sábado, 30 de junio de 2012

AMLO


Conocí a Andrés Manuel López Obrador en 1997, hace 15 años. Él era presidente nacional del PRD. Yo tenía tres años de haber comenzado mi oficio de caricaturista político.


Eran los primeros meses de El Chamuco, y yo poseía algo que mis colegas moneros no: una computadora Mac. Esto me permitía diseñar las páginas de la revista de manera novedosa. Un poco por esta razón, el Fisgón me invitó a visitar al dirigente perredista, quien tenía una propuesta que hacernos.

Fuimos a su pequeño departamento de Copilco. Sinceramente no me sorprendió ver que el dirigente de un partido de izquierda, viviera de manera más modesta que yo.

Ahí, AMLO nos explicó su idea: el gobierno de Zedillo intentaba volver las deudas de unos cuantos banqueros abusivos en deuda pública que debíamos pagar todos los mexicanos: el famosoFobaproa.

López Obrador sabía que era una injusticia y había decidido hacer algo que tal vez ahora les parezca un poco familiar: recorrer el país para informar de esto a todos los ciudadanos que lo ignoraban, gracias a la manipulación de los más poderosos medios de comunicación.

AMLO quería que lo ayudáramos haciendo historietas y volantes informativos.

En esa reunión le escuché decir una frase que repetiría en numerosas ocasiones: el Fobaproa representa el saqueo más grande que se haya cometido en México desde la época colonial.

A partir de ahí, tuvimos varias reuniones, ya que posteriormente hicimos un trabajo similar para las elecciones de 1997, en las que Cuauhtémoc Cárdenas ganó la Jefatura de Gobierno del DF. Hicimos varios volantes con información y monos que funcionaron muy bien, a decir de las burdas imitaciones que de ella se hicieron para denostar a Cárdenas, y sugerir que éste era un peligro para el Distrito Federal.

Sobra decir que, por todo ese trabajo, ninguno de los moneros cobramos un centavo. Todo lo hicimos por convicción.

En esos días, AMLO, como presidente del PRD, tuvo una reunión con candidatos de su partido, en la que los conminó a actuar de manera honesta, incluso en su vida privada. Les habló de una cartilla moral que había que respetar.

A mí me pareció un exceso, y relacionándolo con la actitud de algunos alcaldes panistas de la época, hice este cartón.



En una ocasión, en el año 2000, ya en su campaña para el GDF, me lo encontré en las oficinas de La Jornada. Me platicó sobre los promocionales que estaban realizando. Específicamente uno, en el que se personificaba a la Ciudad de México como una mujer muy bien peinada con un sombrero elegante, pero que al ir mostrando el resto de su cuerpo, se presentaba cada vez más descuidada y pobre.
López Obrador estaba muy interesado en elegir bien a la modelo que lo representaría.
–Hay que cuidar mucho quién va a ser la modelo, me dijo. –No vaya a ser que luego la encuentren con una vida de despilfarro o de excesos, y aprovechen eso para golpearnos–.

Me pareció exagerado que cuidara tanto un detalle así. Nunca imaginé a lo que llegarían, no mucho tiempo después, ciertos medios de comunicación.

Recuerdo que, en una reunión en casa de José María Pérez Gay, para celebrar un cumpleaños de Carlos Monsiváis, lo que más me llamó la atención de López Obrador, fue darme cuenta de que su discurso, sus frases, sus ademanes, sus puntos de vista en una reunión entre amigos, eran exactamente los mismos que los que se le podían ver en una entrevista en televisión o en una conferencia de prensa.
La única diferencia era que, entre amigos, sí hablaba de corridito.

Ya en plena campaña del 2006, cuando la guerra sucia del PAN estaba en todo su apogeo, en una comida en su casa, le preguntamos si no responderían las calumnias de los panistas.
AMLO se rehusaba.
–No queremos seguirles el juego; no vamos a entrar en descalificaciones ni hacer lo mismo que ellos hacen.
–No sería lo mismo–, le dijo el Fisgón, –ellos están mintiendo; ustedes dirían la verdad: el Fobaproa, los acuerdos con Salinas, las concertacesiones…
Andrés no quería hacer nada que, ni por asomo, pareciera una campaña sucia.

En diciembre de 2006, desayunamos en Coyoacán. Entre muchas otras cosas, AMLO nos contó viejas historias de las intimidaciones, acecho y amenazas que ha recibido de parte del poder desde hace décadas. De cómo su esposa Rocío y él tenían un código para poder hablar por teléfono cuando vivían en Tabasco; de la pequeñas mañas de gente como Gutiérrez Barrios para intimidar a sus adversarios. Algunas anécdotas que luego leí en su libro “La mafia nos robó la Presidencia”, casi tal cual nos las había contado.

He criticado a AMLO en varios de mis cartones. La principal crítica que le he hecho es por su pragmatismo electoral, por haber hecho alianzas con gente impresentable como Dante Delgado, Juan Sabines, José Guadarrama, Manuel Camacho o Manuel Bartlett. Y hasta haber hecho campaña con algunos de ellos.



Pero también sé, como lo he dicho muchas veces, que AMLO no es la mejor opción: es la única.

Sé perfectamente que todas las patrañas que dicen los voceros oficiales que pueblan pantallas y periódicos –y que muchos ciudadanos lamentablemente creen y repiten– son precisamente eso: patrañas. Consignas pagadas en efectivo o en especie. Periodismo servil y deshonesto.

El próximo domingo voy a votar por una persona que, desde que la conocí hace 15 años hasta ahora, ha mantenido sus mismos principios, los que ha defendido desde hace décadas. Por un hombre que sostiene las mismas ideas en privado con sus amigos que en público ante cientos de miles. Por el político más importante de México, que vive de manera más modesta que yo y que miles de ciudadanos promedio. Por alguien que lleva años viviendo con todo el aparato del poder en su contra.

Pero más que nada, voy a votar por millones de personas que saben que la democracia se ejerce todos los días y que están dispuestas a organizarse en colectividad para ejercer y exigir sus derechos.

Y pase lo que pase, eso es lo que seguiremos haciendo.

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