viernes, 17 de julio de 2015

Cada día somos más imbéciles .- JUAN PABLO PROAL

La aldea digital en el Zócalo capitalino. Foto: Octavio Gómez
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- La persona con quien quedé de reunirme me dio la dirección exacta de su oficina, cómo llegar, a qué línea del Metro subirme, en qué punto bajar. Mi destino: La calle Paz Montes de Oca, cerca del Metro General Anaya, al sur del Distrito Federal. Confíe más en el GPS que en las indicaciones emitidas por un ser humano. La aplicación de Google mostró que mi destino estaba más bien cerca de la Cineteca. El mapa digital presentó pruebas contundentes: El nombre de la calle, las avenidas aledañas, mapa de la colonia…
Hora y media antes de la cita, ingresé nuevamente el nombre de la calle en Google Maps. Me bajé en la estación del Metro que me sugirió, tomé una Ecobici y seguí como indicaba el GPS. En pocos minutos había llegado -o eso creí-. Me encontraba rebosante de orgullo por arribar a la cita con treinta minutos de anticipación. Me llené de elogios por mi profesionalismo y puntualidad. Con paso fresco, busqué el número de la oficina en las fachadas de la calle Paz Montes de Oca. Pasé por varias casas y ninguna de ellas representaba el lugar exacto. La numeración se saltaba. Esto es imposible, pensé con desconcierto, el GPS mostraba que ya estaba en mi destino.
Google Maps no se puede equivocar, me dije en un afán por no dañar mi devota confianza en los avances tecnológicos. Toqué en un edificio grande donde, según el mapa, era mi cita. Le pregunté al portero por la persona a quien buscaba. El guardia hizo cara de extrañeza, me aseguró que nadie con ese nombre rentaba un departamento ahí.
Caminé hacia el norte. Seguramente el número estaba escondido, o en una contra esquina, me dije. Troté, dos calles más. Cambié de dirección. Nada. No existía el número en esa calle. Faltaban quince minutos para la hora acordada.
Decidí frenarme. Abrí nuevamente Google Maps. Escribí el nombre Paz Montes de Oca, sin número. La búsqueda arrojó dos calles más, una de ellas a unos pasos del Metro General Anaya. Le di clic a ese punto y el mapa mostró el nombre: Privada Montes de Oca. Estallé de desesperación. ¿Por qué Google Maps no me anunció desde el principio que había una calle homónima?
En un intento por salvar mi reunión, recurrí nuevamente a la tecnología. Pensé que un Uber me rescataría: Sólo habría que ingresar mi ubicación y luego el destino. El mapa nos guiaría y resolvería el problema.
Pedí el Uber. El automóvil llegaría en 4 minutos. Me tranquilicé. La tecnología me había vuelto a salvar, creí. El contador fue bajando, el Uber llegaría en 3, 2… No, en 6, 8, 9. Otra vez, en 4,3,2… El mapa indicaba que el automóvil estaba dando vueltas sin sentido entre Circuito Interior, Cuauhtémoc y Tlalpan. Con un volcán de ira contenida llamé al conductor. “Ya estoy cerca”, me dijo con esa amabilidad de vendedor de perfumes finos que acostumbran los choferes de Uber. Y claro, era lógico que estaba cerca, ¿pero dónde carajos? “¡Es más, ya llegué!”, me anunció con satisfacción. “¿Dónde?”, pregunté. “Prendí las intermitentes”, respondió.
Después de caminar y voltear a toda dirección, se me ocurrió que el chofer podría estar del otro lado de Circuito Interior. Me subí al puente peatonal y sí, ahí estaba, en el mismo punto que yo, pero en frente.
Ingresé mi destino en la aplicación. El chofer se dejó guiar por el mapa de Uber. Dimos vueltas absurdas. Nos dirigimos en sentido contrario, usamos el camino más largo hasta que, finalmente, llegué a mi destino con casi quince minutos de retraso. Maldije al GPS.
¿Por qué no confíe en mi cita? Me dio indicaciones precisas: En qué Metro bajarme, qué calles caminar, qué iba a encontrar a mi paso. Tomé a la ligera sus recomendaciones y deposité mi confianza ciega en la tecnología.
Esta anécdota me hizo pensar en cuántas habilidades humanas hemos dejado de ejercitar por abandonarnos en los aparatos tecnológicos. Hoy casi nadie recuerda de memoria un número telefónico; tampoco cumpleaños de familiares, amigos o fechas importantes. La memoria se perfila al desuso; también la lógica elemental ¿Para qué? ¡Todo está en internet!
“Somos codependientes y no tenemos el control. Hemos incorporado nuestra racionalidad dentro de las máquinas y delegado en ellas muchas de nuestras elecciones y con ello creamos un mundo más allá de nuestra comprensión”, plantea el físico Daniel Hillis en el libro Is the Internet Changing the Way You Think?: The Net’s Impact on Our Minds and Future.
El especialista en tecnología Nicholas Carr, autor del libro The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains y finalista del premio Pulitzer en 2011, argumenta que el uso cotidiano de buscadores, GPS, y demás recursos tecnológicos ha degradado la inteligencia de la raza humana.
Carr sostiene que las habilidades mentales se pierden cuando caen en el desuso. El 17 de enero pasado, el periódico inglés The Guardian publicó un extracto de The Glass Cage: Where Automation Is Taking Us el más reciente libro de Carr:
“El verdadero peligro que enfrentamos desde la automatización de la computadora es la dependencia. Nuestra inclinación a asumir que las computadoras ofrecen un sustituto eficiente para nuestra propia inteligencia nos ha hecho demasiado ansiosos por dejar el trabajo importante al software y aceptar un papel subordinado para nosotros mismos. En el diseño de sistemas automatizados, ingenieros y programadores también tienden a anteponer los intereses de la tecnología por delante de los intereses de la gente. Transfieren tanto trabajo como sea posible al software, dejando a nosotros los seres humanos tareas pasivas y de rutina, tales como la introducción de datos y el seguimiento de las lecturas”.
En una investigación aparte, la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos concluyó que los pilotos sufren de una pérdida de capacidad en el vuelo manual, derivado de sólo utilizar el piloto automático.
Los años recientes se han publicado investigaciones que concluyen que el ser humano se ha vuelto menos inteligente. Una de ellas fue difundida por la Universidad de Amsterdam y coordinada por el científico Jan te Nijehuis. La investigación asegura que hemos perdido en promedio 14 puntos de coeficiente intelectual (CI o IQ, por su sigla en inglés) desde la era Victoriana.
En estos días uno encuentra con regularidad que a las personas se les dificulta leer libros completos o realizar operaciones aritméticas básicas. También les cuesta trabajo socializar, o exponer temas profundos sin la ayuda de un recurso tecnológico. Mucho más memorizar textos complejos.
En cambio, la tecnología nos ha brindado aplicaciones innovadoras que han suplido el uso de habilidades humanas. Ahora la forma más efectiva de encontrar pareja las ofrecen las aplicaciones para celular. Para obtener trabajo es más efectivo recurrir a plataformas digitales o redes sociales. Para medir las calorías de un platillo no hace falta más que apuntar información en nuestros móviles. ¿Queremos saber cuánta distancia corrimos hoy? Simple, colócate un brazalete digital.
Es obvio que la tecnología extiende sus avances a los ámbitos más cotidianos de nuestra vida. Esta tendencia abre un abanico de preguntas. ¿La inteligencia de la raza humana irá en picada? ¿Llegará un momento en que nuestras habilidades sociales sean raquíticas? ¿Terminaremos como una raza de bobos dependientes de las innovaciones digitales?
Por lo pronto, comenzaré a darle más crédito al sentido común y menos al GPS.
Twitter: @juanpabloproal

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