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martes, 7 de septiembre de 2021

AMLO respalda que Suprema Corte despenalice el aborto



Contralínea

 Tras advertir que el tema del aborto –el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo– “lo tienen que resolver las mujeres, lo tiene que resolver el pueblo”, el presidente Andrés Manuel López Obrador respaldó que la Suprema Corte de Justicia de la Nación sea la que determine su despenalización. “En este caso si lo está atendiendo la Suprema Corte, esperar la resolución porque es el Poder que tiene la facultad para decidir sobre estos asuntos”.


Ello, luego de que –desde ayer, al analizar el Código Penal de Coahuila– la mayoría de los ministros (ocho de once) se han inclinado por declarar la invalidez de la pena de hasta tres años de cárcel contra las mujeres que abortan, al considerarla inconstitucional.

En su conferencia desde Palacio Nacional, López Obrador dijo que ha actuado, “en mi caso como presidente, con prudencia y de manera respetuosa, porque son temas muy controvertidos, polémicos, y no queremos nosotros alentar ninguna confrontación”. Por ello, el primer mandatario advirtió que “lo mejor en este caso es que, si ya está en la Suprema Corte de Justicia, pues que ahí se resuelva. No tomar partido, en mi caso, porque no creo que sea lo más prudente”.

López Obrador se pronunció por esperar qué decide el máximo tribunal del país. “Deben entenderse las cosas: yo no puedo, por la investidura presidencial, exponerme a un desgaste, entonces tengo que cuidarme; y este asunto es bastante polémico. Si ya lo tiene la Suprema Corte, a ellos les corresponde. No es un asunto del Ejecutivo”.

Ayer inició la discusión en la Corte sobre tres acciones de inconstitucionalidad que proponen despenalizar el aborto en Coahuila y en Sinaloa, así como otro que tiene como fondo, con base en la llamada objeción de conciencia, el derecho de los médicos a oponerse a practicar la interrupción del embarazo. Los proyectos fueron presentados por el ministro Luis María Aguilar y podrían generar un precedente histórico para todo el país.

domingo, 14 de marzo de 2021

De cómo cierto feminismo se convirtió en criada del capitalismo.



Nancy Fraser

 Como feminista, siempre he asumido que al luchar por la emancipación de las mujeres estaba construyendo un mundo mejor, más igualitario, justo y libre. Pero, últimamente, ha comenzado a preocuparme que los ideales originales promovidos por las feministas estén sirviendo para fines muy diferentes. Me inquieta, en particular, el que nuestra crítica al sexismo esté ahora sirviendo de justificación de nuevas formas de desigualdad y explotación.

En un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una “amistad peligrosa” con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.

Esto podría explicar por qué las ideas feministas, que una vez formaron parte de una visión radical del mundo, se expresen, cada vez más, en términos de individualismo. Si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que si antes priorizaba la solidaridad social, ahora aplaude a las mujeres empresarias. La perspectiva que antes daba valor a los “cuidados” y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.

Lo que se esconde detrás de este giro es un cambio radical en el carácter del capitalismo. El Estado regulador del capitalismo, de la era de postguerra, tras la ii Guerra Mundial, ha dado paso a una nueva forma de capitalismo “desorganizado”, globalizado y neoliberal. La segunda ola del feminismo emergió como una crítica del primero, pero se ha convertido en la sirvienta del segundo.

Gracias a la retrospectiva, podemos ver hoy cómo el movimiento de liberación de las mujeres apuntó, simultáneamente, dos futuros posibles muy diferentes. En el primer escenario, se prefiguraba un mundo en el que la emancipación de género iba de la mano de la democracia participativa y la solidaridad social. En el segundo se prometía una nueva forma de liberalismo, capaz de garantizar, tanto a las mujeres como a los hombres, los beneficios de la autonomía individual, mayor capacidad de elección y promoción personal a través de la meritocracia. La segunda ola del feminismo fue ambivalente en ese sentido. Compatible con cualquiera de ambas visiones de la sociedad, fue susceptible de realizar también dos elaboraciones históricas diferentes.

Tal como yo lo veo, la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta, en los últimos años, en favor del segundo escenario, el liberal-individualista. Pero no porque fuésemos víctimas pasivas de la seducción neoliberal. Sino que, por el contrario, nosotras mismas hemos aportado tres ideas importantes para este desarrollo.

Una de esas contribuciones fue nuestra crítica del “salario familiar”: del ideal de familia, con el hombre que gana el pan y la mujer ama de casa, que fue central en el capitalismo con un estado regulador. La crítica feminista de ese ideal sirve ahora para legitimar el “capitalismo flexible”. Después de todo, esta forma actual de capitalismo se apoya, fuertemente, sobre el trabajo asalariado de las mujeres. Especialmente sobre el trabajo con salarios más bajos de los servicios y las manufacturas, llevados a cabo no solo por las jóvenes solteras, sino también por las casadas y las mujeres con hijos; no sólo por mujeres discriminadas racialmente, sino también por las mujeres, prácticamente, de todas las nacionalidades y etnias. Con la integración de las mujeres en los mercados laborales en todo el mundo, el ideal del salario familiar, del capitalismo con estado regulador, está siendo reemplazado por la norma, más nueva y más moderna, aparentemente sancionada por el feminismo, de la familia formada por dos asalariados.

No parece importar que la realidad subyacente, en el nuevo ideal, sea la rebaja de los niveles salariales, la reducción de la seguridad en el empleo, el descenso del nivel de vida, el fuerte aumento del número de horas de trabajo asalariado por familia, la exacerbación del doble turno, ahora, a menudo, triple o cuádruple, y el incremento de la pobreza, cada vez más concentrada en los hogares de familias encabezadas por mujeres. El neoliberalismo nos viste a la mona de seda a través de una narrativa sobre el empoderamiento de las mujeres. Al invocar la crítica feminista del salario familiar para justi- ficar la explotación, utiliza el sueño de la emancipación de las mujeres para engrasar el motor de la acumulación capitalista.

El feminismo, además, ha hecho una segunda contribución a la ética neoliberal. En la era del capitalismo con estado regulador, criticábamos, con razón, la estrecha visión política que, intencionalmente, se focalizaba en la desigualdad de clases y que no era capaz de fijarse en otro tipo de injusticias “no económicas”, como la violencia doméstica, las agresiones sexuales y la opresión reproductiva. Rechazando el “economicismo” y politizando lo “personal”, las feministas ampliaron la agenda política para desafiar las jerarquías de status basadas en las construcciones culturales sobre las diferencias de género. El resultado debía haber conducido a la ampliación de la lucha por la justicia, para que abarcara tanto lo cultural como lo económico. Pero el resultado ha sido un enfoque sesgado hacia la “identidad de género”, a costa de marginar los problemas del “pan y la mantequilla”. Peor aún, el giro del feminismo hacia las política de la identidad encajaba sin fricciones con el avance del neoliberalismo, que no buscaba otra cosa que borrar toda memoria de la igualdad social. En efecto, enfatizamos la crítica del sexismo cultural precisamente en el momento en que las circunstancias requerían redoblar la atención hacia la crítica de la economía política.

Finalmente, el feminismo contribuyó con una tercera idea al neoliberalismo: la crítica al paternalismo del Estado del bienestar. Indudablemente y de forma progresiva, en la era del capitalismo con Estado regulador esa crítica ha ido convergiendo con la guerra neoliberal contra el “Estado-niñera” y su más reciente y cínico apoyo a las ong. Un ejemplo ilustrativo es el caso de los “micro-créditos”, el programa de pequeños préstamos bancarios para mujeres pobres en el Sur global. Presentado como un empoderamiento, de abajo hacia arriba, alternativo al de arriba a abajo, al burocratismo de los proyectos estatales, los micro-créditos se promocionan como el antídoto feminista contra la pobreza y el sometimiento de las mujeres. Lo que se pasa por alto, sin embargo, es una coincidencia inquietante: el micro-crédito ha florecido precisamente cuando los Estados han abandonado los esfuerzos macro-estructurales para combatir la pobreza, esfuerzos que no se pueden sustituir con préstamos a pequeña escala. También en este caso una idea feminista ha sido recuperada por el neoliberalismo. Una perspectiva dirigida, originalmente, a democratizar el poder del Estado para empoderar a los ciudadanos, es ahora utilizada para legitimar la mercantilización y los recortes de la estructura estatal.

En todos estos casos la ambivalencia del feminismo ha sido resuelta en favor del individualismo (neo) liberal. Sin embargo, el escenario alternativo de la solidaridad puede que aún esté vivo. La crisis actual ofrece la posibilidad de volver a tirar de ese hilo una vez más, de manera que el sueño de la liberación de las mujeres sea de nuevo parte de la visión de una sociedad solidaria. Para llegar a ello, las feministas necesitamos romper esa “amistad peligrosa” con el neoliberalismo y reclamar nuestras tres “contribuciones” para nuestros propios fines.

En primer término, debemos romper el vínculo espurio entre nuestra crítica al salario familiar y el capitalismo flexible, militando en favor de una forma de vida que no gire en torno al trabajo asalariado y valorice las actividades no remuneradas, incluyendo, pero no solo, los “cuidados”. En segundo lugar, debemos bloquear la conexión entre nuestra crítica al economicismo y las políticas de la identidad, integrando la lucha por transformar el status quo dominante que prioriza los valores culturales de la masculinidad, con la batalla por la justicia económica. Finalmente, debemos cortar el falso vínculo entre nuestra crítica de la burocracia y el fundamentalismo del libre-mercado, reivindicando la democracia participativa, como una forma de fortalecer a los poderes públicos, necesarios para limitar al capital, en nombre de la justicia

Traducción parahttp://www.sinpermiso.info: Lola Rivera

lunes, 27 de mayo de 2013

PRINCESAS DISNEY, EL INCONVENIENTE


Por: Helena con H
@helhdz
disney1Seguramente identifican muy bien a Blancanieves, La Sirenita, Jazmín o Cenicienta. De niñas nos encantaban las princesas Disney, a muchas todavía les gustan mucho. Sin embargo, en mi caso, esta percepción de las princesas cambió con los años y ahora pienso que estos personajes están cargados de estereotipos que no nos vienen nada bien a las mujeres.
Tal vez piensen que esta publicación tendrá un tono totalmente feminista pero hay muchos estudios e investigaciones acerca del tema, y es algo que vale la pena analizar ya que las Princesas Disney han trascendido en nuestra sociedad y siguen siendo referentes para muchas niñas.
Disney muestra a las mujeres en estado de tristeza, soledad o desgracia. Las princesas son incapaces de superarse a sí mismas, y siempre necesitan de la figura masculina para lograrlo, de otra manera es imposible. Rapunzel, por ejemplo, no puede ingeniárselas para buscar una salida a la torre en donde está aprisionada, y es el príncipe quien la rescata. Aquí entra otro gran estereotipo, la mujer como víctima.
Disney refuerza la idea de la mujer sumisa y dependiente del hombre. Si vemos con ojo crítico las películas de princesas, nos percataremos de que la mayoría de ellas no tienen una meta específica en sus vidas. Muchas veces la única meta es encontrar al príncipe azul. Aquí el detalle es que estas películas van dirigidas al público infantil y los niños no tienen esa capacidad para realizar un análisis tan profundo como los adultos. Los padres, abuelos o tíos tienen la difícil tarea de formar en los niños un juicio correcto de lo que ven en las películas de Disney para no caer ni creer en los estereotipos presentados.
disney2La Sirenita es un personaje que Disney adaptó de un cuento de Hans Christian Andersen. Esta princesa del mar se ha vuelto muy popular a partir de la película de 1989. El guión de esta cinta animada tiene pasajes que estereotipan el rol de la mujer, aquí les dejo un ejemplo: “Los hombres no te buscan si les hablas. No creo que les quieras aburrir. Allí arriba, es preferible que las damas no conversen, a no ser que no te quieras divertir. Verás que no logras nada conversando, a menos que los pienses ahuyentar. Admirada tú serás, si callada siempre estás”.
disney3Este mensaje me parece un tanto denigrante. Los roles de género que estipula La Sirenita son la mujer subyugada y el hombre dominante aceptando esa sumisión de la mujer. El mundo de Disney está colmado de una falsa interpretación sobre la realidad y de modelos que pretenden naturalizar a la mujer como el sexo débil. Últimamente las películas animadas han cambiado mucho y tratan de no caer en lo mismo, sin embargo, no lo han logrado totalmente. Pero la iniciativa ya está tomada y esperemos ver pronto una película de Disney en donde la mujer se supere a sí misma, sea la heroína, se desarrolle profesionalmente y se muestre independiente.
El tema es muy amplio y podría llenarlos de ejemplos y opiniones, pero mejor les recomiendo leer el libro El Ratoncito Feroz: Disney o el Fin de la Inocencia de Henry A. Giroux y Grace Pollock, dos críticos de la cultura de masas que exponen muy bien el tema de las Princesas Disney y de otros estereotipos que están implícitos en estas historias. La próxima vez que vean una película de princesas, tengan en cuenta que las mujeres no merecemos ser representadas así.

Green Go