lunes, 15 de junio de 2009

Astillero


El verdadero color del voto

Propuestas “maravilla”

Luchar, más allá de las urnas

Julio Hernández López

Entre el estrépito de las estructuras institucionales cayendo a pedazos, y el hedor inocultable de la corrupción política tan extendida, ha aparecido una modosa discusión sobre las tonalidades instrumentales que podría adoptar el muy civilizado recurso del voto. Hartos del ente ajeno que forman la política y los políticos, algunos ciudadanos habrían encontrado una manera llamativa de modificar positivamente el horror cotidiano (como los productos maravilla” que anuncian en la tele en la madrugada): el voto anulado en la urna para demostrar a los muy desatentos, insensibles, irresponsables y corruptos representantes populares que ha llegado la hora de que se vuelvan atentos, sensibles, responsables y honestos, ¡todo mediante el poderosísimo mecanismo llamado voto (justamente a tres años de que se cometió el fraude electoral que ha sumido a México en la actual noche trágica del calderonismo, cada vez más necesitado de que los ciudadanos detesten el ejercicio electoral y político para así poder asentar su estrategia de autoritarismo militarizado)!

La rápida propagación de la idea del voto nulo ha sido posible, desde luego, mediante la apertura de compuertas mediáticas que sólo pueden operar los mismos que cierran el paso a las discusiones de fondo, trascendentes, verdaderamente transformadoras. Así ha sido posible que, en una teledictadura cada día más cínica, de pronto se viva una presunta explosión primaveral de libertad de pensamiento y de crítica política (sólo en el tema del voto nulo, desde luego). Los jilgueros electrónicos que durante casi tres años han justificado el fraude electoral y han sido manipuladores cómplices de las trastadas felipistas ahora se vuelven fieros opositores, implacables defensores de las libertades y anuncian y promocionan la panacea anulatoria de moda. Ciudadanos que apoyaron al felipismo no aceptan el error histórico y la responsabilidad política que les corresponde, pero se refugian en el expediente global de que los políticos, todos, han fallado, y pretenden “castigarlos” por parejo. Pero lo cierto es que cada vez hay menos resquicios para lo electoral (lo político) y que, como aquí se ha expresado antes, el sueño verde olivo del comandante Calderón es la instauración de un estado de excepción que le permita castigar disidencias, aplastar oposiciones y manejar el país a partir de los soldados en las calles y las televisiones en las casas.

La propagación del fuego anulatorio ha contado, desde luego, con una pradera bastante seca. La política y las elecciones están en su punto más bajo, luego del fraude de 2006 y ante las evidencias de que este año están peor que nunca los mecanismos de organización, control y corrección de los procesos electorales (el IFE, el tribunal electoral federal, la fiscalía para delictos electorales, por citar casos deplorables). Y las plantillas de candidatos a diputados federales, y gobernadores y diputados locales en ciertos estados, parecen hechas para alentar al suicidio cívico al más valiente de los votantes, además de la corrupción extrema que muestran los partidos y sus dirigentes. La opción lopezobradorista de votaciones diferenciadas también ha hecho agua, revueltos los selectos perredistas “buenos” de algunas demarcaciones del Distrito Federal y Tabasco con las planillas del petismo-convergente de “buenos” por conocer, que por lo pronto sólo ofrecen destellos individuales, pero poca consistencia general.
Pero, a pesar de todos esos ingredientes de fácil combustión, es necesario evitar el simplismo y las trampas. El voto en sí mismo no es el problema, pues sabido es que será violado, manipulado o cuando menos desatendido; tampoco está en la mira real la manera en que se conformarán los poderes públicos, pues sabido es que la próxima Cámara de Diputados tendrá una mayoría dominante que formarán los cuadros del panismo calderónico, del priísmo manlio-peñista y de los chuchos confesamente colaboradores, y que, en su lista de asuntos por resolver, la venidera legislatura buscará regresar al tema de la más amplia privatización petrolera (Chente ya anda en campaña abierta), de la profundización de las pretensiones autoritarias (que enfrenten en mejores condiciones “jurídicas” las posibles revueltas sociales) y la aprobación de endeudamientos y rescates por la crisis económica.

El punto verdadero de discusión es, debería ser, el del verdadero color que se le dé a la acción cívica y política y, dentro de ella, al voto específico en las elecciones en puerta. Bien harán quienes ante la falta real de propuestas atractivas decidan anular el voto activamente, como también actuarán de manera aceptable quienes decidan apoyar a determinado candidato o partido. La diferencia entre el voto blanqueado y el voto con colores partidistas es la manera como se defenderá cada opción y la manera en que se luchará, más allá del espejismo de las elecciones sabidamente fraudulentas de origen (si no fuera por otra causa, nomás por el uso faccioso de recursos públicos y por el flujo de dinero oscuro), para defender y reformar al país. El futuro de la vida pública nacional no pasará por las urnas (no ha pasado) ni los resultados electorales lo determinarán (no lo han determinado), sino por la capacidad de movilización y respuesta de la sociedad ante los abusos criminales de la clase política que ha secuestrado el ánimo cívico y la posibilidad de participación restauradora. Pero esa clase política y esas instituciones continuarán haciendo lo mismo que hasta ahora mientras los ciudadanos continúen sólo en la queja y la condolencia, criticando sin organización y cayendo en las trampas circunstanciales del color de su voto o de la anulación de una opción que, en lo esencial, está sabidamente anulada. Luchar a fondo, más allá de las urnas y contra la podredumbre política, es el único color posible en esta hora aciaga, hágase lo que se haga, en lo inmediato, con una papeleta devaluada y unos comicios desfondados.

Y, mientras el caso Iztapalapa ahonda la crisis del PRD, ¡hasta mañana!

Fax: 5605-2099 • juliohdz@jornada.com.mx

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