miércoles, 3 de agosto de 2011

Buenos Aires: política y racismo

José Steinsleger
El gran libro de la salud, de Reader’s Digest, asocia el término “esquizofrenia” con “demencia precoz” o “locura”. Según la enciclopedia médica, uno por ciento de la población la padece. O sea, 70 millones de personas que en el mundo separan lo unido, unen lo contrario, y desplazan terminologías y significados sin que su inteligencia se altere.

Lamentablemente, El gran libro no desglosa por país el número de personas que padecen la enfermedad. Sin embargo, y ateniéndonos al resultado de los comicios que el domingo último refrendaron a Mauricio Macri como jefe de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), poco más de un millón viven en la capital de los argentinos.

Buenos Aires es una ciudad habitada por personas que, según dicen, han desarrollado una gran capacidad de discernimiento. Cuenta con la mayor concentración mundial de librerías y expendios de periódicos, revistas y publicaciones, y una estimulante actividad cultural animada en cines, teatros, museos, conciertos, recitales, galerías, universidades, institutos y salas de conferencias, donde la gente participa, opina y nutre su cacumen.

Suerte de Hong Kong rioplatense que no convendría confundir con el resto del país, Buenos Aires registra una altísima concentración demográfica: 14 mil 500 personas por kilómetro cuadrado (ciudad de México 5 mil 960; Nueva York 6 mil 732, y Sao Paulo 7 mil 300 personas por kilómetro cuadrado). Por tanto, el consumo abusivo de sicofármacos no es casual y, por ende, el ejército de siquiatras, sicoanalistas y terapeutas a mano, que con o sin “crisis” atienden a la población. Hasta aquí, los datos. A continuación, la realidad.

¿Cómo fue posible la segunda elección de Macri para retomar las riendas de tan ilustrada ciudad? En 2006, siendo diputado, justificaba su poca asistencia a las votaciones diciendo que el Congreso Nacional era “un sitio en el que no se debaten ideas”. Mas de poco sirven las analogías: en Italia (donde se inventó la política), el amigo de la mafia Silvio Berlusconi fue relegido varias veces, y tras decir “como líder se han equivocado conmigo”, W. Bush ganó la presidencia en dos ocasiones.

Durante la primera gestión (2007-2011), Macri permitió que los hospitales y escuelas públicas se cayeran a pedazos, criminalizó a los indigentes que viven de recoger basura, afirmó que el Día del Lector correspondía al nacimiento de Jorge Luis Borges, fue imputado en varias causas judiciales y procesado por asociación ilícita, ofendió a los organismos de derechos humanos, criticó los juicios de los genocidas militares, y reconoció que para elegir al jefe de policía de la ciudad, consultó con el Mossad y la CIA.
Sin embargo, trágico fue el día que Macri se tragó el bigote postizo. Todo sucedió en medio de la fiesta de bodas que el líder porteño organizó para celebrar su enlace con la diseñadora textil Juliana Awada, bien conocida entre los bolivianos y paraguayos que trabajan para ella en calidad de mano de obra esclava. El caso es que el ex presidente del Boca Juniors subió al escenario y se puso a cantar Something.

En eso, la música se detuvo. Macri estaba tratando de tomar aire, luego de tragarse el bigote que se había puesto para sorprender a los invitados. El ministro de Salud le practicó el protocolo de socorrismo. No dio resultado. A punto de morir por asfixia, el ministro le alcanzó un vaso de agua: “haz el esfuerzo y tragátelo”. Macri logró aliviarse y la orquesta retomó el clásico tema de George Harrison.

La pregunta sigue en pie. ¿A causa de qué un estúpido de tiempo completo fue elegido dos veces jefe de la CABA? Es necesario revisar la evolución del perfil histórico, antropológico y cultural que hegemoniza el imaginario porteño. Con motivo de los resultados electorales para la gobernación de su provincia, Santa Fe (ariete nacional del agropower), un político del socialismo light dijo: “El país en blanco y negro no funciona. Hay que entender las diferencias”.

Las diferencias… Si vamos por acá, la mitad menos uno de Argentina es “blanca”, conservadora, liberal y fachoperonista, y la otra mitad es “negra”, nacional, popular y kirchnerperonista. La sociología política revela que desde 1945 (año emblemático del peronismo), Buenos Aires empezó a ser ocupada por el “aluvión zoológico” que, según las izquierdas y derechas, se había dado cita para apoyar a Juan Domingo Perón.

En los años de 1950 y 1960, el “aluvión” engrosó las nuevas clases sociales en ascenso, que en el decenio de 1970 fueron por el poder; en el de 1980 el neoliberalismo sembró la ciudad de pobres y mendigos; en el de 1990 las privatizaciones en masa de fábricas y cierre de talleres los expulsaron al suburbio, y a inicios de siglo el “aluvión” de bolivianos y paraguayos que sostienen su economía (servicios, 78 por ciento), se convirtió en el nuevo chivo expiatorio de la ciudad “blanca”.

En ese sentido, la legitimidad de Mauricio Macri está fuera de discusión: Buenos Aires debe seguir siendo una ciudad clasista, excluyente y racista. La “educación” y la “cultura” nada tienen que ver con esta voluntad.

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