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sábado, 9 de mayo de 2015

Democracia y gobierno fallidos .-HÉCTOR TAJONAR

El voto de castigo. Cartón: Rocha
El voto de castigo. Cartón: Rocha
MÉXICO, D.F. (Proceso).- México es un claro ejemplo de la indisociable relación entre una democracia deficiente y un gobierno disfuncional. El origen de esa nociva mezcla es la permanencia de los vicios típicos del régimen autoritario –corrupción política y electoral, conflictos de interés, abuso de autoridad, censura, matanzas perpetradas por la fuerza pública, tortura, violación de derechos humanos, impunidad–, con el agravante de que la idiosincrasia y las  prácticas del priismo hegemónico parecen haberse enquistado en la totalidad del cuerpo político nacional.
El caso de México tiene características especiales, pero no es único en el mundo. Durante la última década, muchos países que transitaron del autoritarismo a la democracia han permanecido en lo que el politólogo Thomas Carothers ha llamado “la zona gris”, un estadio intermedio entre los dos sistemas que provoca estancamiento político y económico e impide el desarrollo democrático. Más allá de la realización de procesos electorales limpios –requisito indispensable de la democracia–, lo que suele fallar en este tipo de regímenes híbridos o “autoritarismos competitivos” es el respeto a las libertades civiles, la legalidad y los derechos humanos, lo mismo que el control de la corrupción y la fortaleza de la sociedad civil.
En su estudio sobre “la recesión democrática”, Larry Diamond enumeró 25 países en los que la democracia se ha derrumbado de 2000 a 2014, entre los que se hallan: Venezuela, Rusia, Tailandia, Filipinas, Honduras, Nicaragua y Turquía (“Facing up with Democratic Recession”, Journal of Democracy, enero de 2015). México no aparece en esa lista, aunque los trágicos y escandalosos acontecimientos de los últimos meses lo exigirían: Tlatlaya, Ayotzinapa, Apatzingán, los conflictos de interés en que incurrieron el presidente y dos de sus secretarios de Estado –aún no aclarados– por haber obtenido beneficios inmobiliarios otorgados por contratistas del gobierno; la destitución de Carmen Aristegui de su noticiario radiofónico; el desplome de la credibilidad y legitimidad de la administración de Enrique Peña Nieto; la infiltración del crimen organizado en procesos electorales y la cooptación de funcionarios en los tres niveles de gobierno.
Tales hechos podrían adscribirse a lo que Diamond llama “degradación presidencial” (Executive degradation) o “abuso del Ejecutivo” (Executive abuse), al igual que la creciente violencia, la tortura y la violación de derechos humanos, que según el politólogo propician el colapso de la democracia.
A ello debe agregarse la desconfianza ciudadana en los procesos electorales. De acuerdo con un estudio de opinión solicitado por el Instituto Nacional Electoral, la mitad del electorado piensa que los procesos comiciales en el país no son confiables, el 23% opina que han sido parcialmente confiables y sólo una cuarta parte (27%) considera que sí han sido confiables. El 38% del electorado afirma que votará el próximo 7 de junio, casi la mitad (47%) no tiene voluntad de hacerlo y 15% aún no lo decide. Cerca de la mitad de los ciudadanos (46%) piensa que habrá violencia en los comicios de junio, al tiempo que 68% estima que la violencia ha aumentado. (Reforma, 27/IV/15.)
¿A qué se debe que la libertad y la democracia estén sufriendo una regresión en muchos países?, se pregunta Diamond. Su respuesta es contundente: el mal gobierno (bad governance). ¿Y cuál es la principal causa de la mala gobernanza? La corrupción y el abuso del poder.
Coincido con su diagnóstico. La falta de un verdadero estado de derecho, de transparencia y rendición de cuentas, así como la corrupción impune son el origen de los gobiernos fallidos.
Evidentemente, ello repercute en el mal desempeño económico, la desigualdad social y la pobreza que prevalece en los países, como México, que padecen una democracia degradada y gobiernos corruptos e ineficaces que impiden el desarrollo de sus pueblos. El magro crecimiento económico, la baja productividad y competitividad, la economía informal en la que trabaja más de las mitad de la fuerza laboral de México, el desempleo y los elevados índices de pobreza son problemas ancestrales que se agravan a causa de gobernantes ineptos y expoliadores. Mientras la nación naufraga, el negocio de esos truhanes va muy bien, como lo muestra Gabriel Zaid: De 2013 a 2014 los estímulos a servidores públicos aumentaron 96% (Reforma, 26/IV/15).
Y qué decir de los diputados, que en el mismo lapso recibieron mil 193 millones de pesos para gasto discrecional. He ahí una muestra patente de la inoperancia del principio de representación política, uno de los pilares de la democracia, que en México es mera ficción.
Lo anterior también es prueba de la insuficiencia de un criterio estrictamente procedimental para definir la calidad de la democracia con base en la celebración de elecciones libres y regulares. Se cumple con el proceso electoral para colocar en las curules de la representación popular a granujas ocupados sólo en satisfacer su irrefrenable codicia, como lo muestra la fotografía de Carlos Romero Deschamps hojeando un catálogo de yates mientras se discutía en el Senado el Sistema Nacional Anticorrupción. El senador priista y magnate del proletariado –con su fuero inmune y apapachado por el presidente y el director de Pemex– es el paradigma de la ominosa impunidad que prevalecerá en México, al menos durante el presente sexenio.
De acuerdo con Juan Portal, titular de la Auditoría Superior de la Federación, y de Mauricio Merino, especialista en la materia, los indiscutibles avances del Sistema Anticorrupción tardarán una generación en rendir frutos plenos. La pregunta es si el país y la ciudadanía aguantarán 15 años más de fuero para legisladores, gobernadores y funcionarios deshonestos que no están obligados a hacer públicas sus declaraciones patrimoniales, fiscales y de intereses, además de la impunidad selectiva que seguirá siendo prerrogativa metaconstitucional del presidente en turno.
Ninguna nación que se precie de ser democrática puede tener gobernadores (en funciones o con licencia) como el perredista Ángel Aguirre (de Guerrero), el priista Fausto Vallejo (de Michoacán) o el panista Guillermo Padrés (de Sonora) –virreyes de la corrupción, presumiblemente coludidos con el crimen organizado– gozando de total impunidad.
Una pseudodemocracia y un gobierno fallidos merecen ser castigados en las urnas. Que cada elector opte consciente y responsablemente por votar, abstenerse de hacerlo, tachar la boleta o boicotear el proceso electoral. El justificado hartazgo ciudadano debe hacerse sentir, pacífica pero enérgicamente, en los comicios de junio.  

martes, 28 de octubre de 2014

Peña, un hombre llamado fracaso


Osorio, Peña, Cienfuegos y Videgaray en la Plaza de la Constitución. Foto: Octavio Gómez
Osorio, Peña, Cienfuegos y Videgaray en la Plaza de la Constitución.
Foto: Octavio Gómez
MÉXICO, D.F. (apro).- La ofensiva política, diplomática, mediática y judicial de Enrique Peña Nieto para contrarrestar el trance por la desaparición de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa, que hace más de un mes no halla ni “con todo el peso del Estado”, no alcanzan para ocultar la principal causa de la crisis nacional: El monumental fracaso presidencial al cumplirse casi un tercio del sexenio.
Seguridad y economía son los dos principales pilares del gobierno de Peña, y los encarnan Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, y Luis Videgaray, secretario de Hacienda, sus dos principales prospectos para la sucesión en 2018, pero –si hoy fueran las elecciones– cualquiera de los dos sería también un fiasco como su jefe.
En el gobierno de Peña están encendidas todas las alarmas: Hace dos meses, ante su segundo informe de gobierno, la aprobación presidencial era ya mala, menor a 50% justamente por la mala economía y la inseguridad, pero la crisis por los desaparecidos de Ayotzinapa la ha desplomado hasta en menos de 30%, cifra que ha conmocionado a los priistas.
Justo en el contexto de esta honda crisis, que es también humanitaria y que tiene que ver con las complicidades en la estructura del Estado que se ha vuelto criminal, Andrés Manuel López Obrador ha exigido la renuncia de Peña, y por eso también la respuesta de éste ha sido involucrarlo en las conductas delincuenciales del exalcalde de Iguala, José Luis Abarca, y del exgobernador Ángel Aguirre.
Pero esta estrategia opera en contra del propio gobierno, que desde hace más de un año tuvo evidencias de los contubernios mafiosos de estos personajes y nada hizo a través del procurador Jesús Murillo Karam y de Osorio Chong, a pesar de estar constitucional y legalmente facultados para investigar con todos los recursos del Estado.
Cualquier observador mínimamente informado sabe, también, que el amigo de Aguirre Rivero no es López Obrador, quien nunca apareció en un acto de su campaña, sino precisamente Peña: En la elección de enero de 2011, el apoyo de éste no fue para el candidato priista, Manuel Añorve, y ya como presidente visitó Guerrero 17 veces, una por mes, y la número 18 la frustró la violencia en Iguala.
No extraña que al embate del gobierno federal contra López Obrador se hayan sumado Jesús Zambrano, quien se reunió con Abarca antes de fugarse, así como Javier Lozano y Ernesto Cordero, testaferros de Felipe Calderón. Los une una característica: Jamás han ganado una elección.
La estrategia de Peña a nivel internacional, para hacerse pasar como víctima de la violencia, y la interna, para escabullir su responsabilidad culpando a López Obrador, no ha logrado contrarrestar la percepción mundial de que el gobierno y el Estado han sido rebasados por los problemas, como opina también la mayoría de los mexicanos, según las encuestas que aquí se han examinado.
Aun antes de Ayotzinapa y Tlatlaya, la violencia que se extiende por todo el país acreditaba ya el fracaso de la estrategia de seguridad de Peña, tan parecida a la de Felipe Calderón, porque no ha sido capaz de disminuir notablemente el número de homicidios relacionados con el crimen organizado, menos aún los secuestros y las extorsiones contra ciudadanos.
Aun con cifras manipuladas, como ha demostrado la revista Zeta de Tijuana con base en cifras oficiales de los estados de la República, los muertos de Peña siguen a la alza, pese a que el responsable del tema, el precandidato Osorio Chong, alegue que es lo contrario.
En el ámbito de la economía, que maneja Videgaray –el otro aspirante presidencial–, se ha ido desvaneciendo el furor mundial por las reformas estructurales, y al mundo le queda claro que la economía mexicana sufre un estancamiento, más allá del debate de si es desaceleración o recesión.
Así como coincidieron en aplaudir las reformas privatizadoras, ahora The Economist, Financial Times, The Guardian, The New York Times, Le Monde, The New Yorker y hasta El País, tan condescendiente con la derecha mexicana por detestar a López Obrador, no tienen duda: México está al garete con Peña.
Este panorama presagia un mayor peligro para los mexicanos: En el descontrol del Estado, capturado por el crimen, los apetitos del autoritarismo aumentan. Cuidado…
Apuntes
El clamor que crece y que tiene paralizado a Peña: ¿Dónde están los 43 estudiantes de Ayotzinapa?
Comentarios en Twitter: @alvaro_delgado

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