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domingo, 19 de febrero de 2012

¿En dónde está el nuevo PRI?


Arnaldo Córdova
Peña Nieto y sus asesores han descubierto que el gobierno panista y su partido los pueden hacer víctimas, si no es que ya lo son, de una guerra sucia”. No la han definido (no son hombres de definiciones), pero saben de qué hablan y el recuerdo de la experiencia electoral de 2006 se les aparece como una pesadilla que comienza a meterles miedo. Igual que Fox en su momento, saben que Calderón es capacísimo de someterlos a ataques sucios y descabellados que pueden desbarrancar el proceso electoral e imponer a su ya definida candidata a la Presidencia. Seguros de su triunfo, ellos quisieran unas elecciones de terciopelo en las que los ciudadanos pudieran elegir sin presiones a sus candidatos.

Lo primero que han hecho los panistas, y en ello se ha destacado su dirigente nacional, Gustavo Madero, es tratar de convencer que el PRI sigue siendo el viejo partido mañoso y autoritario, y que el PAN es lo único que se le opone para evitar una vuelta al pasado priísta. Los priístas y sus defensores, gratuitos o no, por el contrario, nos quieren convencer de que el PRI ya es otro partido que no tiene nada que ver con el antiguo “partidazo”. Algunos admiten, por supuesto que, en realidad, el PRI es un nuevo y un viejo partido, a la vez, pero se deslizan, sin que lo noten, a cifrar lo que tiene de nuevo en el hecho de que ahora tiene una candidatura triunfadora.

Que el PRI es un fruto eminente de la Revolución Mexicana y que su ideología fue durante decenios la ideología de la Revolución, lo dirimen diciendo que dicha ideología no existió o que simplemente fue una “presunta” ideología, con el argumento, bastante estúpido, de que fue una amalgama de ideas y propuestas contradictorias entre sí. Eso no es más que declarar su ignorancia de la historia y, además, ufanarse de ello. Para los panistas, el PRI sigue siendo el de siempre, vale decir, una maquinaria de poder corrupta y corruptora, a la que hay que impedir que regrese al poder.

¿Qué podría haber de cierto en la afirmación de que el PRI, en efecto, ha cambiado de piel y ya es otra cosa? La verdad y siendo generosos, es que el PRI en lo único en que ha cambiado y, para ello, sólo parcialmente, es que ha perdido el poder presidencial. Su modo autoritario de conducir la dirección de sus bases es la misma, y no basta con decir que ahora los priístas, para hacer sus designaciones, por ejemplo, siempre negocian, porque siempre lo hicieron, incluso en la época de mayor lustre y autoridad del poder presidencial. Al final, desde la época de Calles, las decisiones se tomaban por consenso entre sus grupos de poder.

Antes decidía el presidente, se ha dicho, pero eso sólo ocurría, ya desde los años de Obregón, cuando los mismos grupos de poder, al final de una rebatiña en la que no se ponían de acuerdo, dejaban la decisión en manos del presidente. Por lo general, desde que los revolucionarios dejaron de dirimir sus diferencias a balazos o con el asesinato, el papel del presidente era el de árbitro de las pugnas entre sus partidarios o el de formar y recoger los consensos en torno a decisiones capitales. Ciertamente, cuando él tomaba partido por alguna de las opciones, lo que hacía era fracturar su frente interno y por eso se abstenía de cargar la balanza de algún lado.

Por supuesto que muchas cosas cambiaron en el PRI cuando perdió la Presidencia. Pero no fue su naturaleza ni su modo de ser y de existir. Su modo de hacer política y hasta sus grupos de poder siguieron siendo los mismos, aunque con los recambios que el tiempo y las circunstancias imponen. Fue como si un lobo hubiera perdido los colmillos. El problema con el PRI es que hace recambio de colmillos periódicamente y suelen crecerle tan agudos como antes. De igual modo debió haber contribuido a cambiar las cosas en el PRI el hecho de haber perdido el apoyo histórico que tenía siempre de los grandes grupos empresariales en las campañas de 2000 y 2006.
En eso, más que el PRI como partido, los que han encontrado el modo de tenerlo como reserva de poder clasista han sido los empresarios y los exponentes de los llamados grupos fácticos, que han ido colocando en los puestos de representación popular a personeros suyos que actúan no partidariamente, sino facciosamente en favor directamente de sus intereses. En eso abrieron cancha primero en el mismo PRI y posteriormente en el PAN. Ni siquiera en eso hay verdaderos cambios.

El PRI sigue siendo el mismo de antes, pero se nota que como maquinaria de poder ha sufrido un lento y persistente proceso de decadencia y desgaste. El viejo presidencialismo ha sido sustituido por el poder de los gobernadores, pero sigue teniendo los mismos rasgos de antaño: ahora es el pool de los mandatarios estatales el que funge como árbitro de las contiendas, con la desventaja de que no puede ser unipersonal como antes; pero el tipo de intereses a arbitrar sigue siendo el mismo, de grupos, de mafias, de banderías que ya nadie puede cubrir con mantos ideológicos, todos asociados en una alianza que todos preservan, porque de ella depende su existencia. Los liderazgos siguen siendo los mismos de antaño.

Una tragedia en especial de esa decadencia lo es, a ojos vistas, el destino que ha cabido a los sectores de masas (obrero, campesino y popular), que siguen arrastrando su existencia, pero que carecen ya de fuerza política y, sobre todo, de la antigua capacidad de movilización y de organización de los trabajadores. Sus cúpulas y liderazgos se han convertido en traficantes de negocios, en empresarios de masas, que mantienen su pertenencia al partido, pero que sirven de igual modo a los gobiernos derechistas del PAN, muchas veces en contra de los intereses de sus agremiados e, incluso, hasta de su propio partido.

El priísmo es un sinónimo de la corrupción y en sus tratos con el gobernante panismo lo demuestra a cada momento. Si los viejos priístas se enteraran del contenido de la última reforma laboral que sus diputados presentaron hace unos meses, idéntica a la del PAN y con todas las exigencias que la derecha patronal les ha impuesto a ellos y a los panistas, dirían, seguramente, que el viejo PRI ha muerto y sus enterradores son los mismos que ahora lo dirigen y lo representan. Lo mismo puede decirse de la política económica, de la educativa, de la de salud, de la agraria e indigenista y, en realidad, de todo lo demás.

¿Es eso algo nuevo? Ciertamente que no. Es exactamente lo que estamos viendo desde los sexenios de De la Madrid y Salinas y, no se diga, de Zedillo. Estamos hablando del viejo PRI, que sigue siendo el mismo, neoliberal, antinacionalista y contrarrevolucionario. Enrique Peña Nieto no ofrece nada nuevo, ni aun en el discurso, que sigue empleando los mismos parámetros de pensamiento. Su punto de partida es tratar de diferenciarse del gobierno panista. Lo dijo Ramírez Marín, vicecoordinador de la campaña priísta: “Somos un partido en la oposición y debemos proponer a la sociedad lo que hace diferente al PRI respecto de lo que está pasando [sic] y lo que realiza el gobierno” (La Jornada, 09/02/2012). ¿Qué es lo que hace “diferente” al PRI del PAN? Deberían demostrarlo.

domingo, 12 de febrero de 2012

La contienda interna del PAN


Arnaldo Córdova
Muchos se han sorprendido del resultado que tuvo la lucha por la candidatura presidencial del PAN entre Ernesto Cordero, Josefina Vázquez Mota y Santiago Creel. Objetivamente, se trató de un final que muy pocos, fuera de los partidarios de Vázquez Mota, se esperaban y, menos, del modo apabullante en que se dio su triunfo. Sin embargo, se trató sólo de una apariencia, pues es verdad que la dirigencia panista se encontraba en una situación tan extremadamente delicada, dada la reiterada y dominante ventaja que ella mostraba siempre en las encuestas y pese al favoritismo exacerbado que Calderón exhibía por su ex secretario de Hacienda, como para lanzarse a la aventura de descalificarla y negarle el triunfo.

De hecho, eso último fue lo que todo mundo vislumbraba. Como la puja quedaba circunscrita a los miembros y adherentes del blanquiazul, era fácil imaginar que, desde el poder y, en especial, desde Los Pinos, se echaría mano de todos los recursos para hacer triunfar a Cordero. Algo debió ocurrir en alguna etapa del proceso que hizo imposible esa posibilidad, si bien no del todo, pues la votación obtenida por el llamado delfín fue, de verdad, totalmente extraña a las tendencias que las encuestas revelaban. Del mismo modo en que lo fue, al revés, la que obtuvo Creel, que siempre estuvo por encima de Cordero.

Ciertamente, alguien o algo debió haberle roto a Calderón su frente interno en el gobierno y en el partido, de modo de impedir una cargada en apoyo de su favorito. Muy pronto, la dirigencia panista comenzó a dividirse entre partidarios de Cordero y de Vázquez Mota y, lo más notorio, los mismos exponentes del gobierno y hasta del círculo más íntimo de Calderón comenzaron a dividirse en sus preferencias sin que nadie pudiera evitarlo o se atreviese a parar la diáspora. Cuando Roberto Gil, tan allegado al ocupante de Los Pinos, anunció que se decidía por Vázquez Mota la suerte pareció echada. Por lo visto, había ya vía libre para que todos se expresaran como lo decidieran en lo particular, sin presiones.

Todo ello pudo haber salvado al PAN y a su gobierno de una tormenta interna que nadie puede imaginar en qué habría acabado. Calderón, simplemente, no pudo hacer nada para parar a la precandidata o, tal vez, no lo quiso, lo que avalaría la idea muy generalizada de que su intención era, desde luego, sacar adelante a Cordero, pero, ante todo, parar a Creel, su antiguo contendiente, gran contradictor dentro del panismo y, lo más importante, un claro prospecto de Vicente Fox al que no se le iba a permitir meter las manos en el proceso.

Muchos han disertado sobre la naturaleza “consustancialmente democrática” del PAN que, al parecer, acabó imponiéndose al autoritarismo calderonista. El desmentido a tal hipótesis tradicionalista lo dan los mismos hechos de la lucha interna. Nunca, antes de llegar a ser un “partido gobernante” (como lo definió Luis H. Álvarez a principios de los noventa), se había visto que los panistas, para dirimir sus conflictos internos, recurrieran a las prácticas sucias, desleales y prepotentes de sus adversarios priístas (manipulación de votantes, acarreos, corruptelas electorales a más no poder y uso abusivo de los recursos del poder público y de los poderosos que sumaban a sus filas).

Después de su ascenso sostenido desde mediados de los años ochenta, los panistas fueron aprendiendo las malas artes de sus antiguos enemigos y aplicándolas, primero, con cierto disimulo y hasta con vergüenza democrática, y después, plenamente y sin ningún rubor, cuando se acostumbraron al poder, con todos los recursos que podían tener a la mano, por más sucios que antes les parecieran. Eso se pudo ver en la contienda interna para elegir candidato a los comicios presidenciales de 2006, cuando Calderón apabulló a Creel con sus marrullerías y sus truculencias. Tal parece que Creel no aprendió para nada la lección.
En esta contienda todo mundo ha podido testimoniar la ferocidad de que los panistas han hecho gala en su lucha por el poder. Vázquez Mota no se limitó a ofrecer su condición de mujer como la novedad política que podría revitalizar las aspiraciones panistas a seguir siendo un partido gobernante. Desde luego que hizo uso de esa carta todas las veces que pudo, pero su batalla fue de lo más rudo y sin miramientos. Con tal de lograr su preeminencia en las encuestas (que, después de todo, sólo iban a servir como un referente para los electores panistas) ella también abusó de todos los instrumentos que el mismo poder puso de su lado, a veces, en contra de su mismo jefe.

Más sorprendentes todavía que los mismos resultados de la elección interna y no obstante lo sanguinario de la pugna, fueron ciertos comentarios de un arrobamiento desembozado por la “proeza” de la precandidata panista. Resulta increíble que alguien crea que su triunfo no se lo debe ni a los gobernadores, ni a la mayoría de los secretarios, ni a la casa presidencial y todavía piense que su mejor cualidad es su talante tolerante, incluyente, conciliador y con capacidad de convocatoria (María Amparo Casar, en Reforma, 07.02.2012). Por el tipo de asesores que ha conjuntado, se puede saber de la calidad democrática de su desempeño. Bastará recordar a ese innombrable que se llama Solá.

Los precandidatos derrotados han hecho lujo de contrición en su debacle. Es probable que Creel todavía no pueda entender cómo fue que sacó en la contienda un miserable seis por ciento de la votación interna. Él, que sólo pedía que le pusieran el suelo parejo, de seguro ahora no podrá ni distinguir lo que es parejo de lo que es chipotudo. Cuando en el PRI se dan estos casos y alguien sale derrotado, lo primero que busca, como suele decirse, es vender cara su derrota. Eso sucede, evidentemente, porque se trata de personajes que siempre tienen una fuerza de regular tamaño detrás de ellos. Cordero, al parecer, anda buscando un lugarcito nadie sabe en dónde. En todo caso, no parece justificar que haya obtenido nada menos que un 38 por ciento de la votación, cosa que, ésa sí, nadie se esperaba, menos él, por supuesto.

El problema no son los precandidatos, sino los grupos panistas que fueron protagonistas en la misma contienda, muchos de los cuales deben estar resumando rencor y deseos de venganza. Ésos son los que, sin duda alguna, van a vender cara su derrota. Calderón, por lo pronto, está en un brete. Por un rato, al menos, todos han puesto a dormir sus anuncios triunfalistas (si es que alguien creyó en ellos) para recalcar el hecho, que no necesita demostración, de que él es el verdadero perdedor y, lo que es lo peor, derrotado por sus propios correligionarios. Puede ser, claro está, una exageración, pero esa es la percepción generalizada.

Vázquez Mota, en el paroxismo del entusiasmo por la victoria, de inmediato se propuso enfrentar a sus adversarios y lo hizo del modo más ingenuo y prepotente, calificando a Peña Nieto como su enemigo a vencer e ignorando al ya seguro candidato de las izquierdas, dando a entender que éste no es para ella un contendiente de cuidado, lo que a López Obrador no le hizo ni cosquillas. Todos saben que del plato a la boca se cae la sopa: a esta señora no sólo se le puede caer, sino que la puede quemar.

domingo, 29 de enero de 2012

Lo que hay detrás de la ruptura.

 
Arnaldo Córdova
La alianza del PRI con el Panal alegró mucho a Enrique Peña Nieto porque, según confesó a sus allegados, era hora de hacer volver a la Gordillo y sus huestes al antiguo redil. Fue notable, desde luego, el empeño que el entonces presidente del partido, Humberto Moreira, puso en la obra, tanto que se le atribuyó a él la misma idea de la alianza. Peña Nieto, empero, fue el que verdaderamente se encargó de cocinar el acuerdo. En varias ocasiones se le vio en encuentros con la cacique magisterial. El caso fue que la dirigencia priísta parecía estar muy contenta con esa alianza. De repente, el cielo se le vino encima y la coalición se esfumó.
A todos aquellos que prefieren las malas artes en las contiendas electorales, los que buscan ganar a como dé lugar, se les antoja siempre un aliado como la Gordillo y sus mafiosos, sobre todo, como operadores electorales, en lo que se han creado una gran fama, más que por los votos que realmente representen. Moreira tiene fama de ser un cuadro político hechura de la dirigente chiapaneca, pero él no era más que un instrumento en manos del precandidato priísta que hacía todo lo que éste decidía. La alianza fue obra, ante todo, de Peña Nieto. Así lo mostraba él mismo cuando aludía al pacto.
La alianza, sin embargo, resultó muy costosa para el partidazo y aquellos de los suyos que fueron sacrificados en aras de la misma muy pronto comenzaron a respingar y se iniciaron las rebeliones abiertas no sólo contra el acuerdo de cúpula, sino en contra del mismo precandidato priísta, víctima, por lo demás, de sus errores y pifias. La cosa empezó a preocupar a la dirigencia priísta y se hizo evidente el miedo en los círculos allegados a Peña Nieto por la mala fama de la Gordillo (hasta entonces repararon en ella o, cínicamente, hasta entonces empezaron a repudiarla). La aparente tranquilidad con la que ambos aliados han reaccionado después de la ruptura ha sido sólo para enmascarar las decepciones a que ha dado lugar.
No se trató de un rompimiento violento, sino y hasta donde se pudo, negociado y con algunos acuerdos. Algunos de éstos, por cierto, fueron un verdadero tanque de oxígeno para los gordillistas, como, por ejemplo, el mantenimiento de alianzas a nivel local con el PRI. El senador Labastida, uno de los más feroces enemigos de la alianza, aseveró que la misma no era ni podía ser con el grupo dirigente de la Gordillo, sino, dijo, con las bases del magisterio, y agregó que muchos maestros serán candidatos del PRI.
Eso ha dado lugar a que algunos (el precandidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, en primerísimo lugar) piensen, fundadamente, que el drama tiene mucho de comedia y de farsa, y que se hace sólo para descargar a Peña Nieto del oneroso fardo que representa el inconmensurable descrédito de la Gordillo. En todo lo que tenga de real, ello no obstante, quedó claro que fueron los priístas quienes decidieron romper con el Panal, aunque ahora todos, priístas y panaleros, nos vengan con el cuento de que fueron los últimos los que lo acordaron. El mismo Peña Nieto declaró el pasado día 23 que la decisión, en efecto, fue del Panal, dijo el precandidato, en un acuerdo amigable.
Dos días antes, Peña Nieto fue más claro, dejando entrever que la alianza se había vuelto irrealizable e inmanejable para su partido; “lo ocurrido –dijo– fue una falta de conciliación [sic] en los intereses de cada uno y eso nos llevó a definir de manera mutuamente acordada, que cada partido fuera por su cuenta”. El golpe para Gordillo y su grupo, como lo señalara Luis Hernández Navarro, fue seco y demoledor. Porque no se trata solamente de que el Panal ya no pueda tener 24 diputados y cuatro senadores, que era el botín de la alianza, sino un mayor desprestigio y un virtual aislamiento de las huestes gordillistas.

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El presidente del Panal, Luis Castro, y la diputada Mónica Arriola Gordillo, anuncian la ruptura con el PRIFoto Marco Peláez

 




presidente panalero, Luis Castro Obregón, le echó la culpa de la ruptura a la parte conservadora del PRI, a “los labastidas, los augustos santiago… que representan el pasado”. Exonera a Peña Nieto, con quien hablamos siempre. Pero luego se sacó un conejo de la chistera al denunciar, según él, que fueron aquellos mismos priístas tradicionales y conservadores los que echaron a pique la alianza, al intentar modificar el convenio de la coalición. De acuerdo con Castro, esos priístas habrían exigido del Panal que aceptara ir en más estados, cosa que no aclaró en qué podría consistir. Que el PRI le soltara más puestos de elección es absolutamente improbable. En todo caso, esas entidades serían Campeche, Sonora, Chihuahua, Aguascalientes, Baja California y el DF.
Sea como fuere, parece claro que los que faltaron a la palabra empeñada fueron los priístas, que ni siquiera se preocuparon de guardar las formas. Pudieron haber dejado la cosa en la simple petición de que los panaleros aceptaran que los diputados (24) y senadores (4) fueran menos de lo que se acordó. Según una nota de Andrea Becerril (22 de enero), el argumento de inconformidad de los priístas fue por la postulación de los familiares de Gordillo (su hija y su yerno), lo que estaba provocando la rebelión de las bases partidarias. Después de varias horas de negociaciones telefónicas con la Gordillo, los priístas se decidieron por la ruptura.
Tal parece que en esta contienda hubo ganadores y perdedores. El primer perdedor de todos, por lo menos en el tiempo, fue Humberto Moreira y no tanto por sus malos manejos financieros en el gobierno de Coahuila, como por su responsabilidad en el acuerdo de alianza con su maestra y por el costo para el PRI. Todo mundo pudo ver que el bailarín fue obligado a renunciar a su cargo y todavía no está claro cómo podrá pagar sus yerros. Para la Gordillo, desde luego, el golpe fue seco y, para algunos, definitivo. Los panaleros alardean, dándose valor, de su fuerza electoral que, afirman, les bastará y les sobrará para seguir vivos. Eso, por supuesto, está por verse. Si bien los priístas, a nivel local, pudieran ayudarlos.
Distinguir a los ganadores resulta harto difícil. Peña Nieto no ganó nada, excepto, tal vez, que, no teniendo otra opción, el Panal lo haga su candidato presidencial. Él fue el verdadero promotor de la alianza y Moreira su mandadero. Ahora fue él mismo quien torpedeo esa alianza porque no pudo resistir la presión que subía desde las bases priístas. Y el país entero se pregunta cómo fue capaz de aliarse con semejantes bichos y, luego, por el modo en que se resolvió la ruptura. El baldón está ahí. Se suele decir que, con tal de ganar, se debe hacer alianzas hasta con el diablo. Eso está bien, empero, para quienes acostumbran vivir en los estercoleros de la política y son muy dados a no respetar leyes ni lealtades.
La verdad es que, tanto en el acuerdo de la coalición como en su ruptura, pudimos ver en acción a dos rufianes listos para degollarse a la primera ocasión. En el PRI son muchos los que se alegran del desenlace y hay muchos más que le están echando medidas al otro aliado, el PVEM, al que Moreira (con el aval cierto de Peña Nieto) también le hizo concesiones muy gravosas para el tricolor. Eso ha puesto a temblar a los verdes que se desviven gritando a los cuatro vientos su adhesión al futuro candidato priísta y su confianza en que los priístas respetarán sus acuerdos con ellos.

domingo, 3 de julio de 2011

La democracia mexicana entre la supervivencia y la muerte

Arnaldo Córdova
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Aunque ha dejado de ser tema del debate, la experiencia del 2006 dejó marcada a la sociedad con dudas que jamás pudieron ser disipadas. En la imagen, panistas protegen la tribuna de la Cámara de Diputados, el 1º de diciembre de ese año, cuatro horas antes de la toma de posesión de Felipe Calderón como presidenteFoto Cristina Rodríguez
 
 
Pensar que la democracia mexicana, fruto de un largo andar que comenzó en 1977, tiene garantizado su futuro y que no podrá haber regreso a las oscuras cavernas del autoritarismo porque, se puede agregar, ya no hay condiciones para ello y el camino se ofrece recto hacia el futuro está resultando cada vez más difícil de asumir y, también, cada vez más improbable. Siempre se echa la culpa a los partidos por las desviaciones que el proceso democrático experimenta; ellos parecen ser los responsables de que la ciudadanía esté perdiendo la fe en las elecciones, de que vea en la política un pantano repugnante y, al fin y a la postre, de que esté deseando, crecientemente, un retorno al pasado.
Los partidos, por supuesto, tienen culpa en ello, por logreros, oportunistas y corruptos. Su peor responsabilidad, empero, toca a su desempeño en el poder cuando lo ganan y lo ejercen. Sólo hay que ver los diez años del PAN: este partido ha destruido las perspectivas de desarrollo, ha ensuciado la política, ha corrompido a la sociedad y ha entregado el poder del Estado a lo que se llama poderes fácticos. También ha usado el poder para desvirtuar y corromper la participación ciudadana en las elecciones. Tal vez Vicente Fox ni siquiera se dio cuenta del terrible daño que le hizo a nuestra democracia al coludirse con los poderes privados para impedir que la democracia funcionara a plenitud y que otras opciones políticas triunfaran.
Claro que no fueron sólo ocurrencias suyas que condujeron a un abierto y prepotente abuso del poder. Entonces y a la distancia aparece en sus contornos bien delineados la enorme conjura entre todas las fuerzas de la derecha y los sectores conservadores de la sociedad que llevó al poder a Calderón. Hasta entonces y, sobre todo, por la experiencia del 2000, los mexicanos tenían confianza y fe en la democracia. Después de 2006, el azote de la desconfianza y el descreimiento aparece de nuevo amenazando y confundiendo. El apogeo del crimen organizado ha venido a enturbiar aún más la situación.
En México nadie hace sondeos de credibilidad ni, mucho menos, análisis de tendencias de opinión. Las encuestas sólo son flashazos que nada muestran ni nada demuestran. Son extremadamente manipulables y pervertibles, sobre todo cuando sólo se dirigen a ciertos sectores ciudadanos que están siempre dispuestos a confirmar una tendencia. Eso puede observarse en el Edomex, donde Eruviel Ávila parece imparable, en una entidad en la que, por lo demás, los índices de abstencionismo han sido siempre notablemente altos. La desconfianza también surge y se difunde porque no se allegan a los ciudadanos instrumentos legales e institucionales que les lleven a tener fe en sus instituciones.
Aunque ha dejado de ser tema del debate, la experiencia del 2006 dejó marcada a la sociedad con dudas que jamás pudieron ser disipadas. El recuerdo de un IFE inoperante y sometido al presidente y a los poderes particulares, de un tribunal electoral que llegó a la desvergüenza de resolver que los empresarios y Fox habían violado la legalidad, pero que ello no alteraba los resultados de las elecciones y tantas y tantas irregularidades más que en su momento fueron señaladas, permanece ahí, ominoso para el futuro de nuestra endeble democracia y, sobre todo, para los comicios decisivos de 2012. Los ciudadanos, con razón, se preguntan, ¿qué irá a pasar y en qué acabaremos?
Aunque todo mundo pudo ver los abusos del poder del Estado panista, como el juicio de desafuero en contra de López Obrador, nadie se imaginaba el comportamiento que seguirían el IFE y el TEPJF. Desde entonces, nadie parece tener fe en esas instituciones y será muy difícil que la recupere. Ver a la presidenta del tribunal reunirse en su casa a cenar con los personeros del gobernador Peña Nieto y luego tener la desvergüenza de seguir ella misma la causa atinente a sus violaciones de la ley no puede darle confianza a nadie. Los partidos, por supuesto, son una lacra cada vez más evidente, como lo muestra el caso de los priístas en la Cámara de Diputados que están haciéndose tontos en el asunto de la elección de los consejeros del IFE faltantes, alegando que a su mayoría le corresponde proponer dos de los tres candidatos al puesto.
El uso que se está dando a los medios es también atemorizante. Peña Nieto recibe de las televisoras una publicidad encajosa e inequitativa que nos llena de temor sobre lo que podrá suceder en el 2012. Aquéllas prefirieron ser sancionadas (con una ridícula amonestación pública) en el caso de las transmisiones para Peña Nieto que alegar responsabilidad de éste en el asunto. Si así se van a seguir haciendo las cosas en el futuro, en efecto, no es posible saber ya para qué se va a ir a votar y a elegir. Desde las instancias del Estado a nadie parece preocuparle dar curso adecuado a nuestro proceso democrático. Sólo se piensa en el agandalle y en acorralar a quienes están fuera o en contra de su esfera o sus esferas de poder.
Nada hay que angustie más a un ciudadano deseoso de participar en la política que ver cómo desde el poder o desde la riqueza se anulan todas sus posibilidades de participación. Nada hay que maniate más que el aislamiento y la impotencia que se provocan desde el poder. En otros lugares, el abuso del poder en apoyo de ciertas opciones electorales, el uso del dinero para aplastar a los oponentes y de los medios para pervertir la voluntad ciudadana, así como el comportamiento indebido y a veces abiertamente ilegal de los partidos, son cosas que, en primer lugar, están claramente definidas por la ley y, en segundo lugar, las mismas instituciones corrigen a tiempo.
Hoy nuevamente parecen estar dadas las condiciones para otro choque de trenes. Nadie se hace cargo del hecho de que nuestra democracia no aguantaría algo así después del 2006. La polarización que vendría sería fatal y provocaría escenarios de violencia que nadie podría controlar. Parecería que esto sólo indica las dificultades que se pueden presentar; pero hay mucho más que eso: el verdadero problema es que las elecciones se están revelando como inútiles y ociosas, si hay un conjunto de fuerzas que no desean la competencia electoral, que están decididas a no soltar el poder y, en definitiva, que la democracia les importa madre.
En condiciones normales, las próximas elecciones presidenciales se presentarían tan polarizadas como lo van a ser las que vienen; pero no preocuparía ese hecho si la institucionalidad electoral y del Estado funcionara a plenitud. A muchos no les importa que la lucha se pueda presentar ardua y difícil. Están pensando más bien y con preocupación en la nula institucionalidad que domina el ambiente, en la facciosidad del poder del Estado y el peso desmedido que tienen la riqueza y los poderes privados en este país. Nada hay más desperanzador para el futuro de la democracia como el que una gran parte de la sociedad y, en particular, la más poderosa política y económicamente, esté en contra de ella y milite con todo su poder en contra de ella.
En un ambiente como el actual en México, en el que es tan raquítica la movilización ciudadana, uno no puede más que admirarse de los esfuerzos titánicos que realiza el Movimiento Regeneración Nacional de López Obrador para volver a ubicar a la ciudadanía en la lucha por la democracia.

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