sábado, 3 de octubre de 2009

La marcha del desahogo

ALEJANDRO SALDíVAR
MEXICO, D.F., 2 de octubre (apro).- No son tantos, son punks. Vienen en Metro, como una marabunta que raya los vidrios que están a su alcance. Muchachos que cargan banderas negras con las mismas ansias que un policía con tolete; jóvenes despreocupados que saben a que van, que dentro de un par de horas hincharán sus fosas nasales con el gas lacrimógeno frente a Bellas Artes.


El jefe de la policía les dio lacrimógenos a los granaderos, y les ordenó que los lanzaran, que les dieran a los más subversivos, que dieran en el blanco y allí estaban los punks con sus cabellos tan largos como los cables de trolebús. ¡Rocíalos! se ordena de un lado. La humareda amarilla sale de un bote de gas. ¡Culeros! se defienden del otro. Corren, pero algunos se tiran al piso y son alcanzados por los hombres con escudo; los rostros llorosos se hinchan más con los golpes, los macanazos. Algunos vomitan. Otros corren sin zapatos.

"Después de 41 años, estos culeros siguen reprimiendo", comenta Lizbette luego de que una tercia de policías esculcó sus pertenencias en el Metro Tlatelolco. Ella cree que es por su forma de vestir. Ellos creen que lo hacen por la seguridad de todos.

Tan sólo antes de las 16 horas, un centenar de policías instalados afuera de esa estación del servicio colectivo ya habían confiscado 3 navajas, cocaína, mariguana, 10 pipas, latas con pintura, cadenas, un bat. Dos bolsas negras escuchaban al jefe del operativo. "Hagan sus funciones porque la cámara los ve. Todos tranquilos", les decía.

17:00 horas. Un anarcopunk quema la puerta de la iglesia en la Plaza de las Tres Culturas, sus compañeros lo calman. Una botella de gasolina se aleja del fuego. Victor Jara, Violeta Parra y Oscar Chávez no opacan la propuesta de los anarquistas, "Hay una campaña de cacería de brujas en nuestra contra; mostremos nuestra rabia contra el sistema", grita uno de los dirigentes del grupo.

"Los vamos a encuerar y les vamos a dar petardazos en las nalgas", proponía un punk al mismo tiempo que le daba el último jalón a su pipa.

17:30 horas. Los estoperoles en sus chamarras ya están igual de calientes que las corcholatas incrustadas en Eje Central. "Obreros somos, obreros seremos", corea una pareja de anarquistas con su cabello tan tornasol como la grasa en los tacos de canasta. Sus pies calzan unos Converse, rotos, sus ojos ven a través de una imitación de Ray Ban. Ambos intercambian sus correos electrónicos para mandarse una "propa bien chingona".

Detrás de ellos, un joven con las puntas de su cabello atiborradas de gel, infla una bolsa de resistol. "Autogestión", "Disolución de los cuerpos policiacos", "Ni Dios, ni amo, desobediencia al Estado", "Que la crisis la paguen los capitalistas". En el túnel que cruza Garibaldi, la humareda de mariguana es densa. "Ssssssss, revolución", suspira un manifestante.


17:45 horas. El crepitar de los cristales en algún Oxxo de Eje Central. Nadie lo saquea. Pero el estruendo de los petardos hace eco en la Plaza de Garibaldi. "No caigan en provocaciones", grita Carlos Rojas, estudiante de Ciencias Políticas quien con desconfianza dice:
"Estamos aquí para reanimar el coraje popular, todos los estudiantes nos unimos con el objetivo de recordar. Sólo recordar".

A su paso, una vendedora de paletas les grita: "ustedes no son estudiantes, los estudiantes están adelante". Allá van Ana Rodríguez, Jesús Martín del Campo, Leopoldo Ayala, Félix Gamundi… El Cómite 68.

Los estudiantes entrecanos, al frente del contingente, los que ganaron las calles.
Al final de la marcha vienen los punks, los anarcos, los que llenan las calles de maldiciones, de rostros encubiertos, de sin dios ni amo, de pinches trasnacionales.

18:00 horas. Una fila de granaderos les impide el paso a los manifestantes. La violencia se enquista entre Madero y 5 de mayo. El sol se oculta por el lado de Bellas Artes. Los policías se repliegan en una fuente de Bellas Artes, se resbalan, mojan sus botas. ¡Pinches puercos! Las explosiones se multiplican. Todos corren con la veloz epidemia del desconcierto.

"¡Te voy a rociar puto!" La violencia se extiende a los fotógrafos, camarógrafos y reporteros. Algunos corren, otros se refugian en las jardineras. El escarceo es de todos contra todos. Los rostros hinchados se multiplican como las explosiones. Un encubierto se hinca frente a la fila de granaderos, extiende los brazos como si quisiera volar. Vuelan los petardos, vuelan los gases.

18:30 horas. Las consignas rebotan en las caretas de los policías. "Dos de octubre no se olvida, es de lucha combativa". Se oyen las voces, se oyen los pasos, pas, pas, pas, paaaaas, paaaaaas. Muchachas de mini, maestros con sombrero, muchachos con el Che Guevara en la cara. En Madero, el cancionero socialista brota de la boca de centenas de jóvenes campesinos.

"Venceremos, venceremos, con los puños levantados", gritan con Lenin entre los dientes y Marx en la espalda. ¿Vencerán? Se le pregunta a Iván, de 20 años. "El capitalismo caerá por su falta de organización, se necesita una revolución para pasar de un sistema a otro. Va a caer", dice entusiasmado.

18:50 horas. Las alarmas de los bancos ululan. " Esos son, esos son, los que chingan la nación". Las campanas de Catedral no repican; la Plaza de la Constitución no está iluminada. Los policías encubiertos del gobierno del Distrito Federal comienzan las pesquisas. "Hijos de su puta madre", les dice un policía. Vigilan la Plaza con sus cámaras.

Van por ellos, los de cabello de abanico, los de picos deslavados. Los subversivos.

En la Plaza de las Tres Culturas quedan las flores, la parafina que como sangre se derrama en los adoquines. En Eje Central quedan algunos zapatos empolvados. Como mudos testigos de la desaparición de sus dueños…

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