domingo, 19 de septiembre de 2010

Los caudillos se convierten en héroes - Víctor Orozco

El fusilamiento de Hidalgo fue recordado y recreado para el público nada menos que por Pedro Armendáriz el oficial que comandó el pelotón una década después.

El 22 de febrero de 1822, se publicó en La Abeja Poblana una larga carta que envió desde Santa Fe de Nuevo México, en la que manifestaba la entereza con la que se condujo Hidalgo ante los soldados y como tuvieron que hacerle varios disparos a quemarropa porque se resistía a morir, ya que no atinaban a herirle órganos vitales.

(Pedro Armendáriz tuvo una prolongada actuación en el estado. En 1803 era alférez y una de sus comisiones era conducir colleras de apaches prisioneros a la ciudad de México.

En 1819 trasladó su residencia a Nuevo México, donde obtuvo una adjudicación de tierras por Facundo Melgares, gobernador colonial de aquella provincia.

La extensa área se ubicaba en el Bosque del Apache y donde se construyó más tarde el Fuerte Cragg, sitios turísticos actuales del estado de Nuevo México.

En 1825 se vio obligado a abandonar sus tierras por los intensos ataques de los apaches que acabaron con el ganado, mataron a muchos de los sirvientes y se regresó a Chihuahua. Allí ingresó a la sociedad de Amigos de Hidalgo, que presidió en 1827.

Era Juez en 1840 y uno de los conocedores de los caminos septentrionales desde Texas a Chihuahua y Nuevo México. Murió en la capital del Estado el 3 de mayo de 1853.

Sus herederos presentaron una demanda contra el gobierno de Estados Unidos ante la comisión mixta de reclamaciones que se instaló por ambos países en 1868, reclamando que el ejército norteamericano se había obligado a pagar una renta por el uso de las tierras donde construyó sus instalaciones militares.

Fue uno de los poquísimos juicios de los cientos entablados por mexicanos que prosperó, habiendo obtenido los demandantes una indemnización de $14,300 dólares).

Queriendo erradicar para siempre el recuerdo del cura rebelde el Tribunal de la Santa Inquisición prohibió que circulasen retratos o imágenes de este personaje, configurando su posesión un delito.

En 1815, Morelos fue condenado entre otros crímenes, por tener en su poder un retrato de Hidalgo.

En la disputa por la conquista de la conciencia popular, los obispos no se ahorraron ningún instrumento para evitar que cundieran los ejemplos de los insurgentes, acudiendo al fanatismo extremo que padecía la población y a toda clase de fantasías para intensificar el pavor hacia el cambio propiciado por la insurgencia.

Con el lenguaje sardónico que le caracterizó, Fernández de Lizardi, El Pensador Mexicano narra que: “Cuando el esclarecido Hidalgo proclamó nuestra independencia, estaba la América sumida en la más espantosa ignorancia. Baste decir que el Sr. Bergosa, obispo de Oajaca, auxiliado de su célebre secretario Casimiro de Osta publico una pastoral en que para alarmar a su diócesis, dijo que el señor Morelos tenia cuernos y cola.

¿Que tal la vería el señor obispo de cocida, pues se atrevió a sorprender al infeliz pueblo con tal ridiculez?

Y habría infinitos que le creyeron porque la decía un obispo”.

Miguel Hidalgo ¿Masón?

Durante mucho tiempo se ha debatido si Miguel Hidalgo estuvo afiliado a la masonería, que de ser cierto, explicaría el odio que despertó en las cúpulas eclesiásticas, ya que el Papa había denunciado a la agrupación como uno de los enemigos mortales para la iglesia católica.

A lo largo del siglo XIX, la versión se alimentó de dos vertientes antagónicas: los voceros representativos del clero daban por hecho que el cura de Dolores había sido masón, de allí el daño que desde su punto de vista causó a los intereses de la iglesia.

En el otro extremo, escritores liberales y masones aseguraban que Hidalgo estuvo afiliado a la logia Arquitectura Moral, que se formó en México en 1806.

En el siguiente siglo, el principal historiador eclesiástico, Mariano Cuevas, a contrapelo de todo el pensamiento conservador, reivindicó la figura de Hidalgo, seguramente considerando que su posición en la cultura y en la conciencia colectiva mexicanas era ya irreversible.

Cuevas, en congruencia con su propósito de colocar a Hidalgo como un héroe de la propia iglesia, negó enfáticamente que fuera masón, indicando que cuando un emisario francés estableció contacto con él, le hizo una serie de señas masónicas ante las cuales “el buen cura” permaneció en ascuas.

Investigadores especializados en la historia de la masonería, asumen que Hidalgo fue miembro de la orden y alguno señala que desde 1791 hubo actividad masónica en la Nueva España, impulsada por Juan Esteban Laroche, de ascendencia francesa, quien fue conocido e interlocutor de Miguel Hidalgo y quien lo habría adherido a la logia referida.

La iniciación de Hidalgo habría tenido lugar en la logia que se instaló en la Calle de las Ratas (después Bolívar) de la Ciudad de México, en cuya casa número cinco se colocó una placa con la leyenda: “El Rito Nacional Mexicano. A los ilustres caudillos de nuestra Independencia nacional D. Miguel Hidalgo y Costilla y D. Ignacio Allende, iniciados masónicamente en esta casa el año de 1806”.

No conozco ningún documento que acredite alguna de las dos versiones.

se aferran a su papel de héroes

En los años inmediatamente posteriores a la consumación de la Independencia, los caudillos insurgentes fusilados en Chihuahua, se convirtieron en el principal símbolo nacional. Aunque también, en el centro de una larga disputa entre los conservadores y los liberales. Mientras que los primeros se empeñaron en bajarlos del pedestal de héroes para arrojarlos al muladar de los bandidos y asesinos, los segundos se aferraron a fincar en la revolución representada por estos hombres el origen de la nación mexicana.

Con el triunfo de los republicanos, consumado en 1867, muy pocos insistieron ya en considerar a Miguel Hidalgo y compañía como héroes vergonzantes.

Sin embargo, otros siguieron empeñados en ponerlos en el mismo plano histórico de los clérigos y militares enemigos de la independencia, quienes acabaron por consumarla sin desearla, tratando de esquivar las consecuencias de la revolución española.

En ausencia de otros adalides significativos entre aquellos conspiradores y preservadores del viejo orden, Agustín de Iturbide, jefe del ejército trigarante y el primero que dio en el país un golpe de Estado para coronarse Emperador y luego disolver el congreso a la fuerza, se convirtió en el héroe conservador por excelencia.

La antigua villa de San Felipe de Chihuahua, escenario del juicio y ejecución de los jefes insurgentes, participó así en las convulsiones del parto de la nación. Tuvo de esta manera su emblema cívico, como un vínculo sentimental con el resto de la patria.

Los recién nominados con el gentilicio de chihuahuenses estuvieron entre los primeros del país en rendir homenaje a los caídos en 1811.

Durante la década de 1820-30, el Congreso del Estado resolvió poner sus nombres a varios de los principales pueblos de la entidad y así, San José del Parral pasó a ser Hidalgo del Parral; el valle de San Bartolomé a Villa de Allende; el presidio de San Buenaventura a Villa de Galeana; San Jerónimo a Villa de Aldama; Santa Rosalía a Camargo, Santa Cruz de Tapacolmes a Villa de Rosales; el Valle de San Pablo de Tepehuanes a Villa Balleza de Balbaneda.

Fue una contribución de gran relevancia para establecer las señas de identidad de la nueva patria de los mexicanos.


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