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lunes, 22 de julio de 2013

Escapar de las masas

Cierre de campaña de AMLO en el Zócalo capitalino. Foto: Eduardo Miranda
Gustavo Esteva
L
lovió en mi milpa electrónica. Lo que escribí hace 15 días mereció muchos comentarios, no todos amables.
Sometí a crítica la postura que tiende a descalificar a las grandes movilizaciones recientes por su falta de organización, coherencia, programa y claridad teórica y política. La observación que atrajo las principales reacciones adversas fue la siguiente: “Más que pensar en cómo guiar a masas desorientadas, para traerles la verdad revolucionaria de las vanguardias y los iluminados, puede haber llegado la hora en que nos dejemos conducir por los hombres y mujeres ordinarios que se han puesto en movimiento… con su propia claridad teórica y política y su propia organización.”
Se criticó que yo apoyara elespontaneísmo de las masas y que atribuyera potencial revolucionario a estallidos de indignación que, como dijoThe Guardian, pueden cambiar estados de ánimo, desechar políticas y derrocar gobiernos, pero no llegan muy lejos porque son políticamente incipientes: carecen de preparación, madurez y orientación. Se me dijo que a lo mejor ya no estamos en la etapa de lasvanguardias iluminadas o los partidos, pero de todas maneras necesitamos cuadros dirigentes, activistas, organizadores…
Esta postura leninista, característica del siglo XX, exige un programa revolucionario y un grupo dirigente que se ocupen de la formación de las masas, su organización y su conducción.
La noción de masa, nos advirtió Machado hace mucho tiempo, es un concepto eclesiástico y burgués, aunque tenga resonancia radical. Las iglesias quieren masas de fieles. Los capitalistas quieren masas de trabajadores y de consumidores. Una masa humana implica una reducción brutal de las personas: se les convierte en átomos homogeneizados de un conjunto, subordinados a una creencia o ideología y a quienes las encarnan.
Los átomos homogeneizados –los de un gas, las bolas de billar, las cartas de una baraja, los afiliados a un partido, un sindicato o una iglesia– no pueden articularse entre sí y formar por sí mismos una estructura organizada: sólo un dispositivo externo puede mantenerlos juntos.
La organización de las masas es siempre obra de agentes externos que las moldean y las cuelgan de las dirigencias que las conducen. Para incorporarse a ellas, los individuos se ven obligados a reducirse a su configuración.
Hay un claro contraste entre la masa organizada y la muchedumbre, la cual es un aglutinamiento espontáneo y efímero de personas, formado con cualquier pretexto. Su comportamiento es imprevisible.
En las movilizaciones recientes aparecen masas y muchedumbres. Llegan masas organizadas de sindicatos, partidos y otras organizaciones sociales, lo mismo que individuos dispersos que hacen multitud. Pero parecen haber predominado múltiples grupos organizados y coherentes, con motivos claros e impulsos con dirección y tendencia. Comparten la digna rabia, la indignación con el estado de cosas. Pueden o no tener reivindicaciones específicas y algunas demandas. El factor que parece mantenerlos unidos es un rechazo común que abarca cada vez más claramente todo el sistema político y económico dominante. Carecen casi siempre de una imagen clara de lo que querrían poner en lugar de lo que rechazan. No la necesitan. Están inmersos en experimentos sociológicos y políticos que van tomando la forma de la nueva sociedad. Algo así, de esta índole, parece haber ocurrido en todas las revoluciones profundas.
Algunas movilizaciones han tenido el aspecto de revueltas populares de diverso alcance. Son erupciones como las de un volcán, que pasan pronto aunque dejan huellas duraderas, tan sólidas como la lava. En ellas puede observarse concurrencia espontánea de indignaciones múltiples insuficientemente procesadas.
En general, empero, como mostró Zibechi respecto a Brasil ( La Jornada, 12/07/13), lo que parece definir las movilizaciones en curso es una larga preparación. Son fruto de un prolongado proceso de acumulación de fuerzas y experimentación social. Innumerables luchas, exitosas o fallidas, fueron dejando un sedimento en la base social. Hay reacciones espontáneas para el aprovechamiento de momentos y circunstancias, para la transformación de incidentes, para el procesamiento de conflictos, para la improvisación de respuestas ante lo que hacen los de arriba. Pero difícilmente se puede atribuir el consabido espontaneísmo a estas movilizaciones multitudinarias que se resisten a constituir masas manipulables, conducidas por un líder, una ideología o un aparato y que, por eso mismo, provocan perplejidad en las clases políticas y propician peligrosas respuestas que no logran su propósito, pero pueden ser inmensamente destructivas.
En estas movilizaciones, cada grupo participante tiene sus cuadros y dispositivos de organización característicamente horizontales. Por eso es tan difícil dominarlas o manejarlas, desde afuera, o concertarlas, desde adentro. Tal concertación es crecientemente necesaria, urgente, pero tiene su propio ritmo, su parsimonia. Necesita su propio tiempo… que nunca es el de arriba.

martes, 25 de noviembre de 2008

VIOLENCIA Y MANIFESTACIONES POPULARES

Carlos Montemayor

Violencia y manifestaciones populares

Dijimos anteriormente que los grupos de choque se han empleado también contra manifestaciones populares que no eran originalmente de grave inconformidad social, pero que tras la actuación de los grupos policiales o militares deciden resistir o enfrentar a la fuerza pública. La reacción de confrontación no es, por supuesto, constante; tampoco puede afirmarse que sus consecuencias sociales se prolonguen o se acrecienten a corto o a largo plazos. A ello quizás se debe que estos operativos se apliquen con frecuencia, a pesar de que son susceptibles de producir graves reacciones sociales.

En caso de que las fuerzas de choque vuelvan a acosar marchas o concentraciones de los mismos grupos agraviados al inicio, la respuesta social puede ser más prolongada y de consecuencias más graves. En este sentido, a los cálculos y planeación de tales operativos falta agregar las posibles consecuencias no políticas ni sociales inmediatas, sino las de mediano y largo plazos.

La respuesta social prolongada o acumulada puede asumir diversos grados. En 1967, la represión a la manifestación pacífica de los padres de familia de la escuela primaria Juan Álvarez produjo la guerrilla de Lucio Cabañas. Ese mismo año, la respuesta a la masacre de copreros en Acapulco ocurrió a través de los cuadros de la guerrilla de Genaro Vásquez Rojas. La respuesta a la masacre de Aguas Blancas, en 1995, se demoró un año: fue la aparición de la guerrilla del EPR. En el caso de Acteal, en 1997, no hubo una reacción de las víctimas, sino un recrudecimiento de las acciones de grupos paramilitares en otras regiones de Chiapas y un clamor de la opinión pública nacional e internacional. En el caso de San Salvador Atenco, las autoridades consideraban que el conflicto de 2003 había desaparecido o que se había reducido a una dimensión controlable, aunque quizás minimizaba en exceso su protesta permanente y su simbolismo latente en conflictos futuros. Una mayor latencia sigue teniendo, años después, el conflicto social de Oaxaca de 2006.

El Estado atribuye, por otro lado, diversos grados de “éxito” a las intervenciones de los comandos de choque. Sofocar y masacrar pueden ser mecanismos recurrentes para eliminar o frenar manifestaciones populares pacíficas y de inconformidad social. Las aprehensiones multitudinarias pueden considerar sus niveles de éxito tanto en la desaparición física de inconformes como en la suspensión legal, pero arbitraria, de los derechos civiles de los arrestados. Esto implica, por supuesto, como hemos señalado, la coordinación de varias instancias policiales y militares, mandos políticos, agentes de Ministerio Público, jueces, autoridades carcelarias, servicios médicos, control de información o complicidad de medios. Tales intentos de control de marchas y concentraciones sindicales, campesinas o estudiantiles incluyen y concluyen con aprehensiones multitudinarias y condenas expeditas y selectivas.

Ahora bien, es difícil, al menos en el manejo pragmático de concentraciones populares de inconformidad social en México, marcar una frontera clara entre la contención social y el inicio de la represión o la masacre. El riesgo de fundir esas fronteras ha sido recurrente entre nosotros. Gran parte de las manifestaciones populares comienzan con marchas que ocupan calles enteras en largos o breves trayectos hasta llegar al punto de concentración final. La contención policial o militar en estos casos opera en la vigilancia y acotamiento de la marcha y en el resguardo del perímetro de la concentración última. En ocasiones, la concentración no se halla precedida por ninguna marcha y las barreras de contención se extienden por un perímetro más amplio, a fin de tener bajo control las posibles vías de salida o desahogo de la concentración popular.

En términos también técnicos, pareciera más fácil la contención de concentraciones pacíficas no precedidas por marchas, puesto que hay la posibilidad de un seguimiento puntual de los arribos de contingentes a la concentración y de su desahogo posterior por rutas previstas y controladas de antemano. Pero en ocasiones la contención policial se propone precisamente evitar la concentración, y para ello, en términos técnicos, de nuevo, pareciera más fácil frenar las columnas en marcha que controlar su agrupamiento final. En estos casos volvemos al mecanismo reiterado de la violencia: la vigilancia de marchas o de concentraciones no opera de la misma manera que la contención de una marcha para impedir una concentración o que la acción más compleja de dispersar la concentración misma. En estos últimos operativos, la masacre surge de manera recurrente.

No es imposible distinguir los operativos llamados de disuasión de los de dispersión directa. Tampoco, distinguir los operativos previstos de antemano con los operativos emergentes. Igualmente, haya o no una reacción espontánea o inducida de confrontación con la fuerza pública de las columnas en marcha o de los participantes en una concentración, técnicamente parece natural el deslizamiento de los operativos de disuasión o contención a los de represión y masacre. El inicio y el final del movimiento estudiantil de 1968 puede entenderse por estos mecanismos. En la riña inicial de estudiantes de dos vocacionales y una preparatoria, fue la represión policiaca desmedida el origen de la resistencia estudiantil y de la unificación de estudiantes del Politécnico y de la Universidad. El mismo desplazamiento de acciones agravadas ya ocurrió el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco con los operativos “previstos” de contención y disuasión convertidos en o alterados por la masacre.

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