lunes, 20 de junio de 2016

Elecciones y dinero .- José Agustín Ortiz Pinchetti


L
as elecciones de 2016 han generado una montaña deinterpretaciones: foros, artículos, ensayos, debates. Todos ellos basados en estadísticas oficiales y están orientados a adivinar lo que va a suceder en la grande, la elección presidencial de 2018. No niego que estos ejercicios pueden ser valiosos, pero se olvidan de un punto decisivo: el poder del dinero en las elecciones. En este tema es inapreciable la aportación de Edgardo Buscaglia (Lavado de dinero y corrupción política).
La utilización masiva de recursos, más allá de los autorizados por la ley, es característico de nuestro estilo de hacer elecciones. El dinero se emplea no sólo en la compra del voto, sino en la corrupción de las autoridades y en los representantes de los partidos contrarios. Es dinero que viene de empresarios, de los gobiernos locales y de las redes del narcoconspicuamente. En los casos mayores hay desvío de miles de millones, como se dio en forma impune en 2012.
Un indicio del problema en esas elecciones presidenciales: a fines del año electoral se organizó una comisión en la Cámara de Diputados para investigar la triangulación de recursos vía Monex para la compra de cientos de miles de votos. De modo oblicuo la comisión descubrió que el gasto de campaña de Enrique Peña fue 13 veces superior a lo permitido por la ley. En una democracia habría provocado conmoción, pero aquí ni el entonces IFE ni la SHCP ni su Unidad de Inteligencia Financiera ni los tribunales electorales hicieron nada.
Estos abusos se volvieron a repetir en menor dimensión en las elecciones de 2016 e involucraron a todos los partidos (salvo Morena). Hay miles de testimonios de estas irregularidades, pero las autoridades electorales y algunos politólogos prestigiados han hablado de elecciones impecables y ejemplares.
A propósito de nuestras inquietudes para 2018. Buscaglia cita una investigación de la Universidad de Berkeley. El uso de recursos ilícitos da una ventaja en los resultados del voto de 20 a 23 por ciento. En contraste, la proporción de fraude en los comicios de Argentina no llega a 3 por ciento. ¿Qué nos espera? ¿La repetición de una elección comprada? ¿Hasta qué punto la población podría soportarla? Estamos convencidos de que lo peor sería la violencia, pero resulta difícil pronosticar un desenlace institucional con la trayectoria de descomposición y voracidad de este gobierno y de esta clase política.
Twitter: @ortizpinchetti

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