viernes, 19 de marzo de 2021

Operación Berlín y Operación Carlos Fuentes, conspiración de derecha intelectual mexicana


Vargas Llosa, el padre maestro y patrón de Krauze, quien le ríe al oido.


 Gilberto Avilez Tax

Foto: Fernando Eloy
La Jornada Maya

Martes 26 de marzo, 2019

Carlos Fuentes le llamó “cucaracha ambiciosa” a Krauze después de que éste había escrito [i]La comedia mexicana de Carlos Fuentes[/i], un ensayo con harta mala leche en la revista de Paz. Alberto Ruy Sánchez calificaría ese ensayo como de “estalinista y xenófobo”, y Paz, como Zeus tronitronante, lamentó que los comentarios de Ruy Sánchez se hayan vertido, cuatro largos años después, en “campo enemigo”, en el Coloquio de invierno de [i]Nexos[/i] de 1992: la mafia literaria, acuñada por el Salinato, se daba de dentelladas, no había pie para el disenso cuando Salinas prodigaba el presupuesto cultural vía el recién parido Sistema Nacional de Creadores y otras bolsas editoriales.

En ese texto, Krauze le dice a Fuentes, palabras más, palabras menos, que se trata de un gringo que escribe desde Hollywood sobre México, país al que no conoce más que por sus lecturas de probeta. En la obra de Fuentes, Krauze leía que “México era un libreto, no un enigma ni un problema y casi nunca una experiencia”. El biógrafo y hagiógrafo de Paz, Christopher Domínguez Michael, adjetivó como “demoledora” esa crítica krauzeana en la cual “algún eco había de las opiniones de Paz sobre Fuentes”. Es cierto lo que dice Domínguez Michael: “[i]La comedia mexicana de Carlos Fuentes[/i]” fue “un punto de no retorno en la historia de la crítica literaria en México”, pero aquello sobrepasaba los límites de la crítica y se metía, como dijo claramente Paz, en los lábiles y subjetivos vericuetos de la psicología y las “querellas personalistas”. Ese fue el motivo del alejamiento de Fuentes hacia Paz, por una “cucaracha ambiciosa”.

Los comentaristas de izquierda vieron como una vendetta velada del poeta lo que Krauze había escrito sobre el novelista que se consideraba un fuerte competidor mexicano para agenciarse el premio de los suecos. Del mismo modo, algunos comentaron que el texto de Krauze era una continuación del Discurso de Frankfurt de Paz contra la izquierda latinoamericana, al denunciar éste la “dictadura burocrático-militar” sandinista. Lo cierto es que ese ensayo marcó el alejamiento de estos dos escritores. Tal vez Paz no había perdonado a Fuentes cuando, después de lo de Frankfurt, guardó silencio al saber de la quema en efigie del poeta.

En las cartas que Octavio Paz le envió a Pere Gimferrer, el 7 de abril de 1977, Paz menciona a su amigo catalán, acerca de “Krauze, el nuevo secretario de Redacción de su revista” [i]Vuelta[/i] (con el tiempo, este secretario llegaría a ser subdirector de ella). No había aparecido ese nombre en la correspondencia previa, que se remontaba a 1966; en 1976, Paz insistía a Gimferrer que le mandara una “nota” sobre la más reciente novela de Fuentes, la monumental e imprescindible [i]Terra Nostra[/i]. Dice la carta del 15 de junio de 1976: “Ya recibí tu nota sobre Carlos Fuentes. Me gusta de veras. La publicaremos junto con otra menos entusiasta de un joven mexicano, Adolfo Castañón. Tu nota, por supuesto, irá al frente. Lo que dices en ella me ha incitado a leer [i]Terra Nostra[/i]. En un principio había dejado la novela para leerla en Cambridge pero creo que empezaré ahora, apenas termine dos o tres cosas urgentes”.

[b]Terrible terremoto de 1988[/b]

Existen otras referencias amigables de Paz sobre Fuentes en años posteriores. El 17 de mayo de 1980, Paz, que se aprestaba para ir a Harvard a recibir un doctorado honoris causa, hizo referencia de “nuestros malquerientes de México, que son ya legión”. Y acto seguido, aclaraba: “Digo nuestros porque, aunque yo soy el blanco principal (han dejado descansar un poco a Fuentes), el objeto real de su animadversión es [i]Vuelta[/i] y lo que representa”. Pero en 1988 vendría el terrible terremoto no sólo en el sistema político mexicano, cada vez más rupestre y sarmentoso, sino en la República de las letras mexicanas, “la magnitud de la demolición emprendida por el subdirector de [i]Vuelta[/i]” contra el escritor más visible de una izquierda pasteurizada y para nada radical. En la correspondencia con Gimferrer, el poeta hará mención de esta ruptura que fue vista como la reactualización del mito entre Caín y Abel a la mexicana. La carta está escrita en Paseo de la Reforma 369-104, fechada el 12 de julio de 1988, y en el Postdata de ella va la versión pazceana del asunto (Fuentes nunca respondió, pero “en dos o tres ocasiones no se aguantó las ganas de referirse ofensivamente al historiador”). Transcribo:

“Ya terminada esta carta y antes de echarla al correo, vuelvo al primer párrafo. Perdóname el pequeño desahogo que vas a leer. Como si no fuese bastante con el desajuste íntimo que experimento apenas regreso a México, debo ahora enfrentarme al pequeño escándalo provocado por el ensayo de Enrique Krauze sobre (contra) Carlos Fuentes. Yo hubiera preferido no publicar ese texto en [i]Vuelta[/i]. No pude. Lo siento de verdad. Tú me conoces y sabes que lo que digo es cierto. Y no hubiera querido publicar ese escrito apasionado, por dos motivos. El primero: la vieja y sincera amistad que me une (o unía, no sé) a Fuentes. Una amistad resignada a sus intermitencias y a sus desapariciones súbitas seguidas por sus apariciones no menos súbitas. El segundo, porque soy enemigo de las querellas personalistas. Mis polémicas y batallas han sido siempre (o casi siempre) intelectuales e ideológicas. Pero, ¿cómo hubiera podido yo, que tantas veces he defendido la libertad de opinión, negar las páginas de la revista a un escritor mexicano –aparte de que ese escritor es, nada menos, el subdirector de [i]Vuelta[/i]? La reacción, previsible, no se hizo esperar: varios artículos de desagravio a Fuentes y otros de crítica acerba en contra de Krauze. Naturalmente, no han faltado los renacuajos que dicen –uno ya lo escribió– que se trata de una maniobra inspirada por mí para desacreditar a un rival aspirante al premio Nobel. ¡Qué infames! Jamás he ambicionado ese malhadado premio –es otra mi idea de la gloria– y nunca he movido ni moveré un dedo para tenerlo. Pero este incidente ha hecho más amargo mi regreso. No solamente he perdido a un amigo (inconstante y escurridizo, es cierto, pero también inteligente, generoso y cálido) sino que debo soportar callado las calumnias… Para colmo, regresé en el momento de las elecciones. La incompetencia de los del Gobierno –deberían haber aceptado la derrota del PRI hace dos años, en Chihuahua y en Sinaloa: eso les habría dado autoridad moral y credibilidad– y la antidemocrática intolerancia de los dos partidos de oposición me hacen temer lo peor. Ojalá y no perdamos en estos meses próximos los pocos espacios democráticos que habíamos ganado en los últimos años”.

[b]Cuauhtémoc Cárdenas[/b]

Paz no veía con buenos ojos el crecimiento vigoroso de la izquierda mexicana, en esos últimos años de la Guerra Fría, año del viraje profundo del Estado mexicano hacia el neoliberalismo pregonado por los halcones de Washington y la nueva clase de políticos mexicanos tecnócratas que habían estudiado en Harvard y otras universidades gringas, en donde el poeta daba sus cursos de literatura. La percepción de Paz sobre la oposición política era diametralmente distinta al posicionamiento de Fuentes (en 1987, Fuentes se había agenciado el premio Cervantes) sobre Cárdenas y Salinas: “Todos los elementos modernizantes de la sociedad mexicana –decía Fuentes a la prensa española– le han prestado el apoyo a Cuauhtémoc Cárdenas, candidato de un movimiento de izquierda, en tanto que los elementos más arcaizantes, es una paradoja, se la han prestado a un hombre que propone la modernización”.

No sé si[i] La comedia mexicana de Carlos Fuentes[/i] guarde alguna relación con las elecciones del 6 de julio de 1988, cuando la izquierda mexicana ganó en los votos y perdió frente a la caída del sistema del “ogro filantrópico”; pero lo cierto es que, 30 años después, muertos Paz y Fuentes, el oscuro señor Krauze, convertido durante el sexenio peñanietista en el hijo predilecto del presupuesto cultural, sería el autor principal de la fallida Operación Berlín junto con su secuaz, Fernando García Ramírez.


*Doctor en historia

[b]vilaxgilberto@outlook.es[/b]

domingo, 14 de marzo de 2021

De cómo cierto feminismo se convirtió en criada del capitalismo.



Nancy Fraser

 Como feminista, siempre he asumido que al luchar por la emancipación de las mujeres estaba construyendo un mundo mejor, más igualitario, justo y libre. Pero, últimamente, ha comenzado a preocuparme que los ideales originales promovidos por las feministas estén sirviendo para fines muy diferentes. Me inquieta, en particular, el que nuestra crítica al sexismo esté ahora sirviendo de justificación de nuevas formas de desigualdad y explotación.

En un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una “amistad peligrosa” con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.

Esto podría explicar por qué las ideas feministas, que una vez formaron parte de una visión radical del mundo, se expresen, cada vez más, en términos de individualismo. Si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que si antes priorizaba la solidaridad social, ahora aplaude a las mujeres empresarias. La perspectiva que antes daba valor a los “cuidados” y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.

Lo que se esconde detrás de este giro es un cambio radical en el carácter del capitalismo. El Estado regulador del capitalismo, de la era de postguerra, tras la ii Guerra Mundial, ha dado paso a una nueva forma de capitalismo “desorganizado”, globalizado y neoliberal. La segunda ola del feminismo emergió como una crítica del primero, pero se ha convertido en la sirvienta del segundo.

Gracias a la retrospectiva, podemos ver hoy cómo el movimiento de liberación de las mujeres apuntó, simultáneamente, dos futuros posibles muy diferentes. En el primer escenario, se prefiguraba un mundo en el que la emancipación de género iba de la mano de la democracia participativa y la solidaridad social. En el segundo se prometía una nueva forma de liberalismo, capaz de garantizar, tanto a las mujeres como a los hombres, los beneficios de la autonomía individual, mayor capacidad de elección y promoción personal a través de la meritocracia. La segunda ola del feminismo fue ambivalente en ese sentido. Compatible con cualquiera de ambas visiones de la sociedad, fue susceptible de realizar también dos elaboraciones históricas diferentes.

Tal como yo lo veo, la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta, en los últimos años, en favor del segundo escenario, el liberal-individualista. Pero no porque fuésemos víctimas pasivas de la seducción neoliberal. Sino que, por el contrario, nosotras mismas hemos aportado tres ideas importantes para este desarrollo.

Una de esas contribuciones fue nuestra crítica del “salario familiar”: del ideal de familia, con el hombre que gana el pan y la mujer ama de casa, que fue central en el capitalismo con un estado regulador. La crítica feminista de ese ideal sirve ahora para legitimar el “capitalismo flexible”. Después de todo, esta forma actual de capitalismo se apoya, fuertemente, sobre el trabajo asalariado de las mujeres. Especialmente sobre el trabajo con salarios más bajos de los servicios y las manufacturas, llevados a cabo no solo por las jóvenes solteras, sino también por las casadas y las mujeres con hijos; no sólo por mujeres discriminadas racialmente, sino también por las mujeres, prácticamente, de todas las nacionalidades y etnias. Con la integración de las mujeres en los mercados laborales en todo el mundo, el ideal del salario familiar, del capitalismo con estado regulador, está siendo reemplazado por la norma, más nueva y más moderna, aparentemente sancionada por el feminismo, de la familia formada por dos asalariados.

No parece importar que la realidad subyacente, en el nuevo ideal, sea la rebaja de los niveles salariales, la reducción de la seguridad en el empleo, el descenso del nivel de vida, el fuerte aumento del número de horas de trabajo asalariado por familia, la exacerbación del doble turno, ahora, a menudo, triple o cuádruple, y el incremento de la pobreza, cada vez más concentrada en los hogares de familias encabezadas por mujeres. El neoliberalismo nos viste a la mona de seda a través de una narrativa sobre el empoderamiento de las mujeres. Al invocar la crítica feminista del salario familiar para justi- ficar la explotación, utiliza el sueño de la emancipación de las mujeres para engrasar el motor de la acumulación capitalista.

El feminismo, además, ha hecho una segunda contribución a la ética neoliberal. En la era del capitalismo con estado regulador, criticábamos, con razón, la estrecha visión política que, intencionalmente, se focalizaba en la desigualdad de clases y que no era capaz de fijarse en otro tipo de injusticias “no económicas”, como la violencia doméstica, las agresiones sexuales y la opresión reproductiva. Rechazando el “economicismo” y politizando lo “personal”, las feministas ampliaron la agenda política para desafiar las jerarquías de status basadas en las construcciones culturales sobre las diferencias de género. El resultado debía haber conducido a la ampliación de la lucha por la justicia, para que abarcara tanto lo cultural como lo económico. Pero el resultado ha sido un enfoque sesgado hacia la “identidad de género”, a costa de marginar los problemas del “pan y la mantequilla”. Peor aún, el giro del feminismo hacia las política de la identidad encajaba sin fricciones con el avance del neoliberalismo, que no buscaba otra cosa que borrar toda memoria de la igualdad social. En efecto, enfatizamos la crítica del sexismo cultural precisamente en el momento en que las circunstancias requerían redoblar la atención hacia la crítica de la economía política.

Finalmente, el feminismo contribuyó con una tercera idea al neoliberalismo: la crítica al paternalismo del Estado del bienestar. Indudablemente y de forma progresiva, en la era del capitalismo con Estado regulador esa crítica ha ido convergiendo con la guerra neoliberal contra el “Estado-niñera” y su más reciente y cínico apoyo a las ong. Un ejemplo ilustrativo es el caso de los “micro-créditos”, el programa de pequeños préstamos bancarios para mujeres pobres en el Sur global. Presentado como un empoderamiento, de abajo hacia arriba, alternativo al de arriba a abajo, al burocratismo de los proyectos estatales, los micro-créditos se promocionan como el antídoto feminista contra la pobreza y el sometimiento de las mujeres. Lo que se pasa por alto, sin embargo, es una coincidencia inquietante: el micro-crédito ha florecido precisamente cuando los Estados han abandonado los esfuerzos macro-estructurales para combatir la pobreza, esfuerzos que no se pueden sustituir con préstamos a pequeña escala. También en este caso una idea feminista ha sido recuperada por el neoliberalismo. Una perspectiva dirigida, originalmente, a democratizar el poder del Estado para empoderar a los ciudadanos, es ahora utilizada para legitimar la mercantilización y los recortes de la estructura estatal.

En todos estos casos la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta en favor del individualismo (neo) liberal. Sin embargo, el escenario alternativo de la solidaridad puede que aún esté vivo. La crisis actual ofrece la posibilidad de volver a tirar de ese hilo una vez más, de manera que el sueño de la liberación de las mujeres sea de nuevo parte de la visión de una sociedad solidaria. Para llegar a ello, las feministas necesitamos romper esa “amistad peligrosa” con el neoliberalismo y reclamar nuestras tres “contribuciones” para nuestros propios fines.

En primer término, debemos romper el vínculo espurio entre nuestra crítica al salario familiar y el capitalismo flexible, militando en favor de una forma de vida que no gire en torno al trabajo asalariado y valorice las actividades no remuneradas, incluyendo, pero no solo, los “cuidados”. En segundo lugar, debemos bloquear la conexión entre nuestra crítica al economicismo y las políticas de la identidad, integrando la lucha por transformar el status quo dominante que prioriza los valores culturales de la masculinidad, con la batalla por la justicia económica. Finalmente, debemos cortar el falso vínculo entre nuestra crítica de la burocracia y el fundamentalismo del libre-mercado, reivindicando la democracia participativa, como una forma de fortalecer a los poderes públicos, necesarios para limitar al capital, en nombre de la justicia

Traducción parahttp://www.sinpermiso.info: Lola Rivera

martes, 9 de marzo de 2021

Feminicidio : Tipos


Psicología y mente

Alex Figueroba

 El término “feminicidio” hace referencia a un tipo de homicidio específico en el que un varón asesina a una mujer, chica o niña por ser de sexo femenino. A diferencia de otros tipos de asesinato, los feminicidios suelen ocurrir en el hogar como consecuencia de violencia de género.

Tipos de feminicidio

Diana Russell y otros autores han propuesto diferentes tipos de feminicidio que difieren sobre todo en la relación entre la víctima y el asesino y en la motivación para el crimen.

1. Íntimo y familiar

Mientras que los feminicidios familiares son cometidos por varones dentro de su familia cercana o extendida, el concepto “feminicidio íntimo” suele usarse para hablar del asesinato de la pareja o la ex pareja, independientemente de la relación legal entre las dos personas.

El feminicidio íntimo se relaciona con el consumo de alcohol y otras sustancias y supone un 35% de todos los asesinatos de mujeres (no sólo los cometidos por hombres), lo cual lo hace el más frecuente de todos los tipos de feminicidio.

El asesinato por honor es un tipo especial de feminicidio que se comete contra mujeres de las que se dice que han deshonrado a la familia. Entre los motivos más habituales de “deshonra” se incluyen ser víctima de violación y ser acusada de adulterio.

Asimismo en India, Irán, Pakistán y Bangladesh se perpetran asesinatos por dote. Tras el matrimonio, la familia del marido acosa y tortura a la esposa como método de extorsión para conseguir una dote mayor. En estos casos la mujer puede ser empujada al suicidio o morir asesinada, frecuentemente quemada viva cuando su familia no accede a pagar.

2. Lesbicidio

No es difícil encontrar periodos históricos en que el asesinato de mujeres como castigo por ser homosexuales fuera legal. Por ejemplo, en la Francia del siglo XIII se aprobó una ley según la cual a las mujeres se les debía amputar una extremidad las dos primeras veces que tuvieran sexo con mujeres, mientras que a la tercera debían ser quemadas.

Un crimen similar y frecuentemente unido al lesbicidio es la violación correctiva; consistente en abusar sexualmente de una mujer homosexual con el objetivo de hacer que se comporte como si fuera heterosexual o simplemente como castigo. Es una manera de intentar imponer un supuesto "orden natural" mediante la violencia y el poder.

Hoy en día la homosexualidad, tanto en mujeres como en hombres, sigue siendo condenada por la mayoría de religiones y es ilegal en países como Irán, Libia, India, Pakistán, Marruecos y Nigeria. Estas condiciones favorecen la violencia contra personas homosexuales, ya que la legitiman desde las instituciones.

3. Feminicidio racial


En los feminicidios raciales el componente de género se suma a un factor étnico: en estos casos el asesino mata a la víctima tanto por ser mujer como por tener rasgos culturales y físicos diferentes a los suyos. Se trata de una mezcla de elementos que generan odio de manera totalmente irracional, aunque culturalmente inducido por dinámicas históricas de discriminación.

En este tipo de asesinato el racismo no sólo influye en la comisión del crimen, sino también en que el hecho de que la víctima sea de una etnia menos valorada socialmente puede interferir en la resolución del caso, en el proceso legal y en la imagen que los medios dan de la fallecida.

4. Feminicidio en serie

Este tipo de feminicidio suele darse cuando un varón mata a mujeres de forma repetida para obtener placer sexual sádico. En general estos asesinatos se producen por trauma o por asfixia.

Las víctimas de feminicidios en serie, como el resto de feminicidios no íntimos, son más frecuentemente mujeres que trabajan como camareras o como prostitutas.

En ocasiones se atribuye el feminicidio en serie a la pornografía, en especial a aquella que erotiza la violencia. Desde una perspectiva de género, esto puede deberse a la normalización de la violencia que se produce en estas piezas de ficción. No obstante, esta relación no ha sido demostrada por el momento. Es probable que el uso de estos materiales no sea un factor que predisponga a la realización de los crímenes, sino que forme parte del proceso de preparación a través del acto de fantasear con violaciones y asesinatos.

Explicaciones psicológicas de la violencia de género

Si bien desde distintas orientaciones teóricas se podría explicar la violencia de género y el feminicidio de modos muy distintos, nos centraremos en dos ejemplos: el interaccionismo simbólico y la psicología evolucionista.

Interaccionismo simbólico y el patriarcado

El interaccionismo simbólico es una corriente teórica de la sociología, la psicología social y la antropología que propone que las personas construimos conjuntamente símbolos que dotan de significado a la realidad en sus distintos aspectos, guiando nuestra conducta en relación a estos.

Desde esta orientación el feminicidio podría explicarse como una consecuencia de las diferencias en los roles otorgados a cada género por muchas sociedades: se entiende que el ámbito público debe ser controlado por los varones y se relega a las mujeres a la reproducción y al cuidado del hogar.

En muchas ocasiones se denomina “patriarcado” a esta estructura social, que se sostiene en leyes escritas y/o en normas implícitas que refuerzan y condicionan patrones de comportamiento diferenciados en función del sexo biológico.

Según la socióloga Sylvia Walby las estructuras patriarcales se manifiestan en la mayor probabilidad que tienen las mujeres de recibir abuso, de ocuparse del hogar y de los hijos, de ser representadas con poca fidelidad en los medios y en la cultura popular, de cobrar menos que los hombres por el mismo trabajo y de que su sexualidad sea vista de forma negativa. Asimismo tienden a estar infrarrepresentadas en los ámbitos de poder y de toma de decisiones.

La concepción de las mujeres como inferiores a los hombres hace que el significado social de estos asesinatos sea menos negativo en entornos más patriarcales. De esto se podría deducir que existe una mayor probabilidad de que se dé violencia de género y por tanto feminicidio si la ley y la cultura no los penalizan.

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