El cura, el obispo, el Gobernador: víctimas de abuso sexual hablan de red de protección en Coahuila

El ex seminarista Ignacio Martínez Pacheco y el aún seminarista Roberto Javier Calzada Tamez ofrecieron a SinEmbargo su testimonio de acoso y abuso sexual por parte del sacerdote Juan Manuel Riojas, alias el padre Meño, y el calvario judicial que ha significado denunciar penalmente al cura pederasta y a su Obispo encubridor en Coahuila: Alonso Gerardo Garza Treviño.

Los jóvenes afirman que sus demandas ante el Ministerio Público y la Procuraduría local no han tenido eco, debido también a la protección directa que el sacerdote pederasta goza del priista Rubén Moreira Valdez, Gobernador de esa entidad.

En primer plano, el sacerdote Juan Manuel Riojas, acusado de abuso sexual de menores y prófugo de la justicia. Foto: Facebook

Ciudad de México, 5 de mayo (SinEmbargo).– Afrontando el escarnio social propagado por su propia Iglesia en Piedras Negras, Coahuila, víctimas del sacerdote Juan Manuel Riojas, alias el padre Meño, prófugo de la justicia, denuncian la protección que el depredador sexual recibe, dicen, del Gobernador Rubén Moreira Valdez y del Obispo regiomontano Alonso Gerardo Garza Treviño.
El ex seminarista Ignacio Martínez Pacheco y el aún seminarista Roberto Javier Calzada Tamez, entrevistados por SinEmbargo, ofrecen su testimonio de acoso y abuso sexual y el calvario judicial que ha significado denunciar penalmente al cura pederasta y a su obispo encubridor, ambas acciones sin ninguna consecuencia, debido a la protección directa que goza el sacerdote, dicen, del Gobernador Rubén Moreira.
Este diario digital tuvo acceso al expediente judicial de este primer caso en México, que incluye una denuncia contra el Obispo y otras autoridades eclesiásticas como el Nuncio Apostólico, Franco Coppola, por conspiración a la pederastia clerical.
Con una orden de aprehensión y un amparo, el sacerdote pederasta recibe el apoyo de la Arquidiócesis y cuenta con tres abogados, uno de ellos, Santos Vázquez Estrada, ex delegado de la Procuraduría General de Justicia en las regiones Centro y Norte Uno de Coahuila, quien ya interpuso en el Juzgado Tercero de Distrito una solicitud de protección bajo el expediente 256/2017 contra el juez de primera instancia en materia penal del Sistema Acusatorio y Oral del Distrito Judicial de Río Grande.
“El padre Meño está siendo protegido por el Gobernador Rubén Moreira”, dice Ignacio Martínez Pacheco quien tuvo la oportunidad de entrevistarse con el Ejecutivo estatal. “Me prometió que lo detendrían y todo fue una mentira. Al contrario, él y las autoridades judiciales, junto al Obispo Garza Treviño se han dedicado a esconderlo”, asegura.
Peor aún, Roberto Javier Calzada Tamez, de 18 años, tiene la certeza de que la protección viene de la propia institución vaticana, ya que el nuncio apostólico Franco Coppola, le mintió en una carta que le envío y cuya copia esta en poder de SinEmbargo.
El ex seminarista Ignacio Martínez Pacheco en su protesta contra el padre Meño y el Obispo Alonso Gerardo Garza Treviño Foto: Sanjuana Martínez
ASALTOS SEXUALES
La historia depredador del padre Meño inicia por lo menos hace 15 años. Su método consistía en elegir a sus víctimas por las noches. Hacía rondines en los dormitorios de los seminaristas entre 14 y 16 años. Luego buscaba encuentros en su dormitorio aparentemente casuales para atacar a los menores de edad.
Empezó trabajando en el Seminario Auxiliar del Sagrado Corazón de Jesús, conocido también como Seminario Menor Diocesano de Piedras Negras, donde ocupó varios puestos y fue ascendido a Rector.
Ignacio Martínez Pacheco tenía 15 años cuando ingresó al Seminario Menor Diocesano de Piedras Negras. Quería ser sacerdote, pero nunca imaginó que en un seminario se pudiera vivir la experiencia más terrible.
“El primer encuentro en el que me sentí abusado sexual fue en el año 2002, en el mes de mayo. El padre llegó de noche hasta el dormitorio donde me encontraba… era verano, él traía short y nosotros dormíamos en un cuarto largo con literas a ambos lados. Eran como las doce de la noche y me despertó invitándome a salir a caminar”.
A Ignacio le produce mucha inquietud recordar los hechos: “Fue entonces que el padre Meño me empezó a preguntar cosas sexuales. Íbamos hablando de sexo, de la masturbación, me preguntaba como me satisfacía yo en ese lugar. Me llevaba del hombro y me lo acariciaba creo que el padre se excitaba con eso, dimos como tres vueltas en el camino y luego nos sentamos en la barda que divide la acequia. Él jugueteó como con golpes hasta que me jaló del cuello con su mano formándome para que bajara a su pene. Cuando me acerqué me di cuenta que tenía el pene erecto. Me presionaba a su área genital, luego el padre se sacó el pene por el short, me bajo la cabeza con su mano y me introdujo el pene en la boca. Duró unos dos o tres minutos”.
Ignacio cuenta que no sabía que hacer, estaba totalmente desconcertado. El sacerdote sin mirarlo a los ojos le dijo: “Vete a dormir. Esto queda entre tú y yo”.
El acoso sexual del padre Meño se incrementó a pesar de que el menor intentaba no estar cerca de él. Ignacio recuerda que en octubre de 2002 el sacerdote lo agredió nuevamente.
“Toqué a la puerta de su oficina, ubicada a un lado del cuarto de recreación. El padre Meño salió en una bata verde de baño diciéndome que se iba a bañar. Y me invitó a pasar y a sentarme en su cama. Y allí el padre se descubre la bata. No traía ropa interior y se sentó en la cama fue entonces que me jaló del brazo y me aceró a su área genital para introducirme su pene en mi boca. Luego eyaculó dentro de mi boca. Luego se cubrió con su bata y me dijo que me fuera”.
El padre Meño y los aspirantes a sacerdotes en el Seminario Diocesano de Piedras Negras. Foto: Facebook
Ignacio dice que él pensó que ese tipo de actos sexuales eran “normales” porque así se lo hizo creer el padre Meño y además porque fue testigo de las relaciones sexuales que sostenía el coadjutor Gerardo García Cabrera “Gerry” [actualmente sacerdote] y el seminarista Néstor. Cuando los descubrió haciendo el acto sexual se lo notificó al padre Meño, pero este le dijo simplemente que anotara en una libreta todo lo que veía: “Al ver eso, me hice a la idea de que esos actos, eran normales”.
Fue entonces cuando Ignacio denunció todo ante el Obispo de Piedras Negras, Alonso Gerardo Garza Treviño. “No digas nada a tus padres”, le dijo Garza Treviño, y añadió: “Tampoco hables con la prensa. Nosotros vamos a solucionar esto”.
En lugar de actuar contra el sacerdote denunciado, el Obispo decidió expulsar del seminario a Ignacio: “Me inventaron cosas para sacarme. Me deprimí e ingresé a la Congregación Orden del Carmelo Descalzo en Salvatierra, Guanajuato”.
Regresó a Piedras Negras en 2004 y entonces supo que al cura pederasta lo habían ascendido de puesto. A partir de entonces, decidió buscar la forma de conocer más sobre los abusos sexuales del clero de Coahuila, una parte bajo las órdenes del Obispo Raúl Vera López y el resto bajo el mando del obispo Garza Treviño.
“A partir de ese año he tenido contacto sexual con aproximadamente siete sacerdotes de Saltillo y de Piedras Negras: con los curas Alejandro Hernández, vicario de la parroquia Cristo del Buen Pastos en Acuña; con el padre Eduardo Javier Hernández Velez, quien ahora se encuentra en “rehabilitación” en Saltillo, en la casa de la comunidad del Tunaje; con ellos y otros he tenido relaciones con el propósito de desenmascararlos respecto al Obispo encubridor y cómplice de curas pederasta, Alonso Gerardo Garza Treviño”.
Ignacio iba recabando información para consumo personal, pero cuando salió a la luz pública la denuncia del seminarista Roberto Javier Calzada Tamez, quien fue violado por el padre Meño, y el Obispo Garza Treviño declaró que no sabía nada sobre el carácter delictivo del sacerdote, decidió salir a dar la cara apoyar a las otras víctimas.
“El Rector del seminario menor representa los ojos y oídos del Obispo y el hecho de que el padre Meño fuera nombrado Rector por el Obispo me pareció una burla para todos los que sufrimos de sus abusos”.
Ahora, Ignacio y Roberto Javier luchan juntos para exigir justicia. Ambos decidieron denunciar al sacerdote pederasta Juan Manuel Riojas y por primera vez en la historia judicial de México, al Obispo encubridor, protector y cómplice.
El sacerdote acusado de pederastia, y otra de sus víctimas en el Seminario Auxiliar del Sagrado Corazón de Jesús. Foto: Especial
ESTRATEGIA PROTECTORA
A los 15 años, Roberto Javier Calzada Tamez sintió la llamada de la vocación sacerdotal e ingresó al seminario. Estaba ilusionado por convertirse en sacerdote. Pero el acoso y abuso sexual, le cambiaron la vida.
“Esto queda entre tú y yo”, le dijo el Rector del seminario, Juan Manuel Riojas, padre Meño, luego de violarlo, aprovechando que estaba dormido. Tenía 15 años y todas las ilusiones centradas en ofrecerle su vida y obra a Dios, pero el mundo se le vino abajo.
Siguiendo con el curso introductorio, los seminaristas de Piedras Negras son enviados al Seminario de Monterrey. Fue allí, donde fue cuestionado sobre su vocación sacerdotal y los principales problemas que había enfrentado y el 12 de diciembre de 2016, decidió contarle todo a sus directores espirituales que finalmente le animaron a interponer una denuncia.
“Tenía mucho miedo y vergüenza, pero empecé a escribir todo”, dice al señalar que decidió enviarle una carta contándole todo al Obispo Garza Treviño, animado por el sacerdote Anuar Tofic Canavati González, coordinador del curso introductor, por el padre Juan Carlos Arq Guzmán, Rector del Seminario de Monterrey y el canciller Pedro Pablo González Sias.
Con fecha 17 de diciembre del año pasado le escribió una carta al Obispo Garza Treviño donde le narraba los abusos que había sufrido, solicitándole que diera aviso a las autoridades religiosas correspondientes en la Santa Sede y a la autoridad civil, ya que era su obligación como Obispo de la Diócesis de Piedras Negras.
Los integrantes del Seminario de Monterrey le solicitaban que actuara de manera apropiada cumpliendo con el artículo 12 Bis de la Ley de Asociaciones Religiosas de México y a la legislación canónica sobre las normas de los delitos reservados a la Congregación de la Doctrina de la Fe del Vaticano.
El 20 de diciembre del año pasado, el Obispo Garza Treviño citó al seminarista en la parroquia de San Pedro Apóstol ubicada en el centro de Allende, Nuevo León. Lo primero que le pidió fue que jurara ante Dios que todo lo que contaba del padre Meño era verdad.
“Mira, no todo gira en torno a esto que te ocurrió, el padre Meño tiene un 99 por ciento que es bueno y un uno por ciento que es malo, y ese uno por ciento es esto”, le dijo con una leve sonrisa.
Luego le ordenó: “Olvida esto, si sigues pensando en lo que te sucedió te va a hacer más daño. Déjalo todo en mis manos”. Posteriormente le hizo una advertencia: “No le cuentes todo a tus papás. Diles lo que te pasó de una manera parcial y atenuada”.
El Obispo le prometió al seminarista que el sacerdote pederasta no se acercaría más a él ni a su familia, y le dijo que el padre Meño recibiría ayuda psicológica para salir de “esta situación”.
El seminarista solicitó que fuera denunciado y el Obispo prometió que sería denunciado ante las autoridades eclesiásticas y civiles y que finalmente sería removido no sólo del seminario, sino de Piedras Negras. Las promesas no fueron cumplidas.
“El Obispo se reunió con el padre Meño y me dijo que se sentía arrepentido, que se portó como un hombrecito porque aceptó todo y que buscaba mi perdón”.
Roberto Javier Calzada Tamez, otra víctima del padre Meño. Foto: Especial
Posteriormente, el Obispo se reunió con los papás de Roberto Javier.
“Mi mamá le dijo que iba a ir a los medios de comunicación porque él no estaba cumpliendo su palabra. Luego me dijeron que el Obispo les había ofrecido dinero. Ellos se negaron y el Obispo prometió cambiar al padre Meño el 19 de febrero”, algo que tampoco cumplió.
Roberto Javier esperó tres meses el cumplimiento de las promesas del Obispo. El 3 de marzo, volvió a Piedras Negras y fue llamado por Garza Treviño para solicitarle que firmara una carta en primera persona donde lo exculpaba de todo:
“Expreso que no es mi voluntad que el señor obispo Alonso Gerardo Garza Treviño sea acusado de no actuar en el orden civil en lo referente al caso de mi persona. Lo exculpo totalmente de que no proceda él ante la autoridad civil, pues sé que él nunca aceptaría complicidad en una situación así”, decía el texto que se negó a firmar.
El seminarista descubrió entonces que en lugar de denunciar al padre Meño, el Obispo Garza Trevió sólo lo cambió de lugar y lo transfirió al Santuario de Guadalupe, donde lo convirtió en vicario y en director de las casas del Migrante a cargo de la diócesis de Piedras Negras: “El Obispo había enviado su propio testimonio al nuncio donde refería que el Padre Meño podía salir de la situación con ayuda psicológica; es decir, que la intención del Obispo era brindarle un acompañamiento psicológico y después dejarlo uno o dos años en el Santuario de Guadalupe como vicario y luego le volvería a dar un cargo importante en la diócesis”.
Consternado por la traición del Obispo, Roberto Javier descubrió que también su director espiritual del seminario, el sacerdote Jesús Gerardo Martínez Compeán, que supo desde el principio los abusos sexuales a los que fue sometido por el rector del seminario, jugó el papel de informante para el Obispo encubridor y cómplice.
Al seminarista no le quedó más que dar la cara, salir a la luz pública a denunciar los hechos, para exigir justicia y reparación. Fue entonces cuando decidió escribirle al Nuncio Apostólico en México, Franco Coppola, para relatarle lo sucedido.
El Nuncio le contestó con evasivas. El representante del Papa Francisco, le aseguró que el Obispo Garza Treviño, supuestamente redujo al estado laical al sacerdote denunciado desde hace 14 años por abusar de seminaristas, algo que es totalmente falso:
“Hay una contradicción, el padre Meño siguió siendo sacerdote; de hecho, el Obispo sólo lo cambió del seminario donde era Rector y lo dejó en funciones de vicario en el santuario de Guadalupe y de encargado de la pastoral social de los peregrinos. Meño seguía y seguramente sigue oficiando misas y sacramentos”, dice el seminarista.
El Nuncio Coppola le explica al seminarista que el Obispo encubridor Garza Treviño ha remitido la denuncia contra el sacerdote pederasta a la Santa Sede, la cual, según informa, está siendo considerada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, institución encargada de tratar “dolorosos casos”.
“Pido de corazón al Señor te ayude a seguir confiando plenamente en él, te conceda paz y serenidad, y nos permita a todos hacer vida, en todo momento, aquella caridad que tiene como fundamento y presupuesto una verdadera justicia”, le escribe.
Roberto Javier se sintió doblemente traicionado. Por lo tanto, el pasado 24 de abril acudió ante María Luisa Guerra Rosales, agente del Ministerio Público de la Unidad de Investigación de Piedras Negras, para denunciar al Obispo Alonso Gerardo Garza Treviño por encubrimiento y complicidad en los delitos sexuales cometidos por el sacerdote Juan Manuel Riojas, alias el padre Meño.
Sin embargo, el seminarista vive horas de angustia por la manipulación que está sufriendo por parte de algunos de sus preparadores espirituales, sacerdotes del seminario de Monterrey que antes lo apoyaban, y que ahora le recomiendan dejar a un lado la denuncia por encubrimiento contra el obispo regiomontano Garza Treviño.
HERIDA EN EL ALMA
Roberto Javier vive actualmente momentos intensos de depresión. A pesar de haber recibido una incipiente ayuda psicológica, a sus 18 años padece la angustia y el sufrimiento provocado por el abuso sexual.
Recuerda que en mayo del 2015, luego de jugar a la guerra de almohadas con sus compañeros, el seminarista Diego Ríos le ordenó llevar el celular al Rector Riojas. Lo buscó en su oficina y al no encontrarlo fue a su habitación.
“Acércate”, le dijo indicándole que se sentara en su cama donde estaba acostado: “El padre Meño me tomó con fuerza con sus manos, se bajo el short y ya tenía el pene erecto. Luego me introdujo su pene en mi boca. Duró como 15 segundos y eyaculó en mi boca”.
“Vete, esto queda entre tú y yo”, le dijo al terminar, y le pidió que saliera de su habitación. El menor salió llorando e intentando escupir y limpiándose la boca. A partir de ese momento, Roberto Javier empezó a sufrir una especie de acoso sexual por parte del padre Meño.
Luego en el verano de 2015 llegó el momento de las misiones y él y otro seminarista fueron hospedados en el mismo seminario. Sólo a su compañero le dieron una llave de su cuarto: “A mí no me dio la llave de mi cuarto, por lo que siempre estaba abierto. Siempre volvíamos como a las 11 de la noche. Todos las noches llegaba para preguntarme como me había ido. Una de las noches cerré con picaporte y el padre Meño tocó a la puerta, pero no le abrí. Para mi sorpresa, fue el propio sacerdote quien abrió mi puerta con la llave que nunca me dio. Me dijo que me acostara con él en la cama. Yo no obedecí, sólo me senté. Luego me empezó a picar las costillas para hacerme cosquillas y me agarró de las mano. Pero yo de manera cortante le dije que estaba cansado y que se retirara. Luego con muecas de enojo se fue”.
El Rector Riojas insistía. Una noche de julio de 2015 el sacerdote le llamó por teléfono y le solicitó una jarra de agua: “Era de noche, le llevo la jarra. Y el padre me invitó a ver una película. Me quedé dormido en la silla de su escritorio porque estaba cansado por las actividades que había tenido durante el día. Cuando me despierto ya estaba sin ropa recostado boca abajo. Sentí el peso del padre y su pene introducido en mi ano. Cuando sentí ese dolor, gire viéndolo para intentar que parara y lo vi totalmente desnudo, pero me agarraba de la cabeza y luego levantó su cuerpo hacia mi cara”.
Roberto Javier forcejeó y pudo entonces zafarse. Salió corriendo llorando. Al día siguiente lo mandó llamar y le dijo: “Acuérdate de que esto queda entre tú y yo. Sabes que hay mucha confianza. Ya sabes que yo te aprecio mucho”.
Roberto Javier no sabía qué hacer y en septiembre le comentó lo sucedido a su director espiritual del seminario, el sacerdote Jesús Compeán, quien empezaba a notar su alejamiento del padre Meño: “Yo intentaba no tener contacto con él, pero era imposible porque era el Rector”.
El director espiritual del seminario le recomendó callar: “Es mejor que todo quede aquí”, le dijo, a lo cual accedió. “Yo no quería terminar corrido del seminario, quería continuar con mi vocación”, dice.
Luego de la denuncia penal interpuesta por Roberto Javier el pasado mes de marzo, el Obispo de Piedras Negras ha emitido varios comunicados y  ha contratado un importante despacho de abogados dirigido por Heriberto Guevara.
Las manifestaciones de algunos fieles de Piedras Negras afuera de la catedral no se han hecho esperar. Acusan a Garza Treviño de encubridor particularmente porque se ha referido públicamente a los abusos sexuales cometidos por el padre Meño, como una “conducta inadecuada”, sin considerarlos delitos.
Las víctimas han recibido el rechazo de los católicos más fundamentalistas y seguidores del Obispo. Una buena parte de estudiantes han abandonado el seminario, entre ellos, el sobrino del sacerdote Juan Manuel Riojas y solo quedan 14 seminaristas.
Tanto Roberto Javier como Ignacio están seguros que hay más víctimas del padre Meño que por miedo no han dado la cara: “Yo siempre notaba que el padre se portaba bien extraño con algunos compañeros, sobre todo cuando notaba el acercamiento a un seminarista mayor que yo. Él se salió del seminario al año siguiente”, dice Roberto Javier.“Lo peor de todo es que el Obispo sabía desde hace 15 o 17 años que el padre Meño abusaba de los seminaristas y lo dejó allí, e incluso lo ascendió haciéndolo Rector”, añade.
Confiesa que ha tenido momentos difíciles, pero su fe sigue firme: “Yo nunca pensé que me fuera a pasar esto en un seminario. Batallé mucho para entrar porque mi familia no es mucho de ir a la iglesia y para mí fue muy difícil convencerlos que me dejaran ir. Luego de lo que me hizo el padre Meño no sabía qué hacer, simplemente pensaba que necesitaba pasar un tiempo y luego lo confrontaría”.
IIMPUNIDAD, PROTECCIÓN Y COMPLICIDAD
A pesar de las cuatro denuncias interpuestas –dos contra el sacerdote pederasta y las otras dos contra el Obispo por encubrimiento y complicidad a la pederastia clerical– ambos seminaristas están seguros que el padre Meño esta siendo escondido por la propia Iglesia e incluso por las autoridades civiles.
Mientras a Roberto Javier los ministeriales lo despiertan en la madrugada para llevarlo a ratificar sus denuncias, el Obispo sólo ha ido en una ocasión y estuvo en la tarde durante hora y media: “Me tienen horas en la Procuraduría y me hacen preguntas extrañas, como el color de pantalón que usaba o que tenía de cosas personales cuando sucedieron los hechos. Uno de esos días nos llamaron a las nueve de la noche y salimos a las dos de la mañana. Al día siguiente vinieron por mi a las dos de la mañana y salí a las cinco y media de la mañana”.
Ambos jóvenes denunciantes han batallado para encontrar un abogado que los represente. La mayoría se ha negado y el que tenía Roberto Javier finalmente fue convencido por las autoridades eclesiásticas para que desistiera en la representación del seminarista.
“Es obvio que el padre Meño está protegido por todos. Si no fuera sacerdote ya lo hubieran encontrado y ya estaría detenido. El Obispo tiene dinero para comprar a todos y silenciar esto”.
Hace unos días, Ignacio decidió protestar afuera de la catedral de Monterrey y solicitó entrevistarse con el Arzobispo Rogelio Cabrera López o al vicario Francisco Gómez Hinojosa, pero fue recibido por el canciller Pedro García.
Ignacio Martínez, afuera de la Catedral de Monterrey. Foto: Sanjuana Martínez
“Le dije que el Obispo Garza Treviño tenía conocimiento de la pederastia del padre Meño y querías minimizar las denuncias y entonces el canciller me dice que ellos no tenían jurisdicción. Ni el Nuncio Apostólico tiene autoridad sobre los obispos para decidir que van a hacer su ministerio. En definitiva, se lavó las manos”.
Ignacio, atribuye la protección y complicidad del Obispo Garza Treviño al padre Meño por lo que dice saber: “El Obispo lo protege porque tiene que ver con sus propios gustos, porque el Obispo también es gay y tiene una pareja en Eagle Paz e incluso los sacerdotes le dicen “mamá” al Obispo. Otros sacerdotes me han dicho que el Obispo también acosa y abusa sexualmente”.
El ex seminarista se entrevistó con el Gobernador Rubén Moreira Valdez, quien acudió a Piedras Negras.
“Me dijo que ya estaba enterado del caso y que iban a hacer justicia, cosa que no ha cumplido. El Gobernador también está protegiendo al padre Meño porque tiene una amistad con el Obispo Garza Treviño por eso lo tienen escondido”, afirma.
Sin rencor ni sentimiento de venganza, Ignacio dice que seguirá luchando hasta ver al sacerdote encarcelado: “Cuando lo tenga enfrente le diré que es un gay de closet, un abusador, un depredador y una persona que se esconde en una sotana. Espero que pronto esté tras las rejas porque nosotros hemos sido prisioneros de sus abusos”.
Y piensa también en ese niño de 15 años que fue abusado: “A ese niño lee daría ese abrazo que nadie le dio, ni su mamá ni su papá. Y le diría que sea feliz, que estamos intentando hacer justicia”.

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