domingo, 3 de mayo de 2009
INFLUENZA: NOVENA CAUSA DE MUERTE EN MÉXICO
por Ferrer Galván Acosta
La Influenza es una enfermedad provocada por un virus altamente contagioso, aunque controlable y curable. Esto quiere decir que si se le detecta, incluso en sus fases avanzadas, bastaría una inyección para curarla. Esta emergencia sanitaria se da con el objeto de limitar a unos cuantos el contagio, evitar conglomeraciones disminuye las probabilidades de contagio.
No podemos sino decir que el gobierno federal y el del Distrito Federal tomaron decisiones acertadas. Sin embargo, a partir de ello surgen las dudas sobre las razones del calderonismo para que, en una enfermedad en específico, se tomen este tipo de decisiones.
Las cifras van y vienen, hasta los últimos días de abril la cantidad de muertes producto del virus H1N1 (influenza) eran de 159, para los primeros días de mayo la cantidad de defunciones había disminuido a sólo siete. Cualquiera de los dos reportes (altamente contradictorios) resultan vergonzosos pensando que es una enfermedad controlable.
Según cifras del INEGI (instituto nacional de estadística, geografía e informática) en 2005, última cifra disponible, murieron 13 mil mexicanos por influenza y neumonía. Sin embargo, la mutación del virus, nos ha llevado a la inactividad económica, política y social.
El propio INEGI da cuenta de enfermedades o causas de mortandad que deberían llamar la atención de sociedad y gobierno y buscar mecanismos similares de protección a la población. Por poner un ejemplo, la principal causa de muerte en el país son las enfermedades del corazón, seguida de la diabetes y toda clase de tumores malignos. Sobre estas tres es necesario decir que el gobierno federal y local debiera iniciar campañas para inducir a la población a un consumo alimenticio adecuado, evitar los productos nocivos y chatarra como los refrescos, los cigarros, los productos excesivamente azucarados o con grasas cancerígenas.
Más allá de las cuestiones de salud, la quinta y sexta causa de muerte en el país, que en suma alcanzan 65 mil casos anuales, es decir, cinco veces más que los casos de influenza y neumonía, son los accidentes automovilísticos y el alcoholismo, la gran mayoría de los primeros por causa del segundo.
El gobierno federal y los sistemas de salud nacional no reparan en que el consumo del alcohol produce del 10 por ciento de las muertes en México y que podrá no ser notoriamente contagioso, pero sí es socialmente aceptado su consumo, no es regulada su propagación, no se intentan suspender garantías por que las y los jóvenes de México sean los principales afectados de esta enfermedad. No prohíbe que los productos alcoholizantes patrocinen y estén asociados a la diversión y la recreación.
No se trata de prohibir el alcohol, ni siquiera su venta. Es común entender que la responsabilidad del consumo es individual y no social. La pregunta es, por qué la novena causa de mortalidad que provoca siete muertes espontáneas, como es la influenza, detiene la actividad productiva de una nación y no se hace lo mismo con otras causas, que como en el caso del alcoholismo, provoca siete muertes en un solo accidente automovilístico.
Resáltese, que en lo que va de la crisis, y según los datos originales, murieron 159 personas por Influenza o Neumonía atípica, es decir, una décima parte de los que murieron en 2005. O nos están ocultando los datos reales sobre la mortandad o nos están engañando para sustraer nuestras garantías individuales.
No podemos sino decir que el gobierno federal y el del Distrito Federal tomaron decisiones acertadas. Sin embargo, a partir de ello surgen las dudas sobre las razones del calderonismo para que, en una enfermedad en específico, se tomen este tipo de decisiones.
Las cifras van y vienen, hasta los últimos días de abril la cantidad de muertes producto del virus H1N1 (influenza) eran de 159, para los primeros días de mayo la cantidad de defunciones había disminuido a sólo siete. Cualquiera de los dos reportes (altamente contradictorios) resultan vergonzosos pensando que es una enfermedad controlable.
Según cifras del INEGI (instituto nacional de estadística, geografía e informática) en 2005, última cifra disponible, murieron 13 mil mexicanos por influenza y neumonía. Sin embargo, la mutación del virus, nos ha llevado a la inactividad económica, política y social.
El propio INEGI da cuenta de enfermedades o causas de mortandad que deberían llamar la atención de sociedad y gobierno y buscar mecanismos similares de protección a la población. Por poner un ejemplo, la principal causa de muerte en el país son las enfermedades del corazón, seguida de la diabetes y toda clase de tumores malignos. Sobre estas tres es necesario decir que el gobierno federal y local debiera iniciar campañas para inducir a la población a un consumo alimenticio adecuado, evitar los productos nocivos y chatarra como los refrescos, los cigarros, los productos excesivamente azucarados o con grasas cancerígenas.
Más allá de las cuestiones de salud, la quinta y sexta causa de muerte en el país, que en suma alcanzan 65 mil casos anuales, es decir, cinco veces más que los casos de influenza y neumonía, son los accidentes automovilísticos y el alcoholismo, la gran mayoría de los primeros por causa del segundo.
El gobierno federal y los sistemas de salud nacional no reparan en que el consumo del alcohol produce del 10 por ciento de las muertes en México y que podrá no ser notoriamente contagioso, pero sí es socialmente aceptado su consumo, no es regulada su propagación, no se intentan suspender garantías por que las y los jóvenes de México sean los principales afectados de esta enfermedad. No prohíbe que los productos alcoholizantes patrocinen y estén asociados a la diversión y la recreación.
No se trata de prohibir el alcohol, ni siquiera su venta. Es común entender que la responsabilidad del consumo es individual y no social. La pregunta es, por qué la novena causa de mortalidad que provoca siete muertes espontáneas, como es la influenza, detiene la actividad productiva de una nación y no se hace lo mismo con otras causas, que como en el caso del alcoholismo, provoca siete muertes en un solo accidente automovilístico.
Resáltese, que en lo que va de la crisis, y según los datos originales, murieron 159 personas por Influenza o Neumonía atípica, es decir, una décima parte de los que murieron en 2005. O nos están ocultando los datos reales sobre la mortandad o nos están engañando para sustraer nuestras garantías individuales.
¿ Por qué lo hicieron ? : Ignoró México las alertas.- OMS
La Organización Mundial de la Salud señaló que 2 reportes sobre casos inusuales de neumonía fueron minimizados
Inder Bugarin / Corresponsal
Bruselas, Bélgica (3 mayo 2009).- La Organización Mundial de la Salud (OMS) aseguró ayer que avisó a México de casos inusuales de neumonía desde el 11 de abril.
Cinco días más tarde se volvió a desestimar una nueva alerta sobre un caso en Oaxaca, según la cronología de eventos relacionados con la epidemia de influenza A H1N1, presentada en Ginebra por Michael Ryan, director de la división de la OMS para la Alerta y Respuesta Global.
"No criticaré al Gobierno de México; ya está enfrentando una compleja situación y una difícil pandemia", dijo.
Sin embargo, el experto detalló que, el 10 de abril, la Red de Información de Salud Pública Global, instancia canadiense para alertar de posibles brotes en el mundo, envió un reporte a la OMS sobre el rumor de un síndrome inusual en México.
El 11 de abril, la Organización pidió al País verificar los datos, pero la respuesta fue que se daba el caso por cerrado porque nadie había muerto y los pacientes se recuperaban.
El 16 de abril, se conoció por la prensa de un caso atípico de neumonía en Oaxaca, que resultó en la muerte de una mujer. Al día siguiente, Ginebra pidió información de este, presuntamente relacionado al coronavirus, causante del síndrome respiratorio agudo severo (SARS).
"Dos horas y media más tarde, México respondió con un reporte que no se trataba de un brote, que se trataba de un caso solitario de neumonía severa en una mujer de edad media", indicó el experto.
Fue hasta el 20 de abril que las autoridades mexicanas se reunieron con especialistas de la OMS y la CDC, de Estados Unidos, para discutir el caso de Oaxaca y otros ubicados en California un día antes.
REFORMA informó el 22 de abril sobre la presencia de un brote atípico de influenza en el DF.
El director del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica, Miguel Ángel Lezana, declaró entonces que tuvo conocimiento de un brote atípico de influenza en La Gloria de Perote, Veracruz, registrado del 9 de marzo al 11 de abril, y de la muerte de cinco personas, una en Oaxaca y cuatro en el DF, entre el 10 y el 14 de abril.
Dijo que México avisó a la OMS la segunda semana de abril de un brote atípico de influenza vinculado a una etapa tardía de la estacional.
Precisó que el Gobierno mexicano fue notificado el 17 de abril "de manera informal" de la existencia del virus A H1N1, presente en California desde marzo.
Pero fue hasta el 22 de abril, más de un mes después del inicio del brote de Perote y a casi una semana de la muerte de la mujer en Oaxaca, cuando se enviaron a laboratorios de EU y Canadá muestras de 51 casos, de los que 17 dieron positivo para A H1N1.
Anoche, el Secretario de Salud, José Ángel Córdova, insistió en que no hay diferencias con la OMS por cómo se tomaron las medidas.
El representante del organismo en México, Phillipe Lamy, afirmó que existe una "estrecha colaboración".
Pide EU no bajar la guardia
WASHINGTON.- Las autoridades sanitarias de Estados Unidos hicieron ayer un llamado a no confiarse ante el brote de influenza A H1N1, ya que el nuevo virus continúa expandiéndose en este país, donde suman 160 casos confirmados.
"Aunque los reportes desde México parecen ser alentadores y cautelosamente optimistas, no podemos darnos el lujo de bajar la guardia", dijo Anne Scuchat, subdirectora de Ciencia y Salud Pública del CDC.
En tanto, el Presidente Barack Obama recordó que se trata de una nueva cepa de un virus de la gripe, ante la que no se ha desarrollado inmunidad, por lo que tiene más posibilidades de causar daño.
"Se trata de una gripe que se pasa de humano a humano.
Eso crea la posibilidad de una pandemia. Por eso estamos actuando con rapidez", afirmó.
Fuente : http://www.reforma.com/
Inder Bugarin / Corresponsal
Bruselas, Bélgica (3 mayo 2009).- La Organización Mundial de la Salud (OMS) aseguró ayer que avisó a México de casos inusuales de neumonía desde el 11 de abril.
Cinco días más tarde se volvió a desestimar una nueva alerta sobre un caso en Oaxaca, según la cronología de eventos relacionados con la epidemia de influenza A H1N1, presentada en Ginebra por Michael Ryan, director de la división de la OMS para la Alerta y Respuesta Global.
"No criticaré al Gobierno de México; ya está enfrentando una compleja situación y una difícil pandemia", dijo.
Sin embargo, el experto detalló que, el 10 de abril, la Red de Información de Salud Pública Global, instancia canadiense para alertar de posibles brotes en el mundo, envió un reporte a la OMS sobre el rumor de un síndrome inusual en México.
El 11 de abril, la Organización pidió al País verificar los datos, pero la respuesta fue que se daba el caso por cerrado porque nadie había muerto y los pacientes se recuperaban.
El 16 de abril, se conoció por la prensa de un caso atípico de neumonía en Oaxaca, que resultó en la muerte de una mujer. Al día siguiente, Ginebra pidió información de este, presuntamente relacionado al coronavirus, causante del síndrome respiratorio agudo severo (SARS).
"Dos horas y media más tarde, México respondió con un reporte que no se trataba de un brote, que se trataba de un caso solitario de neumonía severa en una mujer de edad media", indicó el experto.
Fue hasta el 20 de abril que las autoridades mexicanas se reunieron con especialistas de la OMS y la CDC, de Estados Unidos, para discutir el caso de Oaxaca y otros ubicados en California un día antes.
REFORMA informó el 22 de abril sobre la presencia de un brote atípico de influenza en el DF.
El director del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica, Miguel Ángel Lezana, declaró entonces que tuvo conocimiento de un brote atípico de influenza en La Gloria de Perote, Veracruz, registrado del 9 de marzo al 11 de abril, y de la muerte de cinco personas, una en Oaxaca y cuatro en el DF, entre el 10 y el 14 de abril.
Dijo que México avisó a la OMS la segunda semana de abril de un brote atípico de influenza vinculado a una etapa tardía de la estacional.
Precisó que el Gobierno mexicano fue notificado el 17 de abril "de manera informal" de la existencia del virus A H1N1, presente en California desde marzo.
Pero fue hasta el 22 de abril, más de un mes después del inicio del brote de Perote y a casi una semana de la muerte de la mujer en Oaxaca, cuando se enviaron a laboratorios de EU y Canadá muestras de 51 casos, de los que 17 dieron positivo para A H1N1.
Anoche, el Secretario de Salud, José Ángel Córdova, insistió en que no hay diferencias con la OMS por cómo se tomaron las medidas.
El representante del organismo en México, Phillipe Lamy, afirmó que existe una "estrecha colaboración".
Pide EU no bajar la guardia
WASHINGTON.- Las autoridades sanitarias de Estados Unidos hicieron ayer un llamado a no confiarse ante el brote de influenza A H1N1, ya que el nuevo virus continúa expandiéndose en este país, donde suman 160 casos confirmados.
"Aunque los reportes desde México parecen ser alentadores y cautelosamente optimistas, no podemos darnos el lujo de bajar la guardia", dijo Anne Scuchat, subdirectora de Ciencia y Salud Pública del CDC.
En tanto, el Presidente Barack Obama recordó que se trata de una nueva cepa de un virus de la gripe, ante la que no se ha desarrollado inmunidad, por lo que tiene más posibilidades de causar daño.
"Se trata de una gripe que se pasa de humano a humano.
Eso crea la posibilidad de una pandemia. Por eso estamos actuando con rapidez", afirmó.
Fuente : http://www.reforma.com/
La economía porcina
Mario Di Costanzo Armenta
Durante los últimos días se ha difundido una amplia gama de información que va desde la que explica en qué consiste la llamada influenza porcina”, su sintomatología, sus mecanismos de contagio, su detección y su tratamiento, pasando por la que califica las medidas adoptadas tanto por el gobierno federal como por autoridades estatales, hasta la que señala que ya algún laboratorio desde principios de abril había advertido de la aparición de este virus.
Más allá de debatir lo anterior, debemos preguntarnos por qué razón una enfermedad que no es mortal, si se detecta a tiempo, está matando gente en México.
De esta manera, lo primero que el sentido común nos dice es que o se carece de la infraestructura para detectarla a tiempo o bien no se cuenta con los medicamentos para combatirla, aunque en este último punto las diferentes autoridades han señalado que existe un abasto suficiente de retrovirales, los cuales se están administrando como medicamentos “controlados”, es decir, bajo estricta supervisión médica.
Luego entonces, algún inepto como yo se pregunta: ¿si tenemos los medicamentos y conocemos la sintomatología? el problema se reduce a detectar a tiempo la enfermedad, combatirla y evitar que ésta se propague.
Y lo que parece tan simple se complica por la sencilla razón de que, dentro del proceso descrito aparecen problemas para detectar dicha enfermedad o para que la gente tenga un acceso expedito y a tiempo al tratamiento de dicho padecimiento.
Así, me puse a revisar el “presupuesto” que se ha destinado a la Secretaría de Salud durante los últimos cuatro años. En un principio me emocioné cuando advertí que entre 2006 y 2009 el presupuesto de esta dependencia se incrementó en 42 mil 681 millones de pesos, al pasar de 42 mil 355 millones en 2006 a 85 mil 36 millones para 2009.
Entonces procedí a revisar en qué se había gastado tanto dinero de los contribuyentes. Lo primero que observé es que más de 60 por ciento de ese incremento, es decir, 28 mil 911 millones de pesos, se destinaron al llamado “seguro popular” que, como se ha venido sosteniendo ni es “seguro” (ya que nunca hay medicinas para los que recurren a él) ni mucho menos “popular” (ya que en muchos casos hay que pagar para tener acceso a sus servicios, además de que en gran parte de los casos, sobre todo en el sector rural, sus instalaciones se asemejan más a dispensarios médicos que a clínicas bien equipadas.)
Advertí que el pago de salarios se había incrementado durante el periodo mencionado en 5 mil 230 millones de pesos, y que la inversión física total (como pueden ser laboratorios para detectar enfermedades, hospitales, etcétera) representó entre esos cuatro años sólo 5 por ciento del presupuesto acumulado, y que prácticamente la totalidad de esta inversión fue aprobada para 2009, es decir, que apenas este año se va o se está realizando.
Pude observar que al Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades, durante los años 2006 y 2007 se le asignaron precarios presupuestos, de 314 y 450 millones de pesos respectivamente, y para 2008 su asignación presupuestaria ascendió a mil 329 millones de pesos, de los cuales 723.8 millones fueron destinados a un rubro denominado “otros gastos corrientes” y para 2009 se redujo su presupuesto a un mil 149 millones de los cuales sólo 14.8 millones fueron para inversión física.
Al ver estas cifras, me preocupé y pensé que una parte del problema no es de origen virulento, sino presupuestario.
Es decir, que un virus que en principio no es mortal, a decir de las autoridades, se ha vuelto mortal por razones de infraestructura, de ineficiencia en su detección, de falta de prontitud en la atención, de escasa cobertura y difícil acceso a servicios de salud.
Por ello, no deben sorprendernos las medidas sanitarias que hasta ahora se han tomado ante la emergencia, por lo que los ciudadanos, debemos atenderlas de manera estricta y responsable.
Esta hipótesis se fortalece si observamos que, por ejemplo, en las modificaciones que se han realizado tanto a la ley del ISSSTE como a la del IMSS, se han esgrimido argumentos financieros y no de atención, prevención, eficacia y eficiencia médica.
Es decir, que esta “emergencia sanitaria” es otra manifestación del fracaso absoluto de nuestra política de gasto, por ello, el origen del problema lo debemos encontrar en lo que hemos dejado de hacer, y no en la emergencia, ya que al menos en nuestro país, la crisis de la “influenza porcina” es resultado de una “economía porcina”, que ha buscado a través de la salud del pueblo, más resultados electorales, que seguridad, eficiencia y eficacia.
Durante los últimos días se ha difundido una amplia gama de información que va desde la que explica en qué consiste la llamada influenza porcina”, su sintomatología, sus mecanismos de contagio, su detección y su tratamiento, pasando por la que califica las medidas adoptadas tanto por el gobierno federal como por autoridades estatales, hasta la que señala que ya algún laboratorio desde principios de abril había advertido de la aparición de este virus.
Más allá de debatir lo anterior, debemos preguntarnos por qué razón una enfermedad que no es mortal, si se detecta a tiempo, está matando gente en México.
De esta manera, lo primero que el sentido común nos dice es que o se carece de la infraestructura para detectarla a tiempo o bien no se cuenta con los medicamentos para combatirla, aunque en este último punto las diferentes autoridades han señalado que existe un abasto suficiente de retrovirales, los cuales se están administrando como medicamentos “controlados”, es decir, bajo estricta supervisión médica.
Luego entonces, algún inepto como yo se pregunta: ¿si tenemos los medicamentos y conocemos la sintomatología? el problema se reduce a detectar a tiempo la enfermedad, combatirla y evitar que ésta se propague.
Y lo que parece tan simple se complica por la sencilla razón de que, dentro del proceso descrito aparecen problemas para detectar dicha enfermedad o para que la gente tenga un acceso expedito y a tiempo al tratamiento de dicho padecimiento.
Así, me puse a revisar el “presupuesto” que se ha destinado a la Secretaría de Salud durante los últimos cuatro años. En un principio me emocioné cuando advertí que entre 2006 y 2009 el presupuesto de esta dependencia se incrementó en 42 mil 681 millones de pesos, al pasar de 42 mil 355 millones en 2006 a 85 mil 36 millones para 2009.
Entonces procedí a revisar en qué se había gastado tanto dinero de los contribuyentes. Lo primero que observé es que más de 60 por ciento de ese incremento, es decir, 28 mil 911 millones de pesos, se destinaron al llamado “seguro popular” que, como se ha venido sosteniendo ni es “seguro” (ya que nunca hay medicinas para los que recurren a él) ni mucho menos “popular” (ya que en muchos casos hay que pagar para tener acceso a sus servicios, además de que en gran parte de los casos, sobre todo en el sector rural, sus instalaciones se asemejan más a dispensarios médicos que a clínicas bien equipadas.)
Advertí que el pago de salarios se había incrementado durante el periodo mencionado en 5 mil 230 millones de pesos, y que la inversión física total (como pueden ser laboratorios para detectar enfermedades, hospitales, etcétera) representó entre esos cuatro años sólo 5 por ciento del presupuesto acumulado, y que prácticamente la totalidad de esta inversión fue aprobada para 2009, es decir, que apenas este año se va o se está realizando.
Pude observar que al Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades, durante los años 2006 y 2007 se le asignaron precarios presupuestos, de 314 y 450 millones de pesos respectivamente, y para 2008 su asignación presupuestaria ascendió a mil 329 millones de pesos, de los cuales 723.8 millones fueron destinados a un rubro denominado “otros gastos corrientes” y para 2009 se redujo su presupuesto a un mil 149 millones de los cuales sólo 14.8 millones fueron para inversión física.
Al ver estas cifras, me preocupé y pensé que una parte del problema no es de origen virulento, sino presupuestario.
Es decir, que un virus que en principio no es mortal, a decir de las autoridades, se ha vuelto mortal por razones de infraestructura, de ineficiencia en su detección, de falta de prontitud en la atención, de escasa cobertura y difícil acceso a servicios de salud.
Por ello, no deben sorprendernos las medidas sanitarias que hasta ahora se han tomado ante la emergencia, por lo que los ciudadanos, debemos atenderlas de manera estricta y responsable.
Esta hipótesis se fortalece si observamos que, por ejemplo, en las modificaciones que se han realizado tanto a la ley del ISSSTE como a la del IMSS, se han esgrimido argumentos financieros y no de atención, prevención, eficacia y eficiencia médica.
Es decir, que esta “emergencia sanitaria” es otra manifestación del fracaso absoluto de nuestra política de gasto, por ello, el origen del problema lo debemos encontrar en lo que hemos dejado de hacer, y no en la emergencia, ya que al menos en nuestro país, la crisis de la “influenza porcina” es resultado de una “economía porcina”, que ha buscado a través de la salud del pueblo, más resultados electorales, que seguridad, eficiencia y eficacia.
De la nueva anormalidad
Rolando Cordera Campos
Catastrofemas de la semana: la economía de Estados Unidos se contrajo más de lo esperado y cayó en el primer trimestre del año en 6.1 por ciento a tasa anual, ligeramente menor al 6.3 por ciento registrado en el último trimestre de 2008, pero insuficiente para anunciar que la noche quedó atrás. Por su parte, la actividad económica de México registró un “desplome” anual en febrero de 10.8 por ciento, con caídas en la industria de 13.2 por ciento y de 9.6 por ciento en los servicios. Esta, nos recuerda Juan Antonio Zúñiga (La Jornada, 29/4/09, p. 45), es la reducción más aguda registrada por el Índice Global de la Actividad Económica, que en junio de 1995 tuvo una contracción de 9.78 por ciento.
A partir de estos y otros registros, el Banco de México revisó sus proyecciones para 2009 y pronostica que la producción podría contraerse hasta en 4.8 por ciento. México vive en medio de la “más severa recesión desde la posguerra”, advirtió el gobernador del banco central, y traerá consigo una pérdida de 450 mil empleos. De esta manera, Banxico rebasa por lo pesimista las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, que días antes anunciaba una disminución anual de 3.7 por ciento, la más aguda de la región latinoamericana para el año (Roberto González Amador, La Jornada, 30/4/09, p. 46).
Estas y otras estimaciones nos remiten a territorio astronómico cuando las ponemos en números absolutos: miles de millones de dólares, cientos de miles de millones de pesos, centenas de miles de trabajos perdidos. Pero es esta última realidad la que podría hacernos poner los pies en la tierra y acercar nuestro entendimiento y sensibilidad a la gravedad de la situación por la que pasa nuestra sociedad, antes de la epidemia y después de ella, cuando las pérdidas atribuidas a ésta puedan estimarse con calma.
La relación que el Banco de México nos presenta entre la caída de la actividad y la pérdida de empleos puede ser conservadora, cuando no moderada; pero sin caer en catastrofismo alguno, del que ahora se encargan el banco y el fondo, hay que hablar no sólo de empleos perdidos, sino de empleos no creados, dado que cada año llegan a la edad de trabajar y necesitan hacerlo entre 800 mil y un millón de mexicanos. Así, el déficit de ocupaciones formales, que llegó a más de 5 millones en el sexenio anterior, no puede sino aumentar.
Este es el contexto social y económico donde se inscribe la alarma epidemiológica. Con ella, asomaron su nariz otras grietas de nuestro espíritu público: la desconfianza vuelta industria mediática; la aritmética revelada como falla mayor de críticos y opinadores; la frenética búsqueda de un chivo expiatorio como placebo para la incertidumbre de los profesionales de la noticia, agravada por la tranquilidad con que la mayoría de la población parece haber tomado las medidas de emergencia y la información, sin duda incompleta, ofrecida por la autoridad.
En medio, los ecos de la época que Obama decretó periclitada: un costo beneficio grotesco que lleva a enjuiciar a Ebrard por las pérdidas en que incurrirán los restaurantes, ¡cuando apenas se han registrado ocho muertes atribuidas al virus recién llegado! ¡Ah, la astucia de la razón contable!
El cuadro dibujado por el banco y el fondo puede servirnos para poner en perspectiva lo que viene: no “la vuelta a la normalidad” sino la entrada a una nueva anormalidad que sólo podremos soportar si rehacemos la agenda nacional: el empleo en el centro; la salud como derecho universal garantizado por un servicio nacional digno de tal nombre; la investigación biomédica y sanitaria como eje de nuestra seguridad humana; la recuperación pronta de capacidades perdidas, víctimas de la furia neoliberal, en materia de vacunas y otras variantes básicas y asequibles para una vida sana, etcétera.
Sin duda, la auditoría sobre el estado real de nuestro sistema de salud debe emprenderse ya, al paso de la urgente revisión de la economía y de la política económica punto menos que suicida en que parece empeñado el gobierno. Pero la situación es muy grave, y la tentación de confundir sensatez ciudadana con resignación ante un autoritarismo de nuevo corte pero viejo tufo oligárquico crece con los días. A la epidemia de ignorancia de que nos habló el doctor Sarukhán este viernes en El Universal puede suceder sin más una epidemia de arrogancia sin más fin que racionalizar lo absurdo.
La normalización que nos urge no puede basarse en las medias verdades, mucho menos en la autocelebración grandilocuente; pero tampoco en juicios sumarios inspirados en lo peor de la conspiración-ficción para la que tan buen terreno ofrecen la emergencia y el temor ante las señales profundas de nuestra realidad natural.
Bienvenidos a la N(ueva) A(normalidad).
Catastrofemas de la semana: la economía de Estados Unidos se contrajo más de lo esperado y cayó en el primer trimestre del año en 6.1 por ciento a tasa anual, ligeramente menor al 6.3 por ciento registrado en el último trimestre de 2008, pero insuficiente para anunciar que la noche quedó atrás. Por su parte, la actividad económica de México registró un “desplome” anual en febrero de 10.8 por ciento, con caídas en la industria de 13.2 por ciento y de 9.6 por ciento en los servicios. Esta, nos recuerda Juan Antonio Zúñiga (La Jornada, 29/4/09, p. 45), es la reducción más aguda registrada por el Índice Global de la Actividad Económica, que en junio de 1995 tuvo una contracción de 9.78 por ciento.
A partir de estos y otros registros, el Banco de México revisó sus proyecciones para 2009 y pronostica que la producción podría contraerse hasta en 4.8 por ciento. México vive en medio de la “más severa recesión desde la posguerra”, advirtió el gobernador del banco central, y traerá consigo una pérdida de 450 mil empleos. De esta manera, Banxico rebasa por lo pesimista las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, que días antes anunciaba una disminución anual de 3.7 por ciento, la más aguda de la región latinoamericana para el año (Roberto González Amador, La Jornada, 30/4/09, p. 46).
Estas y otras estimaciones nos remiten a territorio astronómico cuando las ponemos en números absolutos: miles de millones de dólares, cientos de miles de millones de pesos, centenas de miles de trabajos perdidos. Pero es esta última realidad la que podría hacernos poner los pies en la tierra y acercar nuestro entendimiento y sensibilidad a la gravedad de la situación por la que pasa nuestra sociedad, antes de la epidemia y después de ella, cuando las pérdidas atribuidas a ésta puedan estimarse con calma.
La relación que el Banco de México nos presenta entre la caída de la actividad y la pérdida de empleos puede ser conservadora, cuando no moderada; pero sin caer en catastrofismo alguno, del que ahora se encargan el banco y el fondo, hay que hablar no sólo de empleos perdidos, sino de empleos no creados, dado que cada año llegan a la edad de trabajar y necesitan hacerlo entre 800 mil y un millón de mexicanos. Así, el déficit de ocupaciones formales, que llegó a más de 5 millones en el sexenio anterior, no puede sino aumentar.
Este es el contexto social y económico donde se inscribe la alarma epidemiológica. Con ella, asomaron su nariz otras grietas de nuestro espíritu público: la desconfianza vuelta industria mediática; la aritmética revelada como falla mayor de críticos y opinadores; la frenética búsqueda de un chivo expiatorio como placebo para la incertidumbre de los profesionales de la noticia, agravada por la tranquilidad con que la mayoría de la población parece haber tomado las medidas de emergencia y la información, sin duda incompleta, ofrecida por la autoridad.
En medio, los ecos de la época que Obama decretó periclitada: un costo beneficio grotesco que lleva a enjuiciar a Ebrard por las pérdidas en que incurrirán los restaurantes, ¡cuando apenas se han registrado ocho muertes atribuidas al virus recién llegado! ¡Ah, la astucia de la razón contable!
El cuadro dibujado por el banco y el fondo puede servirnos para poner en perspectiva lo que viene: no “la vuelta a la normalidad” sino la entrada a una nueva anormalidad que sólo podremos soportar si rehacemos la agenda nacional: el empleo en el centro; la salud como derecho universal garantizado por un servicio nacional digno de tal nombre; la investigación biomédica y sanitaria como eje de nuestra seguridad humana; la recuperación pronta de capacidades perdidas, víctimas de la furia neoliberal, en materia de vacunas y otras variantes básicas y asequibles para una vida sana, etcétera.
Sin duda, la auditoría sobre el estado real de nuestro sistema de salud debe emprenderse ya, al paso de la urgente revisión de la economía y de la política económica punto menos que suicida en que parece empeñado el gobierno. Pero la situación es muy grave, y la tentación de confundir sensatez ciudadana con resignación ante un autoritarismo de nuevo corte pero viejo tufo oligárquico crece con los días. A la epidemia de ignorancia de que nos habló el doctor Sarukhán este viernes en El Universal puede suceder sin más una epidemia de arrogancia sin más fin que racionalizar lo absurdo.
La normalización que nos urge no puede basarse en las medias verdades, mucho menos en la autocelebración grandilocuente; pero tampoco en juicios sumarios inspirados en lo peor de la conspiración-ficción para la que tan buen terreno ofrecen la emergencia y el temor ante las señales profundas de nuestra realidad natural.
Bienvenidos a la N(ueva) A(normalidad).
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