jueves, 8 de julio de 2010

Carlos Monsiváis: conciencia y compromiso


En el Aguascalientes de la Realidad, en la selva Lacandona entrevistando al Subcomandante Marcos. 20 de diciembre de 2000 Foto: Heriberto Rodríguez/ archivo La Jornada
Jesús Ramírez Cuevas

La partida de Carlos Monsiváis significa un antes y un después para todos los mexicanos pues además del amigo hemos perdido al lúcido intelectual crítico del poder, al cronista de los movimientos sociales y de los fenómenos culturales, al amante del cine, al incansable promotor cultural, pero, sobre todo, al ciudadano comprometido con las causas libertarias y democráticas del país.

Algunas ocasiones, cuando hablaba del compromiso político y de la postura ética, Monsiváis citaba el poema “Che fece… il gran rifiuto” de Constatino Cavafis que alude al corazón de esta cuestión:

A algunos hombres les llega el día de pronunciar el gran Sí o el gran No. De inmediato se revela Quién dispuesto lleva preparado en su interior, el Sí manifiesta, y diciéndolo avanza en el camino del honor y seguridad. Aquél que se rehúsa no se arrepiente. Si de nuevo le preguntaran, de nuevo diría no. Pero ese no –legítimo–, lo arruina para siempre.


Con Andrés Manuel López Obrador Foto: Tania Humaran
Cuando a Monsiváis, desde muy temprana hora, le llegó su turno de responder a esta disyuntiva, su No significó todo para él. Fue un disidente nato. Nunca aceptó el canto de sirena del poder en turno; nunca quiso agradar a los poderosos para recibir sus favores; nunca aceptó el prejuicio y la intolerancia (aunque socialmente fueran bien vistas); nunca toleró las injusticias (hasta las más insignificantes lo sublevaban); pacifista convencido, siempre rechazó la violencia, viniera de donde viniera (cuando ésta provenía del gobierno, siempre la confrontó públicamente y tomó partido por las víctimas); partidario del debate y de la confrontación del debate de ideas, rechazó las actitudes fanáticas y sectarias; toda la vida se preocupó por dialogar con todas las tendencias políticas y formas de pensamiento, aunque no compartiera sus posturas; todo el tiempo estaba escuchando y razonando con todos los sectores sociales; fue un partidario radical de la democracia y cuestionó las visiones autoritarias y estalinistas de la izquierda; le enervaba la intolerancia religiosa, política, social o cultural; fue un defensor radical de los valores seculares de la sociedad y del Estado laico (fue por ello el crítico más lúcido del conservadurismo de la derecha y de la jerarquía católica); nunca aceptó la desigualdad social ni el racismo (fue un crítico mordaz de empresarios que, como Lorenzo Servitje, justifican la pobreza de la mayoría como algo natural).

Y su No al poder, a las injusticias, a la hipocresía y a la simulación, lo enalteció. Su actitud crítica destacó en un país acostumbrado a la mentira, a la demagogia y al cretinismo de políticos, empresarios y de sus voceros.


Con los otros miembros de la Comisión Ciudadana Contra Crímenes de Odio por Homofobia, 1998 Foto: Frida Hartz/ archivo La Jornada
Contrario a lo que se podría suponer, ese No elevó a Mosiváis a ser un ejemplo moral, en una nación donde ser digno, congruente y tener convicciones firmes, ha sido sinónimo de fracaso personal, de pérdida de derechos y de destierro social. Hizo de la crítica demoledora al poder y a los prejuicios, una carrera “exitosa” a los ojos de sus conciudadanos. Una trayectoria que rompió con la fatalidad de la derrota como destino habitual de los disidentes.

Decía Monsiváis que “si perdemos la capacidad de indignación, perdemos todo vestigio humano”. Y convertía su enojo en argumentos, en frases mordaces y pensamientos agudos. En su trabajo como escritor y periodista dio voz a quienes no eran escuchados, hizo eco de sus denuncias frente a las injusticias. Siempre que asistía a una manifestación, a un mitin, a un plantón o a cualquier protesta ciudadana por pequeña que fuere, la gente lo rodeaba y le decía: “Usted que tiene el don de la pluma; a usted a quien sí lo escuchan, diga lo que está pasando, denuncie este atropello. Usted que puede escribir y tiene voz, dígalo, porque la prensa está vendida y casi todos los periodistas dicen lo que el poder les dicta y quiere escuchar.” Diligente y sencillo, Monsiváis escuchaba y tomaba notas en su libreta de reportero que siempre cargaba. Después recuperaba, en magníficas crónicas, ese rosario colectivo de las multitudes.

Siendo un hombre profundamente ético, fue un ferviente admirador de las luchas y de los ejemplos morales en la sociedad, a los que se refería como “causas perdidas”, usando las palabras que el poder y sus corifeos le endilgan con desprecio a cualquier intento por enfrentar y desafiar los abusos del poder, las arbitrariedades y la impunidad, a cualquier defensa mínima de los derechos, a cualquier intento por cambiar la realidad injusta.


En el Zócalo. Julio de 2006, con Sergio Pitol en apoyo a la resistencia civil por el conteo de votos

A lo largo de su vida, Carlos Monsiváis admiró, documentó, reseñó y acompañó esas “causas perdidas”, cuya raíz y centro provienen de una elección ética, de una decisión de no dejarse, de no resignarse, de adherirse a reclamaciones y reivindicaciones condenadas al fracaso inmediato, “pero válidas en sí mismas y capaces de infundir dignidad” al momento vivido. Por eso era un convencido de la importancia de preservar y cultivar la memoria histórica, que hace posible que los vencidos de hoy se conviertan en los vencedores del mañana; que transforma la memoria colectiva en el epitafio de asesinos, ladrones y traidores.

Monsiváis fue un hijo del pueblo y nunca olvidó sus orígenes. Siempre siguió los pasos de la gente, gastó sus zapatos con los ciudadanos del común que protestaban. Puso su cabeza y su talento al servicio de las mejores causas del “subsuelo de México”, para usar la expresión del periodista Querido Moheno que en 1914 llamó así de manera despreciativa a los zapatistas que luchaban en Morelos, sin darse cuenta de que esa descripción resultó muy certera porque aludía en realidad al México profundo, al otro país, tan distinto al México de oropel y escenográfico de las clases dominantes. A ese “subsuelo” –a los de abajo que resisten–, Carlos dedicó muchas de sus páginas más brillantes.


En mayo de 2003, con el escritor José Saramago. Fotos: María Luisa Severiano/ archivo La Jornada

Cronista incansable de la sociedad que se organiza –que se sigue organizando y que no termina de organizarse–, Monsiváis creía –tenía una fe inquebrantable a pesar de su pesimismo orgánico– en lo que hoy se llama el empoderamiento de los ciudadanos. Una de sus últimas ocupaciones fue apoyar las denuncias de las familias víctimas de la violencia y los abusos de policías y militares en Ciudad Juárez y en otras regiones del país. Incluso participó en un foro donde habló María de la Luz Dávila, madre de los estudiantes de Villas de Salvárcar asesinados, quien increpó a Calderón por calificar como delincuentes a sus hijos. Carlos creía que el ejemplo de la señora Dávila “que no le dio la bienvenida al poder”, debería multiplicarse en todo el país. Logró ver que esta actitud digna, en medio de la violencia más atroz y sin esperanzas que se recuerde en la historia nacional, representaba el mejor ejemplo de ese empoderamiento ciudadano, que decía, es la única salida, la única alternativa que le queda al país frente a la catástrofe actual a la que lo han llevado la rapacidad y el cretinismo de la clase gobernante y empresarial.

Esta convicción llevó a Carlos Monsiváis a acompañar cuanta lucha y movimiento social se le atravesó en el camino. Es una leyenda urbana y una verdad al mismo tiempo, que Carlos participó y/o escribió la mayor parte de los manifiestos, cartas, desplegados y hasta discursos de la izquierda social, cultural y política de los últimos cuarenta años.


A la llegada de la Marcha contra la delincuencia en el Zócalo. 27 de junio de 2004. Foto: Fabrizio León/ archivo La Jornada

Por eso hoy lo recuerdan entrañablemente los mismos que aparecen en sus páginas: los maestros, médicos y ferrocarrileros de 1958; los estudiantes de 1968 –desafió al régimen de Díaz Ordaz al otorgarle, en la revista Siempre!, el Premio Mahatma Gandhi al Ejército por su participación en la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco–; los activistas de los movimientos sociales urbanos y del sindicalismo independiente. Un ejemplo de que Monsiváis estaba adelantado años luz a su tiempo, es que en 1985, mientras los capitalinos prestábamos ayuda y levantábamos con las manos las ruinas de Ciudad de México, él ya estaba traduciendo los pequeños actos heroicos individuales y la gran solidaridad desplegada entonces frente a la indolencia del gobierno, en una toma de poderes por los ciudadanos y en el nacimiento de lo que hoy llamamos “sociedad civil”. En 1988 defendió el empuje democratizador de amplios sectores de la sociedad y denunció el fraude. Y, en sentido contrario a la gran mayoría de escritores e intelectuales, nunca aceptó las alabanzas de Salinas y denunció la rapacidad y la represión de su régimen. Aunque nunca fue partidario de la lucha armada, reconoció el derecho a rebelarse de los indígenas contra la injusticia centenaria y el racismo; saludó y acompañó la dignidad de la resistencia indígena zapatista de Chiapas y su gesta por construir un México que incluya a todos. Al mismo tiempo, fue uno de los más consistentes y sistemáticos defensores de las minorías sexuales y religiosas. Monsiváis reseñó el cambio de mentalidades de la sociedad y vislumbró al México moderno que se asomaba detrás de la lucha de las mujeres, del feminismo y de la diversidad. Fue un crítico implacable de la homofobia y de los crímenes de odio y un decidido defensor de los derechos humanos, del patrimonio nacional y cultural, de los recursos naturales y de los derechos de los animales.

Ese compromiso ético e intelectual lo llevó en 2006 a defender la democracia y a denunciar el fraude electoral. Incluso, a pesar de su pánico escénico de hablar frente a las multitudes, en el Zócalo tomó la palabra, junto con Sergio Pitol, frente a cientos de miles de personas que iniciaron la resistencia civil pacífica más numerosa de la historia, la que siempre apoyó, a pesar de sus diferencias. Por eso participó activamente en el Comité de Intelectuales en Defensa del Petróleo y redactó las cartas públicas de este colectivo. En fin, Monsiváis siempre dio voz y sumó la suya a los muchísimos mexicanos que estamos convencidos de que la democracia y la justicia algún día se establecerán realmente en México. Por todo ello, la mayor parte del pueblo lo quiere entrañablemente y siente su ausencia como una pérdida propia.


En la delegación Coyoacán discutiendo con las autoridades sobre la detención de chavos banda, octubre de 1986 Foto: Raúl Ortega/ archivo La Jornada

Con su ausencia, Carlos Monsiváis nos ha dejado huérfanos a los mexicanos porque, sin exagerar –y aquí voy a decir algo que no le hubiera gustado a Monsi por su humildad y sencillez, y porque era enemigo de los homenajes oficiales, de la historia de piedra, de los bustos de bronce, de la historia oficial acartonada–, siguió los pasos de los intelectuales liberales del siglo XIX que construyeron la nación, y a los que tanto admiraba. Monsiváis, como ellos, siendo un hijo del pueblo se ganó un merecido lugar como uno de los padres de la patria.

Concluyo recordando unos versos de Ignacio Ramírez, que Carlos citaba de memoria como síntesis de sus más profundas convicciones seculares y espirituales: “Madre naturaleza, ya no hay flores por do mi paso vacilante avanza./ Nací sin esperanza ni temores: Vuelvo a ti sin temores ni esperanza.”

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