No se hagan bolas o la reelección de Carlos Salinas

Álvaro Cepeda Neri
9 septiembre 2011

La metáfora de Jean Bodin, destacado pensador francés –en el ensayo Los seis libros de la República–, de que el Estado es una nave donde todos deben de cooperar para contribuir a su desplazamiento en aguas calmadas o turbulentas, viene bien para referirse al Partido Revolucionario Institucional (PRI) si es que, tras su expulsión a mar abierto, busca regresar a las playas de las urnas y conquistar (por primera vez después de nueve sexenios aferrado al presidencialismo autoritario y en ocasiones, sangrientamente represivo).

A un año de las elecciones para deshacerse del presidente Felipe Calderón y el Partido Acción Nacional (PAN), todo indica que las competencia será entre ese nuevo PRI (salvo sus fardos de los que debe deshacerse) y Andrés Manuel López Obrador, con o sin el Partido de la Revolución Democrática que se agandalla el chuchismo-camachista.

Pero si es Peña Nieto el candidato priísta, fácilmente ganaría López Obrador al derrotarlo en debates, ya que solamente sabe posar como galán, sin nada en su copeteada cabeza de chorlito.

El expresidente Carlos Salinas de Gortari que supuestamente apoyaba a Luis Donaldo Colosio, pronunció la frase: “¡No se hagan bolas!”. Manuel Camacho Solís y su grupo dejaban entrever que el PRI (es decir, Salinas) rectificaría de candidato, pretextando que la esposa de Colosio, Diana Laura Riojas, padecía un cáncer de páncreas irreversible (que al final la llevó a la tumba). Pero desde los pasillos del poder presidencial preparaban su eliminación, al no querer renunciar como se lo plantearon en Mérida, luego en Mazatlán y por último en Culiacán, hasta que lo asesinaron en Lomas Taurinas, Baja California. Aquel asesinato casi fractura al priísmo, máxime que Salinas impuso de sustituto a Ernesto Zedillo que no era priísta ni salinista y, como Calderón, sólo se entregó a los estadunidenses.

Zedillo, al saber que el PRI estaba herido de muerte y no se reponía, dejó que el PAN con su chocarrero Vicente Fox ganara las elecciones de una manera apretujada. Luego, con una ilegal y tramposa elección (que puso en serio riesgo al país), Fox impuso a Calderón con su cínico: “Gané dos elecciones: la mía y la de Calderón”. Es tal el desastre de esta “década perdida”, que el PRI se repuso y supone que puede regresar a Los Pinos… ¡con la mancuerna Salinas-Peña Nieto! Y lo peor del priísmo antiguo.

Peña Nieto acaba de hacer uso de la misma frase al evidenciar el trasfondo. Es la reencarnación de Salinas, empollado en la mafia del Grupo Atlacomulco y dándose a conocer como estrella de Televisa, quien ya actúa como presidente y con su “¡No se hagan bolas!”, que pronunció en Michoacán, propone la reelección de Salinas (éste intentó quedarse en el cargo, con su proyecto Solidaridad, pero falló) con disfraz peñanietista.

Con Peña Nieto el PRI se va al des-Peña-dero y quienes apoyan a López Obrador ganarían fácilmente. Ante los electores decepcionados del PAN, no cabe más que el PRI presente a un candidato de pies a cabeza po-lí-ti-co y que ofrezca compromisos con un programa económico, social y cultural que convenza. Peña Nieto no es ese, ya que carece de todo ello. No hay otra manera de competir con López Obrador que se comería a un candidato producto de los medios de comunicación televisivos. Y que se presenta como la reedición de Salinas. ¡Es como si éste se reeligiera!

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