domingo, 4 de enero de 2009

Notas de la semana. Carlos Monsiváis

Las ínsulas desbaratarias





La represión, la corrupción distribuida de forma desigual y combinada, la inercia, el arrasamiento de las alternativas políticas y sociales… Estos elementos consolidan a la era del PRI en el largo periodo del presidencialismo, la santificación del dueño de la coherencia nacional, el primer mandatario. Pero en el año 2000 el presidencialismo se extingue no con un sollozo, sino entre presentimientos de los demasiados disparos, con sus abyecciones a escala y sus apariencias del orden, cada vez menos convincentes. Y con el presidencialismo que desaparece tras las facciones de Vicente Fox, el poder político reconoce el dominio de otras potestades, se fracciona y acepta el asomo del libre albedrío.

¡Oh, dioses del reparto! El poder ya no le pertenece emblemáticamente a una sola persona, sino a las corporaciones, a los grandes empresarios, al azar (ese apóstol de las decisiones fatídicas), al alto clero, a los gobernadores, a la jerarquía militar y, no los dejen fuera, a los gobernadores.

A diario se redefinen y se limitan los alcances del Poder Judicial y del Poder Legislativo, de protagonismo este último que suele existir si hay cámaras de televisión en las cercanías. Los partidos políticos no tienen vela en los grandes entierros, ni credibilidad ni líderes que sí lo sean, pero son necesarios en las escenificaciones de la idea tan huidiza de la democracia.

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¿Qué sucede con los gobernadores? En lo básico, sus proyectos se sitúan en el futuro, su región no les importa ni ya tampoco el Presidente en turno; les embelesa en cambio el Presidente que Viene, el vencedor de 2012.

Ni modo: un gobernador sin posibilidades para La Grande se entrena en las cortesanías del porvenir. Además, ¿ya ante quién responder? Venga a nos tu reino, si ya se acabó el tiempo del presidencialismo y de los partidos políticos, que el feudo o la ínsula desbarataria aporten los estímulos. Y el comportamiento opta por el autoritarismo, la derecha y las cenizas de la demagogia.

En una generación no se disipa la costumbre histórica del poder y, por más que ya no esté nuestro señor presidente, el propietario de todas las voluntades, los gobernadores aún dirigen las miradas de acatamiento al lugar ideal e idealizado donde mora ese dador de la vida cuya última aparición convincente se llamó Gustavo Díaz Ordaz (Luis Echeverría le hablaba a sus inmensas contradicciones como si fuesen su público, nadie como él para darle categoría de hijos legítimos a las reiteraciones de su discurso).

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En sentido cultural los gobernadores de origen priísta o de izquierda son huérfanos y, también y por fuerza (anótese la metáfora en mi contra), se han engendrado a sí mismos. Acudo al expediente de Mario Marín, ejemplo a su modo diáfano de los productos de la cultura del esfuerzo, alguien que no reniega, al menos publicitariamente, de su origen indígena, un abogado escalador de la pirámide priísta, la típica criatura de las antesalas y de las giras electorales que llega a gobernador de Puebla.

Luego la mala suerte: se difunde una conversación telefónica con el empresario Kamel Nacif, y Mario Marín obtiene su acta nueva de bautismo: el góber precioso (GP). La burla y el choteo ya no lo abandonan, pero nada pasa, una entidad jupiteriana lo protege, ya no el presidencialismo, sino la impunidad que no admite la caída de ninguno de sus hijos a menos que le toque el sorteo sexenal de los culpables. A Kamel Nacif le rodea el desprestigio pero no se le investiga y al GP se le sigue tomando en cuenta, Felipe Calderón lo visita y lo elogia, el PRI lo defiende y, al sobrevivir, Marín es el hijo predilecto de sí mismo.

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