viernes, 7 de octubre de 2011

Los Indignados, Obama y la Soberbia del Dinero

Escrito por Jenaro Villamil Jenaro Villami


Vista aérea de la más reciente marcha de Ocupa Wall Street. Fuente: http://abcnews.go.com
BARCELONA, España.-Paradojas de los nuevos tiempos de la interconexión: millones de usuarios de las redes sociales le rinden un homenaje póstumo a Steve Jobs, el fantástico empresario que hizo del “diseño emocional” una forma de consumo, mientras en las calles de Nueva York, Boston, Chicago, Nuevo Orleáns, Los Angeles, San Francisco y Seattle crece el movimiento de Ocupa Wall Street, las indignados que han cruzado el Atlántico para protestar contra esa sociedad de consumo que los ha arrojado del paraíso.

El presidente norteamericano, Barack Obama, por primera vez alude a este movimiento que buena parte de la prensa yanqui menospreció o consideró como un puñado de hippies transmilenarios.

“Este movimiento refleja la frustración del pueblo norteamericano, por la peor crisis económica desde la Gran Depresión”, afirmó el jueves en una conferencia de prensa.

Astuto, Obama le da un reconocimiento extraordinario a los Indignados. Mejor tenerlos de aliados que unidos a otro grupo, el Tea Party, la ultraderecha que ha ido cosechando la frustración y la indignación de la clase media norteamericana. La diferencia esencial es que mientras el Tea Party lanza sus consignas contra los intelectuales “liberales” (sinónimo de izquierda en el panorama norteamericano), contra el “socialismo de Obama” (vaya si existen los miedos inducidos) y contra la clase política tradicional, el Ocupa Wall Street ha dirigido su indignación y sus movilizaciones en contra de la élite financiera, la misma que hundió al país en 2008 en una severa crisis después de haberla envuelto en una burbuja consumista e inmobiliaria.

De alguna manera, Obama y el Ocupa Wall Street tienen adversarios en común. La diferencia es que el primero encabeza el sistema político más poderoso del planeta, incapaz de darle viabilidad a la esperanza de millones de norteamericanos que no han salido de la noche oscura de un ciclo neoliberal y belicista que inició con Richard Nixon, llegó a su auge con Ronald Reagan y con los dos Bush, y sólo tuvo una parada para “legitimarse” con Bill Clinton.

La Soberbia del Dinero

El malestar es muy claro en contra de de la soberbia del dinero. Llámense banqueros, gerentes, ministros de Finanzas, funcionarios del FMI o del Banco Mundial, Goldman Sachs o la desaparecida Lehman Brothers, pero también medios de comunicación, corporativos mediáticos, Fox News, Rupert Murdoch, y hasta los grandes periódicos y sitios de internet que han querido “adueñarse” de la red de redes: de Google a Facebook.

Por supuesto, nadie tiene una solución mágica ni inmediata al desorden y a la crisis que se extiende como un hongo atómico por todo el planeta. El desempleo, la guerra contra los derechos adquiridos tras décadas de batallas sindicales o civiles (seguro de desempleo, jubilaciones, pensiones, jornadas de 8 horas, etc) es la divisa de la soberbia del dinero: lo mismo en Nueva York que en Berlín, Madrid, Barcelona o París.

Hessel lo apuntó con extrema claridad:

“El poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos privatizados, se preocupan, en primer lugar, de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general”.

El poder del dinero no es nuevo. Marx escribió dos tomos clásicos, El Capital, para explicar la naturaleza y la esencia de ese poder. Muchos de sus supuestos han sido rebasados. Él analizó un mundo industrializado, donde aún se podían identificar a los potentados de la plusvalía.

Lo novedoso es esa soberbia globalizada que no se ve, pero se siente. La oleada de privatizaciones que eliminó la expectativa de un Estado de bienestar. El consenso mediático tan claro que tacha de iluso, anarquista, trasnochado, “rojillo” a todos aquellos que planteen un mínimo contrapeso ético y político a esa soberbia.

La “invasión de los bárbaros” es ahora, la “invasión de los indignados” porque las fronteras entre el primer y tercer mundo se han borrado para efectos de la mayoría de los ciudadanos que sienten que su dignidad ha sido atentada por esta soberbia.

En su segundo libro, ¡Comprometéos!, Hessel, en una serie de entrevistas con Gilles Vanderpooten, abunda un poco más sobre lo planteado en su primer manifiesto. Su principal reproche radica en la imposición de una misma ideología de consumo que se ha impuesto en todas partes:

“Es el principal reproche que cabe hacer a los veinte últimos años de nuestra historia. La globalización ha convertido en un modelo a imitar el desarrollo cultural de los países ricos, a veces de los países más poderosos, como la Unión Soviética o la China posterior a Mao. Estas culturas tienen una tendencia natural a la expansión y nosotros, los europeos, hemos sido los primeros en alentar ese movimiento. Europa, la primera parte del mundo en adquirir notable riqueza y poder, fue el origen de la aculturación de otras regiones: América y la Rusa soviética son hijas de Europa.

“Esta tendencia a la expansión ha creado riesgos reales: hemos alentado una economía predadora de la Tierra.

“Las jóvenes generaciones pueden plantearse como objetivo proteger la afortunada diversidad de las culturas. Las necesitamos en el ámbito de la agricultura; los organismos genéticamente modificados y las multinacionales que los distribuyen constituyen verdaderos peligros porque limitan la diversidad de las culturas. Igualmente, iríamos directo al fracaso si las culturas se redujeran a una sola, ya fuese americana o china. Es importante proteger la multiplicidad de las culturas y velar porque se respeten mutuamente.

“El derecho de cada cual a su cultura y a que ésta sea considerada por los demás como una realidad que hay que respetar es lo que permite a la coexistencia de las culturas crear algo distinto de la confrontación”.

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