viernes, 27 de marzo de 2009

Atando cabos

Cuidado con las campañas






Nadie puede negar que la guerra contra el narcotráfico era inaplazable y necesaria. La dimensión de la amenaza la hemos ido descubriendo paulatinamente. Una nueva confirmación la tenemos en la preocupación que revela el nuevo tono del gobierno estadounidense. No es sólo que Obama sea mejor que Bush, es que la violencia les está quemando los pies. Ya la viven en Tucson, en Phoenix, en San Diego y en toda la frontera de Texas. Mas allá de las amabilidades de Hillary Clinton, la verdad es que esta violencia y el poder que acumuló el crimen organizado sí son una amenaza existencial para el Estado mexicano. Lo saben de primera mano los alcaldes de Ciudad Juárez, Tijuana, Táncitaro y Agüililla, el gobernador de Chihuahua y de Michoacán, miles de secretarios de Seguridad Pública municipal y millones de mexicanos que viven en un entorno abiertamente violento o bajo el yugo de un grupo dominante que cobra por el negocio, la seguridad y el respeto a la vida.


No es necesario que nos lo digan ellos, lo sabemos de sobra nosotros. Por eso mismo nadie puede regatearle al gobierno su apoyo en la intención de detener este flagelo que ha ido infiltrando a las policías, a los partidos, a los sindicatos, a los gobiernos y a las familias. Porque lo que está en juego es la viabilidad de nuestra convivencia mutua, la supervivencia de nuestro proyecto como nación y Estado.


Creo en el compromiso y la sinceridad del presidente Felipe Calderón cuando nos convoca a esta batalla. Igualmente habría creído en López Obrador si hubiera ganado la Presidencia en 2006 y hubiera tenido que encabezar esta ineludible tarea. No podría decir lo mismo de otros candidatos de entonces.


Pero apoyar al Presidente, creer en sus intensiones, no implica suspender la crítica ni adormecer la vigilancia. No pueden exigirnos el apoyo incondicional y acrítico. Sería contraproducente. Es importante que los otros partidos cuestionen y enmienden, que los especialistas opinen, que los periodistas discrepen.



En las guerras hay muchas tentaciones. En aras de la victoria se relajan las exigencias de prueba, el respeto de los derechos, la pulcritud en las investigaciones. Los errores tienen que ser señalados. La exigencia es una necesidad.


Por eso, aun reconociendo la dimensión del común enemigo y aceptando la legitimidad del liderazgo, no podemos dejar que se nos quiera imponer una falsa unida patriotera que lo único que busca son beneficios electorales. Ya se llenan la boca con la palabra lealtad y buscan traidores en todas partes. ¡Hay que tener cuidado con las campañas!

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