Entre la corrupción y la impunidad

Compitiendo con los saldos de la inseguridad, diariamente sabemos de las imputaciones sobre quién roba más, qué se hacen entre sí funcionarios de todos los niveles. Saquean los dineros públicos tirándose con el excremento de esa corrupción. Y hacen como que se limpian, pero despiden ese hedor a ladrones. Las mutuas acusaciones ponen al descubierto lo que era un secreto a voces: que nuestros politiquillos no han dejado de robar desde que el alemanismo se implantó y se creó el instrumento pionero de las corruptelas: el Partido Revolucionario Institucional; disfrazado con los colores de la Bandera Nacional para simular un patriotismo y nacionalismo depravados. No ha habido un gobernador que no se haya embarrado de esa peste, junto con sus familias. De Miguel Alemán Valdés a Enrique Peña Nieto son más de 70 años de esa descomposición donde sus beneficiarios excepcionalmente pisan la cárcel. Antes bien, son exonerados.
El peñismo es otra cara del alemanismo; son el alfa y el omega de la posrevolución devenida contrarrevolución con la punta de lanza del neoliberalismo económico creador del empobrecimiento masivo de la nación, a partir del período sangriento del depredador Carlos Salinas de Gortari, quien carga con los homicidios políticos de Colosio y Ruiz Massieu; la hija de éste sacando raja, aunque degradada de Relaciones Exteriores a empleada de segundo de abordo de Ochoa Reza quien, con Peña, festejó los 88 años del priísmo anunciando que no se dejarán quitar el poder ni por los votos en las urnas, al grito-divisa de “¡matanga dijo la changa!”.
Peña llegó por la corrupción, y corruptor advierte que al precio de esta perversión heredará el desvencijado trono sexenal. En la fotografía de la reportera Yasmín Ortega (La Jornada, 5 de marzo de 2017), aparece Peña ante sus dinosaurios Gamboa Patrón y Ochoa Reza con pose de boxeador sin guantes, cerrando los puños para demostrar que su PRI está en la pelea; declarando que “nunca pactará su derrota el PRI”. Y en verdad ese priísmo, derrotado ya, no tiene por qué negociar su final, ante el avance de la oposición de centro-izquierda, la caída del PAN, un desdibujado PRD y el resto de los semipartiditos que no podrán ser salvavidas ni de sí mismos.
Y es que éstos también tienen el excremento de la corrupción en la boca, como cómplices de los despojos a la nación. Todos se reparten el patrimonio de los mexicanos como botín; y extorsionan y sobornan a lo descarado (Israel Covarrubias, La corrupción a debate: bibliografía comentada, revista Metapolítica; Enero-febrero, 2006). Y mientras, la democracia directa ha recurrido al populismo para atajar esa corrupción que embarra al sistema (y al régimen, porque se ha pervertido todo mecanismo de representación política). Y esa descomposición nos arrastra en “continuo retroceso hacia lo peor… comienza justamente ahora una época de retroceso” (Immanuel Kant, El conflicto de las facultades). Los mexicanos saben que el estado de derecho está cancelado como medio y fines de la política democrática. Y sólo hay ingobernabilidad, crisis económica y ladrones en los cargos públicos dedicados al robo, pues la impunidad los mantiene a salvo.
Hay rateros en todos los órdenes de gobierno. En la Suprema Corte, donde imparte “justicia” a modo (por ejemplo, para favorecer las represiones de Eruviel en el Estado de México). Rateros en Pemex, en la CFE (cuyo anterior director: Ochoa Reza tiene concesiones en Nuevo León). En las presidencias municipales, cuyos titulares son socios de los narcotraficantes. En las cárceles, donde los presos con dinero hacen túneles para “escapar”. Está la Barrales del PRD, con departamentos en Miami. El panista Anaya con lujosa casa, que alquila en otro lugar estadounidense, dizque para que sus hijos aprendan inglés. No escapa a la corrupción ni el PRD ni el PAN ni el PRI ni los del PVEM. Ni en el Panal. Por esas raterías están presos: la maestra Gordillo, el panista Padrés. Pero libres Medina, Borge y el candidato ahora a presidente municipal: el peñista ¡Humberto Moreira! Angélica Rivera y su esposo Enrique Peña, exculpados por lo de la “casa blanca” y millonarios desde que fueron gobernantes mexiquenses.
Se descobijan, pues, y muestran al desnudo que son cacos, ladrones, saqueadores. Esto es, con todo, un avance. Ya están en la lista de los que roban. Y sólo falta llevarlos ante una PGR, donde no “cantan mal las rancheras” en tono de corrupción, junto con no pocos jueces, magistrados y ministros que se corrompen encubriendo y dando resoluciones para favorecer a los otros funcionarios.
Encontrar un funcionario honrado es buscar una aguja en un pajar. Pues de Alemán a Peña, los presidentes de la República han robado asociados con amigos y familiares. Los desgobernadores roban con sus grupos al estilo de Javier Duarte, al cual esperemos no le “paguen” los millones invertidos en la campaña electoral peñista. Y aparece el Programa Anticorrupción, con el mensaje aparente de que “prometer no empobrece”. Pues ante tanta corrupción económica, política y empresarial (¡Larrea, con sus minas!), su legislación no será retroactiva. Partiremos de cero no obstante tanto ladrón exhibido por todo el país, cuyo número ronda los 15 mil. Le han robado al pueblo. Y no quieren populismo, como la venganza contra tanto corrupto.
En la Ciudad de México donde mandan los hermanos Serna por órdenes de Mancera, también anida la corrupción. Como antes con Ebrard. Nada les harán pues la impunidad salva a perredistas, panistas, priistas y verdes. Qué bueno que se descobijen unos a otros. Así es como nos enteramos de lo que han acumulado como producto de sus raterías. Ya sabemos quiénes son los ladrones y cuánto han robado, pero la Fiscalía Anticorrupción –a la luz de “más vale tarde que nunca”– no se dará tiempo para pescar a tanto ratero que ha sido cubierto con la impunidad.
Álvaro Cepeda Neri

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