobierno que encabeza Nicolás Maduro, la cual derivó en violencia, dejando como resultado dos muertos y más de 20 heridos. El mandatario acusa a grupos fascistas.
venezuela
(Notimex)
“Estamos enfrentando un plan de golpe de Estado en desarrollo contra la democracia y el Gobierno que presido”, denunció ayer el  presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien también lamentó  la muerte de dos personas durante una marcha de estudiantes opositores en Caracas y culpó de ello a “pequeños grupos fascistas” que tienen un plan para derrocarlo.
Maduro dijo que “tenemos que lamentar el fallecimiento de dos jóvenes venezolanos, estamos investigando porque los dos tienen tiros en la cabeza, en la cara igual que el 11 de abril” de 2002, cuando un golpe de Estado sacó del poder durante dos días a Hugo Chávez.
“Hoy se activó un plan con las mismas características, pero en la Venezuela actual no pudieron hacer lo que nos hicieron al pueblo de Venezuela hace 12 años”, señaló Maduro, quien pidió el Ejército estar alerta ante eventuales nuevos hechos de violencia.
En un acto cívico en el estado de Aragua, en conmemoración del Bicentenario de la Batalla de la Victoria, expresó su solidaridad con las familias de las víctimas y con la fiscal general Luisa Ortega Díaz, cuyo edificio sede fue blanco de las protestas.
“Pequeños grupos fascistas infiltrados en la movilización hicieron que la juventud universitaria de la oposición destrozara la fachada de la Fiscalía, y pretendían asaltarla para agredir a la Fiscal General el día de hoy”, añadió.
El mandatario venezolano reiteró que hay un grupo fascista en el país que prepara un plan para derrocar a su gobierno por vías violentas y llamó a los dirigentes de oposición a tomar “la vía de la tolerancia, de la democracia, no del odio”.
Más tarde el gobierno de Venezuela emitió órdenes de captura contra dos presuntos responsables de la violencia que el miércoles dejó dos muertos y más de 20 heridos, durante una manifestación de estudiantes opositores en Caracas.
Maduro informó que la Fiscalía General de la República emitió orden de captura contra el jefe de Casa Militar durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, Ivan Carratú Molina, y el ex embajador venezolano en Colombia, Fernando Gerbasi.
(Con información de Notimex y El Universal de Venezuela)

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