domingo, 21 de septiembre de 2008

Lorenzo Servitje: millonario sin moral

Édgar González Ruiz
Kaos en la red
13 de septiembre de 2008

Lorenzo Servitje es uno de los principales empresarios que apoyan a la derecha en el poder. Es enemigo de los derechos laborales y de las libertades civiles, pero se presenta como mártir y filántropo.

Conocido como uno de los principales promotores de la ultraderecha católica y del fraude electoral del 2006, a la vez que de las políticas impopulares que ha padecido México de Salinas a Fecal, el empresario panista Lorenzo Servitje, patriarca del grupo Bimbo, acaba de publicar sus memorias, bajo la forma de una extensa entrevista con la periodista Silvia Cherem.
En el libro Al Grano. Vida y Visión de los Fundadores de Bimbo (Khalida editores, México, 2008), Cherem aborda la trayectoria de Lorenzo -“don Lorenzo”, como le llaman sus súbditos y lambiscones- y de otros dos personajes de esa empresa: Roberto Servitje y Jaime Jorba.

La entrevistadora se esfuerza por confeccionar una obra al gusto del prepotente y ególatra nonagenario, a quien sólo le agrada escuchar el lenguaje de la lisonja y de la sumisión.

Pese a ello, como ocurre con las biografías de otros personajes de la política empresarial (Vicente Fox, Juan Sánchez Navarro, Hugo Salinas Price, por mencionar algunos), el testimonio de Servitje constituye una involuntaria exhibición de la miseria humana que suele convivir con la abundancia de dinero, quizá porque las grandes fortunas suelen tener su origen en el abuso, el crimen y el fraude.

Al igual que los otros personajes mencionados, en Lorenzo Servitje conviven la voracidad sin límites, el autoritarismo, la increíble falta de escrúpulos para perjudicar a los menos favorecidos, con una retórica sentimentaloide, quejumbrosa, donde el millonario pretende tener una frustrada vocación de mártir, de idealista y de redentor de los pobres.

Un enemigo del pueblo

Hijo de Juan Servitje y Josefina Sendra, emigrantes españoles, Lorenzo, quien con el tiempo llegaría a ser uno de los más activos enemigos de las conquistas laborales y de las libertades civiles emanadas de la Revolución Mexicana, nació en la ciudad de México, nada menos que el 20 de noviembre de 1918.

“Comencé a descubrir “lo mexicano” en el contacto con el hijo de la portera y (con) las sirvientas”, dice Lorenzo Servitje, quien afirma también que su madre, quien llegó a México a los 21 años, desde el principio “detestó la imagen de gallinas, puercos y desolaipon que vio al desembarcar” (p. 39).

Pese a su desdén por la pobreza y por lo mexicano, en 2002, en compañía de su hija Marinela (militante de grupos ultraderechistas, como Enlace en la Comunidad Encuentro), Lorenzo se dignaría a viajar a la Sierra del Nayar en un tour para darse el lujo de “conocer de cerca la miseria” (p. 169).

Su gran contacto con la miseria que lo “cimbró”, según él, consistió en quedarse a dormir un par de días en casa de unas monjas, que le ofrecieron abundantes tortillas y sopa de lentejas, lo cual él y su hija consideraron el colmo del sufrimiento y de las privaciones.

A sus noventa años, Servitje carece del buen sentido, del pudor y de la elemental prudencia que lo hubieran llevado a evitar en la larga entrevista toda una colección de frases hechas, lugares comunes, rebosantes de cursilería y falsedad.

Leemos: “pienso más en ayudar a los pobres que en todo lo demás…” (p. 202); “el amor es por lo único que vale lapena vivir. Ni el poder ni la riqueza se comparan con la capacidad de querer…”; habla también de su “vocación de sacrificio” y de su “gozo al dar a otros” (p. 203).

Más aún, dice Servitje: “a mí dar nunca me dolió. Hubiera querido ser un hombre que pusiera su vida por delante, haberme sacrificado más, haberme entregado con devoción a alguna causa, como aquellos hombre verticales: Mahatma Gandhi, Václav Havel, Tomás Moro…” (p. 114).

Desde luego, Servitje no explica por qué toda su pretendida abnegación se quedó en frases sensibleras y por qué, a diferencia de Gandhi, se dedicó a amasar dinero y no tuvo empacho en explotar inmisericordemente a sus propios parientes en su empresa panadera, negándoles apoyos, prestaciones y días de descanso. Como ocurre por definición con la gente deshonesta y mezquina, sus palabras y sus actos están en completo desacuerdo entre sí.

En contradicción con sus pretensiones de mártir y bienhechor, el magnate de los alimentos chatarra deplora una y otra vez todo uso de los recursos del erario para beneficiar a las clases trabajadoras, e incluso ha propuesto eliminar las prestaciones y derechos laborales. Esa es su verdadera filantropía.

Como otros empresarios, Servitje odiaba el llamado “populismo de Echeverría”, pues “era común que los campesinos recibieran todo… del paternalismo gubernamental: la reforma agraria les daba sus tierras, los extensionistas los capacitaban, los bancos rurales les prestaban dinero, Fertimex les proporcionaba los fertilizantes, Conasupo comercializaba sus productos. Nuestro objetivo (de él y de otros empresarios bandidos) era quitarles de encima ese lastre de tender la mano y que ellos aprendieran a valerse por sí mismos” (p. 118).

Pero, al mismo tiempo, Servitje no tenía empacho en tender la mano al gobierno de Echeverría para pedirle nada menos que tres millones de pesos para “impulsar más proyectos productivos” mediante sus operaciones seudofilantrópicas. Con toda justicia y sensatez, Echeverría se abstuvo de entregar el dinero al empresario que tan ferozmente se oponía a que se ayudara a los campesinos.

El empresario derechista, que hoy en día es entusiasta partidario de Fecal y de sus proyectos, como la privatización de Pemex y los aumentos a los bienes y servicios, ha vociferado rabiosamente contra toda política que implique dar incondicionalmente algo a los pobres.

Según él, en épocas pasadas los gobiernos hacían mal en evitar los aumentos a productos básicos y en otorgar buenos aumentos a los salarios de los salarios populares, porque con ello “a los trabajadores les cayó un río de dinero que no esperaban…” (p. 145).

Sugiere que los gobiernos deben, a la manera de Fecal, poner en práctica políticas que beneficen a los más ricos en detrimento del pueblo, prescindiendo de “culpas y remordimientos morales” (p. 146).

Una y otra vez, Servitje ha criticado los logros sindicales, con el argumento mezquino de que implican una “injusticia” hacia los demás trabajadores.

En septiembre de 2004, en una asamblea de Coparmex, el malhechor de cuello blanco con pretensiones de mártir y filántropo llamaba a los sindicalizados “parásitos de la economía” y exigía “renegociar” los contratos colectivos de las empresas estatales y dependencias.

El hipócrita que en algunos pasajes de la entrevista abunda en que nunca le ha dolido dar, afirmaba en esa ocasión: “no hay que darles nada, absolutamente nada, al contrario, hay que quitarles” (p. 182).

En contraste con esa actitud ruin y miserable que siempre ha mostrado contra los trabajadores, la momia de la derecha empresarial no critica las millonarias subvenciones de los panistas para el clero católico, ni los fraudes millonarios que han cometido los parientes y amigos de Fecal y de Fox.

Bimbo cuenta con un sindicato blanco que nunca ha hecho una huelga, y en esa empresa, como detalla Servitje en la entrevista, ha existido la práctica de clasificar a sus trabajadores y despedir arbitrariamente a los que les parecen inadecuados.

Como otros dirigentes de la derecha, Servitje niega hipócritamente que se identifique con ese sector, pero su propia historia, que él relata, es elocuente sobre su compromiso con esa corriente política: en su primera juventud fue entusiasta simpatizante de cristeros y franquistas, enemigo del cardenismo, al grado de participar en manifestaciones violentas contra él, fundador o militante de grupos conservadores y de organizaciones empresariales desde mediados del siglo XX, y en los últimos años miembro del derechista PAN, al que apoya tanto material como polítictamente.

El “desorden sexual”

Servitje ha sido promotor de la censura en los medios de comunicación, pues le horroriza lo que llama el “desorden sexual”, es decir los bikinis, el juego erótico, las películas que muestren cuerpos desnudos o semidesnudos; en fin, el atractivo de la juventud.

Desde luego, una de las motivaciones de su celo inquisitorial es la sexofobia de las doctrinas católicas, pero en la entrevista con Silvia Cherem él mismo revela inadvertidamente que el verdadero “desorden sexual” y de otros rubros que inspiró su afán por prohibir fue la conducta errática y desgastante protagonizada por su propia madre, quien se cambió de casa 23 veces y al morir su esposo, el padre de Lorenzo, se buscó un hombre 15 años menor que ella.

Confiesa Servitje acerca de la relación con su progenitora: “Dolorosamente nos dejamos de hablar cuando volvió a casarse, en 1954 (luego de la muerte del padre de Servitje). Enviudó a los 44 años y a los 62 decidió unir su vida con una persona 15 años menor que ella. Pepita mi hermana y yo nos opusimos, quizá por un cierto egoísmo, pero también porque no elegía a la persona adecuada. Era romántica y soñadora; trataba de tener la vida que no tuvo con mi padre…” (p. 46).

De hecho, cuando Lorenzo tenía 3 ó 4 años, Josefina, quien al lado de Juan estaba “anémica y débil, con hemorragias continuas, frustrada por la soledad, la enfermedad y la falta de éxito económico (de su esposo)” se marchó con sus hijos a España, donde murió uno de ellos.

Además de revelar la doble moral y la miseria afectiva del matrimonio de sus padres, el amor de Servitje por la censura tiene que ver con su prepotencia que lo lleva a pontificar sobre lo que evidentemente no ha leído.

Según él, “las grandes obras literarias aluden a las pasiones humanas pero no lo hacen de manera morbosa ni están destinadas a toda clase de público”.

Por el contrario, los clásicos son universales, y muchos de esas grandes obras (sea la Biblia, las Mil y Una noches, los clásicos griegos y latinos, franceses, etc.) contienen descripciones tan candentes y atrevidas que mil veces merecerían la condena de los fariseos encabezados por Servitje.

En fin, el poder de que ha gozado el magnate panadero le ha permitido limitar la libertad de expresión en nuestro país, ejerciendo presiones sobre los grandes medios de comunicación.

No hay comentarios:

Escándalos de Luis Mendoza Acevedo